—Ven,
te presentaremos al entrenador.
Neil
siguió a Matt hasta la sala donde había intentado dormir esa noche, Nicky se
fue al vestuario. Al fondo de la sala, en una esquina, había una puerta con un cartel
pegado en la madera que indicaba que era un despacho. Matt llamó con los
nudillos y esperó hasta que una voz masculina le invitó a entrar. Neil entró
con él.
—Buenos
días, entrenador Parker.
Este
se quedó mirando al chico desconocido antes de enarcar una ceja hacia su
jugador. Estaba sentado en su escritorio, mirando papeles antes de que le
molestasen. Llevaba una barba oscura y cuidada, con algunas canas que también
decoraban su denso cabello corto. Su mirada era astuta y analítica, demasiado
para la tranquilidad de Neil, pero intentó relajarse y no parecer hostil. Lo
más importante de los secretos no era solo saber guardarlos, también era que
nadie notase que los tenías, o que no se interesasen demasiado por tus
claroscuros.
Neil
sonrió.
—Buenos
días, me llamo Neil.
—¿Estudias
aquí?
—Todavía
no —contestó Matt adelantándose—. Neil está pensando qué hacer con su futuro
así que le he invitado a vernos entrenar si no es molestia.
—¿Sabes
jugar al baloncesto?
—Nunca
lo he hecho.
—¿Te
gusta el baloncesto?
—No
lo sé, tampoco he visto partidos.
El
entrenador se cruzó de brazos y miró a Matt como preguntando “¿y este qué hace
aquí?”. Neil pasó el peso de su cuerpo de un pie a otro. Ojalá tuviese una
buena respuesta que darle.
—Yo
tampoco sé muy bien qué hago aquí, siendo sincero —dijo Neil—, pero no
molestaré. Me gustaría verlos jugar.
Ahora
le había picado la curiosidad, no quería irse, al menos todavía.
—Bueno,
al menos eres sincero. —Neil se mordió el interior de la mejilla para no
delatarse—. Puedes quedarte, ve a familiarizarte con la pista y a hablar con
los chicos, Matt se quedará un poco más conmigo.
—Bien,
gracias.
Neil
los dejó solos y cerró la puerta. No se quedó escuchando, no quería que le
pillasen haciéndolo, pero no puedo evitar escuchar al entrenador preguntarle a
Matt “¿de dónde has sacado a este chico?”, su voz traspasó la madera que los
separaba. Neil salió de aquella sala y siguió el pasillo hasta la cancha, donde
le guiaban las voces de los demás.
El
equipo al completo estaba en la pista, alrededor se alzaban las gradas de
varias alturas. Neil intentó imaginárselas llenas de gente vitoreándoles, pero
no podía imaginar cuántas personas cabrían allí dentro y el ambiente que
formaban. En ese momento se escuchaba el chirrido de la suela de las zapatillas
contra el suelo y las risas de los jugadores. Los chicos llevaban la misma ropa
de deporte con la que habían salido de casa, estaban haciendo estiramientos de
todo el cuerpo, ayudándose los unos a los otros en algunas posiciones. Neil se
acercó hasta sentarse en la grada más baja y dejó la mochila en el suelo entre
sus piernas. Nicky lo saludó con la mano al verlo y se acercó al trote.
—¿Qué
tal con el entrenador?
—Creo
que no le he gustado.
—Tranquilo,
nadie le gusta al principio, es un hueso duro de roer, pero por dentro está
blandito, te lo prometo.
Neil
se encogió de hombros, iba a contestar algo pero de repente se dio cuenta de
que Andrew y Kevin estaban mirándole y tampoco parecían muy contentos de verle
allí. Se acercaron sin prisa, como un animal al acecho; Neil conocía muy bien
esa forma de moverse, de acorralar. Los demás empezaron a correr alrededor de
la pista para calentar.
—¿Todavía
estás aquí? —preguntó Andrew mirándolo desde arriba.
