10 enero 2025

Capítulo 31

Los siguientes días transcurrieron con normalidad, excepto por la nota que Neil había guardado en su cajón seguro con el dinero robado que todavía tenía. No necesitaba leerla para recordar cada palabra, y lo hacía demasiadas veces a lo largo del día. Mirando a su alrededor, fijándose en las personas que lo rodeaban, captando sus aromas, buscando a quien pudiese haber sido sin encontrarlo.

Después de sus horas de clase de ese día, Neil se fue a la biblioteca para empezar un trabajo antes del entrenamiento. Comió un sándwich de máquina con un café frío y estuvo buscando información en un ordenador y tomando apuntes.

Nicky le mandó un mensaje al chat que tenían con Matt para saber dónde estaba y Neil le mandó una foto de sus vistas: la pantalla, el teclado y el cuaderno garabateado con su mala letra debajo. Nicky contestó con un icono del pulgar hacia arriba. Neil puso los ojos en blanco, si les contaba lo de la nota no le dejarían ni salir de casa sin escolta.

Su mentira, por el momento, era soportable. No había recibido ninguna otra, ni nada extraño o amenazante, tal vez quien quiera que fuese se lo había pensado mejor y ya no le odiaba tanto o “lo que le había quitado” ya no le importaba tanto como para volverse un acosador por ello. Y si Neil algún día detectaba su olor, le pediría explicaciones.

Le llegó otro mensaje y al ver que se trataba de Andrew su corazón dio un brinco. No era nada habitual que le escribiese.

 

Andrew

Que sepas que me he dado cuenta de que llevas unos días raro

Neil

No sé de qué me hablas

Andrew

Pues más te vale saberlo esta tarde, después del entrenamiento

 

Llevaban unos días que no compartían mucho tiempo a solas, le sorprendió su mensaje. Parecía que después de compartir… intensos momentos de intimidad, Andrew necesitaba alejarse un poco para asimilarlos. Aun así, no dejaba de estar pendiente de él y lo leía como un libro abierto. Neil no contestó, bloqueó el teléfono y lo guardó para seguir estudiando y no pensar en nada más.

Cosas que se le daban bien a Neil: pelear, huir, mentir, ignorar los problemas hasta que era demasiado tarde.

No era una lista de virtudes precisamente.

Terminó de tomar todos los apuntes que necesitaba para el trabajo y volvió a casa para descansar un poco antes del entrenamiento.

Nicky estaba echándose la siesta cuando llegó. Neil se quitó los pantalones vaqueros y se metió en la cama para ver si conseguía imitarle. Apoyó la cabeza en la almohada con un nudo en el estómago que se deshizo cuando no notó nada escondido debajo, aun así pasó la mano para comprobarlo, ahora lo hacía siempre por culpa de la maldita nota. Si había sido una broma de alguien no tenía ninguna gracia.

Tuvo la sensación de que solo había cerrado los ojos dos minutos cuando escuchó a Nicky levantándose y se despertó él también; si es que había llegado a quedarse dormido.

—¿Qué tal llevas las clases? —preguntó tras bostezar estirándose, sentado en el borde de la cama.

—Sienta bien volver a la rutina, me gusta estar ocupado y llevar una vida tranquila.

Nicky asintió y fue el turno de Neil para bostezar.

—¿Duermes mejor?

—Sí, Nicky, estoy bien.

Se incorporó y apoyó la espalda en el cabecero de madera.

—Vale. Lo siento si te agobio todavía, ha pasado poco tiempo desde… me preocupo por ti.

Neil observó su gesto tenso, el cabello despeinado y las pupilas dilatadas por la poca luz que entraba por la ventana. Se mostraba a la vez preocupado y culpable por estarlo. Neil no podía echar más peso sobre sus hombros.

—Lo sé y lo aprecio, pero no tienes que preocuparte en exceso y yo también quiero saber cómo estás tú, no me gusta que todo se centre en mí. Quiero que tengamos conversaciones, no interrogatorios en los que tú preguntas y yo contestó.

—Tienes razón —estiró los labios en lo que debería haber sido una sonrisa pero no llegó a serlo.

—Pues ahora dime qué te pasa a ti.

Nicky suspiró y se revolvió más el pelo.

—He discutido con Dean.

—¿Por qué?

—Me ha regalado un viaje para pasar fuera el fin de semana de San Valentín —dijo con la voz tomada por la vergüenza—. Yo no puedo pagarlo, solo tengo el dinero de la beca.

—Pero es un regalo, tú no tienes que pagar nada.

—Ese es el problema.

