Andrew
se despertó antes que Neil y se quedó mirándolo, fascinado por sus labios
entreabiertos, su rosto relajado, la cadencia de su respiración. Podría
reconocerlo entre un mar de gente con los ojos cerrados, ni siquiera necesitaba
tener poderes de cambiante para ello. Conocía cómo respiraba, la cadencia
exacta de los latidos de su corazón, el sonido de sus pasos… se aprendía de
memoria todo lo que podía de él, como si fuera su conocimiento más ansiado en
el mundo. Estaba memorizando cada cicatriz de su cuerpo como un mapa de
supervivencia y el tono exacto de sus ojos con cada matiz de luz.
Sin
embargo, lo que más fascinante le parecía era cómo se quedaba así de relajado a
su lado, abandonándose por completo a él, y se sentía privilegiado, el elegido;
después de tanta violencia y maltrato, Neil confiaba en él. Y Andrew también se
había atrevido a confiar, pero ahora estaba asustado.
Estaba
acojonado.
La
verdad era demasiado monstruosa y la había dejado a la vista, a la intemperie,
como si fuese fácil abrirse el pecho para enseñar el corazón sin desangrarse.
Neil
había cambiado con él y eso no le gustaba.
Andrew
no deseaba la compasión de nadie. Es más, no lo soportaba. Porque ante esa
mirada volvía a ser el niño, volvía a ser la víctima. Y él no era ninguna
víctima, era quien se vengó, era quien mató, era quien sobrevivió.
No
estaba dispuesto a perder a Neil por nada del mundo. Lo solucionaría. Aunque antes
necesitaba estrellar los nudillos contra algo y había alguien que se había
ganado todas las papeletas para ser su saco de boxeo.
Se
levantó con cuidado, cogió ropa del armario y se vistió en el baño. Todos los
demás también seguían durmiendo, cuando salió de la casa estaba amaneciendo, el
naranja del horizonte parecía provenir de un incendio. Huyó de él dándole la
espalda. Cogió la moto de Kevin sin necesidad de pedirle permiso y condujo
hacia el lugar donde solo había estado una vez: la casa de Tyler. Como la
mayoría de los universitarios, compartía piso con otros chicos, aunque Andrew
no estuvo el tiempo suficiente para conocerlos, solo fue a buscarle una vez que
se lo pidió. Parecía tan desesperado por teléfono que sintió un instante de
compasión, y estaba aburrido. No le prestó mucha atención mientras le contaba
sus problemas, algo de que había discutido con sus padres, y luego se dejó
hacer una mamada en un banco en el parque. No había nadie cerca. Durante todo
el tiempo que duró le mantuvo sujeto por la nuca para controlar cada movimiento
que hacía y se alejó de él en cuanto se corrió en su boca.
Andrew
nunca se había sentido mal ni culpable por como trataba a sus… amantes. Siempre
dejaba las reglas y los límites claros, desde el primer momento, y ellos (los
pocos que habían sido) aceptaban. Luego alguno se cansaba primero y
desaparecían sin causar problemas. Hasta Tyler.
Y
Andrew solo se sentía culpable por haber metido a Neil en medio de esa
situación. Tarde o temprano habría dejado a Tyler y lo habría pagado solo con
él; si se hubiera atrevido, claro.
Tampoco
sentía remordimientos por las ganas de darle una paliza. Había entregado el triste
pedazo de alma que le quedaba y ya no le importaba nada más, nadie más que
Neil.
El
aire frío del amanecer le despejó la mente azotándole el rostro hasta que llegó
a casa de Tyler. Aparcó en la acerca entre dos coches frente al edificio,
esperar no tardar demasiado. Una nariz rota, un poco de sangre, una amenaza y
conseguir que los dejasen en paz en… diez minutos como mucho.
