31 enero 2025

Capítulo 11

Neil apareció en casa del entrenador justo cuando él salía de su habitación adormilado y se quedó paralizado a medio paso de entrar. Parker lo miró entrecerrando los ojos y le hizo un gesto para que terminase de entrar, invitándolo. Neil cerró la puerta a su espalda y el entrenador soltó un suspiro pesado.

—¿Qué ha pasado?

—Solo necesito descansar unos días.

—¿De ellos?

Neil asintió avergonzado.

—¿Hay algo que tenga que saber? Porque les cantaré las cuarenta ahora mismo, antes de que se les pase la resaca para que les retumben bien mis palabras.

—Nada importante.

—Claro, solo te han incomodado o molestado lo suficiente como para echarte de casa —gruñó.

Neil se quedó quieto y callado, no iba a delatarlos, lidiaría él con ellos como pudiera y si no podía… lo que fuera, pero era asunto suyo.

—Está bien, pasa y ya conoces esto, estás como en tu casa. Pero arregla las cosas cuanto antes, no por mí, lo digo por ti y por ellos, por el equipo.

—Sí, entrenador, lo haré.

No tenía más remedio, pero primero descansaría y cogería fuerzas allí.

—¿Café?

—Preferiría dormir si no es molestia, ha sido una noche muy larga.

—Tranquilo, échate en el sofá, me tomo el café y salgo a hacer recados.

Neil dejó la mochila sobre una silla y se tumbó sin necesidad de poner sábanas ni nada. Esa misma noche había dormido en el suelo de la calle, el sofá era un lujo para él. Se puso una almohada bajo la cabeza y abrazó otra contra el torso. El ruido de la cafetera podría haberle molestado, pero actuó de forma contraria, le fue relajando con rapidez. Neil no se había dado cuenta de que estaba tan agotado y se quedó dormido antes de que Parker terminase de echarse el café. Y hasta que no le despertó el rugido de sus tripas hambrientas pudo dormir a pierna suelta, ni siquiera soñó nada.

Se despertó a las cinco de la tarde y asaltó la nevera del entrenador.

Una semana había aguantado con los zorros. Se sentía derrotado. Con todo lo que había aguantado en su vida… pero lo que le habían hecho era demasiado. ¿Cómo iba a volver a una casa donde no se sentía a salvo? La soledad volvió a abrazarlo y a apretar, aplastándolo.

El timbre le distrajo del lugar oscuro donde le llevaban sus pensamientos. No debería abrir, no era su casa, pero siguió sonando insistentemente.

—¡Soy Nicky! Sé que estás ahí, he hablado con el entrenador.

Neil suspiró y abrió la puerta.

—¿Estás bien? —preguntó con evidente preocupación, poniéndole las manos sobre los hombros.

Neil se las quitó de encima y entró al salón con Nicky siguiéndole.

—Sí.

—Sé lo que pasó. Lo siento.

—No es tu culpa.

—Debería haberte advertido de que podía pasar, jamás se me ocurrió que haría eso contigo, no pareces amenazante.

—¿Qué?

Neil se giró como un resorte y Nicky alzó las manos, deteniéndose.

—Yo…

—¿Lo sabías y no me dijiste nada? ¿Lo sabías y me dejaste solo con ellos? Pensaba que podía confiar en ti —la voz se le rompió al pronunciar esas palabras y Nicky pudo sentirlo, en un segundo perdió todo lo que habían conseguido en esas semanas juntos.

Pero no fue en un segundo, no. Fue por un conjunto de malas decisiones y Nicky estaba profundamente arrepentido.

—Lo siento muchísimo, Neil.

—Yo también.

—Por favor, no nos dejes.

—Todavía no sé lo que voy a hacer, por ahora me quedaré aquí unos días y quiero estar solo.

Nicky tenía la percepción de la realidad alterada por culpa de vivir con los zorros, estaban dentro de su burbuja y se olvidaba de lo que pasaba fuera y de que su estilo de vida no era normal, por eso se olvidaba de advertir a Neil sobre cosas a las que él ya estaba acostumbrado. Aun así, no entendía por qué Andrew había hecho eso con él, solo lo hacía con quienes le desafiaban. Liam, Carson, Evan y James fueron difíciles para integrarse en el equipo y no comprendieron el estatus ni el temperamento de Andrew hasta que les obligó a hacerlo. Pero Neil nunca le había rechistado ni causado problemas, hacía todo lo que le pedía, dejaba que lo machacasen y torturasen en la cancha sin protestar y se esforzaba más que ninguno. Sí, tenía secretos, como todos, pero arrancárselos no era la mejor forma de conseguirlos, así solo conseguiría… lo que había conseguido, ahuyentarlo.

Nicky lo dejó solo y volvió a casa para tener unas palabras con Andrew y Carson. Neil no tenía nada más, no tenía dónde ir. Los necesitaba. Y Nicky no quería perderlo ni dejarlo a su suerte, o a su mala suerte; le había cogido cariño.

Cuando la puerta se cerró, Neil se desplomó en el sofá. Nunca habría imaginado que los humanos fuesen tan difíciles de manejar, su relación con ellos había sido distante durante toda su vida porque le rechazaban cuando se enteraban de lo que era y porque algunas manadas (como la suya) eran muy posesivas, cerradas, te absorbían y atrapaban entre sus garras. Era difícil adaptarse a las costumbres humanas cuando pasas media vida en forma de animal y cazas y matas con tus propias manos y persigues y gruñes y olfateas. Neil había aprendido a mantener esa parte de él bien oculta y controlada, así que le costaba encajar dentro y fuera de la manada. Excepto con Ray, pero su amigo ya no estaba. Ahora solo le quedaban los humanos y, al parecer, podía fiarse de ellos tanto como de otra manada. Querían dominarle, controlarle, utilizarle y estaban dispuestos a jugar sucio.

No había lugar en el mundo donde pudiese bajar la guardia y descansar.

 

***

 

Pasó dos días en casa del entrenador sin tener nada de contacto con nadie del equipo. Ni con los que pensaba que podrían ser sus amigos, ni con los que se habían autoproclamado sus enemigos. Al menos los días de distanciamiento le vinieron bien para descansar de la tortura del entrenamiento, aunque una parte de él lo disfrutaba y lo echaba de menos; intentaba decirse que estaba mejor sin ellos hasta que consiguiese creérselo. Comió, durmió, salió a correr mañana y tarde, vio partidos con el entrenador y se devanó los sesos pensando qué hacer, de qué manera podría volver allí o largarse para siempre. Ya estaba matriculado, le habían aceptado en la universidad y en el equipo, se había instalado en una casa y había comprado toallas, sábanas y ropa que no podría llevarse; qué desperdicio de esfuerzo y de… esperanza. No quería tirarlo todo por la borda como si no significase nada, ¿pero qué podía hacer?

