Por
primera vez, Neil vivió lo que significaba jugar un partido oficial en casa.
Durante toda la semana se notaba la agitación por toda la universidad, la
emoción y expectación. A él todavía no le conocían tantos estudiantes como a
los demás zorros, así que cuando iba solo no lo notaba tanto, pero cuando iba
acompañado de alguno de ellos no paraba de acercarse gente a desearles suerte o
darles ánimos con entusiasmo. Las entradas para ver el partido se vendieron
rapidísimo y no quedaba ni una, el resto lo escucharían retransmitido en
directo y luego habría fiestas en todas las fraternidades; para celebrarlo si
ganaban, para ahogar las penas si perdían.
El
mismo día del partido la universidad estaba cubierta por un mar naranja, casi
cada estudiante llevaba algo de su color y lo lucía con orgullo. Los zorros
vistieron desde por la mañana la camiseta con su número y se dejaron querer.
Casi todos. A Kevin y Andrew nadie se les acercaba y Neil acabó enviándolo y
cambiándose la camiseta para que no le reconociesen por el agobio de recibir
tanta atención, eso no era lo suyo.
Neil
se sentía como si fuese el primer partido que jugaba y fuese a tropezarse con
la pelota delante de todos.
Después
de comer todo el equipo reunido en casa, fueron al pabellón para reunirse con
el entrenador. Repasaron su estrategia para esa noche e hicieron un
entrenamiento de calentamiento, suave, para darle energía a los músculos.
El
entrenador y Kevin, como capitán, salieron para recibir a las puertas al otro
equipo y les dieron la bienvenida. Escucharon silbidos y vítores hacia nadie en
concreto, fuera estaba lleno de gente y las colas eran kilométricas mientras
entraban poco a poco en el recinto. Los acompañaron dentro hasta el vestuario
para los visitantes y se despidieron hasta reencontrarse en la cancha.
Andrew
se acercó a Neil y se sentó a su lado en el banco de madera. Los demás ya no
estaban tan pendientes de ellos, ahora que habían confirmado que estaban liados
habían perdido el interés.
—¿Lo
has buscado?
Neil
entendió por qué llevaba todo el día mirándolo tan raro.
—No.
—¿Lo
dices para no distraerme del partido o de verdad?
—De
verdad.
—Vale.
Andrew
asintió sin mirarle y se marchó como había llegado. Neil siguió prestando
atención a la conversación de Nicky y Matt, pero sin poder dejar de mirar a
Andrew, era desconcertante verlo nervioso a su manera. A Neil no le gustaba, no
quería provocar eso en él, tendría que resolverlo cuanto antes, pero no en ese
momento.
Kevin
y el entrenador volvieron al vestuario, donde los chicos ya estaban cambiándose
mientras charlaban de los planes que tenían después para rebajar la tensión del
ambiente. El entrenador les dio un charla motivacional para que saliesen a por
todas y eso hicieron.
Ganaron
y el estadio se volvió loco, gritando y aullando, intentando imitar a un zorro
o el sonido que creían que hacía. Fue gracioso y abrumador y los chicos se
unieron a ellos, dejándose llevar por la euforia del ambiente. Neil miró a
Andrew desde la distancia que los separaba y encontró sus ojos fijos en él, le
sonrió sin esperar otra de vuelta, se sentía satisfecho con ver el brillo de su
mirada, ese destello de satisfacción que siempre lo embargaba cuando ganaban.
Neil había aprendido a identificarlo, como otras muchas singularidades de
Andrew.
Incluso
antes de querer algo de Neil, Andrew ya mentía cuando decía que él no quería
nada, siempre ansiaba ganar y esa fue la mayor motivación de su vida durante
mucho tiempo. Tal vez ya no. Pero ahí estaba, el brillo de sus ojos negros.
Salieron
de la cancha siendo ovacionados, después de saludar profesionalmente a sus
rivales, y fueron hasta el vestuario entre risas y empujones amistosos. Ganar
en casa era mucho más emocionante que ganar jugando en otro sitio.
