Los
zorros se encontraban jugando el último partido de la liga. Muchos seguidores
habían viajado para verlos y casi la mitad de las gradas estaban cubiertas de
naranja, tanto en sudaderas y camisetas no oficiales del equipo, como con
banderines con huellas de zorro. Se sentían arropados y poderosos. Habían
conseguido llegar hasta allí, se habían dejado la piel en ello, habían sudado y
sangrado para ello. Se lo merecían. Ganasen o perdiesen, sería una victoria
para ellos.
Aunque
querían ganar, claro, y estaban poniendo el alma y cada gota de energía en el
juego mientras el temporizador corría y los marcadores aumentaban sin mucha
diferencia entre un equipo y otro. Los zorros iban dos puntos por detrás.
En
la pista estaban Neil, Andrew, Matt, Nicky y Spike. Los demás observaban desde
fuera junto al entrenador Parker, que no paraba de moverse de un lado a otro,
inquieto, seguido por Kevin como una sombra.
Ambos
equipos eran muy buenos, la final estaba reñida, nadie tenía claro quién
acabaría ganando.
Nicky
esquivó a un escolta manteniendo la pelota y, mientras Spike bloqueaba al pívot
rival, lanzó desde su posición. La pelota hizo un arco perfecto y encestó,
ganándose un grito colectivo del público y dos puntos al marcados de los
zorros.
El
cronómetro siguió corriendo.
Andrew
los manejaba como capitán del equipo cuando Kevin no estaba en la pista,
siguiendo las indicaciones del entrenador y teniendo cada movimiento y jugador
en perspectiva, tomando decisiones rápidas mientras no dejaba de moverse y
jugar al mismo tiempo.
Matt
le pasó la pelota al verse acorralado, Andrew la mantuvo unos segundos antes de
pasársela a Neil y, cuando él la recibió, echó a correr botándola con destreza
adquirida durante todos esos meses de agotador entrenamiento. Se la pasó a
Nicky, pero no tenía tiro limpio, así que volvió a recibirla. Spike luchaba por
dejarle un tiro libre y no dejó de correr hasta que hubo un instante en que lo
vio claro y no lo dudó ni un segundo. Lanzó y encestó. Otros dos puntos para
los zorros, adelantándose en el marcador a tres minutos de terminar el partido.
Gritos,
júbilo, euforia en las gradas y el banquillo.
En
la pista, calma y determinación.
Ahora
tenían que defender la pelota y su canasta a muerte.
Perdieron
la pelota y el del equipo rival lanzó a la desesperada, contuvieron el aliento
durante los segundos que la pelota tardó en rebotar en el aro y saltar fuera.
Un
minuto.
El
ambiente parecía a punto de saltar por los aires, la tensión se podía cortar
con un chuchillo sin afilar.
Neil
se hizo con la pelota, jugaron a marear mientras corrían los segundos, se la
pasó a Nicky, volvió a recibirla porque Matt y Spike estaban lejos, bloqueando
a otros, y después se la pasó a Andrew, que se encontraba en el centro de la
pista. Los últimos segundos se precipitaban y Andrew dio un bote a la pelota,
la cogió, flexionó las rodillas y los codos, y lanzó.
Silencio
absoluto.
La
pelota y los segundos volaron a la vez.
Ya
habían ganado, pero todos contuvieron el aliento ante el tiro de Andrew.
El
marcador pitó el final del partido, rompiendo el silencio, y la pelota se
deslizó dentro del aro a la perfección. El marcador de los zorros subió tres
puntos más.
Las
gradas naranjas se levantaron entre gritos y aplausos y los zorros al completo corrieron
para encontrarse en el centro de la pista con Andrew y apretujarse los unos a
los otros en un abrazo colectivo, sudoroso y pletórico de alegría. Luego
corrieron hacia el entrenador y le hicieron lo mismo.
¡Lo
habían conseguido, joder!
Cuando
se separaron para volver a contemplar el marcador y asimilar que habían ganado
de verdad, Andrew y Neil se miraron a los ojos en medio del jaleo a su
alrededor, como si solo existiesen ellos. Neil no podía dejar de sonreír y los
ojos negros de Andrew brillaban de esa forma que a Neil le fascinaba. Ni
siquiera pensaron que estaban bajo el escrutinio del estadio entero, que los
estarían grabando y haciéndoles fotografías, se besaron con pasión delante de
todos sin importarles nada más que ellos.
Se
besaron y abrazaron.
Se
sonrieron mientras tomaban aliento.
Todo
el mundo hablaría de ello y a ambos les pareció perfecto reclamarse a ojos de
todos, que supieran que se pertenecían el uno al otro, pues así era y así sería
siempre.
Andrew
volvió a besarlo con ferocidad. Con instinto animal. Sí, que todos supieran que
Neil era suyo.