En
cuanto vio a Andrew allí solo, en medio de todos esos cambiantes, con un arma
en la mano, como si fuese invencible, reclamándolo, se le detuvo el corazón. Ya
no escuchaba ni veía nada más que a él. Ni siquiera reaccionó ante el caos que
se formó a su alrededor porque Andrew permanecía quieto en medio del huracán y
solo con su mirada le sujetaba, le sostenía.
Todos
gritaban, corrían, sonaron más disparos, y ellos se miraban en medio del caos.
Humano y animal, simplemente dos corazones rotos con algunas piezas que
encajaban entre sí.
Alguien
le dio una patada para sacarlo del trance en el que estaba atrapado, en esos
ojos negros. Intentaron ponerle una cadena al cuello como correa para
llevárselo, lanzó un mordisco al aire defendiéndose, pero le quitaron de encima
a Joshua con un empujón. Y no era Andrew, sino Matt. Le dio un puñetazo que
casi lo tira al suelo.
—Vamos,
vamos, no te transformes, corre —le dijo a Neil.
Corrieron
juntos, Andrew se unió a ellos y después Nicky antes de salir de la fábrica
entre el caos en el que todos se empujaban y corrían y se agachaban para no
respirar el humo que se extendía por el techo.
Fuera
se juntaron con otros zorros y no pararon de correr adentrándose en el bosque
que rodeaba la fábrica. Neil corría con ellos a cuatro patas, asegurándose de
que nadie los seguía, todos estaba demasiado ocupados en salvar su propio culo.
A lo lejos escucharon el sonido de sirenas de la policía y los bomberos.
Llegaron
a una carretera secundaria y dos coches los esperaban en marcha. Neil montó con
Andrew y Nicky detrás. Matt se subió delante con Liam al volante. Los demás se
fueron en el otro coche.
Si
Neil hubiese estado en su forma humana no habría podido controlar las lágrimas
por la emoción. Todos habían ido a buscarle.
Volaron
sobre el asfalto sin límite de velocidad.
—¿Todo
bien con lo vuestro? —preguntó Andrew.
—Sí
—contestó Liam, escueto, concentrado en la carretera. Olía como si viniese de
una alcantarilla.
—Ven
aquí, Neil —lo llamó Nicky desde el otro lado.
Pasó
por encima de las piernas de Andrew y se sentó en el medio. Nicky lo abrazó en
su forma perruna y Neil acarició su cuello con el hocico, gimoteando
emocionado.
—Ya
estás con nosotros, tranquilo, estás a salvo.
No
parecía enfadado ni le tocaba como si fuese repulsivo por no ser humano. Neil
apoyó la cabeza en su hombro y Nicky le acarició el lomo.
—¿Tienes
alguna herida grave?
Las
buscó tocándole con cuidado. Neil soltó un ladrido. Solo tenía rasguños
superficiales, la sangre ya se estaba secando.
—No
hablo idioma de perro —contestó Nicky con humor.
Neil
le golpeó la mejilla con el hocico y gruñó suave.
—Me
tomaré eso como una risa y como que estás bien.
Volvió
a apoyarse en él y miró a Andrew, que los observaba casi sin pestañear. Quería
que él también le tocase, pero no lo hacía.
—Vamos
a conducir hasta casa sin parar, puedes descansar.
Había
otras palabras en sus ojos negros, pero Neil no conseguía descifrarlas. Se
apartó de Nicky y se tumbó hacia Andrew, apoyando la cabeza en su regazo,
conteniendo el aliento por si se lo quitaba de encima. Esperó, contando los
segundos que pasaban, hasta que Andrew le apoyó una mano en el cuello y la dejó
ahí. Neil cerró los ojos y se quedó dormido envuelto en su olor.
***
Se
despertó cuando notó que el motor se detenía. No se había enterado de nada
durante las largas horas de viaje, había estado tres días casi sin dormir ni
comer, le costó levantarse y sostenerse sobre las cuatro patas.
—Nosotros
nos bajamos aquí, volved a casa —dijo Andrew.
Abrió
la puerta y se bajó. Neil fue tras él, saltando del coche. Reconocía ese lugar,
era donde tenían la casa de la que había escapado como un idiota. Lo siguió y
subió por las escaleras con el cuerpo pesándole toneladas. Lo malo de haber
descansado era que necesitaba mucho más y que se había esfumado la adrenalina
que lo había mantenido en pie hasta llegar al coche.
Entraron
en la casa, Andrew cerró con llave por dentro, y se quedaron solos.
—Puedes
ir al baño a transformarte.
