Andrew
y Neil llevaban dos años viviendo juntos, después de que Neil terminase la
universidad y empezase a trabajar. Buscaron una casa nueva, algo que eligiesen
juntos, para ambos. Un lugar donde empezar esa nueva etapa de sus vidas y donde
poder construir un hogar. Y en eso se había convertido lo que en un principio
fueron paredes blancas y un espacio vacío, que poco a poco llenaron con muebles
y recuerdos, y se fue impregnando con su esencia hasta oler a ellos.
Seguían
estando cerca de la universidad porque Andrew había sustituido a Parker como
entrenador de los zorros. Primero fue su ayudante tras graduarse, hasta que
estuvo preparado para ocupar su lugar y que Parker pudiera tomarse un año
sabático y descansar. Luego no quiso volver, dijo que los zorros le pertenecían
a Andrew y que él buscaría otro equipo que lo necesitase más.
Así
que Andrew se quedó como entrenador de los zorros.
Y
Neil abrió una consulta de psicología para humanos y cambiantes, sobre todo
para estos últimos. Para ayudarlos a salir de manadas abusivas y encontrar una
nueva forma de vida, para ayudarlos a encajar en el mundo humano y aceptarse a
sí mismos pese al estigma que todavía marcaba la sociedad por su condición. Los
guiaba y acompañaba durante ese largo y doloroso camino que él había transitado
junto a los zorros. Incluso empezó a tratar a parejas mixtas, de humanos y
cambiantes, para que se entendiesen y sus diferencias no perjudicasen la
relación.
Por
suerte, él no había tenido ese problema, porque aunque Andrew era totalmente
humano tenía el instinto animal muy desarrollado. Era su alfa, su manada, su
familia, su compañero, su amigo, su amante, su amor.
Los
años pasaban y su relación solo se hacía más fuerte, más sólida.
Se
amaban y complementaban de una forma que jamás habrían creído posible; ni que
algo así existiese de verdad, ni que ellos mismos pudiesen encontrarlo y
tenerlo.
Pero
lo había hecho, se habían encontrado y no iban a soltarse nunca.
***
Los
fines de semana les gustaba remolonear. Se levantaban pronto, pero sin
madrugar, desayunaban sin prisa en la cocina, compartiendo un cómodo silencio,
y el aroma del café perfumaba toda la casa durante un buen rato, aunque
tuviesen las ventanas abiertas. Luego se duchaban juntos y hacían el amor en la
ducha.
A
veces, dependiendo de la época, a mitad de la mañana entraban rayos directos del
sol por la ventana de su habitación y caían sobre la cama, calentándola de
forma muy agradable. Al salir de la ducha se secaron y volvieron a tumbarse en
la cama para disfrutar de esas caricias de luz sobre la piel desnuda.
Una
suave brisa movía las cortinas.
Neil
jugaba con los dedos de Andrew sobre el colchón y tenía una ligera sonrisa en
los labios, sus comisuras se elevaban un poco casi sin darse cuenta. Era un
gesto inconsciente, esa sonrisa se había instalado de forma natural en la forma
de su boca, eso era la felicidad.
Paz,
seguridad, un hogar, un amor.
Notó
que Andrew estaba mirándolo y ladeó la cabeza hacia él. Le guiñó un ojo y le
acarició un costado, desde la cadera hasta el pecho.
—Hoy
podríamos quedarnos todo el día así —dijo con voz perezosa.
—Has
quedado con Nicky y Matt para comer —le recordó Andrew.
—Mierda,
es verdad.
—Podrías
cancelarlo —dijo acariciándole el pelo y dándole un beso en un hombro.
—Tengo
que llevarte a ese restaurante, cuando lo pruebes no volverás a sugerir eso.
Nunca se cancela una comida en El italiano, su pasta carbonara es orgásmica.
—¿Más
que yo?
—A
ti puedo comerte todos los días y repetir todo lo que quiera. Y sin engordar.
Andrew
no tuvo más remedio que reírse y morderle el hombro que antes había besado.
—Así
que prefieres la comida antes que a mí y antes que a tus amigos —dijo
poniéndose encima de él de forma juguetona, sujetándole las manos sobre la
cabeza—, porque no vas por ellos sino por la pasta carbonara.
—Por
supuesto, pero no se lo digas, son muy sensibles.
—¿Y
yo? —Le besó el cuello ascendiendo hasta la mandíbula—. ¿No te importo nada?
—Puedes
ser mi postre cuando vuelva —contestó con la respiración agitada—, te haré todo
lo que quieras. Te lameré entero, te morderé, te degustaré.
Andrew
le mordió la barbilla afeitada y luego lo besó, reclamando su boca entera, su
lengua y su aliento. Acarició sus brazos, su rostro y su pelo mientras lo
besaba, y Neil se aferró a su espalda y recorrió sus músculos hasta agarrarlo
por las nalgas.
Se
besaron, se mordieron las sonrisas, rodaron por la cama y se separaron jadeando
y semierectos.
—A
lo mejor puedes convencerme un poco más para que me quede.
Andrew
rio.
—Ve
con ellos, yo te tengo cada día durante toda la vida. —Se incorporó, se inclinó
hacia la mesita de noche de su lado de la cama y sacó algo de un cajón—.
¿Verdad?
Abrió
la cajita que sostenía bajo la atenta mirada de Neil. Sacó un anillo de plata,
una alianza sencilla y fina. Cogió la mano de Neil y deslizó el anillo en su
dedo, en el que encajó perfecto.
—¿Verdad?
—repitió—. Para toda la vida.
Neil
tragó saliva con fuerza, tomó aliento, el corazón latía desbocado en su pecho y
se le humedeció la mirada, alternando entre esos ojos negros que eran su luz y
el anillo en su dedo.
—Sí
—contestó—. Para toda la vida.
Andrew
le enseñó la caja, había otro anillo dentro. Neil lo cogió, luego sujetó la
mano de Andrew y le puso la alianza en el dedo
Se
lanzó sobre él para besarlo y se abrazaron.
—Ahora
eres un poco más mío —dijo Andrew.
—Soy
completamente tuyo, no puedo serlo más.