05 enero 2025

Capítulo 36

Andrew se despertó antes que Neil y se quedó mirándolo, fascinado por sus labios entreabiertos, su rosto relajado, la cadencia de su respiración. Podría reconocerlo entre un mar de gente con los ojos cerrados, ni siquiera necesitaba tener poderes de cambiante para ello. Conocía cómo respiraba, la cadencia exacta de los latidos de su corazón, el sonido de sus pasos… se aprendía de memoria todo lo que podía de él, como si fuera su conocimiento más ansiado en el mundo. Estaba memorizando cada cicatriz de su cuerpo como un mapa de supervivencia y el tono exacto de sus ojos con cada matiz de luz.

Sin embargo, lo que más fascinante le parecía era cómo se quedaba así de relajado a su lado, abandonándose por completo a él, y se sentía privilegiado, el elegido; después de tanta violencia y maltrato, Neil confiaba en él. Y Andrew también se había atrevido a confiar, pero ahora estaba asustado.

Estaba acojonado.

La verdad era demasiado monstruosa y la había dejado a la vista, a la intemperie, como si fuese fácil abrirse el pecho para enseñar el corazón sin desangrarse.

Neil había cambiado con él y eso no le gustaba.

Andrew no deseaba la compasión de nadie. Es más, no lo soportaba. Porque ante esa mirada volvía a ser el niño, volvía a ser la víctima. Y él no era ninguna víctima, era quien se vengó, era quien mató, era quien sobrevivió.

No estaba dispuesto a perder a Neil por nada del mundo. Lo solucionaría. Aunque antes necesitaba estrellar los nudillos contra algo y había alguien que se había ganado todas las papeletas para ser su saco de boxeo.

Se levantó con cuidado, cogió ropa del armario y se vistió en el baño. Todos los demás también seguían durmiendo, cuando salió de la casa estaba amaneciendo, el naranja del horizonte parecía provenir de un incendio. Huyó de él dándole la espalda. Cogió la moto de Kevin sin necesidad de pedirle permiso y condujo hacia el lugar donde solo había estado una vez: la casa de Tyler. Como la mayoría de los universitarios, compartía piso con otros chicos, aunque Andrew no estuvo el tiempo suficiente para conocerlos, solo fue a buscarle una vez que se lo pidió. Parecía tan desesperado por teléfono que sintió un instante de compasión, y estaba aburrido. No le prestó mucha atención mientras le contaba sus problemas, algo de que había discutido con sus padres, y luego se dejó hacer una mamada en un banco en el parque. No había nadie cerca. Durante todo el tiempo que duró le mantuvo sujeto por la nuca para controlar cada movimiento que hacía y se alejó de él en cuanto se corrió en su boca.

Andrew nunca se había sentido mal ni culpable por como trataba a sus… amantes. Siempre dejaba las reglas y los límites claros, desde el primer momento, y ellos (los pocos que habían sido) aceptaban. Luego alguno se cansaba primero y desaparecían sin causar problemas. Hasta Tyler.

Y Andrew solo se sentía culpable por haber metido a Neil en medio de esa situación. Tarde o temprano habría dejado a Tyler y lo habría pagado solo con él; si se hubiera atrevido, claro.

Tampoco sentía remordimientos por las ganas de darle una paliza. Había entregado el triste pedazo de alma que le quedaba y ya no le importaba nada más, nadie más que Neil.

El aire frío del amanecer le despejó la mente azotándole el rostro hasta que llegó a casa de Tyler. Aparcó en la acerca entre dos coches frente al edificio, esperar no tardar demasiado. Una nariz rota, un poco de sangre, una amenaza y conseguir que los dejasen en paz en… diez minutos como mucho.

Esperó junto a la puerta hasta que alguien saliese, aprovechando el tiempo para fumarse un cigarro, intentar calmarse y no perder los papeles. No quería propasarse, solo asustarlo y desahogarse un poco. Cuando escuchó que alguien bajaba por las escaleras fingió estar sacándose las llaves del bolsillo, sacó las de su casa y antes de meterlas en la cerradura la puerta se abrió y una mujer salió con prisa, sin prestarle atención.

Andrew entró con una sonrisa que prometía problemas.

Subió las escaleras hasta el segundo piso y llamó al timbre con insistencia, hasta que alguien gritó al otro lado:

—¡Ya va, joder! Me cago en la puta, quién cojones llamará a estas horas.

No era la voz de Tyler.

Un chico del cual recordaba su rostro por su nariz rota y torcida abrió la puerta terminando de ponerse la camiseta, con aspecto somnoliento.

—¿Qué? —gruñó.

Andrew miró hacia arriba, estaba acostumbrado a hacerlo, y se mostró imperturbable. El chaval frunció el ceño al reconocerle, aunque seguramente no sabía de qué.