El entrenador respetó su silencio y ni le preguntó ni le presionó para nada, esperó con paciencia, a su lado; justo lo que Neil necesitaba.

 

***

 

El tercer día recibió una visita que no esperaba. De la última persona a la que quería ver. Pero primero escuchó su voz.

—¿Qué haces tú aquí? —gruñó el entrenador y Neil se puso tenso en la cocina.

—He venido a por él —contestó Andrew.

Neil apretó la taza de café entre las manos, quemándose las palmas con la cerámica caliente.

—No creo que quiera verte.

—Déjanos solos —ordenó como si fuese el puto rey del mundo.

El entrenador soltó un suspiro, debía estar harto de ellos, ¿por qué nadie querría estar al cargo de un equipo tan disfuncional? ¿De personas con tantos problemas? Parker debía tener complejo de héroe porque si no Neil no podía entenderlo.

—Ni se te ocurra joderlo más.

No hubo respuesta. Escuchó la puerta cerrarse y se le formó un nudo en el estómago, sabía que el entrenador se había marchado, obedeciendo al chico rey. ¿Por qué todo el mundo le bailaba el agua? ¿Por miedo, por la navaja que guardaba en algún bolsillo, por algún instinto sumiso que los instaba a agachar la cabeza frente a un alfa? Sin duda Andrew lo era y los humanos también tenían rasgos de cambiantes, fueron animales una vez, estaba en su ADN, y aun así se atrevían a despreciarlos y marginarlos para sentirse superiores.

Neil lo olió y escuchó sus pisadas al acercarse. Dejó la taza en la encimera para no lanzársela en cuanto lo viese.

—Llevas dos días faltando al entrenamiento.

Neil rio entre dientes, sin pizca de humor, y Andrew se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Necesitaba un descanso —contestó como si nada, siguiéndole el juego.

—No te he dado permiso para descansar, dijiste que lo aguantarías.

Neil le miró enseñando los dientes, a punto de gruñir.

—No necesito tu permiso para nada.

—Te dije que serías mío durante todo el verano. No puedes perder ni un día de entrenamiento. ¿O es que ya no te importa?

—Estás como una puta cabra.

—Sí, me lo dicen mucho.

Se encogió de hombros y siguió hostigando a Neil con su mirada.

—¿Te importa o no?

Sí, le importaba. Le importaba volver a perderlo todo otra vez. Le importaba no tener dónde comer, dónde dormir, dónde esconderse. Le importaba no ser nadie, no tener nada. Le importaba lo poco que había conseguido, muchísimo. Y lo temía también.

—¿Vas a huir de nosotros también? —preguntó Andrew, presionándole.

Neil cogió aire hasta llenarse los pulmones y le aguantó la mirada.

—No tienes ni idea de dónde vengo ni de qué huyo.

—Cuéntamelo.

—No —contestó tajante, luego intentó relajarse, no quería tomar el camino que lo alejase de allí. —Andrew, yo… no quiero causar problemas, ni quiero que me den problemas. No quiero estar mirando por encima del hombro, esperando que me la jueguen. No quiero quedarme en un sitio donde no me siento seguro. No puedo vivir así más tiempo.

—Pues deja de luchar contra mí.

—Deja tú de luchar conmigo.

Neil apoyó las manos en la encima y dejó caer la cabeza, estaban en un laberinto sin salida, el juego del ratón y el gato que se traían. Y estaba cansado de ser un ratón al que otros querían devorar.

—¿Quieres que me vaya?

Sintió a Andrew acercándose hasta que se detuvo a su espalda, cerca, pero sin tocarle ni invadir su espacio personal.

—No. ¿Qué quieres tú?

—Paz. Tranquilidad. Seguridad.

—No sé si la casa de los zorros es el mejor lugar para eso.

—Podrías ponérmelo un poco más fácil, solo un poco. Depende ti. Y no me refiero a los entrenamientos sino a todo lo demás. Me iré en las fiestas para que podáis hacer lo que queráis y el resto del tiempo jugaré a tus órdenes, no daré problemas y tendré mi tiempo libre para descansar.

Neil se metió las manos en los bolsillos y enderezó la espalda. No se giró, Andrew seguía detrás de él.

—¿Puedo pertenecer al equipo sin desvelar mis secretos?

—Al equipo le da igual todo lo que hicieses o fueses antes de llegar aquí.

—¿Entonces?

—A mí no.

Neil suspiró y se giró para encararle.

—¿Puedo pertenecerte a ti sin desvelar mis secretos?

Andrew aspiró aire entre los dientes y alzó la cabeza para mirarle. Su nuez se movió al tragar saliva y Neil se fijó en su garganta pálida. Si fuesen animales podría mostrar su garganta en señal de sumisión y ruego, pero el gesto de Andrew no tenía nada de sumiso, solo marcaba más territorio, hasta abarcarlo a él por entero.

—No —contestó.

—Pues dame tiempo.

—¿Cuánto?

—Hasta fin de año —dijo por decir cualquier fecha que le parecía lejana, pero lo suficientemente cercana para convencerle.

—¿Por qué?

Neil se encogió de hombros.

—No estoy preparado.

Ya encontraría otra forma de manejarlo cuando llegase el momento, o tal vez descubriese que podía confiar en él, o tal vez no le gustase estar allí estudiando y jugando y ya se hubiese marchado a otro lugar por decisión propia. Podían pasar muchas cosas en seis meses, como que Andrew se aburriese de él y de sus secretos.

—¿Tregua?

—Contigo me cuesta tener paciencia, pero lo intentaré.

Era suficiente.

Neil extendió una mano esperando que Andrew se la estrechase para firmar la tregua de alguna forma tangible. Andrew lo miró, de su mano a sus ojos. Neil la mantuvo firme, esperando, hasta que al fin Andrew la tomó y se la estrechó y por algún motivo se quedaron así, mirándose, sin soltarse.

—Tregua —susurró Neil sin poder apartarse de esos ojos negros.

Andrew movió los dedos sobre su piel y lo soltó de repente como si le hubiera dado calambre. Neil carraspeó y se guardó las manos en los bolsillos.

—Vuelve a casa, mañana volveré a machacarte.

Se marchó y Neil cogió la taza de café que ya se había quedado fría y le dio un trago solo por hacer algo y deshacer la tensión que le había dejado.

“Vuelve a casa” sonaba bien en sus labios.