Neil lo miró sin entenderlo y Nicky volvió a suspirar más pesadamente, le costaba mostrar esa parte de sí mismo. Podía parecer todo sonrisas y alegría, pero también tenía sus propias luchas internas.

—Cuando era pequeño no tuve una vida de abundancia precisamente. A veces… —carraspeó, como si le costase decirlo—, teníamos que recurrir a bancos de alimentos o incluso a la caridad de los vecinos y comer de sus sobras. El tema del dinero, de no tenerlo, es algo sensible para mí.

—Entiendo.

—Un día, un niño de clase me ofreció la mitad de su bocadillo en el descanso porque su madre le había dicho que tenía que compartir con los necesitados y que yo lo era. Le di una paliza y le rompí la nariz. Me expulsaron una semana y sus padres estuvieron a punto de denunciarme. Recuerdo que cuando fuimos a disculparnos a su casa, mi madre estaba tan colocada que le costaba caminar recto. Supongo que pensaron que bastante tenía con lo que me había tocado vivir para darme más problemas, que era normal que un chico como yo fuese violento, y se conformaron con que cambiasen a su hijo de clase para no estar más conmigo.

Neil contuvo el aliento durante toda su historia, encajando más piezas de Nicky, piezas que tenía muy escondidas y que mostraban una imagen más grande y compleja del chico sonriente.

Neil se levantó y se sentó a su lado, rozando el brazo de Nicky con el suyo.

—No le des una paliza a Dean.

Nicky soltó una carcajada ronca y espontánea y le dio un codazo en las costillas.

—¡A mí tampoco! —se quejó Neil, exagerando.

Nicky le miró con una pátina brillante en sus ojos marrones y Neil notó que tragaba saliva con resistencia.

—Un regalo no es caridad —le dijo con voz suave.

—Lo sé.

—Lo hace porque te quiere.

—Pero es difícil no poder ofrecerle lo mismo.

—¿Se lo has explicado?

—No —contestó cabizbajo.

—Así que… él te hizo un regalo, tú te enfadaste y te marchaste sin darle explicaciones.

Nicky gimió dolorido, consciente de lo mucho que la había cagado.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —dijo Neil.

—Sí, pedir perdón, suplicar si es necesario.

—Y contarle lo que te pasa.

—Me da vergüenza. No quiero que él me vea así, me gusta ser especial a sus ojos, no alguien tan mediocre.

—No eres mediocre —dijo con dureza, tajante—. Eres un superviviente y un zorro y puedes sonreír después de todo lo que has sufrido. ¿Te parece poco?

Nicky sonrió con tristeza y Neil cogió su mano un instante, una caricia fugaz de ánimo.

—Además, precisamente con quienes nos quieren podemos mostrarnos tal y como somos, con todo lo oscuro y retorcido e imperfecto.

—¿Y si el amor no resiste tanto?

—Pues no merecía la pena.

Nicky le pasó un brazo por los hombros y Neil se dejó achuchar.

—¿Ahora eres un experto en el amor?

Neil le devolvió el codazo de antes y se levantó cuando le soltó.

—Anda, vamos, que si llegamos tarde al entrenamiento tendremos que dar cinco vueltas más a la cancha.

Se prepararon y fueron con los del equipo que estaban por casa, con los demás se encontraron allí. El entrenador los puso a correr para calentar, Neil intentó ignorar a Andrew y pensar en qué decirle después, así que estuvo un poco distraído durante todo el entrenamiento, dándole precisamente la excusa para retenerlo allí.

Hicieron práctica de pases, tiros y jugaron un partido divididos en dos grupos. Aunque Neil terminó resollando y sudando, Andrew le dijo (no pidió) que se quedase para seguir con él y Kevin, y no pudo negarse para no darle más motivos para sospechar. Le machacaron un poco más y al terminar, Andrew lo retuvo todavía más tiempo cuando Kevin quiso marcharse. No le pareció extraño que ellos se quedasen solos, lo habían hecho cientos de veces, nadie sabía que ahora todo era diferente.

Andrew le lanzó la pelota con fuerza y Neil la atrapó al vuelo.

—Uno contra uno.

Jugaron a robarse la pelota y ver quién metía más canastas. Esa vez a Neil no le distraían sus pensamientos sino cada roce y mirada de Andrew. Lo estaba provocando a propósito, estaba seguro; quería destrozar todas sus defensas y Neil acabó tirado en el suelo, en medio de la pista, sin poder mantenerse en pie más tiempo.

Andrew soltó la pelota y se acercó hasta mirarlo desde arriba.

—¿Ya he acabado contigo?

—No del todo.

