22 enero 2025

Capítulo 20

Andrew vio el terror reflejado en los ojos verdes de Neil y ordenó que abriesen la puerta para llevarlo dentro. Les mandó que quitasen los carteles y los tirasen a la basura y arrastró a Neil cogido del brazo porque si no parecía que no podría moverse. Nicky y Matt los siguieron escaleras arriba, incordiando a Andrew con su presencia. Se encerraron en la habitación de Neil dándoles un portazo a los otros en la cara, con solo una mirada de Andrew bastó para que no se atreviesen a pasar.

—¿Quién te ha encontrado?

—Necesito salir de aquí —dijo Neil histérico.

Empezó a sacar ropa del armario y los cajones tirándolo todo sobre la cama mientras Andrew intentaba detenerlo para que hablase con él, pero no atendía a razones.

Lo cogió por los hombros con fuerza y lo empotró contra una pared para controlarlo. Neil jadeó, hasta se le habían quedado los labios pálidos del susto. Andrew no sabía si iba a desmayarse o a darle un ataque al corazón.

—Sácame de aquí, por favor.

Andrew lo miró a los ojos y le clavó los dedos con tanta fuerza que le hizo daño, pero esa sensación solo consiguió mantener a Neil anclado a él.

—Recoge lo que puedas —dijo soltándolo.

—¿Dónde vamos?

—Tenemos un sitio, hablaremos allí.

Las manos de Neil temblaban mientras metía todo lo que podía en la mochila, no estaba seguro de si volvería, aunque tampoco de si llegaría muy lejos. Cogió el dinero que todavía tenía, bajo la atenta mirada de Andrew, y lo guardó en un bolsillo interior, eso era lo menos importante que debería contarle, que era un ladrón. Luego iría lo de cambiante y asesino.

Neil se puso la mochila y Andrew lo cogió del brazo sin mucha delicadeza porque necesitaba tenerlo cerca y controlarlo, que no escapase si se asustaba y que no se lo llevasen si era verdad que estaban allí para vengarse; fuera quien fuese, antes tendría que pasar por él.

Al salir de la habitación, Andrew tuvo que empujar a Nicky y Matt para que les dejasen pasar y volvieron a seguirlos escaleras abajo entre preguntas a gritos, exigiendo respuestas y preocupados por su amigo. Pero Andrew no tenía tiempo para tranquilizarlos, primero tenía que ocuparse de Neil y descubrir cómo arreglar lo que estuviese pasando y qué cabezas tenía que partir.

Los demás estaban en el salón viendo el espectáculo, ya se habrían deshecho de los carteles.

—Me lo llevo hasta controlar la situación —informó Andrew—, no vayáis al picadero y no le digáis a nadie que estamos allí. Avisadme al instante si sucede cualquier cosa.

—¡No te lo vas a llevar! —gritó Nicky.

Neil miraba a todas partes sin prestar atención a nada en concreto, concentrado en captar olores o sonidos, en poder sentirlos al acercarse antes de tenerlos encima.

—Me lo ha pedido él. ¿No ves cómo está? Soy a quien necesita ahora.

Alguien que pudiese protegerlo y ser más peligroso que el peligro que le acechaba y asustaba tanto. Nicky asintió a regañadientes porque Neil parecía más perdido que nunca y Andrew seguro de poder ayudarlo. No quería dejarlo en unas manos tan duras, pero podía confiar en Andrew para lo importante. Ya lo cuidaría él cuando lo recuperase.

—Nos vamos.

—No solo necesita que lo protejan, también que lo cuiden —dijo Matt, exponiendo en voz alta lo mismo que pensaba Nicky.

—No soy una niñera.

—¿Solo un sicario?

Andrew le sonrió con una mueca de dientes, más gruñido que sonrisa, y se llevó a Neil de allí. No necesitó sujetarlo al salir a la calle porque se pegó a él como si los arrastrase un imán, mientras miraba a todos lados con los ojos desorbitados. Pero no le soltó. Fueron hasta el aparcamiento más cercano y se detuvieron ante una moto. Andrew sacó las llaves, se montó y la puso en marcha, eso llamó la atención de Neil, sacándolo de su paranoia.

