Después
de dos días de oasis con Andrew en los que se dedicó a comer y dormir hasta
recuperarse por completo, los zorros hicieron una reunión. Neil estaba
nervioso, Andrew no había permitido que nadie los molestase durante esos días,
ni siquiera a Nicky y Matt, ni al mismísimo entrenador; con él Neil hablaría
después, a solas. Pero a los zorros iba a enfrentarse en grupo, todos juntos.
Solo esperaba que no fuese un uno contra todos. O dos, si Andrew le apoyaba
hasta el final, cosa que ya no dudaba. Los demás también se la habían jugado
por él, pero podían estar lo suficientemente resentidos y enfadados como para
no quererle de vuelta porque era un mentiroso, un cambiante y daba demasiados
problemas. Estaban en su derecho de echarle y Neil lo entendería, aunque
también le rompería el corazón.
Llamaron
a un taxi para que los dejase justo enfrente de casa de los zorros.
Esa
misma noche, hacía solo unas horas, Andrew le había dado fuerzas para
enfrentarse a esto…
***
Estaban
tumbados en la cama, era de madrugada, ya no se escuchaba ningún sonido de la
calle ni en las casas de los vecinos, ni siquiera a oídos de Neil, mucho más
perceptivos que los de Andrew.
—Duérmete.
—Tú
también estás despierto.
Hablaban
en susurros porque la oscuridad invitaba a ello.
—Tú
necesitas dormir más que yo.
—Ya
estoy recuperado, he dormido muchísimo, estoy bien.
—Estás
nervioso.
—Sí.
—Podemos
aplazarlo.
Sonaba
bien. Igual que quedarse allí para siempre y no tener que afrontar nada,
escapar de la realidad. Pero era imposible.
—Eso
no cambiará nada, mejor hacerlo cuanto antes, así sabré qué será de mi vida a
partir de ahora.
—Pues
lo mismo que en los últimos meses.
—Puede
que ya no me quieran, que no me acepten. Soy medio animal y soy peligroso, he
traído demasiados problemas a vuestra casa.
—Les
conté lo que eras y en lo que estabas metido y todos aceptaron ayudarme a
recuperarte. Nada va a cambiar ahora.
Neil
se tumbó de lado, acercándose un poco al cuerpo de Andrew y al calor que
desprendía. Solo veía su silueta en la penumbra. La puerta estaba abierta, siempre
la dejaban así, pero todas las luces estaban apagadas y la persiana bajada casi
del todo.
Andrew
no se movió, permaneció tumbado bocarriba, tapado con su propia manta.
—¿Estás
seguro? ¿Cien por cien seguro?
—Nada
es cien por cien seguro, Neil.
—Exacto.
Que no quisieran dejarme con mi manada para que me matasen no significa que me
quieran de vuelta en sus vidas.
—Me importa una mierda lo
que quieran.
—No puedes obligarlos a
aceptarme.
Andrew giró la cabeza
hacia Neil sobre la almohada.
—Claro que puedo. Ahora
saben que no voy a…
—¿A qué?
Se quedó callado como si
no fuese a contestar, como si se hubiese arrepentido de lo que fuese que iba a
decir. Neil asumió que no iba a continuar, que se sumirían en unos de sus
silencios tácitos, pero le sorprendió haciéndolo.
—A renunciar a ti.
La
bestia en el interior de Neil ronroneó y estiró las garras. Ahora no tenía
manada de verdad, la conexión se había cortado por completo, estaba solo, y su
parte animal buscaba un reemplazo. La parte dominante de Andrew le suponía un
problema, porque Neil se sentía reclamado por él, pero dudaba que un humano
pudiese entender un vínculo así, no podía crearlo con él. Y, aun así, sintió el
instinto incontrolable de mezclar sus olores.
—¿Puedo
acercarme? Solo un poco.
—Sí.