Neil le barrió las piernas y lo tiró al suelo, a su lado. Andrew cayó con una exhalación y un jadeo al golpear el suelo, luego rodó sobre Neil y le sujetó las manos por encima de la cabeza sin que se resistiese.

—Cuéntamelo —exigió.

Neil intentó besarlo, pero el otro alejó la cara para que no llegase a su boca.

—Cuéntame algo tú. Cuéntame por qué no puedo tocarte.

Andrew le enseñó los dientes en un gruñido animal como si fuese más cambiante que humano y Neil se excitó. Volvió a intentar besarlo en vano.

—Eso no es acuciante.

—Para mí sí. Me muero por tocarte.

—No me distraigas.

Pero lo hacía y estaba funcionando. Cuando intentó besarlo esa vez no se apartó a tiempo y sus labios colisionaron. Andrew apretó las manos alrededor de sus muñecas y lo devoró con la lengua.

—Sé que te pasa algo —murmuró contra su boca.

—Me pasan muchas cosas y una de ellas está encima de mí y es la que más me gusta y molesta —contestó con tono risueño.

Podía olvidarse de la nota y de su pasado y de todo cuando Andrew lo sujetaba así, cuando lo besaba así, cuando era solo Neil en ese momento, en ese instante, en ese cuerpo, entregado a él y las sensaciones de cada roce y era todo piel y saliva y calor.

—¿Crees que puedes jugar conmigo?

—Creo que puedo hacer lo que quiera contigo —contestó envalentonado por el subidón de sus besos y de sentir su excitación contra el vientre, muy cerca de la suya.

Sus cuerpos no se movían, no se frotaban, solo estaban pegados con puntos de contacto ardientes, estáticos, pura tortura.

—Soy yo quien hace lo que quiere contigo.

—Pues hazlo.

Sonó casi a súplica.

Andrew volvió a besarlo y se besaron y se besaron y se besaron hasta que no pudieron soportarlo más.

Respiraron agitadamente hasta calmarse y poder levantarse. Andrew le ayudó tendiéndole una mano.

—No me he olvidado, mañana repetiremos esta conversación.

—Genial, me ha encantado.

Le robó una sonrisa fugaz a Andrew y eso fue mejor incluso que todo lo que habían estado haciendo (y disfrutando) antes. En el vestuario se encendió un cigarro y Neil pasó a la ducha antes, pero luego le esperó a que terminase para volver a casa juntos en un cómodo silencio.

Andrew se quedó en el porche y fue a sentarse al banco con el paquete de tabaco en la mano. Neil entró en casa porque entendía que necesitaba ese tiempo para sí mismo.

Una vez enfriado y a solas, Neil se sintió un poco mal por haber usado sus puntos débiles para distraerlo. Entendía por qué alguien quería guardar sus secretos, no era un hipócrita, y respetaba los de Andrew. Sin embargo, también estaba esa otra parte que cada vez ocupaba más espacio, en la que deseaba más de Andrew, no solo físicamente, Neil quería conocerlo, entenderlo, descifrarlo, verlo entero.

Suspiró y se dejó caer en la cama.

Le llegó un mensaje de Nicky para avisarle de que iba a dormir fuera, con Dean, y le deseó suerte para la reconciliación.

Ojalá pudiese pedirle a Andrew que durmiese con él esa noche.

El susodicho entró en su habitación sin llamar y por la tensión en su rostro Neil supo que no le buscaba para seguir con lo de antes. Se levantó de la cama, Andrew cerró dando un portazo y le plantó un papel ante el rostro.

—¿Qué es esto? —preguntó enfadado.

Neil enfocó la mirada y se le heló la sangre. Era otra nota amenazante: “Tienes el tiempo contado si no te alejas de lo que es mío. Te haré daño para recuperarlo. Haré lo que sea necesario. No volveré a repetírtelo.”

—¿De dónde lo has sacado?

Se la arrancó de la mano y la arrugó en un puño. Él también estaba enfadado.

—Tenías una carta en el buzón, me pareció extraño y la leí.

—No tienes derecho a hacerlo, es mi privacidad, joder.

—¿Para que puedas mentirme y manipularme y luego tenga que sacarte del lío en el que estés metido?

El golpe bajo dolió como una patada en el estómago. Neil retrocedió ante sus palabras y esos ojos negros en los que ahora no le encontraba.

—Vete.

Andrew se mantuvo en su sitio.

—¡Lárgate! —gritó.

Andrew apretó los puños y no se movió. Neil se atrevió a empujarlo con rabia una y dos veces hasta que golpeó la puerta con la espalda.

—¡Fuera!

Andrew se fue y Neil se quedó solo, con un puño apretándole el corazón.