Los
siguientes días transcurrieron con normalidad, excepto por la nota que Neil
había guardado en su cajón seguro con el dinero robado que todavía tenía. No
necesitaba leerla para recordar cada palabra, y lo hacía demasiadas veces a lo
largo del día. Mirando a su alrededor, fijándose en las personas que lo
rodeaban, captando sus aromas, buscando a quien pudiese haber sido sin
encontrarlo.
Después
de sus horas de clase de ese día, Neil se fue a la biblioteca para empezar un
trabajo antes del entrenamiento. Comió un sándwich de máquina con un café frío
y estuvo buscando información en un ordenador y tomando apuntes.
Nicky
le mandó un mensaje al chat que tenían con Matt para saber dónde estaba y Neil
le mandó una foto de sus vistas: la pantalla, el teclado y el cuaderno
garabateado con su mala letra debajo. Nicky contestó con un icono del pulgar
hacia arriba. Neil puso los ojos en blanco, si les contaba lo de la nota no le
dejarían ni salir de casa sin escolta.
Su
mentira, por el momento, era soportable. No había recibido ninguna otra, ni
nada extraño o amenazante, tal vez quien quiera que fuese se lo había pensado
mejor y ya no le odiaba tanto o “lo que le había quitado” ya no le importaba
tanto como para volverse un acosador por ello. Y si Neil algún día detectaba su
olor, le pediría explicaciones.
Le
llegó otro mensaje y al ver que se trataba de Andrew su corazón dio un brinco.
No era nada habitual que le escribiese.
Andrew
Que
sepas que me he dado cuenta de que llevas unos días raro
Neil
No sé de qué me hablas
Andrew
Pues
más te vale saberlo esta tarde, después del entrenamiento
Llevaban
unos días que no compartían mucho tiempo a solas, le sorprendió su mensaje.
Parecía que después de compartir… intensos momentos de intimidad, Andrew
necesitaba alejarse un poco para asimilarlos. Aun así, no dejaba de estar
pendiente de él y lo leía como un libro abierto. Neil no contestó, bloqueó el
teléfono y lo guardó para seguir estudiando y no pensar en nada más.
Cosas
que se le daban bien a Neil: pelear, huir, mentir, ignorar los problemas hasta
que era demasiado tarde.
No
era una lista de virtudes precisamente.
Terminó
de tomar todos los apuntes que necesitaba para el trabajo y volvió a casa para
descansar un poco antes del entrenamiento.
Nicky
estaba echándose la siesta cuando llegó. Neil se quitó los pantalones vaqueros
y se metió en la cama para ver si conseguía imitarle. Apoyó la cabeza en la
almohada con un nudo en el estómago que se deshizo cuando no notó nada
escondido debajo, aun así pasó la mano para comprobarlo, ahora lo hacía siempre
por culpa de la maldita nota. Si había sido una broma de alguien no tenía
ninguna gracia.
Tuvo
la sensación de que solo había cerrado los ojos dos minutos cuando escuchó a
Nicky levantándose y se despertó él también; si es que había llegado a quedarse
dormido.
—¿Qué
tal llevas las clases? —preguntó tras bostezar estirándose, sentado en el borde
de la cama.
—Sienta
bien volver a la rutina, me gusta estar ocupado y llevar una vida tranquila.
Nicky
asintió y fue el turno de Neil para bostezar.
—¿Duermes
mejor?
—Sí,
Nicky, estoy bien.
Se
incorporó y apoyó la espalda en el cabecero de madera.
—Vale.
Lo siento si te agobio todavía, ha pasado poco tiempo desde… me preocupo por
ti.
Neil
observó su gesto tenso, el cabello despeinado y las pupilas dilatadas por la
poca luz que entraba por la ventana. Se mostraba a la vez preocupado y culpable
por estarlo. Neil no podía echar más peso sobre sus hombros.
—Lo
sé y lo aprecio, pero no tienes que preocuparte en exceso y yo también quiero
saber cómo estás tú, no me gusta que todo se centre en mí. Quiero que tengamos
conversaciones, no interrogatorios en los que tú preguntas y yo contestó.
—Tienes
razón —estiró los labios en lo que debería haber sido una sonrisa pero no llegó
a serlo.
—Pues
ahora dime qué te pasa a ti.
Nicky
suspiró y se revolvió más el pelo.
—He
discutido con Dean.
—¿Por
qué?
—Me
ha regalado un viaje para pasar fuera el fin de semana de San Valentín —dijo
con la voz tomada por la vergüenza—. Yo no puedo pagarlo, solo tengo el dinero
de la beca.
—Pero
es un regalo, tú no tienes que pagar nada.
—Ese
es el problema.
Neil
lo miró sin entenderlo y Nicky volvió a suspirar más pesadamente, le costaba
mostrar esa parte de sí mismo. Podía parecer todo sonrisas y alegría, pero
también tenía sus propias luchas internas.