Neil
apoyó la frente en su hombro de forma tentativa. Notó cómo Andrew se tensaba,
pero no le apartó. Se acercó un poco más, hasta apoyar la barbilla y rozar su
pelo con la nariz. Aspiró su olor.
—¿Me
estás oliendo? —preguntó muy, muy quieto.
—Sí.
Sus
cuerpos no se tocaban, se había quedado todo lo separado que podía a propósito.
—¿Puedo…
mezclar nuestros olores? —susurró Neil cohibido. Si la luz estuviera encendida,
Andrew podría ver sus mejillas rojas y sus ojos brillantes, anhelantes.
—¿Es
una cosa de cambiantes?
—Sí.
—¿Qué
significa?
—Tú
olerás a mí, aunque solo podré notarlo yo u otro cambiante, y yo a ti.
—Ya,
eso lo entiendo, pero qué significa, Neil.
—Posesión.
Pertenencia. Manada. Que soy tuyo —su voz tembló al final, temiendo ser
rechazado. Tal vez era demasiado para un humano.
Andrew
cogió y soltó aire muy lentamente.
—Hazlo.
La
garganta de Neil vibró con un gruñido contenido y frotó suavemente su cabeza y
su pelo con Andrew, casi como un gato, pasando la nariz por el hueso de su
pómulo, por su sien, entre su pelo, aspirando su aroma, dejándole el suyo. No
le tocó, así habría sido más fácil, rozando sus cuerpos, pero sabía que eso
sobrepasaría a Andrew, lo que desconocía y le gustaría saber algún día era por
qué. Neil tenía un motivo para que no le gustase que lo tocasen y él tendría el
suyo; no se creía que todo fuese cosa de sus supuestos fetiches sexuales,
Andrew era mucho más profundo y complejo.
—Ahora
sí que no podrás irte, soy tu manada.
—Podría
seguir estudiando en el campus aunque no formase parte de los zorros.
Dejó
la frente apoyada en su hombro, necesitaba seguir en contacto con él, aunque
solo fuese un punto caliente el que unía sus cuerpos. Y así se quedaron
dormidos.
***
Ahora
estaban frente a la puerta de los zorros, Neil los podía escuchar dentro,
volviendo a su vida con normalidad, y esperaba que todavía quedase sitio en esa
casa para él. Por suerte, Andrew se mantenía a su lado, muy cerca, casi
rozándose, y solo con su presencia, Neil se sentía reconfortado.
Andrew
abrió con su llave y en cuanto Neil estuvo dentro se vio envuelto por los
brazos de Nicky, lo apretujó unos segundos antes de soltarlo y darle un
puñetazo en el hombro.
—No
vuelvas a hacernos esto.
—Lo
siento.
Los
zorros se fueron reuniendo a su alrededor y él los miró uno a uno y volvió a
disculparse. Luego se sentaron todos en el salón. Andrew no ocupó su lugar
habitual en su sillón, que quedó vacío porque nadie más se atrevió a ocuparlo,
sino a su lado, y Neil les contó su historia y lo que era, se merecían
escucharlo de él.
Habló
cabizbajo, sin mantenerle a nadie la mirada, hasta que el relato llegó al
presente, a ese preciso momento en que su vida volvía a pender de un hilo.
—Me
gustaría seguir aquí, si no os importa lo que soy ni de dónde vengo, ni… que
puedan seguir persiguiéndome.
—Yo
me ocuparé de eso —zanjó Andrew.
—Claro
que puedes quedarte, sigues siendo un zorro —dijo Nicky.
Algunos
asintieron, otros se mostraron más comedidos, con los que menos relación tenía,
y Carson se aclaró la garganta para llamar la atención antes de hablar. Neil se
preparó para el golpe.
—Yo
creo que deberíamos votar.
Andrew
lo fulminó con la mirada.
—Está
bien —aceptó Neil—. Si queréis os dejo solos para hacerlo. ¿Puedo prepararme un
café en la cocina?
—Es
tu cocina —dijo Matt, recalcando las palabras con su tono—, claro que puedes.