Era
el de menor estatura del equipo; aunque decir eso entre jugadores de baloncesto
tampoco significaba mucho, comparado con los demás tenía una estatura media,
debía rondar el metro setenta y cinco, unos centímetros menos que Neil. Y aun
así podría mirar a cualquiera desde arriba, incluso no estándolo, era como una
ilusión óptica creada por su carácter y su dura mirada, le hacían parecer
intimidante.
Esos
ojos negros.
—¿De
verdad no tienes ningún sitio al que ir? No recogemos perros abandonados.
Neil
estuvo a punto de gruñirle.
—En
realidad, sí lo hacemos. Todos lo somos —contestó Nicky.
Andrew
silenció a Nicky con una sola mirada. Kevin parecía una estatua a su lado. A
Neil no le daban buena espina, pero conforme más tiempo pasaba con ellos menos
conseguían intimidarle; al fin y al cabo, estaba acostumbrado a los macho alfa
rabiosos.
—Tal
vez tengas que acostumbrarte a verme por aquí —se atrevió a decir.
Andrew
lo atrapó con su mirada. Cuando hacía eso no necesitaba decir nada, sus ojos
hablaban por él, y Neil se resistió todo lo que pudo a esos pozos de oscuridad,
parecían irradiar frío, tempestades de viento helado que congelarían hasta un
suspiro.
—Tal
vez… tal vez no.
El
entrenador apareció con Matt y rompieron la tensión del momento.
—Venga,
a calentar, pedazo de vagos —gritó el entrenador, haciendo que los que faltaban
se incorporasen a la carrera de los demás. Saludó a Neil con un asentimiento y
se quedó de pie al borde de la pista. Neil se relajó al quedarse solo y empezó
a observarlos con interés.
No
jugaron ningún partido, solo hicieron pases y tiros con las pelotas, pero a
Neil le gustó ver cómo se ejercitaban, parecía divertido, su cuerpo le pedía
salir ahí y ponerse con ellos. Para pelear tenía que entrenarse, pero sabiendo
lo que le esperaba después no podía disfrutar de ello. Aun así, Neil no estaba
ni cerca de alcanzar la musculación de esos jugadores de baloncesto, a su lado
parecía delgaducho y poca cosa.
—¿Qué
te ha parecido? —le preguntó el entrenador cuando los chicos fueron a darse una
ducha y cambiarse.
—Interesante.
—¿Tanto
como para quedarte? —se acercó hasta sentarse a su lado.
—¿Habría
sitio para mí aquí?
—Pues
en realidad llegas en el momento perfecto, nos hemos quedado sin un jugador y
lo necesitamos para el año que viene.
—No
tengo ni idea de cómo jugar. ¿Por qué esforzarse tanto conmigo pudiendo elegir
a alguien que pueda incorporarse y seguir el ritmo al instante?
—A
veces merece la pena esforzarse por algo más complicado, aunque lo fácil
parezca la mejor opción.
—¿Le
gusta complicarse la vida?
—Parece
ser que sí, soy el entrenador de este equipo —contestó con una sonrisa que
escondía un montón de historia y secretos.
—¿Y
eso qué significa?
—Aquí
todos llegan buscando una segunda oportunidad, todos vienen huyendo de algo y
esta beca y el deporte les salvan la vida.
—¿Qué
te ha contado Matt sobre mí?
—Todo
lo que podía contarme.
—Empezaría
dos años tarde.
—Mejor
tarde que nunca —rebatió.
Parecía
que Neil no podía ganarle verbalmente, y tampoco quería hacerlo. Lo que quería
era dejarse convencer, permitirse creer.
—Mira,
Neil, tienes un mes para pensártelo, cuando acabe el curso abrirán las
inscripciones para el siguiente y podrás matricularte.
—¿Y
si no me becan?
—Moveré
mis hilos.
—¿Y
qué haré durante este mes?
—Entrenarte
por tu cuenta, seguro que Matt y Nicky te ayudan en su tiempo libre, aunque
durante la recta final del curso no tendrán mucho, y… quedarte en mi casa.
Luego, si te matriculas, vivirás con los zorros cuando entres formalmente en el
equipo y harás un entrenamiento intensivo durante todo el verano.