Esperó
junto a la puerta hasta que alguien saliese, aprovechando el tiempo para
fumarse un cigarro, intentar calmarse y no perder los papeles. No quería
propasarse, solo asustarlo y desahogarse un poco. Cuando escuchó que alguien
bajaba por las escaleras fingió estar sacándose las llaves del bolsillo, sacó
las de su casa y antes de meterlas en la cerradura la puerta se abrió y una
mujer salió con prisa, sin prestarle atención.
Andrew
entró con una sonrisa que prometía problemas.
Subió
las escaleras hasta el segundo piso y llamó al timbre con insistencia, hasta
que alguien gritó al otro lado:
—¡Ya
va, joder! Me cago en la puta, quién cojones llamará a estas horas.
No
era la voz de Tyler.
Un
chico del cual recordaba su rostro por su nariz rota y torcida abrió la puerta
terminando de ponerse la camiseta, con aspecto somnoliento.
—¿Qué?
—gruñó.
Andrew
miró hacia arriba, estaba acostumbrado a hacerlo, y se mostró imperturbable. El
chaval frunció el ceño al reconocerle, aunque seguramente no sabía de qué.
—¿Está
Tyler?
Ahora
sí lo sabía. Se cruzó de brazos y puso la espalda recta para alzarse unos
milímetros más sobre él. A Andrew no le intimidó ni un poquito, rozó con los
dedos el mango de su navaja dentro del bolsillo del pantalón y siguió mirándole
fijamente hasta que se dignó a contestar.
—Ese
cabrón ya no vive aquí.
Toda
la rabia se convirtió en una roca de decepción en el estómago de Andrew.
—Se
marchó sin avisar —continuó el otro—, dejándonos con el marrón de tener que
encontrar otro compañero de piso. Al menos el muy idiota ya había pagado todo
el mes. ¿No estabais juntos o algo?
—Algo.
¿No tienes ninguna forma de localizarle?
—Su
teléfono, pero si también te ha dejado tirado no creo que conteste a tus
llamadas. Nosotros no hemos vuelto a hablar con él.
Andrew
no le sacó de su equivocación, le daba igual lo que pensase.
—Ya.
—¿Para
eso te has presentado aquí a las putas siete de la mañana?
Andrew
se encogió de hombros. De repente no se encontraba bien, todo su plan se había
venido abajo y ya no tenía forma de proteger a Neil ni de desahogarse.
—Sí
que estás pillado —dijo soltando una risotada. Luego le echó una mirada lasciva
que le puso los pelos de punta—. Una pena.
—Adiós.
Le
dio la espalda y fue hacia las escaleras apretando los puños para no
estrangularle.
—¡Vuelve
cuando quieras! —Y luego masculló—: Capullo.
Escuchó
la puerta cerrarse y bajó saltando los escalones de tres en tres hasta llegar
al rellano. Se inclinó hacia delante cuando le sobrevino una arcada y se apoyó
en la pared, respirando lenta y profundamente. No tenía nada que vomitar, así
que solo tuvo arcadas y se tragó el sabor a bilis.
Levantó
el brazo y dio un puñetazo contra la pared.
Luego
otro.
Y
otro.
Hasta
dejar una marca de sangre en la pintura blanca.
No
sentía dolor. Solo se detuvo porque tuvo la conciencia suficiente para pensar
que si se rompía la mano no podría jugar al baloncesto en mucho tiempo.
Se
odiaba a sí mismo por no tener valor para volver con Neil y dejar que le
abrazase. Al menos él le había creído, no como sus padres…
No
quería contarlo, se avergonzaba profundamente, se sentía tan culpable, y no
entendía bien lo que había pasado: por qué le hicieron eso, por qué no había
podido evitarlo, por qué a él.
Guardó
el secreto todo un año, hasta que quisieron mandarle de nuevo al mismo
campamento, entonces el terror superó a la vergüenza y lo contó. No le
creyeron. Le dijeron que estaba mal inventarse cosas así, que una buena persona
no contaba esas mentiras, que le castigarían si seguía mintiendo. Y otra vez la
culpa… y la vergüenza… y se dejó arrastrar allí de nuevo.