Neil
se levantó y miró a Andrew.
—Vamos,
no les presiones, ya saben cuál será tu voto.
Andrew
lo siguió a la cocina y se quedó de brazos cruzados contra la encimera. Su
expresión era pétrea, pero Neil veía la tormenta en su mirada. Cerró la puerta
y preparó café para ambos mientras los demás debatían, era imposible que no los
escuchasen, por suerte solo Carson iba completamente en su contra.
Neil
se apoyó al lado de Andrew. Las mangas de sus sudaderas se rozaban y ellos
sentían el calor del otro a esa distancia mínima pero significativa. A veces un
centímetro podía contener un abismo.
—¿Por
qué no te gusta que te toquen?
—A
ti tampoco.
—No
cualquiera, pero tú ni siquiera dejas que te haga una caricia quien te hace una
mamada.
—¿Por
qué te importa?
—Porque
necesito tocarte para mantener nuestro olor —contestó en voz baja, avergonzado.
Andrew
giró el rostro para mirarle y observó su perfil, Neil seguía cabizbajo, era más
alto que él pero se empequeñecía a sí mismo.
—¿Nuestro?
—Sí.
Cada uno tiene su propio olor, pero en una manada compartimos también uno común.
Es como cuando entras en una casa y esa familia tiene un olor suyo en el
ambiente que no se parece al de ningún otro lugar. Algo así.
—Ahora
tú y yo tenemos nuestro olor.
—Sí.
Es duradero, pero… si no lo quieres solo tengo que alejarme de ti y se irá
difuminando.
Neil
lo miró de soslayo con timidez, para él era algo muy importante y tal vez
Andrew no lo supiera, pero no sabía cómo explicárselo mejor.
—¿Cuánto
necesitas tocarme?
—Como
anoche.
—¿Cuántas
veces?
—Todas
las que me lo permitas.
—Puedes
intentarlo.
—No
me apuñales.
—Lo
intentaré —contestó con una sonrisa tensa, más una mueca incómoda con los
dientes apretados que otra cosa.
—Voy
a acercarme.
Neil
se inclinó hacia Andrew, su pecho se pegó al brazo del otro y rozó su hombro
con la barbilla. Esperó un segundo. Parecía que en la intimidad de la noche era
más fácil acercarse a una fiera y que una fiera permitiese ese contacto. A la
luz del sol todo quedaba demasiado expuesto.
Se
acercó hasta rozar su pelo con la nariz y aspirar su aroma. Eso le encantaba,
para Neil era como una caricia y ni siquiera le había tocado todavía. Una
caricia con los sentidos. Andrew volvió a tensarse, como anoche, pero lo dejó
seguir.
Neil
rozó el borde de su oreja sin querer y Andrew dio un respingo, ambos se
quedaron quietos como estatuas, esperando que Neil siguiese o que Andrew lo
detuviese.
—Voy
a tocarte el pelo.
—No
lo agarres.
—Vale.
Neil
lo respiraba tranquilamente, llenándose los pulmones y haciéndole cosquillas en
el cuello al soltar el aire. Andrew intentaba no ahogarse, recordarse que tenía
que respirar.
Neil
rozó su nuca con los dedos y las puntas de su pelo, lo llevaba corto en esa
zona, un poco más largo por arriba; ni aunque quisiera podría agarrarlo. Mantuvo
los dedos separados para darle seguridad, y los subió por su cabeza, entre su
pelo. Andrew echó la cabeza hacia atrás sin tomar la decisión de moverse. Un
gruñido vibró en la garganta de Neil, que intentó acallarlo.
—Perdona.
—No
me asusta tu parte animal —contestó con la voz ronca.
¿Tal
vez sí la humana? Pensó Neil.
Se
sentía como drogado por el aroma de ambos, por respirarlo tan profundamente, de
una conexión que sí había elegido él, como la que tuvo con Ray, aunque con
Andrew podía ir mucho más allá, lo notó en la tensión de su vientre, en la
excitación que cosquilleaba más abajo. Perdió el control, llevaba mucho tiempo
sin sentirse así.