—¿Está Tyler?

Ahora sí lo sabía. Se cruzó de brazos y puso la espalda recta para alzarse unos milímetros más sobre él. A Andrew no le intimidó ni un poquito, rozó con los dedos el mango de su navaja dentro del bolsillo del pantalón y siguió mirándole fijamente hasta que se dignó a contestar.

—Ese cabrón ya no vive aquí.

Toda la rabia se convirtió en una roca de decepción en el estómago de Andrew.

—Se marchó sin avisar —continuó el otro—, dejándonos con el marrón de tener que encontrar otro compañero de piso. Al menos el muy idiota ya había pagado todo el mes. ¿No estabais juntos o algo?

—Algo. ¿No tienes ninguna forma de localizarle?

—Su teléfono, pero si también te ha dejado tirado no creo que conteste a tus llamadas. Nosotros no hemos vuelto a hablar con él.

Andrew no le sacó de su equivocación, le daba igual lo que pensase.

—Ya.

—¿Para eso te has presentado aquí a las putas siete de la mañana?

Andrew se encogió de hombros. De repente no se encontraba bien, todo su plan se había venido abajo y ya no tenía forma de proteger a Neil ni de desahogarse.

—Sí que estás pillado —dijo soltando una risotada. Luego le echó una mirada lasciva que le puso los pelos de punta—. Una pena.

—Adiós.

Le dio la espalda y fue hacia las escaleras apretando los puños para no estrangularle.

—¡Vuelve cuando quieras! —Y luego masculló—: Capullo.

Escuchó la puerta cerrarse y bajó saltando los escalones de tres en tres hasta llegar al rellano. Se inclinó hacia delante cuando le sobrevino una arcada y se apoyó en la pared, respirando lenta y profundamente. No tenía nada que vomitar, así que solo tuvo arcadas y se tragó el sabor a bilis.

Levantó el brazo y dio un puñetazo contra la pared.

Luego otro.

Y otro.

Hasta dejar una marca de sangre en la pintura blanca.

No sentía dolor. Solo se detuvo porque tuvo la conciencia suficiente para pensar que si se rompía la mano no podría jugar al baloncesto en mucho tiempo.

Se odiaba a sí mismo por no tener valor para volver con Neil y dejar que le abrazase. Al menos él le había creído, no como sus padres…

No quería contarlo, se avergonzaba profundamente, se sentía tan culpable, y no entendía bien lo que había pasado: por qué le hicieron eso, por qué no había podido evitarlo, por qué a él.

Guardó el secreto todo un año, hasta que quisieron mandarle de nuevo al mismo campamento, entonces el terror superó a la vergüenza y lo contó. No le creyeron. Le dijeron que estaba mal inventarse cosas así, que una buena persona no contaba esas mentiras, que le castigarían si seguía mintiendo. Y otra vez la culpa… y la vergüenza… y se dejó arrastrar allí de nuevo.

Cuando ese monstruo le miró, le reconoció y sonrió, supo que volvería a pasar, pero no podía escapar de allí. Tras las traición de sus padres pensó que nadie más le creería, que no podía contarlo. Así que esa vez se defendería. Y planeó matarlo si volvía a ponerle una mano encima. En ese momento, anticipando su sufrimiento y el asesinato de otra persona, un manto de frío cubrió su corazón, y dejó de sentir. Ya no había miedo, ni culpa, ni vergüenza; solo determinación.

Lo apuñaló siete veces con un cuchillo serrado y puntiagudo para cortar carne, hasta que estuvo seguro de que no volvería a hacerle daño, ni a él ni a nadie más.

Volvió al presente, tragándose los recuerdos con sabor a bilis.

Se limpió la sangre de los nudillos en el pantalón y salió del edificio. Se montó en la moto y condujo sin rumbo, parando solo para fumar en cualquier lugar donde pudiese detenerse. A las afueras de la ciudad se detuvo junto a un bosque que solía ser transitado por senderistas. Le pareció bien perderse entre los altos pinos y empezó a caminar sin rumbo.

Hacía mucho tiempo que no se sentía así. Años durante los cuales había aprendido a silenciar las emociones y los recuerdos y las pesadillas. El coste no había sido muy alto, hasta ese momento en el que le estaba sobrepasando, saliendo todo a flote a borbotones.

Nunca había pegado a nadie ni se había metido en peleas, se rio el voz alta al pensar en el chico tranquilo que era. Hasta que apuñaló a otra persona hasta matarla. Si a eso se le podía llamar persona. Y después, cuando su padre le vio por primera vez tras el incidente, ya limpio de sangre y custodiado por la policía, le cruzó la cara en cuanto lo tuvo a su alcance. Su padre se convirtió en un desconocido; peor, en un enemigo, y Andrew le devolvió el golpe dando su primer puñetazo. Acertó de pleno y la sangre volvió a fluir. Su madre sollozó, la policía le sujetó, y el niño se quedó huérfano.

