04 enero 2025

Capítulo 37

—¿Confías en mí? —preguntó Neil de repente.

—Sí —contestó Andrew sin dudar.

Neil se levantó, llevándolo consigo, y le hizo ponerse el pantalón a la vez que lo hacía él mismo. Le cogió de la mano y lo sacó de la habitación con rapidez, comprobando antes que no hubiese nadie en el pasillo, y corrieron hasta el baño para volver a encerrase dentro.

—¿Puedo echar el pestillo?

Andrew lo hizo como respuesta.

Neil lo besó contra la puerta, eufórico tras haber vivido el momento más íntimo y erótico de su vida. Sonrió contra sus labios y le costó soltarlo para abrir el grifo de la ducha y prepararlo para que saliese agua caliente.

—Dúchate conmigo.

Andrew tampoco dudó esa vez. Irían poco a poco, pero ya tenía claro que lo haría todo con él, lo quería todo con él, y lo disfrutaría. Confiaba ciegamente en Neil y esa confianza aligeraba el peso que le había aplastado el corazón durante toda su vida.

Volvieron a desnudarse y se metieron juntos en la ducha. Para Neil no había pasado inadvertido que se había quitado las muñequeras por primera vez en su presencia. Desde que conocía su verdad tenía un presentimiento que no se había atrevido a expresar.

El agua los empapó y volvieron a besarse bajo el chorro.

Andrew enjabonó a Neil y a sí mismo, pero permitió que le lavase el pelo desde delante, dejando caer la cabeza para facilitarle el acceso, y cerró los ojos ante el placer de ser tocado así, estando desnudo, expuesto… y sin connotaciones sexuales, solo con una inmensa ternura que calaba hasta los huesos, igual que él había adorado cada centímetro de su cuerpo antes con la excusa de limpiarlo.

Después de enjuagarle el pelo, Neil le dio un beso en la frente.

—Gracias.

—¿Por qué? —preguntó Andrew.

—Por confiar en mí. Saber la verdad no hace que te vea de forma diferente, solo que valore mucho más cada caricia y cada beso. Eres un jodido milagro, Andrew, porque después de tanto horror y violencia estás aquí, creándote una buena vida, siendo importante para muchas personas, superando tu pasado para poder tener un futuro.

—Entonces tú también eres un milagro.

“El mío”, pensó sin atreverse a decirlo.

—Tal vez por eso nos hemos encontrado.

Neil apoyó su frente en la de Andrew y se quedaron así un rato bajo el chorro de agua caliente. Le acarició una mano, recorriendo su palma con los dedos, subiendo lentamente hasta rozar el interior de su muñeca sin la protección de las muñequeras. Andrew se tensó un instante y luego volvió a relajarse y le dejó seguir tocándolo. Rodeó su muñeca con los dedos, haciendo círculos suaves sobres su piel, y giró su brazo para por ver lo que ocultaba. Andrew no se resistió, incluso le enseñó por sí mismo el interior de la otra muñeca.

En ambas tenía una cicatriz diagonal que resaltaba pálida sobre su piel y el azul de sus venas.

—Lo hice la primera noche en el correccional —dijo Andrew—. Ni siquiera sabía cómo tenía que cortarme las venas, sigo vivo gracias a eso.

Neil le sujetó el rostro y lo miró con intensidad.

—No —contestó—, sigues vivo porque eres fuerte y valiente.

—Nunca tuve claro si era valiente o un cobarde, ni cuando intenté cortarme las venas ni cuando no me atreví a volver a hacerlo.

Neil soltó su rostro y bajó las manos por sus brazos hasta sujetarle las muñecas con delicadeza. Alzó una de ellas y depositó un beso sobre la cicatriz, luego hizo lo mismo con la otra bajo la atenta mirada de Andrew, atónito y conmovido. Por primera vez en todos esos años, sintió que de verdad se habían cerrado sus heridas.

—Déjame abrazarte —suplicó.

Andrew asintió, derrotado, y Neil lo envolvió entre sus brazos bajo el agua que caía sobre ellos como una cálida lluvia. Al principio Andrew no le correspondió, sus brazos colgaban inertes, y había escondido el rostro en la curva del cuello de Neil, pero poco a poco sus manos se engancharon a sus caderas y subieron por su espalda hasta rodearlo y abrazarlo también. Entonces se sujetó a él con fuerza.

Sus cuerpos desnudos sosteniéndose y consolándose, sus corazones latiendo al unísono, sus olores mezclados: eran uno, por fin.

Escucharon una risotada fuerte en el pasillo y un golpe seguramente debido a un empujón entre amigos y ambos dieron un respingo y se apartaron para mirarse, sonriendo.