—¿Desde cuándo tienes una moto?

—Sube.

—No tenemos cascos.

—¿De verdad importa eso ahora?

Neil subió detrás de él y rodeó su cintura con los brazos para sujetarse. Andrew se tensó, nunca subía en la moto con otras personas precisamente por ese motivo. Tomó aliento profundamente un par de veces y aceleró para salir derrapando del aparcamiento.

Entre todos los del equipo tenían alquilada una pequeña casa a las afueras del campus que utilizaban como picadero. Allí estarían a salvo. Andrew no había ido nunca, pero sabía perfectamente dónde estaba y cómo llegar. Condujo con destreza la moto de Kevin y por un momento sonrió con el viento en la cara, le gustaba la velocidad y Neil no pareció asustarse cuando aceleraba o hacía una curva tumbándolos.

Andrew no temía la muerte, se reía de ella en su cara siempre que podía, y le mandaba saludos cuando tenía que hacerlo.

Aparcó frente al portal entre dos coches y Neil se pegó a su espalda mientras abría la puerta del portal. Cuando estuvieron dentro soltó un largo suspiro y cerró los ojos, no se creía que hubiesen llegado tan lejos, y ni siquiera les había olido cerca. Sin embargo, no creyó ni por un momento que no les hubiesen estado vigilando y hubiesen intentado seguirles, pero esperaba que Andrew los hubiese despistado con su temeraria conducción. Todo lo hacía de forma salvaje.

Subieron las escaleras hasta el segundo piso y Andrew abrió la puerta, luego la cerró con llave para tranquilidad de Neil.

—¿Así que este es vuestro picadero? No sabía que existía.

Neil pasó un dedo sobre un mueble y comprobó que estaba limpio. Debían usar mucho esa casa. Dejó la mochila en una esquina del sofá y se quedó de pie, mirando alrededor. Tenía lo básico, sin adornos.

—No lo necesitabas, ¿no?

—¿Y tú? Aquí nadie puede observarte.

Andrew se acercó, lo rodeó por la espalda, muy cerca, y se sentó en el sofá, enganchando sus miradas como un nudo. Estiró las piernas con chulería y le miró desde abajo como si lo estuviera haciendo dos metros por encima.

—Tenemos que hablar.

—¿Quieres tu regalo por adelantado? Yo todavía no sé qué pedir —contestó sin humor, nervioso.

Ahora que Neil sentía que podía respirar y que estaba un poco a salvo, al menos no moriría allí dentro, se permitió transformar sus nervios y lanzarlos contra Andrew, estaba acostumbrado a luchar con él, de forma más amistosa de un tiempo a esta parte, no le parecía natural ceder a la primera. Y quería retrasar el momento lo máximo posible.

—Siéntate.

Neil se sentó a su lado, justo en el borde del sofá, en tensión, preparado para levantarse y echar a correr en cualquier momento, observando sus manos retorciéndose los dedos.

El problema era que no tenía ningún sitio a donde huir.

—No quiero contarte la verdad y que me desprecies —dijo en voz baja, avergonzado—. Me echarás a la calle como a un perro.

—No has hecho nada peor que yo, ¿por qué te despreciaría?

Neil soltó una risa amarga que a punto estuvo de convertirse en sollozo.

—No te conté toda la verdad.

—Lo sé, hazlo ahora, no podré protegerte si no confías en mí.

—No podrás hacerlo de todas formas.

—Neil —dijo Andrew con más suavidad que nunca.

Le sujetó por la barbilla para obligarlo a mirarle y Neil se rindió contra sus ojos negros. Quería ver cómo reaccionaba, si su primera reacción era horror o asco o desprecio. Andrew pasó la mano de su barbilla a la nuca y le mantuvo capturado, abrasándolo con el calor de su piel allí donde se tocaban.