30 enero 2025

Capítulo 12

Neil regresó a casa de los zorros el mismo día que llegó a la tregua con Andrew. No pudo alcanzar la misma simulación de paz con Nicky y los demás; estaba dolido y enfadado, recuperar la confianza llevaría tiempo, sobre todo el tiempo que tardase en olvidar cómo se sintió de traicionado y desprotegido. A Carson ni lo miraba, con Andrew tenía que convivir, Kevin lo ignoraba fuera de la cancha, y los demás, que habían sido realmente los menos culpables, eran quienes pagarían por todo su dolor. Era más difícil perdonar a alguien que te importaba, a alguien de quien esperabas algo mejor.

Nicky, Matt y Liam respetaron su distanciamiento sin dejar de mostrarle que seguían ahí para él con pequeños gestos como prepararle una taza de café sin preguntarle porque sabían cómo le gustaba, o como esperarle para ver el partido en la televisión y no empezarlo sin él, o como darle los buenos días y las buenas noches cada día aunque a veces no tuviesen respuesta. Neil iba atesorando esos momentos, usándolos como tiritas para sus heridas, hasta que sanasen.

Ignoraba a Carson todo lo que podía, pero él a veces tenía ganas de marcha, sobre todo cuando Andrew no estaba cerca, y empujaba a Neil con el hombro al pasar a su lado o mascullaba algún insulto como un crío tocapelotas. Neil tomaba aire profundamente y contaba hasta diez para seguir a lo suyo y no entrar al trapo, pero la situación no parecía que fuese a terminar bien, Carson pedía a gritos que le partiesen la cara. Sin embargo, eran un equipo y Neil quería integrarse; esperaba que se cansase, que la estupidez de Carson fuese más corta que la paciencia de Neil.

Andrew y Kevin siguieron machacándole sin descanso y el esfuerzo dio resultados evidentes muy rápido. El cuerpo de Neil se reforzó con músculos a la vez que se volvía más ágil con la pelota y los movimientos. Aprendió a jugar al baloncesto con todas sus reglas y echaron infinidad de partidos contra amigos de Matt y Nicky que no jugaban de forma profesional pero sí por gusto. Cuando estuviese todo el equipo sería más fácil.

Fuera de la cancha, Andrew permaneció fiel a la tregua. Los fines de semana que celebraran sus fiestas de perversión Neil se iba a dormir al pabellón de baloncesto, que empezaba a convertirse en un santuario también para él, los sofás eran cómodos, así no molestaba ni preocupaba al entrenador.

Dos semanas después, Neil estaba de buen humor. La noche anterior hubo luna llena y se transformó para salir a correr a un bosque cercano, volvió a conectar con la naturaleza y con su parte animal y se sintió libre. A la noche siguiente, a oscuras en su habitación compartida con Nicky, escuchando su respiración relajada, tuvo ganas de volver a hablar con él y perdonarle. Ya estaba preparado para cerrar las heridas.

—¿Sabes? El muy testarudo ni siquiera me pidió perdón.

Nicky contuvo el aliento, sorprendido de que le hablase por fin, casi había perdido la esperanza de que sucediese.

—No escucharás esa palabra salir de sus labios.

—La verdad es que no lo esperaba, pero no deja de sorprenderme.

—Lo siento, Neil.

—Ya lo sé, pasemos página.

—Gracias. Casi me mata cuando le eché la bronca por lo que te había hecho.

—¿Eso hiciste?

—Bueno… lo intenté.

Ambos se rieron suavemente y volvieron al punto desde donde lo habían dejado, olvidando esas incómodas semanas de forma tácita. Neil decidió que al día siguiente también haría un acercamiento con Matt y Liam para zanjarlo todo de una vez.

Después de hacer las paces lo convencieron de salir a tomar algo todos juntos, incluso invitaron a Kevin y Andrew, que sorprendentemente aceptaron ir con ellos. Carson no apareció ese día por casa y nadie le echó de menos, salieron sin él. Fueron al bar a las afueras del campus que solían frecuentar, ocuparon una mesa con forma de U en una esquina y Neil se sentó entre Nicky y Liam. La televisión que colgaba en la pared, detrás de la barra, estaba apagada, no echaban ningún partido importante ese día, así que el ambiente estaba animado con música y habían movido algunas mesas para dejar un hueco como pequeña pista de baile. Todos pidieron cervezas menos Neil y charlaron sobre baloncesto.

Andrew estaba justo enfrente de él y al recolocar las piernas bajo la mesa y estirarlas Neil le dio una patada sin querer. Andrew desvió la atención del botellín al que estaba quitándole la etiqueta hacia él y le devolvió una patada suave, casi juguetona. Neil apartó la mirada y prestó atención a lo que estaban comentando Nicky y Liam sobre una jugada. Kevin no intervino en ningún momento y Matt estaba distraído con el teléfono, seguramente hablando con alguna chica.

De repente, Liam le pasó el brazo sobre los hombros a Neil y se inclinó hacia él. Neil se tensó, incómodo, pero estaba atrapado. Iba a quitárselo de encima con disimulo cuando notó que una fuerte patada lo hacía tambalearse. Le soltó.

—¡Se puede saber de qué coño vas! —le gritó a Andrew.

—No le gusta que le toquen —contestó, señalándome con un movimiento de cabeza.

—Pues que me lo diga él.

—Pues no le toques.

—No pasa nada —dijo Neil alzando las manos sobre la mesa.

—Me has hecho daño, joder. ¿Y si me lesionas la rodilla?

—Pobre bebé grandullón.

Liam dio un puñetazo sobre la mesa, haciendo que las bebidas temblasen y todos sujetaron su botellín.

—Venga, ya basta, chicos —dijo Matt, guardando el teléfono en el bolsillo del pantalón.

Liam resopló y se cruzó de brazos, enfurruñándose en su sitio como un niño pequeño al que le han quitado una piruleta que iba a comerse. Neil se levantó y Nicky lo dejó salir.

—Voy al baño.

Todos eran como una bomba a punto de explotar; en cualquier momento, por cualquier cosa, la situación pasaba de cero a cien de peligrosidad en un segundo, incluso entre ellos. Y aun así, convivían sin matarse, lo que a Neil le parecía un milagro incomprensible.

Tuvo que pasar por la pista de baile improvisada para llegar hasta el baño, hizo sus necesidades más por hacer algo de tiempo que porque realmente lo necesitase y se lavó las manos, echándose un poco de agua también en la nuca para refrescarse. Al líder de su manada le gustaba pasarle un brazo sobre los hombros y sujetarle e incomodarle, así marcaba su territorio sobre él cuando le daba la gana, una amenaza velada junto a sus insinuaciones. Muchas veces se había tenido que pasar el brazo de su padre o su madre por los hombros para sujetarlos cuando estaban tan borrachos que no se tenían en pie y sus insultos le taladraban los tímpanos. No era un gesto que le gustase.