Cuando
ese monstruo le miró, le reconoció y sonrió, supo que volvería a pasar, pero no
podía escapar de allí. Tras las traición de sus padres pensó que nadie más le
creería, que no podía contarlo. Así que esa vez se defendería. Y planeó matarlo
si volvía a ponerle una mano encima. En ese momento, anticipando su sufrimiento
y el asesinato de otra persona, un manto de frío cubrió su corazón, y dejó de
sentir. Ya no había miedo, ni culpa, ni vergüenza; solo determinación.
Lo
apuñaló siete veces con un cuchillo serrado y puntiagudo para cortar carne,
hasta que estuvo seguro de que no volvería a hacerle daño, ni a él ni a nadie
más.
Volvió
al presente, tragándose los recuerdos con sabor a bilis.
Se
limpió la sangre de los nudillos en el pantalón y salió del edificio. Se montó
en la moto y condujo sin rumbo, parando solo para fumar en cualquier lugar
donde pudiese detenerse. A las afueras de la ciudad se detuvo junto a un bosque
que solía ser transitado por senderistas. Le pareció bien perderse entre los
altos pinos y empezó a caminar sin rumbo.
Hacía
mucho tiempo que no se sentía así. Años durante los cuales había aprendido a
silenciar las emociones y los recuerdos y las pesadillas. El coste no había
sido muy alto, hasta ese momento en el que le estaba sobrepasando, saliendo
todo a flote a borbotones.
Nunca
había pegado a nadie ni se había metido en peleas, se rio el voz alta al pensar
en el chico tranquilo que era. Hasta que apuñaló a otra persona hasta matarla.
Si a eso se le podía llamar persona. Y después, cuando su padre le vio por
primera vez tras el incidente, ya limpio de sangre y custodiado por la policía,
le cruzó la cara en cuanto lo tuvo a su alcance. Su padre se convirtió en un
desconocido; peor, en un enemigo, y Andrew le devolvió el golpe dando su primer
puñetazo. Acertó de pleno y la sangre volvió a fluir. Su madre sollozó, la
policía le sujetó, y el niño se quedó huérfano.
La
verdad dio igual.
Él
ya era otro monstruo a ojos de los demás.
Se
encendió un cigarro y aspiró el humo hasta llenarse los pulmones y sentir que
se ahogaba. Lo soltó despacio y repitió el proceso enfermizo hasta consumirlo.
Luego lo apagó con cuidado y se aseguró de que no quedaba ni una chispa que
pudiese arder. No le importaría quemar el mundo, pero no empezaría por los
bosques.
Se
apoyó contra un árbol y de repente se sintió desorientado, pero tampoco le dio
mucha importancia. Se dejó caer al suelo y se sentó allí, mirando las nubes a
través de las ramas de los árboles. Estaba perdido, en su interior.
Pasó
mucho tiempo sin pensar en nada, echando cerrojos, uno tras otro, tras otro,
tras otro, aplastados por el silencio y la oscuridad de su interior, hasta
volver a guardarlo todo dentro, entonces podría moverse, podría regresar.
Mucho
más tiempo después, escuchó unos pasos suaves acercándose. Por cómo se movía
parecían de animal. Efectivamente, un zorro apareció entre los árboles a su
derecha. Andrew no sabía cómo eran los zorros, pero este parecía muy grande, no
se lo habría imaginado así. El animal se acercó y, para su sorpresa, no dejó de
acercarse hasta llegar a su lado. Andrew levantó una mano despacio, dejó que
oliese sus dedos y le acarició la cabeza, entonces no pudo evitar sonreír.
El
zorro tenía los ojos verdes.
—Neil
—dijo.
Todo
el peso y la angustia que sentía se alivió un poco.
El
zorro le puso las patas delanteras en el pecho y le dio un lengüetazo en la
cara. Luego se alejó unos metros y se convirtió en un Neil completamente
desnudo. Se quedó de pie sin hacer amago de cubrirse ninguna parte de su cuerpo
y Andrew lo miró largo y tendido, sin prisa, y no se sintió en peligro estando
en mitad de un bosque con un hombre desnudo delante. Se sintió a salvo, porque
era Neil.