—Un humano no puede protegerme de una manada de cambiantes.

Andrew era una experto en mantenerse inexpresivo.

—¿Por qué te persigue una manada de cambiantes?

—Porque soy suyo y me escapé. También les robé.

—Eres…

—No soy humano, Andrew.

Se preparó para que dejase de tocarle y se apartase, para que le dijera que se marchase o lo echase a la fuerza. Andrew le clavó los dedos en la nuca con fuerza, tal vez le partiría el cuello y acabaría él mismo con el problema para quitárselo de encima.

—¿A quién mataste? ¿No te persiguen por eso?

—Mataba para ellos, para hacerles ganar dinero en peleas. Y la pregunta no es a quién, sino a cuántos.

—Peleas de perros —entendió.

Neil asintió y Andrew apretó la mandíbula visiblemente.

—De ahí tus cicatrices.

—Sí. Pero yo he causado tanto dolor como me han hecho a mí.

—¿Si les devuelves el dinero te dejarán en paz?

De repente Neil se levantó, arrancándose de su mano, y se mesó el pelo con fuerza.

—¿Es que no lo entiendes? —gritó—. ¡Te he dicho que no soy humano y que he matado a sangre fría! ¿Por qué no reaccionas? —acabó gritándole en la cara y Andrew se levantó para encararle.

—Me da igual.

Neil retrocedió, pero Andrew lo siguió, mirándolo intensamente.

—Soy un cambiante.

—Me da igual.

—He matado en peleas. He mordido, arañado, desgarrado y desangrado a otros, animales y cambiantes. Los he matado con mis propias manos o los he dejado tan lisiados que era un sentencia de muerte.

—Me. Da. Igual.

—¿Por qué? No lo entiendo.

—Porque ya no eres suyo, ahora eres mío, mi zorro. No me importa quién fueses antes o lo que hicieses, me da igual todo, menos el ahora.

—Estás loco.

—Sí. Y desde el momento en que te vi supe que me traerías problemas.

—Lo siento.

—Yo no.

—¿Por qué? —preguntó Neil en voz tan baja que Andrew solo lo escuchó porque estaba a centímetros de él.

Deshizo esos centímetros y sintió el corazón acelerado de Neil rebotando contra su propio pecho. Su aliento en los labios. Luego dejó de respirar. No le tocó. No se tocaron. Solo se sintieron y respiraron.

—¿Confías en mí? —susurró Andrew.

—Sí —Neil no dudó.

—Lo arreglaremos… —vio la determinación en su mirada y pensó que incluso un cambiante podría llegar a temerlo—, o cavaremos una fosa común.

Neil se rio y Andrew lo sintió como una brisa en la cara.

Neil confiaba en él ciegamente, pero no tenía ni idea de a qué se enfrentaban, puede que se creyese invencible y todopoderoso, pero no lo era. No podrían contra ellos. Sin embargo, Neil no le contradijo, le dejó pensar que podrían, le dejó pensar que se lo creía. Le dejó pensar que tenían alguna posibilidad.

Se separaron de forma tácita y Neil se sintió ligero, el peso que se había quitado de encima era grande. Ahora lo ocupaba algo nuevo, una energía que se habría creado entre ellos y los unía como un hilo invisible.

—¿Si les devuelves el dinero te dejarán en paz? —volvió a preguntar.

—No. Nadie deja la manada y mucho menos quien proporciona el dinero.

—Encontraré la forma, mientras nos quedaremos aquí.

—¿Te quedarás conmigo?

—No te perderé de vista ni un segundo.

Parecía una promesa y una amenaza a la vez, y el vértigo en el estómago de Neil venía por ambas perspectivas.

—Vale.

Al menos alargaría ese limbo unos días más, antes de tener que enfrentarse, tarde o temprano, al infierno. Y lo custodiaría un demonio.