Salió del baño más calmado y volvió a pasar por la pista esquivando a quienes intentaban bailar. De repente, alguien lo agarró por el brazo y tiró de él, haciéndolo retroceder.

—¿Por qué no te quedas un rato, guapo? —preguntó un borracho echándole el aliento en la cara.

Neil puso una mueca de asco e intentó soltarse de un tirón, pero otro le empujó hacia el borracho, algún amigo suyo. Le rodearon tres tipos de unos veinticinco años.

—Con esa carita que tienes dan ganas de comerte.

—Suéltame.

Neil mostró los dientes y gruñó sin poder evitarlo, pero los otros iban tan pedo que solo se rieron, hasta que un puñetazo derribó al que le tenía sujeto y Andrew apareció a su lado. A los segundos se unieron los demás chicos y se encararon a los borrachos. La gente se alejó de la pista y todos se quedaron mirando.

—¡Eh, eh! ¡Basta de peleas!

El barman y un camarero se interpusieron para que no fuese a mayores. Andrew sujetó a Neil por el antebrazo y se puso delante de él para cubrirlo con su cuerpo. Neil ya no prestaba atención a nada que no fuera Andrew. Sus dedos se le clavaban por la fuerza con la que le sujetaba, pero no se sintió amenazado, esa ira no iba contra él; Andrew se estaba controlando. Y tampoco sintió desagrado con su toque, se dio cuenta de todas las veces fugaces que se habían tocado y nunca lo había sentido, nunca se había apartado con disgusto o incomodidad como con cualquier otro.

Se preguntó si confiaba en Andrew, luego se preguntó por qué lo haría, y después si estaba loco de remate por hacerlo. Pero en ese sentido sabía que Andrew, con sus perversiones incluidas, jamás le haría daño, por eso confiaba en él. Esa era la explicación.

No le importaban realmente las bromas y tonteos y confianzas que se tomaban los demás, pero inconscientemente eso hacía que se alejase de ellos, que trazase una línea que no quería sobrepasar entre los demás y él.

El altercado se resolvió sin que Neil prestase atención a nada de lo que pasaba, hasta que Andrew volvió a la mesa con él y lo sentó a su lado sin soltarle. Los demás estaban pidiendo otra ronda en la barra y dejando una propina para que les dejasen quedarse.

—Gracias.

El calor de la mano de Andrew en el brazo de Neil persistió un rato después de que le soltase.

—Defiendo a los míos. Aunque tú no seas mío todavía, no del todo.

Neil rio, no pudo evitarlo, con él todo era un tira y afloja, una pelea por algo. No podían tener una conversación relajada ni para darle las gracias.

—¿Qué quieres, Andrew? ¿Mi alma y mi corazón en un tarro para tu colección? —preguntó con sorna.

—Yo no…

—Quiero nada —terminó Neil imitando una voz más grave. —Lo sé.

Neil tampoco había querido nada durante mucho tiempo, durante casi toda su vida. Hasta que empezó a querer cosas, entonces ya no había vuelta atrás.

29 enero 2025

Capítulo 13

El verano pasó a una velocidad sorprendente y un día Neil se descubrió viendo el uno de septiembre en el calendario que tenían pegado a la nevera de la cocina. En diez días empezarían las clases y notó un nudo de nervios en el estómago al pensarlo. Los demás compañeros del equipo, los que habían pasado el verano fuera, regresaron durante esa primera semana y el sábado ya estaban todos juntos. Prepararon una fiesta para celebrarlo, en la nevera había más alcohol que comida e iban a pedir pizza para cenar. A Neil solo le dio pena perderse eso, pero también le vendría bien salir para airearse ahora que la casa volvía a estar llena y se sentía un poco agobiado por ello. La casa no era lo suficientemente grande para albergar a diez jugadores de baloncesto, estaban un poco apretados. Al menos en la manada tenía su caravana y el bosque para poder estar a solas y respirar.

A solas o con Ray, lo cual le transmitía la misma sensación de paz y libertad.

—¿Seguro que no quieres quedarte? —le preguntó Nicky—. Te prometo que no te dejaré solo. Lo juro. Dame otra oportunidad.

—Tranquilo, prefiero irme.

—¿Todavía no confías en mí? —preguntó con tristeza.

Neil suspiró.

—No es eso, habrá demasiada gente y no me fio de Carson ni de Andrew. Prefiero estar tranquilo y solo.

—Podría ir contigo, solos tú y yo. Salimos a cenar y jugamos en la cancha hasta cansarnos.

—¿Y qué pasa con Dean?

—Lo entendería, le caes bien.

—Gracias, Nicky, pero no es necesario.

Esa vez fue Nicky quien suspiró pesadamente.

—Vale, me rindo.

Neil ya tenía sus propios planes. Iba a salir a correr (en forma humana) por todo el campus y luego a practicar tiros en la cancha hasta que no sintiese los brazos. Después se daría una ducha caliente, saldría a comprar algo para cenar en un puesto ambulante, los fines de semana se quedaban hasta tarde para alimentar a los borrachos, y se quedaría dormido viendo partidos desde el sofá. Todavía no hacía frío por las noches, ni siquiera necesitaba llevarse una manta, pero pensó que debería dejar allí una para tenerla más adelante, cuando la necesitase. Aunque no sabía si durante la temporada de clases y partidos harían fiestas muy a menudo.

También podría dormir en su forma animal para no necesitar nada más, su temperatura corporal subía unos grados y el pelaje protegía del frío, pero sería muy arriesgado.

Lo único que echaba de menos de su antigua vida era poder convertirse cuando quería y no tener que guardarlo en secreto.

Kevin entró en la cocina, ignorándoles, y fue directo a coger un botellín de cerveza de la nevera. Lo abrió con parsimonia, dio un trago, y habló dándoles la espalda.

—Practica el tiro de gancho y triples.

—Lo haré —aceptó Neil.

Y Kevin salió de la cocina con su cerveza.

—A veces te juro que pienso que es un robot —dijo Nicky en voz baja.

—¿Nunca le has visto hacer algo humano más allá de jugar?

Nicky se rio en voz baja y asintió, acercándose para contarle un cotilleo.

—En realidad sí, cuando trae compañía a las fiestas. No hace nada delante de nosotros, ni siquiera un beso, así que una vez subimos a espiarles, para comprobar que es humano y que no se estaba comiendo su corazón o algo así, y los escuchamos follar. —Bajó aún más la voz y dijo con dramatismo—: Kevin gime.