La verdad dio igual.

Él ya era otro monstruo a ojos de los demás.

Se encendió un cigarro y aspiró el humo hasta llenarse los pulmones y sentir que se ahogaba. Lo soltó despacio y repitió el proceso enfermizo hasta consumirlo. Luego lo apagó con cuidado y se aseguró de que no quedaba ni una chispa que pudiese arder. No le importaría quemar el mundo, pero no empezaría por los bosques.

Se apoyó contra un árbol y de repente se sintió desorientado, pero tampoco le dio mucha importancia. Se dejó caer al suelo y se sentó allí, mirando las nubes a través de las ramas de los árboles. Estaba perdido, en su interior.

Pasó mucho tiempo sin pensar en nada, echando cerrojos, uno tras otro, tras otro, tras otro, aplastados por el silencio y la oscuridad de su interior, hasta volver a guardarlo todo dentro, entonces podría moverse, podría regresar.

Mucho más tiempo después, escuchó unos pasos suaves acercándose. Por cómo se movía parecían de animal. Efectivamente, un zorro apareció entre los árboles a su derecha. Andrew no sabía cómo eran los zorros, pero este parecía muy grande, no se lo habría imaginado así. El animal se acercó y, para su sorpresa, no dejó de acercarse hasta llegar a su lado. Andrew levantó una mano despacio, dejó que oliese sus dedos y le acarició la cabeza, entonces no pudo evitar sonreír.

El zorro tenía los ojos verdes.

—Neil —dijo.

Todo el peso y la angustia que sentía se alivió un poco.

El zorro le puso las patas delanteras en el pecho y le dio un lengüetazo en la cara. Luego se alejó unos metros y se convirtió en un Neil completamente desnudo. Se quedó de pie sin hacer amago de cubrirse ninguna parte de su cuerpo y Andrew lo miró largo y tendido, sin prisa, y no se sintió en peligro estando en mitad de un bosque con un hombre desnudo delante. Se sintió a salvo, porque era Neil.

—Estaba preocupado por ti.

—¿Has seguido mi rastro hasta aquí?

Neil asintió y Andrew se levantó.

Se acercó.

Y siguió caminando hasta rodearle y ponerse a su espalda.

Neil le permitió moverse a su antojo y acercarse más.

Le acarició la espalda y las cicatrices y le rodeó la cintura hasta apoyarse por completo contra él y sujetarle con fuerza, apretando las palmas de las manos contra su pecho y la frente en su nuca. Respiró sobre su piel y Neil tembló, no de frío. Envolvió los brazos de Andrew, como si se abrazase a sí mismo, y permanecieron así.

Dos niños heridos, dos asesinos, dos supervivientes, dos hombres abrazándose de la única forma en la que podían hacerlo.

—Vuelve a casa conmigo, por favor.

—¿Cómo vas a regresar?

—Igual que he venido. Te seguiré, no te preocupes.

—Antes guíame hacia la moto. Estoy perdido.

A Neil le pareció curiosa la elección de palabras. “Estoy perdido”, en vez de “me he perdido”. Parecía que abarcasen mucho más que ese bosque y ese momento.

Cuando Andrew le soltó, volvió a transformarse para no sentirse tan expuesto con su desnudez, y lo llevó hasta la moto. Luego lo siguió hasta casa desde lejos, fuera de la carretera, pero siempre sin perderle de vista.

 

***

 

Andrew aparcó la moto y esperó a Neil en el porche. No tardó mucho en llegar, esta vez en forma de perro. Cuando había salido de casa estaba amaneciendo, al regresar estaba anocheciendo; no se había dado cuenta del tiempo que había pasado. Entraron en casa juntos. Andrew fue directo a su habitación sin hablar con nadie, pero escuchó las bromas de los demás a Neil y luego a alguien quejarse de que le había mordido, poco después lo siguió.

Ya en la habitación, solos, volvió a cambiar.

—¿Quieres hablar de ello?

—No.

—Vale.

Hizo amago de ir a coger ropa para vestirse, pero Andrew lo detuvo poniéndole una mano en el brazo. Se acercó muy despacio y Neil se quedó muy quieto, expectante. Le sujetó con la otra mano por la nuca para atraerlo y lo besó. Primero lentamente, hasta que sus lenguas se unieron y la pasión estalló.

Neil mantuvo los brazos colgando a los lados, resistiendo las ganas de tocarlo, dejándose hacer todo lo que Andrew quisiera. Entregándose a él por completo, como hacía siempre. Solo que esta vez, realmente tenía miedo a tocarlo y que eso lo asustase, así que ni siquiera intentó acercarse a las zonas seguras, solo lo haría si Andrew lo guiaba a ello.