—Cuando
era pequeño no tuve una vida de abundancia precisamente. A veces… —carraspeó,
como si le costase decirlo—, teníamos que recurrir a bancos de alimentos o
incluso a la caridad de los vecinos y comer de sus sobras. El tema del dinero,
de no tenerlo, es algo sensible para mí.
—Entiendo.
—Un
día, un niño de clase me ofreció la mitad de su bocadillo en el descanso porque
su madre le había dicho que tenía que compartir con los necesitados y que yo lo
era. Le di una paliza y le rompí la nariz. Me expulsaron una semana y sus
padres estuvieron a punto de denunciarme. Recuerdo que cuando fuimos a
disculparnos a su casa, mi madre estaba tan colocada que le costaba caminar
recto. Supongo que pensaron que bastante tenía con lo que me había tocado vivir
para darme más problemas, que era normal que un chico como yo fuese violento, y
se conformaron con que cambiasen a su hijo de clase para no estar más conmigo.
Neil
contuvo el aliento durante toda su historia, encajando más piezas de Nicky,
piezas que tenía muy escondidas y que mostraban una imagen más grande y
compleja del chico sonriente.
Neil
se levantó y se sentó a su lado, rozando el brazo de Nicky con el suyo.
—No
le des una paliza a Dean.
Nicky
soltó una carcajada ronca y espontánea y le dio un codazo en las costillas.
—¡A
mí tampoco! —se quejó Neil, exagerando.
Nicky
le miró con una pátina brillante en sus ojos marrones y Neil notó que tragaba
saliva con resistencia.
—Un
regalo no es caridad —le dijo con voz suave.
—Lo
sé.
—Lo
hace porque te quiere.
—Pero
es difícil no poder ofrecerle lo mismo.
—¿Se
lo has explicado?
—No
—contestó cabizbajo.
—Así
que… él te hizo un regalo, tú te enfadaste y te marchaste sin darle
explicaciones.
Nicky
gimió dolorido, consciente de lo mucho que la había cagado.
—Ya
sabes lo que tienes que hacer —dijo Neil.
—Sí,
pedir perdón, suplicar si es necesario.
—Y
contarle lo que te pasa.
—Me
da vergüenza. No quiero que él me vea así, me gusta ser especial a sus ojos, no
alguien tan mediocre.
—No
eres mediocre —dijo con dureza, tajante—. Eres un superviviente y un zorro y
puedes sonreír después de todo lo que has sufrido. ¿Te parece poco?
Nicky
sonrió con tristeza y Neil cogió su mano un instante, una caricia fugaz de
ánimo.
—Además,
precisamente con quienes nos quieren podemos mostrarnos tal y como somos, con
todo lo oscuro y retorcido e imperfecto.
—¿Y
si el amor no resiste tanto?
—Pues
no merecía la pena.
Nicky
le pasó un brazo por los hombros y Neil se dejó achuchar.
—¿Ahora
eres un experto en el amor?
Neil
le devolvió el codazo de antes y se levantó cuando le soltó.
—Anda,
vamos, que si llegamos tarde al entrenamiento tendremos que dar cinco vueltas
más a la cancha.
Se
prepararon y fueron con los del equipo que estaban por casa, con los demás se
encontraron allí. El entrenador los puso a correr para calentar, Neil intentó
ignorar a Andrew y pensar en qué decirle después, así que estuvo un poco distraído
durante todo el entrenamiento, dándole precisamente la excusa para retenerlo
allí.
Hicieron
práctica de pases, tiros y jugaron un partido divididos en dos grupos. Aunque
Neil terminó resollando y sudando, Andrew le dijo (no pidió) que se quedase
para seguir con él y Kevin, y no pudo negarse para no darle más motivos para
sospechar. Le machacaron un poco más y al terminar, Andrew lo retuvo todavía
más tiempo cuando Kevin quiso marcharse. No le pareció extraño que ellos se
quedasen solos, lo habían hecho cientos de veces, nadie sabía que ahora todo
era diferente.
Andrew
le lanzó la pelota con fuerza y Neil la atrapó al vuelo.
—Uno
contra uno.
Jugaron
a robarse la pelota y ver quién metía más canastas. Esa vez a Neil no le
distraían sus pensamientos sino cada roce y mirada de Andrew. Lo estaba
provocando a propósito, estaba seguro; quería destrozar todas sus defensas y
Neil acabó tirado en el suelo, en medio de la pista, sin poder mantenerse en
pie más tiempo.
Andrew
soltó la pelota y se acercó hasta mirarlo desde arriba.
—¿Ya
he acabado contigo?
—No
del todo.