Neil soltó una carcajada y Nicky le dio un empujón, chistando para que callase.

—Sois una pandilla de pervertidos.

—Sí, lo somos —contestó sonriendo.

Se despidieron antes de que empezasen a llegar todos con sus acompañantes, Neil realmente tenía miedo y un atisbo de duda real de que fuesen a montar una orgía o algo así, y dedicó la noche a seguir con su plan al detalle. Cenó perritos calientes en un banco, bajo la luz de las estrellas, solo y tranquilo, y brindó por Ray hacia el cielo con su refresco. Si hubiesen sido más valientes, si hubiesen tenido más esperanza, estarían cenando juntos en ese momento, tal vez no en ese lugar (el cual Neil, en esa otra vida, habría echado de menos sin conocerlo) pero estarían juntos en cualquier parte del mundo, libres. Torturarse con ello no cambiaría nada, pero Neil no podía evitarlo, era lo único malo de quedarse solo mucho tiempo, perdía el control de sus pensamientos y le costaba recuperar las riendas de su mente.

Volvió paseando para ponerse un partido de baloncesto y tumbarse en el sofá, dispuesto a descansar. Estaba deseando jugar un partido de verdad y descubrir lo que se sentía al formar parte de algo así. Se quedó dormido antes de que el partido terminase. Y durmió plácidamente hasta que notó otra presencia en la habitación.

Se incorporó en el sofá tan rápido que se mareó por un segundo, asustado, soltando un jadeo ahogado, hasta que notó su olor inconfundible.

—Joder, Andrew, casi me matas del susto.

Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá donde Neil dormía segundos antes. La habitación seguía a oscuras, solo entraba la luz de las ventanas.

—¿Qué hora es? ¿Qué haces aquí?

—Haces muchas preguntas para no dar ninguna respuesta.

—No te pongas enigmático. ¿Estás borracho?

—Preguntas, preguntas, preguntas.

—Estás borracho —afirmó.

—Un poco.

—Todavía no ha amanecido.

—No.

Cuando el corazón dejó de intentar salírsele del pecho, Neil volvió a tumbarse y calvó los ojos en la nuca de Andrew. Su pelo rubio parecía pálido incluso en penumbra. Seguro que sus ojos eran incluso más negros, como pozos de oscuridad, y Neil deseó que girase la cabeza para mirarle y comprobarlo.

—¿Tan aburrida es la fiesta que has acabado aquí?

Andrew contestó con silencio y Neil resopló exasperado por la tontería que le había dado con las preguntas. A saber qué cable se le había cruzado para acabar allí sentado en el suelo a oscuras.

Neil alargó una mano y estuvo a punto de tocarle cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se detuvo. A Andrew tampoco le gustaba que le tocasen, ni siquiera sus amantes, o al menos eso había visto.

—Puedes jugar si quieres, no vas a molestarme, soy capaz de dormir con ruido.

—No quiero jugar.

—Te estás escondiendo de algo —dijo para hacerle hablar sin darle un tono interrogante.

—No soy yo quien se esconde.

Neil se cansó de sus juegos y golpeó su hombro con un dedo muy rápidamente. Andrew no se inmutó ni para quejarse. Había ido allí para algo, Neil quería dormir y le estaba sacando de quicio.

—No confías en mí.

Neil estuvo a punto de romper a reír en carcajadas por la incredulidad, pero se quedó boquiabierto.

—No tengo ningún motivo para confiar en ti. No me has pedido perdón y no he olvidado lo que pasó.

—Eres rencoroso.

—Sí, lo soy.

—Yo también.

—No he hecho nada para que me guardes rencor.

—No he dicho que lo haga.

Neil contuvo las ganas de gritarle para saber qué quería, qué hacia allí, y decidió probar a molestarle otra vez. De repente, tocarle era como jugar a acercarse a un león hambriento, no sabías cuando te lanzaría una dentellada. Dobló la pierna y le dio con la rodilla a propósito en la espalda.

—Dime algo que no sea un laberinto.

Silencio.

—No te he hecho una pregunta.

Silencio.

Neil pasó un dedo por su pelo, por la parte de atrás de la cabeza, subiendo desde la nuca, rozando solo las puntas. Era suave. Andrew inclinó la cabeza hacia atrás en vez de apartarse.

—Andrew —susurró.

—No pronuncies mi nombre así.

—¿Cómo?

No lo había dicho de una forma especial ni extraña, solo había sonado demasiado íntimo porque el ambiente lo era. Esa noche Andrew estaba más raro de lo normal, aunque parecía menos inaccesible, no tenía sentido nada de lo que decía o hacía.

—No te ha sentado bien el alcohol, deberías dormir.

Silencio.

—¿Qué hiciste para acabar aquí? Necesitando esta segunda oportunidad.

—Maté a una persona.

La única pregunta que había contestado y tenía que ser esa, la que Neil pensaba que jamás contestaría. Las palabras parecieron hacer eco en la habitación y en el interior de Neil. Pero él no era quién para juzgar a nadie.

—Yo… también.

Entonces Andrew giró el rostro y Neil por fin vio esos ojos negros inmensos. Esa era la confesión más sincera que podía darle y no abarcaba ni una mínima parte de la verdad.

—¿De qué huyes: de tus remordimientos, de la policía o de quienes quieran vengarse? —preguntó Andrew, por fin había despertado su interés.

—De la policía no.

—¿Vendrán?

—Espero que no, pero si lo hacen me iré, no voy a meteros en problemas.

—Ya no tienes que huir más, eres un zorro, te protegeré.

Neil sonrió casi con ternura. Tal vez si fuese de humanos podría cumplir su promesa, pero no tenía ni idea de que se enfrentaría a cambiantes y contra una manada no podría ganar. Sin embargo, la sinceridad de esa noche no llegó tan lejos como para revelar esa confesión.

—No quiero que pienses que esta es toda la verdad, no quiero mentirte.

—Solo por omisión.

—Tal vez algún día lo entiendas.

—Lo haré.

Si no lo encontraban, si Neil conseguía sincerarse alguna vez y aguantaba allí el tiempo suficiente para conseguirlo. Tal vez lo entendería.

—¿Mataste al que te hizo esas cicatrices?

Neil guardó silencio, abrumado por los recuerdos. No los había matado a todos y él también había dejado cicatrices en otros cuerpos.

Nadie más del equipo había visto su cuerpo porque había tenido cuidado y suerte, y al ser pocos podían turnarse y no tenía problema en quedarse un poco más de tiempo en la ducha para salir después y vestirse rápido, y al no tener clases tampoco tenía prisa. Eso cambiaría ahora. Muchas cosas iban a cambiar.