—Pero…
¿Por qué?
Estaba
sin palabras, jamás había recibido un trato así, ayuda desinteresada,
amabilidad sincera. Solo había recibido palizas durante toda su vida y le
habían utilizado para beneficio de otros como si él no significase nada. No
entendía a estos humanos, no conseguía descifrarlos.
—¿Por
qué no, Neil? Parece que necesitas una segunda oportunidad y aquí tenemos de
eso.
Tenían
sofás cómodos y desayunos calientes y manos tendidas y buenas palabras. Y
segundas oportunidades. Demasiadas cosas, cuando Neil nunca había tenido nada.
—Me
quedaré y lo pensaré.
Al
menos tendría un lugar en el que descansar durante un mes.
—Muy
bien. Lo único malo es que tendrás que seguir durmiendo en un sofá, en mi casa
solo tengo una habitación.
—No
es ningún problema, he dormido en sitios peores.
El
entrenador lo miró con compasión y Neil se recriminó por haber dicho eso, no
quería abrirse demasiado, si desaparecía en un mes sería mejor que no fuese nadie,
tal y como había llegado, así lo olvidarían rápido.
—Pues
vamos a por tus cosas y te instalas en mi casa —dijo levantándose.
—Esto
es todo lo que tengo —contestó, mostrando su mochila.
—Entonces
vamos directos, vivo a las afueras del campus, tenemos que coger el coche.
Fueron
hasta el aparcamiento y le señaló un Seat azul viejo y cascado. Montó en el
asiento de copiloto y en quince minutos estaban aparcando frente al edificio
donde se quedaría con ese hombre amable durante las próximas semanas. Subieron al
segundo piso y el entrenador abrió la puerta para dejarle entrar.
—Bienvenido
a mi humilde hogar.
El
recibidor de la entrada era pequeño y daba directamente al salón con cocina
abierta, al fondo del pasillo estaban la habitación y un baño grande. No hacía
mucho espacio para dos personas, pero Neil se conformaba con poco y el lugar le
pareció perfecto simplemente porque no habría nadie que le pegase.
—Puedes
guardar tus cosas en este armario del pasillo, solo lo utilizo para las
chaquetas y algunos trastos pero puedo meterlo en otro sitio mientras estás
aquí.
—No
quiero molestar.
—No
molestas, Neil. Me molestaría más tener un invitado en casa que se sintiese
incómodo, ¿entendido?
—Sí,
entrenador.
Todavía
no lo era suyo, sin embargo, Parker sonrió en vez de corregirle. Todos le
llamaban así y a Neil le pareció correcto decirlo también.
—¿Tienes
teléfono?
—No.
—Entonces
no te alejes demasiado. Toma, una llave de la casa, aunque preferiría que hoy
te quedases descansando, hay comida en la nevera, yo volveré por la noche.
Mañana nos acompañarás al entrenamiento de nuevo.
Neil
asintió y después de un incómodo momento en el que ninguno supo qué más hacer o
decir, el entrenador se marchó confiándole su hogar. Neil no se atrevió a
pasear por la casa más de lo estrictamente necesario para respetar su
intimidad, guardó la mochila en el armario, colgó las pocas prendas de ropa que
tenía, se aseó en el baño e hizo un segundo desayuno por pura gula. Luego se
echó en el sofá, tumbándose cuan largo era, con los pies apoyados en el
reposabrazos, e incluso se quitó los zapatos para estar más cómodo y no
ensuciar. Tenía el estómago lleno y una sonrisa que no permitió aflorar. Se
quedó dormido, contento de pasar todo el día holgazaneando en un lugar seguro.
No se podía creer la suerte que había tenido, parecía demasiado bueno para ser
real.
Se
acordó de Ray en sus últimos pensamientos conscientes, que no había tenido
ninguna suerte en la vida, mucho menos al acabar en una manada como la suya, y
su descanso fue perturbado por pesadillas que ensombrecieron su ánimo. No podía
olvidar de dónde venía, quién era, lo que era, ni de lo que huía.