Neil cerró el grifo y salieron de la ducha. Cogieron toallas limpias del armario, se secaron con rapidez y salieron juntos llevando solo los pantalones desabrochados, y de repente el pasillo era el lugar más transitado de la casa.

Kevin los miró como si fuesen dos extraterrestres. Los demás les soltaron silbidos y algún vitoreo de broma. Andrew los ignoró, Neil les hizo una peineta sin que se le borrase la sonrisa del rostro. Luego dio un portazo.

Cambiaron los pantalones por los del pijama y se metieron en la misma cama.

—En algún momento tendrán que reaccionar normal cuando nos vean juntos.

—Sí, cuando les cierre la boca con el puño.

Neil soltó una carcajada y Andrew estuvo a punto de sonreír.

—No he podido encontrar a Tyler, se ha mudado.

—Pero no fue eso lo que te hizo desaparecer, ¿verdad?

Andrew hizo un sonido afirmativo y Neil pilló la indirecta.

—No te preocupes —continuó—, no creo que Tyler sea peligroso, solo quiere asustarme, se aburrirá cuando vea que no lo consigue. Estoy más tranquilo desde que sé que es él.

—Supongo, pero yo sigo muy enfadado.

Neil se acurrucó a su lado como siempre, con la barbilla en su hombro y la nariz cerca de su cuello, pero de repente se sentó dando un bote que asustó a Andrew.

—¿Qué pasa?

—Seguro que llevas todo el día sin comer, ¿verdad?

—No tengo hambre.

—Voy a por algo, no te muevas.

No pudo detenerlo, Neil saltó por encima de él y bajó a la cocina. Le preparó un sándwich con restos de pollo asado frío, lechuga y mayonesa, y comió también un poco en el proceso.

—Así que voy a tener que acostumbrarme a compartir habitación con Kevin.

Neil se dio la vuelta y miró a su amigo con un poco de culpabilidad en la sonrisa.

—Si no te importa…

—Todo sea por ver a ese loco feliz. Y a ti, claro, pero es que lo suyo es un hito.

—¿Lo ves feliz?

—Joder, hasta me da envidia. El principio de las relaciones es lo mejor, lo más emocionante, y ese cabrón está loco por ti. Aunque, siendo él, tal vez sería más adecuado decir que está cuerdo por ti.

—Ja… ja…

—¿Y tú?

—¿Cuerdo o loco? No lo tengo claro.

Nicky se rio.

—¿Tú estás bien? ¿Sigues bien con Dean?

—Sí, todo genial.

—Siento teneros un poco abandonados últimamente, de repente tengo demasiado que manejar y me estoy adaptando.

—No te preocupes, Neil, todo se estabiliza con el tiempo.

Ambos subieron a sus respectivas habitaciones y Neil se encontró con la sorpresa de que Kevin estaba en la suya con Andrew. Supuso que para ellos también era difícil, se encontraban en la misma situación, de repente Neil se había metido por medio y ahora tenían mucho menos tiempo para estar juntos cuando antes eran casi siameses.

Había sido un día muy intenso, seguro que Kevin había estado preocupado por su amigo.

—Perdón. Se me ha olvidado un vaso de agua, voy a por…

—Pasa —dijo Kevin—, yo me voy ya.

—Puedes quedarte si quieres.

—Estoy cansado. Adiós.

Neil se hizo a un lado para dejarlo salir y cerró la puerta.

—Me odia.

—No te odia.

—No quiero interponerme entre vosotros, respeto vuestra amistad.

—Lo sé.

Andrew se había puesto una camiseta y estaba sentado en la cama, apoyado contra el cabecero, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Vas a comerte esto, pero en tu cama, no llenes la mía de miguitas.

—¿Y la mía sí?

—No vas a dormir en ella.

Andrew se levantó, cogió el plato y le obedeció. Se comió el sándwich en cuatro bocados, dio un trago de agua de una botella que tenía en la mesita de noche, y volvió a la cama con Neil. Apagó la luz y se acomodaron en su postura de siempre.

La casa fue quedándose en silencio poco a poco, pero ellos no se quedaban dormidos. Neil apoyó una mano sobre su pecho y se relajó contando los latidos de su corazón. De repente, Andrew puso una mano sobre la suya y Neil pensó que le apartaría, pero no lo hizo, la dejó ahí.

—Neil.

No contestó, en la forma de pronunciar su nombre había millones de palabras más, pendiendo sobre ellos.

—No te abandonaré nunca.

Si la postura estuviese invertida, Andrew habría podido notar cómo su corazón se detenía un segundo antes de saltar.

—Bien —consiguió decir.