—¿Lo de ser exhibicionista es un fetiche?

Neil necesitaba alejar la conversación de asesinatos y venganzas.

—¿Y lo de ser virgen?

Pero el tiro le salió por la culata.

—No soy virgen.

—Quién lo diría.

—¿Qué más te da?

—¿Qué más te da ti lo que haga yo?

—Pues si lo haces delante de mí sí me incumbe.

—No te quedes mirando la próxima vez.

Neil agradeció la oscuridad porque notaba que se había puesto rojo de vergüenza y un poco de rabia también. Si lo hacía a la vista de todos era porque quería eso precisamente y cuando te encontrabas con una escena así era difícil reaccionar.

—Por supuesto que no, he aprendido la lección.

—¿Por eso no vuelves a las fiestas?

—No, Andrew. No vuelvo porque no me gusta que me droguen sin mi consentimiento.

Andrew dobló un brazo sobre el sofá, muy cerca del cuerpo de Neil, y apoyó la barbilla en la mano.

—Lo siento.

Las palabras se quedaron flotando en el aire, entre ellos, mientras Neil las coleccionaba como si fuesen un tesoro.

—Nicky dijo que nunca pedías perdón.

—Pues no se lo digas. ¿Estamos en paz?

—¿No volverás a hacerlo?

—No. Ya tengo alguna pieza más del puzle de Neil y veo una imagen más nítida, está bien así. Por ahora. Pero nunca más te drogaré.

Lo decía como si le hubiese echado Pepsi en vez de Coca-Cola en el vaso, pero Neil lo creyó.

—Vale. Tal vez me quede en la próxima fiesta, así Nicky dejará de sentirse culpable y creerá que le he perdonado. Solo espero no tener problemas con Carson, no creo que pueda hacer las paces con él, no quiere.

—Yo me ocuparé de Carson.

—Puedo con él.

Andrew arqueó una ceja y Neil le dio otro golpe con la rodilla, ofendido. La barbilla se le cayó de la mano y volvió a apoyarla como si nada.

—Puedo con más de lo que crees.

—Bien.

Andrew dobló el brazo para apoyar la cabeza en él, sin dejar de mirarse en la penumbra, y Neil se acomodó de lado.

—¿Estás cómodo ahí?

—Sí.

—¿No quieres volver a la fiesta?

—Ya habrá terminado.

A veces hablar con él era como echar un partido de tenis, las palabras volaban como la pelota, golpeadas de uno a otro.

—¿Y tu novio se habrá ido?

—No es mi novio, solo es la boca donde me corro.

Neil cerró los ojos y tragó saliva, no entendía cómo podía decir algo así mirándolo sin inmutarse. Andrew hablaba de asesinatos, de drogas y de correrse con la misma expresión. Neil estaba acostumbrado a la falta de pudor, al sexo y a la desnudez, pero a su lado parecía virginal y estúpido. Le descolocaba con facilidad.

—¿Te vas a dormir?

Neil abrió los ojos.

—¿Qué quieres que haga, Andrew? ¿Has venido para algo concreto? Creo que ya te llevas más de lo que fuera que venías a buscar.

—Tienes razón, te dejaré descansar.

Se levantó y se fue sin darle tiempo a replicar, si Neil hubiese querido hacerlo. Pero no iba a poder descansar mucho. Se tumbó de espaldas y cruzó los brazos bajo la cabeza, mirando el techo a oscuras, sin dejar de preguntarse por qué había ido Andrew allí esa noche.

28 enero 2025

Capítulo 14

El primer día de clase Neil no fue capaz ni de tomarse un café por la mañana, tenía el estómago cerrado por los nervios. Nicky le acompañó hasta el aula de su primera clase solo para distraerlo y que no fuese comiéndose la cabeza solo. Lo dejó allí y Neil buscó sitio cuando empezaron a llegar el resto de sus compañeros. Se sentía como si estuviese empezando una nueva vida de verdad.

No habló con nadie, pero se emocionó al escuchar a los profesores y tomar apuntes y sentir que podía hacerlo, que iba a hacerlo.

Durante una hora libre que tuvo entre clases fue a tomarse un café de un puesto ambulante y luego a la biblioteca para organizar algunos papeles que había escrito a sucio. La biblioteca estaba casi vacía y el ambiente le resultó muy reconfortante, puede que ese se convirtiera en su lugar favorito de la universidad, sobre todo cuando no pudiese estudiar en casa y tuviese que refugiarse allí para tener un poco de paz.

Dio la última clase y volvió a la casa con deberes ya pendientes. Comió con algunos chicos, se puso al día con los trabajos y por la tarde tuvieron su primer entrenamiento oficial. Neil ya tenía su equipación completa y se la puso por primera vez, el número diez marcaba su espalda bajo el apellido y su pecho bajo el nombre del equipo. También tenía el carnet de la universidad, la beca completa, su inscripción al equipo y el registro en la casa de los zorros, y hasta se había apuntado al gimnasio ahora que ya podía.

Ya en el santuario (Neil se había rendido a llamarlo igual que los demás) se reunieron en la sala de visionado y reuniones después de cambiarse. Neil ya estaba harto de tener que andar de puntillas para que nadie le viese así que dejó que lo hiciesen, se cambió delante de ellos, soportó las miradas y los cuchicheos, no contestó ninguna pregunta y continuaron con sus vidas. Ahora que se había sincerado (todo lo que pudo) con Andrew, sentía que tenía su apoyo y que con él podía enfrentarse a cosas que temía estando solo. Neil estaba seguro de que si hubiesen insistido mucho sobre sus cicatrices o si le hubiesen importunado por ello, Andrew habría tomado el control de la situación, y era agradable saber que alguien te guardaba las espaldas. Solo esperaba que, si algún día descubría toda la verdad, siguiera estando a su lado.

Quién habría imaginado que acabaría confiando más en Andrew que en cualquier otro con quien tuviese mejor relación. Sin duda, Neil seguía preguntándose por la cordura de sus decisiones. Pero Andrew tenía algo, era fuerte y sólido y parecía invencible, como si fuera un héroe tallado en granito y, cuando no iba a por ti, cuando te apoyaba, te hacía sentir seguro en medio de un huracán.

—Espero que hayáis descansado durante el verano —dijo el entrenador, dándoles un pequeño discurso por ser el primer día—, porque ahora quiero que lo deis todo para llegar a la final en la liga universitaria, ya nos he inscrito.

—¡Vamos a ganarla! —exclamó Nicky.