Se besaron profundamente, con ansia.

Lo que provocó un efecto en Neil que no pudo evitar. Intentó taparse la erección con disimulo para no incomodarlo, pero Andrew se dio cuenta y volvió a detenerlo.

—Quiero verte —dijo.

Y lo llevó hasta la cama. Le hizo sentarse, colocar las manos en el colchón, y él se quedó de pie, mirándolo.

Deseando tocarlo.

Dio un paso atrás y se quitó la camiseta con un movimiento rápido.

—¿Qué haces?

—Quiero que me mires.

Neil contuvo el aliento. Estuvo a punto de decirle que parase, que no era necesario, que podía esperar, que sería mejor dar ese paso en otro momento, cuando no se encontrase tan vulnerable. Pero en esos ojos negros también vio determinación y necesidad. Andrew necesitaba saber que Neil seguía deseándolo, necesitaba que lo mirase con deseo pese a todas las cicatrices internas que sufría; igual que a Neil le reconfortaba cómo lo miraba y deseaba Andrew pese a todas las cicatrices externas que cubrían su cuerpo.

No iba a ser complicado satisfacerlo.

Asintió y Andrew se desabrochó el pantalón y se lo quitó junto con los zapatos y calcetines. Solo quedaba la ropa interior.

Su erección se marcaba bajo la apretada tela negra y Neil entreabrió los labios, respirando pesadamente, comiéndoselo con los ojos.

Andrew tragó saliva con fuerza y terminó de desnudarse. Aunque le doliese admitirlo, escuchar a los demás al otro lado de la puerta, abajo, en el salón, le daba seguridad. Nunca había estado así delante de nadie, nunca totalmente desnudo. Se sentó en su cama en la misma posición que Neil, mirándolo de frente. Ambos recorriendo con la mirada cada centímetro del cuerpo del otro. Neil descubriendo, Andrew memorizando.

—Tócate.

Neil obedeció como si hubiese sido una orden, la mejor que le habían dado en su vida. Aunque estaba un poco nervioso. Primero se acarició la erección superficialmente, cogiendo confianza bajo la intensa mirada de Andrew, negra y brillante, como el cielo nocturno; y luego se rodeó la polla con la mano y soltó un gemido. Se pasó el dedo pulgar por la punta para esparcir la gota preseminal que había expulsado y sus abdominales ondularon al contraerse de placer. Se mordió el labio inferior sin apartar su mirada de la de Andrew, que parecía una estatua de mármol; pétreo, níveo y perfecto. Sus pezones rosados estaban duros, sus abdominales también se contrarían en tensión, y su nuez se movía cada vez que tragaba saliva.

—Tócate, por favor, pero no te corras —pidió Neil—, quiero que lo hagas en mi boca.

Andrew soltó un jadeo tortuoso y se rodeó la erección con una mano temblorosa.

Ambos empezaron a masturbarse, alternando la mirada entre el cuerpo del otro y sus ojos, creando una intimidad en la que cada mirada se convertía en una caricia que podían sentir sobre la piel.

—Te deseo tanto que me duele —dijo Neil.

Y gimió al acelerar al ritmo de su mano.

Andrew no tenía voz, no tenía palabras, solo podía respirar con fuerza y admirar la belleza y la pasión de Neil, sintiéndose embrujado por ella, hipnotizado. Pero él no aceleró el movimiento de su mano, él esperaría, y así pudo devorar con sus ojos a Neil y su orgasmo descargado en el torso y la mano.

Neil jadeaba y los últimos espasmos de placer recorrían su cuerpo. Le gustó descubrir que Andrew seguía tocándose despacio. Se limpió con la camiseta que estaba tirada en el suelo y fue hacia Andrew con confianza. Se arrodilló entre sus piernas, apoyando las manos en sus muslos.

—Puedes pararme en cualquier momento.

—Lo sé.

Neil le acarició los muslos, subiendo las manos cada vez más, pero no le tocó la polla, solo acercó la boca abierta y Andrew se quedó quieto, sujetándosela para él.

Le lamió la punta, la rodeó con los labios y Andrew sufrió un espasmo de placer. Se la metió en la boca hasta tenerla toda dentro y por fin le escuchó gemir libremente, entonces empezó a mover la cabeza y apretar los labios, chupándolo entero, dejándose guiar por su reacciones y sus jadeos y suspiros y gemidos.

En ningún momento le sujetó la cabeza ni intentó controlarlo, dejó que le hiciese lo que quisiera, a su ritmo.

Y cuando se corrió en su boca, Neil se lo tragó todo.

Luego, tentativamente, apoyó la cabeza en su muslo y le miró de soslayo, y Andrew por fin le tocó, acariciándole el pelo. Después le levantó la cabeza y lo besó, sin importarle descubrir su propio sabor en su boca.