—Tal
vez te daría miedo si supieras lo que mi animal quiere hacerte —murmuró con voz
grave en su oído, rozando el sensible lóbulo con los labios.
Consiguió
provocarle un escalofrío a Andrew y por un instante las tornas se giraron.
Andrew era la presa y Neil el cazador.
Mantuvo
la cordura suficiente para no agarrarlo de ninguna forma porque sabía que eso
acabaría con el juego, que eso lo espantaría de verdad. Incluso dejó de tocarle
la cabeza para evitar incidentes, solo se mantuvo pegado a él.
—¿Qué
quiere hacerme? —preguntó sin moverse, sin escapar, sin acercarse.
—Quiere
morderte —contestó Neil haciendo chocar sus dientes—. Quiere dejar la marca de
sus dientes en tu carne. Quiere restregarse contra todo tu cuerpo para
impregnarte de su olor. Quiere marcarte.
—No
hables de él como si no fueses tú —contestó sin perturbarse.
—Quiero…
marcarte. Ahora llevas mi olor, es difícil controlar mis instintos.
Dio
un paso atrás con toda su fuerza de voluntad y puso distancia entre ellos, no
quería sobrepasarse y Andrew estaba haciendo un gran esfuerzo para tener esto
con él. Apoyó las manos en la encimera y dejó caer la cabeza hacia delante con
la respiración acelerada. Si cruzaba la línea lo perdería y puede que Andrew
fuese lo único que le quedaba.
—Perdona,
cuando se crea un nuevo vínculo es intenso.
—¿Siempre
es así?
Neil
se encogió de hombros y se sentó en una silla, apoyando los codos en la mesa. Andrew
se quedó donde estaba, no se había movido ni un milímetro en todo ese tiempo.
—No,
depende de con quién lo compartes. ¿Estás bien? ¿Te he molestado? ¿Quieres que
me vaya? —preguntó sin atreverse a mirarle.
Andrew
no contestó, caminó con rigidez hasta una silla al lado de Neil para
demostrarle que seguía a su lado.
—¿Qué
te hace sentir nuestro vínculo?
—Solo
somos tú y yo, así que eso lo hace más intenso, en una manada grande se diluye
entre todos. Aun así, era diferente lo que sentía con los demás a lo que sentía
con Ray, por ejemplo.
—No
te he preguntado eso.
Neil
suspiró.
—Ya
te lo he dicho. Me resulta difícil no tocarte, no estar encima de ti todo el
tiempo, oliéndote. No… marcarte. No quiero hacerte daño, solo es un juego entre
animales, dominación y sumisión, hermandad, confianza. Ray y yo nos transformábamos
en la misma especie animal y jugábamos hasta hacernos sangrar y dominar al otro,
luego nos curábamos las heridas y cazábamos juntos. Nunca te haría eso, nunca
te haría daño, solo te lo cuento para que lo entiendas.
Matt
los interrumpió entrando en la cocina y Neil se puso en pie haciendo chirriar
la silla contra el suelo. Iba a recibir su veredicto. Andrew los siguió al
salón. Matt palmeó la espalda de Neil y este lo primero que vio fue la
brillante sonrisa de Nicky.
—Vuelve
a casa, zorro.
—¿Estáis
seguros? —preguntó emocionado.
—Pues
claro, tío —dijo Liam—, nos da igual que a veces vayas a cuatro patas.
Neil
se dio cuenta de que Carson no estaba por ningún lado, pero le dio igual, todos
los demás sí. Le sonrió a Liam y este le guiñó un ojo.
—Vas
a tener que ponerte al día con los entrenamientos —dijo Kevin.
—Por
supuesto.
—Qué
pelmazo de tío —se quejó Liam entre risas.
Neil
estaba deseando volver, retomar la rutina, su nueva vida. Lo único que iba a
echar de menos era dormir con Andrew.