—¡Sí! Vamos a por todas, entrenador —dijo Matt.

—Así me gusta. Pues preparaos para sudar y sufrir para conseguirlo. Ahora tenemos un nuevo compañero —dijo señalando a Neil, dirigiendo todas las miradas hacia él durante un momento incómodo para el chico—, y ha estado trabajando duro todo el verano para formar parte del equipo. Seguro que encajáis bien, pero hay que seguir trabajando duro para que os mováis como uno solo en la cancha. ¡Vamos a ello!

El entrenador dio una palmada enérgica y los demás le contestaron y se levantaron para ir corriendo hacia la cancha.

Neil estuvo un poco torpe por tener que adaptarse a jugar con todos y un poco también por los nervios, pero ninguno se lo tuvo en cuenta, excepto Kevin, que lo miraba como si quisiera machacarlo cada vez que cometía un error o le robaban la pelota por culpa suya. Le dijo algunos improperios, pero Neil hizo oídos sordos y el entrenador le llamó la atención a Kevin para que le dejase en paz.

Ese verano Neil se había adaptado a la posición que el equipo necesitaba y principalmente jugaba como escolta, al igual que Kevin. Andrew y Liam eran los bases habituales. Como alero estaban Matt y Evan. De ala-pívot Nicky y James. Y como pívot Spike y Carson. Esas eran sus posiciones oficiales, pero todos sabían jugar en todas por si era necesario; Neil todavía estaba aprendiendo a desenvolverse en algunas, pero controlaba la suya que era lo importante.

Al terminar hora y media después, estaban todos jadeando y cubiertos de sudor. Fueron al vestuario agotados pero contentos, excepto Kevin que seguía fulminando a Neil con la mirada.

—Has cometido errores imperdonables —le dijo antes de cambiarse para entrar a la ducha.

—Tampoco exageres, solo necesito adaptarme a que estemos todos.

—Hazlo mejor mañana.

—Déjalo —dijo Andrew, zanjando la conversación.

Kevin resopló y fue hacia su taquilla para quitarse la ropa. Neil miró a Andrew pero este le estaba dando la espalda, quitándose la camiseta. Apartó la mirada y se cambió rápido para entrar en la ducha, allí las mamparas le protegían de las miradas de los demás.

Cuando salió algunos ya se habían marchado. Nicky y Matt le estaban esperando fuera para volver juntos a casa. Cenaron arroz congelado con pollo para llevar una dieta más equilibrada durante la temporada de baloncesto y descansaron en los sofás casi todos juntos, viendo una película. Solo faltaban Andrew, Kevin, Carson y James. Y Neil solo le preguntó dónde estaría Andrew.

Esa noche se quedó dormido en cuanto apoyó la cabeza en la almohada y estaba sonriendo.

 

***

 

Al final de su primera semana de clases y entrenamientos y trabajos y deberes y lecturas obligatorias, Neil estaba agotado. Por suerte, todos lo estaban y no dieron ninguna fiesta ese fin de semana, pero Neil no pudo librarse de salir a cenar y tomar algo con Matt, Nicky y Liam el sábado. Después de la primera ronda de cervezas y refresco, Liam los abandonó por una chica que no dejaba de mirarle y sonreírle mientras se tocaba el pelo y le hacía ojitos.

—Lo siento, chicos, pero vosotros no podéis darme lo que va a darme ella esta noche —dijo alzando las cejas de forma cómica, levantándose para irse—. Bueno, tú sí —le dijo a Nicky—, pero paso.

—Capullo.

Nicky le dio un puñetazo en el brazo antes de que se escapase y se fue riéndose. Se presentó a la chica y su grupo de amigas, le pasó el brazo por la cintura y le dijo algunas cosas al oído antes de llevársela cogida del brazo. Neil envidió su soltura para relacionarse con otras personas y ligar en dos segundos, hacía que pareciese fácil.

Neil siguió la conversación de Nicky y Matt durante un rato, hasta que de repente se quedaron en un cómo silencio entre ellos, escuchando la música mientras se tomaban sus bebidas. Neil no pudo culpar al alcohol por el tema que sacó de repente, pero desde que lo habló con Andrew no dejaba de darle vueltas, y la pregunta le salió sin poder controlarla, pues no quería contarle a nadie más lo que le había confesado a Andrew.

—¿Cómo acabasteis aquí?

Matt y Nicky le miraron con las cejas alzadas, sorprendidos.

—Lo siento, no es justo que lo pregunte cuando yo guardo mis secretos y quiero que siga siendo así.

—No pasa nada —dijo Matt—, para nosotros no es un secreto, casi todos conocemos las historias de los demás, ya llevamos dos años juntos.

—Yo ya te conté lo más importante de la mía —dijo Nicky—. Perdí a mi hermano por culpa de las drogas. Lo aprendimos en casa, así que era inevitable que cayésemos en esa mierda. Muchas veces pienso que si él no hubiese muerto primero, lo habría hecho yo, su pérdida fue lo que me despertó. Dejé las drogas, abandoné a mi familia y me busqué un futuro mejor.

Parte de la historia de Nicky le recordó tanto a Neil a la suya propia que se le cerró la garganta por la emoción que le sobrevino recordando a Ray. También había podido pasar al contrario entre ellos, que hubiese sido Neil al que matasen y Ray el que huyese después de eso. Pero no sucedió así.

Posó la mano sobre la de Nicky solo un momento y este le sonrió con tristeza.

—Te entiendo. Yo… también podría haber muerto en lugar de mi amigo y no estar aquí.

—Pero lo estamos y tenemos que hacerlo mejor, por ellos.

Neil asintió y dio un trago al refresco frío, metiéndose un hielo en la boca para morderlo y conseguir tragar algo que le aliviase la garganta.

—No tienes que contármelo si no quieres —le dijo a Matt.

—Quiero que confíes en nosotros para que algún día sepas que puedes contarnos tu historia, sea la que sea. Yo vengo de una familia muy pobre, mi padre trabajaba en la construcción dejándose la salud en ello y después de una lesión en la espalda se volvió adicto a la mediación. Cuando se la quitaron se refugió en el alcohol, entonces empezaron los problemas de ira y violencia, yo tenía diez años, hasta entonces puedo decir que fui feliz aunque no teníamos mucho. —Se tomó un respiro para dar un trago a la cerveza y continuó—. A mí nunca me pegó y yo era muy pequeño para defender a mi madre, tardé mucho en dar el estirón, era débil y estaba asustado. Las palizas cada vez eran más agresivas, primero le dejaba moratones, luego le rompió huesos, hasta que la mató cuando yo tenía trece años.

—Lo siento, joder.