Neil
siguió sus instrucciones. Volver a su forma humana fue doloroso, los
sentimientos y las sensaciones se multiplicaban por mil de repente. Soltó un
gemido dolorido y pudo taparse con una toalla alrededor de las caderas antes de
que apareciese Andrew preocupado. Encendió la luz y Neil pestañeó con fuerza
hasta acostumbrarse a la intensidad de los halógenos led.
—¿Estás
bien?
—Sí
—carraspeó—, nada grave —contestó con la voz ronca.
Se
aclaró la garganta, abrió el grifo y bebió agua directamente del chorro. Sintió
el calor de la mano de Andrew a un centímetro de la piel de su espalda, se
había detenido antes de tocarlo.
—Te
sangran algunas heridas. Deja que coja el botiquín.
Neil
paró de beber y se apartó para que pudiera sacarlo del mueble, luego lo siguió
de vuelta al salón cojeando un poco y se sentaron en el sofá.
—Debería
ponerme unos pantalones —dijo Neil, nervioso por su desnudez y el frío que
sentía de repente.
—Espera,
tienes un mordisco en la pierna.
Andrew
se arrodilló ante Neil, que contuvo el aliento, y abrió el botiquín. Le limpió
la herida con una gasa, llevándose por delante sangre, tierra sucia y saliva, y
le vendó el gemelo, aunque al amanecer ya estaría curado. Si le quedaba
cicatriz o no lo descubriría unos días después.
Volvió
a sentarse a su lado, sin compartir una sola mirada, y dejó el botiquín sobre
sus piernas.
—Deja
que te cure los arañazos.
—Se
curarán solos.
—Lo
sé.
Neil
dejó que pasase otra gasa por su pecho. También tenía moratones, sobre todo por
las palizas que le habían pegado antes, pero con ellos no se podía hacer nada.
El
corazón de Neil era un tambor contra sus costillas y Andrew ni siquiera le
había tocado de verdad.
Mientras
le curaba, se dio cuenta de que observaba con detalle todas sus cicatrices. De
repente, Neil se sintió demasiado expuesto, recordando cómo había hablado de su
cuerpo maltrecho en aquella discusión cuando él quiso volver a pelear para
ganar dinero.
—Dijiste
que tenía el cuerpo destrozado, ahora lo tengo peor.
—¿Crees
que eso me importa? Lo que me preocupaba era tu dolor. Que te hicieran daño. —Siguió
limpiando con la gasa con extremo cuidado—. Tu cuerpo es… no le pasa nada malo.
Dejó
que le curase un zarpazo en la espalda inclinándose hacia delante y asimiló sus
palabras pudiendo esconder entre las manos todas las emociones que se
reflejaban en su rostro.
—Gracias
por venir —susurró.
—¿Pensabas
que iba a abandonarte?
—No
lo sé.
—¿Pensabas…
—dejó la gasa manchada, le puso una mano en el hombro para incorporarlo y lo
atrapó con sus ojos negros— que podrías huir de mí?
Le
soltó y pasó un dedo con extrema suavidad por encima de una cicatriz sobre sus
costillas. Neil aspiró una bocanada de aire entre los dientes. Andrew parecía
una estatua que ni respiraba, pero le estaba tocando.
—No
quería huir de ti.
—Esos
no son nada comparados conmigo —susurró—. Nunca fuiste suyo porque no te
entregaste a ellos, solo te retenían.
Apoyó
la palma de la mano sobre su costado. Había duda en su mirada y en su forma de
moverse, un titubeo, como si no estuviese seguro de lo que hacía. La piel de
Andrew se calentó contra la de Neil mientras este contenía el aliento. Era
imposible que no notase lo rápido que latía su corazón cuando la mano se movió
hacia arriba, arrastrándose por su torso, hacia el centro del pecho, hacia el
retumbar, dejando un rastro de fuego en la piel.
Neil
cerró los ojos. Era demasiado. Estaba desbastado, agotado, y Andrew lo
consumía. Solo con una mano parecía que lo tocase por todo el cuerpo y el
placer se mezcló con el dolor y con el miedo.
En
ese momento, una caricia era más dolorosa que todos los golpes que había
recibido. Le desarmó y asustó a partes iguales.
—Por
favor… no me acaricies así, ahora no puedo soportarlo —dijo con voz casi
inaudible.
—Lo
siento.
Andrew
apartó la mano con demasiada rapidez y entonces a Neil lo abrumó el frío de
nuevo. No se atrevió a abrir los ojos hasta que volvió a escuchar su voz:
—¿Y
en otro momento?