Neil
le barrió las piernas y lo tiró al suelo, a su lado. Andrew cayó con una
exhalación y un jadeo al golpear el suelo, luego rodó sobre Neil y le sujetó
las manos por encima de la cabeza sin que se resistiese.
—Cuéntamelo
—exigió.
Neil
intentó besarlo, pero el otro alejó la cara para que no llegase a su boca.
—Cuéntame
algo tú. Cuéntame por qué no puedo tocarte.
Andrew
le enseñó los dientes en un gruñido animal como si fuese más cambiante que
humano y Neil se excitó. Volvió a intentar besarlo en vano.
—Eso
no es acuciante.
—Para
mí sí. Me muero por tocarte.
—No
me distraigas.
Pero
lo hacía y estaba funcionando. Cuando intentó besarlo esa vez no se apartó a
tiempo y sus labios colisionaron. Andrew apretó las manos alrededor de sus
muñecas y lo devoró con la lengua.
—Sé
que te pasa algo —murmuró contra su boca.
—Me
pasan muchas cosas y una de ellas está encima de mí y es la que más me gusta y
molesta —contestó con tono risueño.
Podía
olvidarse de la nota y de su pasado y de todo cuando Andrew lo sujetaba así,
cuando lo besaba así, cuando era solo Neil en ese momento, en ese instante, en
ese cuerpo, entregado a él y las sensaciones de cada roce y era todo piel y
saliva y calor.
—¿Crees
que puedes jugar conmigo?
—Creo
que puedo hacer lo que quiera contigo —contestó envalentonado por el subidón de
sus besos y de sentir su excitación contra el vientre, muy cerca de la suya.
Sus
cuerpos no se movían, no se frotaban, solo estaban pegados con puntos de
contacto ardientes, estáticos, pura tortura.
—Soy
yo quien hace lo que quiere contigo.
—Pues
hazlo.
Sonó
casi a súplica.
Andrew
volvió a besarlo y se besaron y se besaron y se besaron hasta que no pudieron
soportarlo más.
Respiraron
agitadamente hasta calmarse y poder levantarse. Andrew le ayudó tendiéndole una
mano.
—No
me he olvidado, mañana repetiremos esta conversación.
—Genial,
me ha encantado.
Le
robó una sonrisa fugaz a Andrew y eso fue mejor incluso que todo lo que habían
estado haciendo (y disfrutando) antes. En el vestuario se encendió un cigarro y
Neil pasó a la ducha antes, pero luego le esperó a que terminase para volver a
casa juntos en un cómodo silencio.
Andrew
se quedó en el porche y fue a sentarse al banco con el paquete de tabaco en la
mano. Neil entró en casa porque entendía que necesitaba ese tiempo para sí
mismo.
Una
vez enfriado y a solas, Neil se sintió un poco mal por haber usado sus puntos
débiles para distraerlo. Entendía por qué alguien quería guardar sus secretos,
no era un hipócrita, y respetaba los de Andrew. Sin embargo, también estaba esa
otra parte que cada vez ocupaba más espacio, en la que deseaba más de Andrew,
no solo físicamente, Neil quería conocerlo, entenderlo, descifrarlo, verlo
entero.
Suspiró
y se dejó caer en la cama.
Le
llegó un mensaje de Nicky para avisarle de que iba a dormir fuera, con Dean, y le
deseó suerte para la reconciliación.
Ojalá
pudiese pedirle a Andrew que durmiese con él esa noche.
El
susodicho entró en su habitación sin llamar y por la tensión en su rostro Neil
supo que no le buscaba para seguir con lo de antes. Se levantó de la cama,
Andrew cerró dando un portazo y le plantó un papel ante el rostro.
—¿Qué
es esto? —preguntó enfadado.
Neil
enfocó la mirada y se le heló la sangre. Era otra nota amenazante: “Tienes el
tiempo contado si no te alejas de lo que es mío. Te haré daño para recuperarlo.
Haré lo que sea necesario. No volveré a repetírtelo.”
—¿De
dónde lo has sacado?
Se
la arrancó de la mano y la arrugó en un puño. Él también estaba enfadado.
—Tenías
una carta en el buzón, me pareció extraño y la leí.
—No
tienes derecho a hacerlo, es mi privacidad, joder.
—¿Para
que puedas mentirme y manipularme y luego tenga que sacarte del lío en el que
estés metido?
El
golpe bajo dolió como una patada en el estómago. Neil retrocedió ante sus
palabras y esos ojos negros en los que ahora no le encontraba.
—Vete.
Andrew
se mantuvo en su sitio.
—¡Lárgate!
—gritó.
Andrew
apretó los puños y no se movió. Neil se atrevió a empujarlo con rabia una y dos
veces hasta que golpeó la puerta con la espalda.
—¡Fuera!
Andrew
se fue y Neil se quedó solo, con un puño apretándole el corazón.