Mientras
Neil estaba yendo a clase para hacer un examen, volvió a ver el mismo cartel
del perro en un corcho de anuncios y se le aceleró el corazón. Le costó
muchísimo concentrarse para verter todos sus conocimientos en la hoja en
blanco, pero le salió muy bien. Luego se recorrió todo el campus con un nudo en
el estómago, encontrando el mismo cartel en todos los tablones de anuncios, y
cada vez que lo veía le bajaba un escalofrío por la espalda como la caricia de
un fantasma. Su llamada nunca recibió respuesta y volvió a repetirse lo mismo
para calmarse: era normal que hubiese puesto carteles por todo el campus si
quería encontrar a su perro y si ya lo había conseguido también era
comprensible que no contestase más llamadas de desconocidos. Sin embargo, un
poso de miedo se instaló en el interior de Neil y no le dejó descansar durante
los días siguientes. Tenía un mal presentimiento, pero no sabía qué hacer, su
única opción era huir y no quería hacerlo.
El
viernes por la tarde tenían otro partido amistoso para tomarse la revancha,
esta vez en la universidad de los otros, y Neil intentó concentrarse en eso
para no entrar en pánico por los desvaríos de su mente.
Se
metieron todos en tres coches y condujeron hasta la universidad de sus amigos
rivales. Les tocaba ser los visitantes, así Neil también aprendía lo que se
sentía al jugar en otra cancha que no fuese su santuario.
Les
dieron un amable recibimiento, se pusieron un poco al día, los acompañaron a
sus vestuarios y se reunieron en la pista. Esta vez Neil jugó en el primer
tiempo y en el último; en el primero con Andrew y en el último con Kevin,
siempre había uno de ellos dos en la pista, ya que ambos eran los capitanes.
Que Andrew fuera el suplente no le importaba a nadie, fuera de la cancha
incluso tenía más voz y voto que Kevin. Al fin y al cabo, a Kevin solo le
importaba el juego, pero Andrew quería controlarlo todo y a todos.
En
este partido Neil no consiguió meter ningún tiro, pero jugó bien, estaba
satisfecho, y al final ganaron, así que todos los zorros merendaron pizza
gratis y volvieron a casa emocionados.
Neil
compartía coche con Nicky, Matt y Liam, e hicieron todo el trayecto de vuelta
con la música a tope cantando como si estuvieran en un karaoke y riéndose como
si de repente no hubiese problemas en sus vidas. Eso era lo que podía conseguir
un partido de baloncesto y a Neil le fascinó y se dejó envolver por esa falsa
sensación de seguridad y bienestar mientras durase.
Vieron
el atardecer mientras regresaban a la universidad y Neil sonrió, con la frente
apoyada en la ventanilla y la sensación de estar volviendo a casa como algo
bueno.
Dejaron
los coches en el aparcamiento y se despidieron del entrenador hasta el lunes,
luego caminaron juntos hasta casa volviendo a comentar el partido, incluso con
Kevin y Andrew.
Al
menos Kevin ya no tenía nada que reprocharle a Neil.
Spike
se adelantó sacando las llaves de la puerta y subió los escalones del porche de
un salto, entonces se detuvo extrañado.
—¿Pero
qué coño? —exclamó frente a la puerta, sin entender qué significaba lo que
estaba viendo. Si era algún tipo de broma no tenía gracia.
—¿Quién
cojones ha hecho esto? —preguntó Liam al acercarse.
A
Neil se le detuvo el corazón con un mal presentimiento mientras empujaba a quien
tenía delante para ver qué pasaba. En cuanto estuvo frente a la puerta de la
casa se quedó blanco y frío, a punto de desmayarse.
La
madera de la puerta no se veía, estaba empapelada con carteles del perro
perdido que había visto por todo el campus. Debería haber hecho caso a su
instinto, los cambiantes lo tenían más desarrollado, más visceral, y el miedo
existe por un motivo: para alertar.
—¿Neil?
—preguntó Matt al notar cómo se había quedado.
—Estás
temblando —dijo Nicky, tocándole con cuidado para no asustarle.
—¿Neil?
—preguntó Andrew, poniéndose delante de él para mirarlo a los ojos, tapando la
puerta de su mirada vidriosa—. ¿Qué está pasando?
—Me
han encontrado —susurró casi sin voz.