Cuando
Neil abrió su taquilla se le borró la sonrisa de la cara, pero disimuló
rápidamente. Guardó en su bolsa el sobre que habían dejado dentro colándolo por
las rejillas y mantuvo una sonrisa forzada. Todo lo que siguió lo hizo de forma
mecánica intentando evitar la mirada de Andrew y su cercanía. Se desvistió, se
duchó, lo celebró con sus compañeros y amigos, se vistió con ropa de calle y se
reunieron con el entrenador para charlar sobre el partido antes de marcharse y
mientras se vaciaba el pabellón. Luego volvieron a casa para prepararse para la
fiesta de esa noche.
Neil
subió a la habitación que compartía con Andrew, con él pisándole los talones, y
en cuanto cerró la puerta y se quedaron solos le sorprendió la gravedad de su
voz.
—¿Qué
ha pasado?
Neil
se dio la vuelta y lo miró con las cejas alzadas.
—Te
conozco, llevas un rato fingiendo, algo te preocupa. ¿Has recibido una nueva
nota?
Neil
suspiró y sacó la maldita nota de su bolsa para enseñársela a Andrew y abrirla
para leerla. Ambos se conocían demasiado bien, podían leerse el uno al otro
mejor que nadie.
Andrew
lo acorraló en dos zancadas y le arrebató el sobre para abrirlo. Neil estaba
tan cansado del juego absurdo de las notas que le dejó hacerlo.
Sacó
fotografías. Todas de Neil por el campus, con la cara rayada con un bolígrafo.
Solo en una salía acompañado: por Andrew, y el otro no tenía la cara
desfigurada por la rabia de su anónimo. Se miraron confusos y preocupados.
Andrew movió la fotografía y Neil se dio cuenta de que tenía algo escrito por
detrás.
—Espera,
mira.
Le
dieron la vuelta y leyeron “déjalo, última oportunidad”. Estaba escrito con una
letra rápida y sucia que demostraba el enfado de quien lo había hecho.
Andrew
maldijo en voz alta y estrujó la fotografía en su puño.
—Qué
hijo de puta, le voy a matar.
—¿Qué?
¿A quién?
—A
Tyler, es él quien te está enviando las amenazas.
—¿Quién
es ese?
—El
chico que traía a las fiestas —dijo como si fuera obvio.
—Ah,
joder, ni siquiera sabía su nombre, solo quería que desapareciese.
—Pues
él quiere lo mismo de ti.
—Mierda.
Andrew
hizo pedacitos las fotografías en un arrebato de rabia y las tiró a la basura
soltando todos los insultos que conocía por la boca, luego le puso las manos en
los hombros a Neil y lo miró a los ojos.
—Yo
me ocupo, esto es cosa mía.
—¿Pero
qué tipo de relación tenías con él? ¿Era… como la nuestra? Parecía que solo…
que era algo… superficial.
Andrew
le apretó los hombros casi haciéndole daño, pero a Neil no le importó porque así
se sentía más real, a ambos, en ese momento, juntos, y todo lo que había pasado
entre ellos para que no lo olvidase.
—Lo
era, al menos para mí. Nunca he tenido con nadie lo que tengo contigo.
Neil
lo besó y Andrew pasó las manos a su nuca, sujetándose a él como a un
salvavidas en medio de una tormenta.
Se
besaron con ansia y cayeron sobre la cama, Andrew encima de Neil, entre sus
piernas, que se abrieron para acogerle y poder rozarse mejor. Ambos gimieron.
Andrew
enterró la boca en su cuello y Neil alzó los brazos para sujetarse al borde del
colchón en vez de a él.
Llamaron
a la puerta con golpes fuertes y Andrew gruñó de frustración y gritó que si
alguien volvía a tocar esa puerta se quedaría sin mano. Neil se rio. No
volvieron a molestarles.
—¿No
quieres salir a celebrarlo? —preguntó Neil.
—Esta
noche no vamos a salir —aseveró Andrew—, ni de la habitación.
Neil
estaba sonriendo cuando volvió a encontrarse con la boca de Andrew. Sus besos
eran devastadores, no tenía sentido, nunca se besaba con nadie, ni siquiera
debería besar bien, pero a Neil le volvía loco y le dejaba sin respiración.