—Estaba
preocupado por ti.
—¿Has
seguido mi rastro hasta aquí?
Neil
asintió y Andrew se levantó.
Se
acercó.
Y
siguió caminando hasta rodearle y ponerse a su espalda.
Neil
le permitió moverse a su antojo y acercarse más.
Le
acarició la espalda y las cicatrices y le rodeó la cintura hasta apoyarse por
completo contra él y sujetarle con fuerza, apretando las palmas de las manos
contra su pecho y la frente en su nuca. Respiró sobre su piel y Neil tembló, no
de frío. Envolvió los brazos de Andrew, como si se abrazase a sí mismo, y
permanecieron así.
Dos
niños heridos, dos asesinos, dos supervivientes, dos hombres abrazándose de la
única forma en la que podían hacerlo.
—Vuelve
a casa conmigo, por favor.
—¿Cómo
vas a regresar?
—Igual
que he venido. Te seguiré, no te preocupes.
—Antes
guíame hacia la moto. Estoy perdido.
A
Neil le pareció curiosa la elección de palabras. “Estoy perdido”, en vez de “me
he perdido”. Parecía que abarcasen mucho más que ese bosque y ese momento.
Cuando
Andrew le soltó, volvió a transformarse para no sentirse tan expuesto con su
desnudez, y lo llevó hasta la moto. Luego lo siguió hasta casa desde lejos,
fuera de la carretera, pero siempre sin perderle de vista.
***
Andrew
aparcó la moto y esperó a Neil en el porche. No tardó mucho en llegar, esta vez
en forma de perro. Cuando había salido de casa estaba amaneciendo, al regresar
estaba anocheciendo; no se había dado cuenta del tiempo que había pasado.
Entraron en casa juntos. Andrew fue directo a su habitación sin hablar con
nadie, pero escuchó las bromas de los demás a Neil y luego a alguien quejarse
de que le había mordido, poco después lo siguió.
Ya
en la habitación, solos, volvió a cambiar.
—¿Quieres
hablar de ello?
—No.
—Vale.
Hizo
amago de ir a coger ropa para vestirse, pero Andrew lo detuvo poniéndole una
mano en el brazo. Se acercó muy despacio y Neil se quedó muy quieto,
expectante. Le sujetó con la otra mano por la nuca para atraerlo y lo besó.
Primero lentamente, hasta que sus lenguas se unieron y la pasión estalló.
Neil
mantuvo los brazos colgando a los lados, resistiendo las ganas de tocarlo,
dejándose hacer todo lo que Andrew quisiera. Entregándose a él por completo,
como hacía siempre. Solo que esta vez, realmente tenía miedo a tocarlo y que
eso lo asustase, así que ni siquiera intentó acercarse a las zonas seguras,
solo lo haría si Andrew lo guiaba a ello.
Se
besaron profundamente, con ansia.
Lo
que provocó un efecto en Neil que no pudo evitar. Intentó taparse la erección
con disimulo para no incomodarlo, pero Andrew se dio cuenta y volvió a
detenerlo.
—Quiero
verte —dijo.
Y
lo llevó hasta la cama. Le hizo sentarse, colocar las manos en el colchón, y él
se quedó de pie, mirándolo.
Deseando
tocarlo.
Dio
un paso atrás y se quitó la camiseta con un movimiento rápido.
—¿Qué
haces?
—Quiero
que me mires.
Neil
contuvo el aliento. Estuvo a punto de decirle que parase, que no era necesario,
que podía esperar, que sería mejor dar ese paso en otro momento, cuando no se
encontrase tan vulnerable. Pero en esos ojos negros también vio determinación y
necesidad. Andrew necesitaba saber que Neil seguía deseándolo, necesitaba
que lo mirase con deseo pese a todas las cicatrices internas que sufría; igual
que a Neil le reconfortaba cómo lo miraba y deseaba Andrew pese a todas las
cicatrices externas que cubrían su cuerpo.