Nicky le pasó un brazo por los hombros para reconfortarlo y Matt tragó saliva con fuerza y los ojos húmedos.

—Mi padre fue a la cárcel y yo me quedé con una tía lejana hasta los dieciocho años, me echó de casa en cuanto los cumplí, solo se quedó conmigo porque recibía una ayuda económica del estado. Mi padre murió en la cárcel por una sobredosis.

—Todos tenemos historias oscuras y tristes a nuestra espalda, Neil —le dijo Nicky para darle tiempo a Matt de recomponerse—. No nos espantaremos cuando conozcamos la tuya.

Pero Neil no solo había sufrido en manos de otros, también había hecho sufrir, había matado sin compasión, por supervivencia, y ni siquiera era humano. No estaba muy convencido de que realmente no fueran a espantarse con él. Asintió y volvieron a guardar silencio, cada uno perdido en sus recuerdos. Matt se levantó y regresó con tres chupitos, ofreciéndole uno a Neil también.

—Venga, por nosotros, no te pondrás pedo con uno solo —dijo, dándoselo.

Neil lo aceptó como pago por su generosa sinceridad. Bebieron juntos y Neil se terminó de otro trago el refresco para aliviar el ardor en la garganta.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro —contestó Matt.

—¿Por qué bebes alcohol?

—Ya, después de lo que viví, supongo que te parece extraño. Verás, yo nunca me emborracho, sé cuándo detenerme para no perder el control, y lo hago para demostrarme que puedo hacerlo, que no soy como él, y porque me gusta.

Neil lo entendió y lo respetó. Cada uno tenía su manera de enfrentarse a sus fantasmas. Poco después volvieron a casa y se fueron a dormir.

 

***

 

La primera semana de octubre el entrenador les preparó un partido amistoso con otra universidad con la que tenían buena relación, para prepararse antes de que empezase la liga. Los chicos conocían a los jugadores, ya habían hecho esto antes, y Parker era amigo del otro entrenador; los invitaron al santuario de los zorros.

Apostaron que quien perdiese pagaría las pizzas de después.

Neil estaba emocionado. Matt y Nicky le presentaron a todo el mundo antes de guiar al equipo contrario hasta el vestuario de los visitantes, mucho más pequeño y modesto que el suyo.

Los entrenadores fueron charlando a la cancha y los esperaron allí sin meterles prisa, mientras se ponían al día.

Nicky golpeó el hombro de Neil con el suyo.

—¿Todo bien?

—Sí.

¿Acaso parecía nervioso? Se preguntó.

—Será divertido, ya verás.

—Si perdemos por tu culpa, pagarás tú las pizzas — dijo Kevin.

—Cállate, capullo —replicó Liam, empujándolo al pasar por su lado—. La última vez ganamos, pero no pasa nada si perdemos hoy.

A Neil no le hizo mucha gracia que pensasen que perderían por su culpa. No era el mejor, cierto, pero machacando su autoestima no conseguirían que estuviese más motivado. Su intención era buena, sin embargo…

—No perderemos —zanjó Andrew con seguridad.

Y a Neil no le pareció una amenaza ni una exigencia, simplemente confiaba en él, en que no sería un lastre. Al fin y al cabo, le había entrenado para eso.

—¡Claro! —exclamó Nicky, no tan convencido como debería—. Vamos.

Salieron con la equipación puesta y fueron con algunos del otro equipo hacia la cancha. Los pusieron a calentar en cuanto estuvieron todos y después empezó el partido. Durante el primer tiempo dejaron a Neil en el banquillo, así pudo observar y aprender cómo jugaban los otros para cuando le tocase entrar.

Y lo dio todo cuando pisó la cancha.

Incluso consiguió encestar cuando Andrew le pasó la pelota y subió el marcador dos puntos. Su euforia subió quinientos más.

Jugó dos períodos seguidos y en el último volvió al banquillo. No le importó, lo había disfrutado muchísimo y también había aprendido otro tanto, se sentía más que satisfecho y… si perdían no sería por su culpa.

Aun así, Kevin le miró mal cuando salió de la cancha enfadado por haber perdido por dos malditos puntos.

Neil frunció el ceño y estuvo a punto de hacerle un corte de mangas, pero se contuvo para no caldear el ambiente. No todos se lo tomaron mal ni le culparon por ello, pero los zorros estaban tensos, los otros supieron entenderlo y no se regodearon en su victoria. Pusieron dinero e invitaron a las pizzas para comer en el parque de al lado, en los bancos al aire libre. La charla se animó en cuanto llegó la comida y pasaron un rato agradable hasta que los ganadores tuvieron que marcharse.

Los zorros volvieron a casa con el ánimo bajo y Neil se sintió culpable. Sabía que no debería, joder, pero no pudo evitar pensar por un momento que sin él estarían mejor, y solo había sido una prueba, un entrenamiento amistoso. Ya no le emocionaba tanto enfrentarse a un partido real, empezaba a asustarle, y eso era estúpido, había luchado a muerte una y otra vez, no podía tenerle miedo a un partido de baloncesto y… al rechazo de sus compañeros si no estaba a la altura, o incluso si le culpaban por perder aunque no fuese su culpa.

Su mente iba a mil por hora mientras caminaba lentamente hasta casa junto a Nicky, Matt y Liam.

Kevin y Andrew iban por delante, el segundo fumándose un cigarro, el otro con todo el cuerpo en tensión, no se le daba bien perder.

Al llegar a casa, Andrew se quedó en el porche para fumarse otro cigarro y, por algún motivo incomprensible, Neil se quedó fuera con él, lo prefería a entrar con los demás. Eso le indicó lo jodido que estaba, si Andrew era con quien más reconfortado se sentía.

Se sentaron en el banco en silencio y permanecieron así hasta que Andrew consumió todo el cigarro. Después no se marcharon.

La rodilla de Neil rozó la de Andrew y se apartó con rapidez murmurando una disculpa ante la que el otro no reaccionó, así que Neil las hizo chocar a propósito y la dejó ahí cuando él no se movió. Solo quería alguna reacción por su parte.

—¿Estás enfadado?

—¿Por haber perdido? No tengo cinco años.

—Kevin lo está.

—A veces tiene cinco años mentales. Todo tenemos defectos, ¿no?

—Me odia.

—¿Qué más da?

—Es el capitán del equipo, si cree que perdemos por mi culpa querrá echarme.

—Yo soy el segundo capitán.

—¿Y?

Andrew lo miró con esos ojos negros que parecían estar llamándole idiota en ese preciso momento.

—No irás a ninguna parte.

Después se levantó y entró en casa. Neil se quedó fuera un rato más.