—No, no sabes lo que significa.

—Explícamelo.

—Que eres mío. —Se lo había dicho otras veces, con autoridad, con dominación, con posesión; pero esa vez era diferente, era mucho más—. Que no te dejaré y tú tampoco podrás dejarme. Nunca renunciaré a ti.

Neil podría haberse sentido abrumado, incluso asustado. Podría haberse sentido intimidado por una afirmación tan salvaje y descarnada. Sin embargo, se sintió en casa, seguro y protegido. Lo que Andrew sintiese por él jamás podría asustarle, al fin y al cabo, él tenía su parte animal. También era salvaje.

—Tú también eres mío.

—Prométemelo.

Su bestia rugió, pletórica.

—Te lo prometo.

Entrelazaron los dedos de sus manos unidas sobre el pecho de Andrew, él le sujetaba con fuerza, hasta que por fin consiguieron dormirse.

 

***

 

Tuvieron unos días tranquilos, sin amenazas, inmersos en la rutina de las clases y los entrenamientos. Neil incluso tuvo tiempo de salir con Nicky, Dean y Matt, y darle algo de espacio a Andrew para que pudiese distraerse con Kevin. Estar siempre esperando que algo malo pasase era agotador. Tenían que centrarse en sus vidas: entregar trabajos, aprobar exámenes, ganar partidos, no abandonar a los amigos aunque les guardases secretos, y volver a pasar mucho tiempo en la biblioteca. Para Neil, era su lugar favorito de todo el campus, después de la cancha de baloncesto. Ese día se distrajo tanto que tuvieron que avisarle cuando iban a cerrar para no dejarle dentro, había un temario que se le estaba resistiendo un poco y le tenía frustrado.

Se colgó la mochila al hombro y cogió el teléfono, extrañado por lo silencioso que estaba, si hubiese vibrado en algún momento se habría dado cuenta de lo tarde que era al mirarlo. Pero, claro, al intentar desbloquearlo se dio cuenta de que estaba apagado; se había quedado sin batería, solo esperaba que Andrew no estuviese preocupado y no le hubiese escrito.

Salió con prisa, sin prestar atención a su alrededor, tan apurado que ni siquiera se percató de los olores y el golpe le pilló desprevenido.

Le dieron con algo en la cabeza tan fuerte que cayó al suelo y perdió el conocimiento durante unos instantes. Cuando abrió los ojos estaba tirado en el suelo, en un callejón detrás de la biblioteca, rodeado por cuatro chicos encapuchados, sujetando bates de beisbol. Con eso le habían golpeado. Y reconoció su olor, el mismo que había dejado en la notas amenazantes.

—¿Crees que así vas a recuperar a Andrew?

Le dolía la cabeza y estaba un poco mareado, pero consiguió levantarse para mirarlo a la cara cubierta de sombras.

—Cuando te rompa y ya no quiera jugar contigo, le recordaré lo bien que lo pasábamos.

—No te perdonará.

—¿Crees que le importas? —Le puso el bate bajo la barbilla y lo apretó contra la garganta de Neil—. Qué idiota.

—¿Y tú crees que le importas? Qué idiota —contestó con burla.

Debería haberlo pensando mejor. No fue Tyler quien le golpeó, otro le sorprendió por la espalda, lanzando el bate contra sus costillas. Neil se encogió y jadeó de dolor.

Tyler le cogió del pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Otro le dio una patada tras las rodillas para hacerle caer y entonces empezó la paliza.

—Andrew es retorcido. Cuando vea lo que he hecho por él sabrá apreciarlo, me respetará y no volverá a dejarme —dijo como un demente mientras le golpeaba.

Neil no le llevó la contraria porque no quería enfadarle más, porque estaba en desventaja, y porque ese imbécil no se merecía saber cómo era de verdad Andrew. Se protegió la cabeza de los golpes y aguantó. Estaba acostumbrado al dolor. Tal vez contra uno o dos podría haberse defendido, pero no contra cuatro.

Qué equivocado había estado al pensar que Tyler sería inofensivo. El cabrón estaba más loco que ninguno.

Una patada en la cara lo tiró hacia atrás, la sangre manó por su nariz como un grifo abierto y se le metió en la boca. Perdió por completo el control de la situación, el poco que tenía protegiéndose. Le golpearon hasta dejarlo inconsciente.

Al menos, en la plácida y fría oscuridad no había más dolor.

Luego regresó. Siempre regresaba.

Tosió e intentó incorporarse. Alguien lo estaba sujetando y lo llamaba desde muy muy lejos aunque lo tenía justo al lado. La voz se iba acercando hasta que abrió los ojos y vio el rostro contorsionado por la ira de Andrew.