No
iba a ser complicado satisfacerlo.
Asintió
y Andrew se desabrochó el pantalón y se lo quitó junto con los zapatos y calcetines.
Solo quedaba la ropa interior.
Su
erección se marcaba bajo la apretada tela negra y Neil entreabrió los labios,
respirando pesadamente, comiéndoselo con los ojos.
Andrew
tragó saliva con fuerza y terminó de desnudarse. Aunque le doliese admitirlo,
escuchar a los demás al otro lado de la puerta, abajo, en el salón, le daba
seguridad. Nunca había estado así delante de nadie, nunca totalmente desnudo.
Se sentó en su cama en la misma posición que Neil, mirándolo de frente. Ambos
recorriendo con la mirada cada centímetro del cuerpo del otro. Neil
descubriendo, Andrew memorizando.
—Tócate.
Neil
obedeció como si hubiese sido una orden, la mejor que le habían dado en su
vida. Aunque estaba un poco nervioso. Primero se acarició la erección
superficialmente, cogiendo confianza bajo la intensa mirada de Andrew, negra y
brillante, como el cielo nocturno; y luego se rodeó la polla con la mano y
soltó un gemido. Se pasó el dedo pulgar por la punta para esparcir la gota
preseminal que había expulsado y sus abdominales ondularon al contraerse de
placer. Se mordió el labio inferior sin apartar su mirada de la de Andrew, que
parecía una estatua de mármol; pétreo, níveo y perfecto. Sus pezones rosados
estaban duros, sus abdominales también se contrarían en tensión, y su nuez se
movía cada vez que tragaba saliva.
—Tócate,
por favor, pero no te corras —pidió Neil—, quiero que lo hagas en mi boca.
Andrew
soltó un jadeo tortuoso y se rodeó la erección con una mano temblorosa.
Ambos
empezaron a masturbarse, alternando la mirada entre el cuerpo del otro y sus
ojos, creando una intimidad en la que cada mirada se convertía en una caricia
que podían sentir sobre la piel.
—Te
deseo tanto que me duele —dijo Neil.
Y
gimió al acelerar al ritmo de su mano.
Andrew
no tenía voz, no tenía palabras, solo podía respirar con fuerza y admirar la
belleza y la pasión de Neil, sintiéndose embrujado por ella, hipnotizado. Pero
él no aceleró el movimiento de su mano, él esperaría, y así pudo devorar con
sus ojos a Neil y su orgasmo descargado en el torso y la mano.
Neil
jadeaba y los últimos espasmos de placer recorrían su cuerpo. Le gustó
descubrir que Andrew seguía tocándose despacio. Se limpió con la camiseta que
estaba tirada en el suelo y fue hacia Andrew con confianza. Se arrodilló entre
sus piernas, apoyando las manos en sus muslos.
—Puedes
pararme en cualquier momento.
—Lo
sé.
Neil
le acarició los muslos, subiendo las manos cada vez más, pero no le tocó la
polla, solo acercó la boca abierta y Andrew se quedó quieto, sujetándosela para
él.
Le
lamió la punta, la rodeó con los labios y Andrew sufrió un espasmo de placer.
Se la metió en la boca hasta tenerla toda dentro y por fin le escuchó gemir
libremente, entonces empezó a mover la cabeza y apretar los labios, chupándolo
entero, dejándose guiar por su reacciones y sus jadeos y suspiros y gemidos.
En
ningún momento le sujetó la cabeza ni intentó controlarlo, dejó que le hiciese
lo que quisiera, a su ritmo.
Y
cuando se corrió en su boca, Neil se lo tragó todo.
Luego,
tentativamente, apoyó la cabeza en su muslo y le miró de soslayo, y Andrew por
fin le tocó, acariciándole el pelo. Después le levantó la cabeza y lo besó, sin
importarle descubrir su propio sabor en su boca.