Se
frotó contra su dureza y Andrew rompió el beso, apoyó la frente en la suya para
tomar aliento y se mordió el labio.
—Perdona
—susurró Neil.
—No,
no. Hazlo otra vez.
Lo
hizo, apretándose contra su cuerpo, restregando sus erecciones. Andrew apretó
los dientes ante las sensaciones que le provocaba y tuvo que aflojar la
mandíbula para poder hablar.
—Sujétame
por las caderas, muy suavemente, y hazlo otra vez.
Neil
siguió sus instrucciones despacio, para que pudiera pararlo en cualquier
momento. Posó sus manos sobre su cuerpo como lo haría una mariposa posándose en
una flor y movió sus caderas contra las de él. Sentirlo tan duro lo excitaba
mucho más. Ambos gimieron, respirando el aliento del otro, con los ojos
entrecerrados por el placer.
Ni
siquiera se enteraron de que la casa se quedó en absoluto silencio fuera de la
habitación, todos se habían marchado.
Neil
lo soltó y le puso una mano en el centro del pecho, solo rozándole sobre la
camiseta, y aun así pudo sentir los latidos de su corazón, tan desbocado como
el suyo.
—Andrew.
—¿Qué?
—preguntó con voz ahogada.
—Nunca
he tenido sexo con otros chicos, solo nos hemos besado y tocado.
—No
me hables de los otros —gruñó.
—Solo
quería que lo supieras —contestó avergonzado.
Andrew
hizo un ruidito como única respuesta y Neil le robó un beso rápido.
—No
te quejes, yo he tenido que ver cómo te la chupaban.
—¿Y
te ponías celoso o cachondo? —preguntó con picardía.
Neil
no contestó y Andrew le mordió el labio con la fuerza justa, lamiéndolo después,
provocándolo.
—¿Qué
es lo que no has hecho con otros, Neil? —Se acercó hasta hablarle al oído con
voz seductora—. ¿Te la han chupado alguna vez hasta correrte en su boca?
Andrew
no necesitó más respuesta que la reacción de Neil, una mezcla de timidez y
lujuria. Le quitó la camiseta y acarició su torso cubierto de cicatrices,
observando con deleite cómo la piel de le erizaba y los pezones se le
endurecían.
—Voy
a desnudarte.
—¿Qué?
Andrew
se levantó y empujó a Neil de vuelta a la cama cuando intentó hacerlo también.
Metió los dedos bajo la cintura elástica de sus pantalones y le miró fijamente.
—¿Quieres
que pare?
Neil
negó con la cabeza, su pecho se movía con rapidez por la respiración agitada.
—Dilo.
—No
quiero que pares.
Andrew
asintió, satisfecho, y le bajó los pantalones con ayuda de Neil al levantar las
caderas. Se los quitó junto con los zapatos y los calcetines y lo dejó
completamente desnudo. Neil tembló; expuesto, vulnerable y tan excitado que le
dolía. Su miembro duro y largo se posaba sobre su vientre con orgullo.
Andrew
primero lo devoró con los ojos.
Lo
sujetó tras las rodillas dobladas y lo atrajo hacia sí, hasta que tuvo el culo
al borde de la cama. Luego le acarició los muslos, suaves y musculados.
Neil
tenía cicatrices por todo el cuerpo. Por ello y pese a ello, a Andrew le
pareció hermoso, impresionante. Nunca había visto una belleza igual. Fuerte y
frágil, dura y suave, irregular y perfecta.
—No
te muevas y no me toques —dijo con la voz baja y grave, colmada por el deseo.
Andrew
se arrodilló entre sus piernas. Neil se apoyó en los codos alzar la cabeza y mirarlo.
—No
tienes que hacerlo —susurró con la voz entrecortada.
—Quiero
hacerlo.