—Tranquilo, estoy bien.

—Tienes la puta cara empapada en sangre, no digas que estás bien.

Gimió de dolor al levantarse con ayuda de Andrew y este le sujetó pasándose uno de sus brazos por encima del hombro y rodeando la cintura de Neil.

—Le voy a matar —mascullaba Andrew mientras salían del callejón.

—¿Cómo me has encontrado?

—Te puse un rastreador en el teléfono.

—Ah, claro.

Si hubiese podido se habría reído. Sin embargo, viniendo de Andrew, ni siquiera le pareció algo desproporcionado.

—He traído la moto, ¿puedes sujetarte?

—Sí.

Cuando entraron en casa todos se revolucionaron y se preocuparon por Neil. Por si su antigua manada había vuelto a por él, por si tenían que prepararse para defenderse. Pero Andrew se inventó que le habían dado una paliza para robarle y, dentro de lo que cabía, todos se tranquilizaron. Matt ayudó a Andrew a subirle por las escaleras y le limpiaron la sangre y le curaron las heridas en el baño.

—Parece peor de lo que es. Mañana estaré como nuevo.

Andrew gruñó. Matt le sonrió con lástima. Por suerte, Nicky no estaba en casa esa noche y se había evitado el disgusto de verlo así.

Cuando estuvo decente con ropa limpia y sin rastros de sangre, solo con algunas costras y moratones, lo bajaron al salón y le obligaron a tomarse una sopa que le hizo Matt y unos analgésicos que le dio Spike. Liam le miraba con sospecha y Neil evitaba su mirada. Alguien puso un partido de baloncesto en la televisión para rebajar la tensión del ambiente y Neil agradeció la distracción. Andrew no tanto, no tardó ni la mitad del partido en salir a fumar y no volvió a entrar.

Neil no se quedó a ver el final, pasaba más tiempo mirando la puerta esperando que Andrew entrase que mirando la pantalla. Le inquietaba que pudiese cometer una estupidez o que estuviese torturándose por un millón de razones diferentes, porque se echaba el peso del mundo sobre los hombros.

Salió a buscarlo.

Estaba apoyado en la barandilla, terminándose el que sería su segundo cigarro.

—Deberías estar dentro, descansando.

—Puedo mantenerme en pie —contestó, apoyándose a su lado. La verdad era que le vino bien poder sujetarse a la barandilla, pero no pensaba permitir que Andrew supiese lo mal que se encontraba.

—Neil…

—No —le cortó—. Ni se te ocurra culparte.

—Si fuera mejor persona me alejaría de ti para protegerte, pero soy egoísta, y te han dado una paliza. ¿Cómo no voy a sentirme culpable?

—No te permitiría dejarme. ¿Lo recuerdas?

—Y yo no permitiré que vuelvan a hacerte daño.

Neil estaba a punto de contestar cuando Kevin salió para reunirse con ellos, se cruzó de brazos y los fulminó a ambos con una mirada inquisitiva.

—¿Qué? —gruñó Andrew, apagando el cigarro en un cenicero de metal.

—¿Tengo que seguir fingiendo que me creo la estupidez del robo? Porque no me queda bien hacerme el tonto —contestó cortante—. ¿Qué ha pasado?

Para sorpresa de Neil, Andrew le contestó con la verdad.

—Tyler, eso ha pasado. Ese cabrón está más pirado que yo.

—Joder. —Miró a Neil de soslayo y devolvió toda su atención a su amigo—. ¿Necesitas ayuda?

—Si la necesito te la pediré.

Ambos asintieron y Neil notó que era como un momento entre ellos, su conexión, y se mantuvo al margen en silencio, hasta que Kevin dio un paso atrás para volver dentro.

—Estás hecho una mierda —le dijo como despedida.

—Gracias —contestó Neil con sarcasmo.

Una parte de él seguía pensando que Kevin le odiaba, o le despreciaba; tal vez por ser cambiante, tal vez por haberle robado la atención de Andrew, tal vez simplemente porque parecía odiarlo casi todo. Pero él no podía odiarle, porque estaba dispuesto a ayudar y proteger a Andrew como un buen amigo haría, y eso le parecía suficiente para respetarlo.

—Vete a descansar.

—Necesito que me ayudes a ponerme el pijama.

—Tu dolencia varía según te convenga, ¿verdad?

Neil sonrió y a Andrew se le relajó un poco el rostro y la dureza de la mirada.

Mañana sería un día nuevo. Mañana decidirían cómo encargarse de Tyler. Se merecían un poco de paz de una vez por todas, maldita sea, y la conseguirían como fuese.