Neil
contuvo el aliento. Primero le tocó y tuvo que morderse el labio con fuerza y
apretar los puños a los lados de su cuerpo. Andrew lo acarició despacio, arriba
y abajo, recorriendo su longitud. Eso ya era la gloria. Alguna chica se la
había chupado rápido y descuidadamente en algún baño sucio, pero nunca
demasiado rato y nunca hasta el final, solo era un juego previo antes del sexo,
también rápido y sucio. No lo había disfrutado tanto como decían otros y pensó
que el problema era suyo. Pero tampoco había disfrutado tanto, jamás, de que lo
tocasen como lo hacía con Andrew en ese momento.
Cuando
lo envolvió la calidez y suavidad de sus labios y lo acogió su boca húmeda y
hambrienta, Neil echó la cabeza hacia atrás y soltó un profundo y ronco gemido
que vibró en toda la habitación. Era lo mejor que había sentido en su vida.
Andrew
le clavó los dedos en los muslos y se la metió hasta el fondo de la garganta,
disfrutando también él de lo que hacía, de darle placer a Neil y escucharlo y
sentirlo disfrutar con sus caricias. Nunca pensó que podría sentirse así, pero
lo había deseado tanto que decidió no contenerse más y arriesgarse con Neil
porque sabía que podía confiar en él y que merecería la pena intentarlo, y
realmente lo estaba disfrutando.
Él
era el dueño de su placer, pero ambos hacían una entrega total y desinhibida,
confiando ciegamente en el otro.
Andrew
succionó y Neil gimió y dio un respingo, luego masculló una palabrota cuando le
rodeó el glande con la lengua, juguetón, como si lamiera un chupachups.
A
Neil le sorprendió la ternura de su acto; hubiera esperado que fuera rápido,
que fuera salvaje como sus besos, no que lo saborease lentamente y se deleitase
en el placer que provocaba.
—Joder,
Andrew —jadeó—. Voy a correrme, puedes parar si quieres.
Andrew
lo sujetó por la base y lo lamió cuan largo era para esconder su sonrisa.
Incluso en medio de su placer se preocupaba por él, el autocontrol de Neil no
conocía límites, igual que su lealtad. Por eso sabía que había elegido bien y
que había hecho bien en esperar a la persona correcta. Que por él merecía la
pena bajar la guardia y arriesgarse.
Antes
de Neil, Andrew no habría puesto la mano en el fuego por nadie, no para una
intimidad así. Ahora quería ser fuego con Neil.
No
paró. Siguió chupándolo y lamiéndolo y succionando, acelerando el ritmo para
llevarlo al límite hasta que se corrió en su boca soltando gruñidos graves y
roncos, con todo el cuerpo temblando por la fuerza del orgasmo.
Se
lo tragó todo y se tumbó a su lado, mirándolo, contemplándolo extasiado, con
los ojos cerrados, la boca entreabierta y las mejillas ruborizadas. Hermoso.
Peligrosamente bello.
Abrió
los ojos como somnoliento y le devolvió la mirada.
—¿Quieres
que yo haga algo? Lo que quieras, lo que sea.
Ni
siquiera se lo pensó antes de negarse, ni aunque le molestase la erección
dentro de los pantalones, tan dura y sensible.
—No.
—Vale,
siempre lo respetaré, pero quiero que sepas que estoy deseando que me dejes
tocarte.
—Lo
sé, Neil, lo sé.
—Perdona,
no quiero presionarte.
—Deja
de pedirme perdón, no has hecho nada malo.
—Tú
tampoco.
Andrew
de repente sintió un nudo en la garganta y necesitó besar a Neil para poder
desenredarlo.
—Dime
si te ha gustado.
—No,
Andrew, me he corrido para que parases de una vez porque lo estaba odiando.
Se
rio cuando le dio un puñetazo suave en el hombro.
—¿Y
a ti te ha gustado?
—Lo
he odiado tanto como tú.
Neil
sonrió y se estiró como un gato, satisfecho y cómodo en su desnudez junto a
Andrew, totalmente vestido.
—Me
gustaría verte desnudo aunque no pueda tocarte. Tal vez… podrías tocarte tú.
Quiero formar parte de tu placer.
Andrew
lo pensó y no estaba seguro de cómo se sentía al respecto.
—Otro
día.