15 enero 2025

Capítulo 26

Después de dos días de oasis con Andrew en los que se dedicó a comer y dormir hasta recuperarse por completo, los zorros hicieron una reunión. Neil estaba nervioso, Andrew no había permitido que nadie los molestase durante esos días, ni siquiera a Nicky y Matt, ni al mismísimo entrenador; con él Neil hablaría después, a solas. Pero a los zorros iba a enfrentarse en grupo, todos juntos. Solo esperaba que no fuese un uno contra todos. O dos, si Andrew le apoyaba hasta el final, cosa que ya no dudaba. Los demás también se la habían jugado por él, pero podían estar lo suficientemente resentidos y enfadados como para no quererle de vuelta porque era un mentiroso, un cambiante y daba demasiados problemas. Estaban en su derecho de echarle y Neil lo entendería, aunque también le rompería el corazón.

Llamaron a un taxi para que los dejase justo enfrente de casa de los zorros.

Esa misma noche, hacía solo unas horas, Andrew le había dado fuerzas para enfrentarse a esto…

 

***

 

Estaban tumbados en la cama, era de madrugada, ya no se escuchaba ningún sonido de la calle ni en las casas de los vecinos, ni siquiera a oídos de Neil, mucho más perceptivos que los de Andrew.

—Duérmete.

—Tú también estás despierto.

Hablaban en susurros porque la oscuridad invitaba a ello.

—Tú necesitas dormir más que yo.

—Ya estoy recuperado, he dormido muchísimo, estoy bien.

—Estás nervioso.

—Sí.

—Podemos aplazarlo.

Sonaba bien. Igual que quedarse allí para siempre y no tener que afrontar nada, escapar de la realidad. Pero era imposible.

—Eso no cambiará nada, mejor hacerlo cuanto antes, así sabré qué será de mi vida a partir de ahora.

—Pues lo mismo que en los últimos meses.

—Puede que ya no me quieran, que no me acepten. Soy medio animal y soy peligroso, he traído demasiados problemas a vuestra casa.

—Les conté lo que eras y en lo que estabas metido y todos aceptaron ayudarme a recuperarte. Nada va a cambiar ahora.

Neil se tumbó de lado, acercándose un poco al cuerpo de Andrew y al calor que desprendía. Solo veía su silueta en la penumbra. La puerta estaba abierta, siempre la dejaban así, pero todas las luces estaban apagadas y la persiana bajada casi del todo.

Andrew no se movió, permaneció tumbado bocarriba, tapado con su propia manta.

—¿Estás seguro? ¿Cien por cien seguro?

—Nada es cien por cien seguro, Neil.

—Exacto. Que no quisieran dejarme con mi manada para que me matasen no significa que me quieran de vuelta en sus vidas.

—Me importa una mierda lo que quieran.

—No puedes obligarlos a aceptarme.

Andrew giró la cabeza hacia Neil sobre la almohada.

—Claro que puedo. Ahora saben que no voy a…

—¿A qué?

Se quedó callado como si no fuese a contestar, como si se hubiese arrepentido de lo que fuese que iba a decir. Neil asumió que no iba a continuar, que se sumirían en unos de sus silencios tácitos, pero le sorprendió haciéndolo.

—A renunciar a ti.

La bestia en el interior de Neil ronroneó y estiró las garras. Ahora no tenía manada de verdad, la conexión se había cortado por completo, estaba solo, y su parte animal buscaba un reemplazo. La parte dominante de Andrew le suponía un problema, porque Neil se sentía reclamado por él, pero dudaba que un humano pudiese entender un vínculo así, no podía crearlo con él. Y, aun así, sintió el instinto incontrolable de mezclar sus olores.

—¿Puedo acercarme? Solo un poco.

—Sí.

Neil apoyó la frente en su hombro de forma tentativa. Notó cómo Andrew se tensaba, pero no le apartó. Se acercó un poco más, hasta apoyar la barbilla y rozar su pelo con la nariz. Aspiró su olor.

—¿Me estás oliendo? —preguntó muy, muy quieto.

—Sí.

Sus cuerpos no se tocaban, se había quedado todo lo separado que podía a propósito.

—¿Puedo… mezclar nuestros olores? —susurró Neil cohibido. Si la luz estuviera encendida, Andrew podría ver sus mejillas rojas y sus ojos brillantes, anhelantes.

—¿Es una cosa de cambiantes?

—Sí.

—¿Qué significa?

—Tú olerás a mí, aunque solo podré notarlo yo u otro cambiante, y yo a ti.

—Ya, eso lo entiendo, pero qué significa, Neil.

—Posesión. Pertenencia. Manada. Que soy tuyo —su voz tembló al final, temiendo ser rechazado. Tal vez era demasiado para un humano.

Andrew cogió y soltó aire muy lentamente.

—Hazlo.

La garganta de Neil vibró con un gruñido contenido y frotó suavemente su cabeza y su pelo con Andrew, casi como un gato, pasando la nariz por el hueso de su pómulo, por su sien, entre su pelo, aspirando su aroma, dejándole el suyo. No le tocó, así habría sido más fácil, rozando sus cuerpos, pero sabía que eso sobrepasaría a Andrew, lo que desconocía y le gustaría saber algún día era por qué. Neil tenía un motivo para que no le gustase que lo tocasen y él tendría el suyo; no se creía que todo fuese cosa de sus supuestos fetiches sexuales, Andrew era mucho más profundo y complejo.

—Ahora sí que no podrás irte, soy tu manada.

—Podría seguir estudiando en el campus aunque no formase parte de los zorros.

Dejó la frente apoyada en su hombro, necesitaba seguir en contacto con él, aunque solo fuese un punto caliente el que unía sus cuerpos. Y así se quedaron dormidos.

 

***

 

Ahora estaban frente a la puerta de los zorros, Neil los podía escuchar dentro, volviendo a su vida con normalidad, y esperaba que todavía quedase sitio en esa casa para él. Por suerte, Andrew se mantenía a su lado, muy cerca, casi rozándose, y solo con su presencia, Neil se sentía reconfortado.

Andrew abrió con su llave y en cuanto Neil estuvo dentro se vio envuelto por los brazos de Nicky, lo apretujó unos segundos antes de soltarlo y darle un puñetazo en el hombro.

—No vuelvas a hacernos esto.

—Lo siento.

Los zorros se fueron reuniendo a su alrededor y él los miró uno a uno y volvió a disculparse. Luego se sentaron todos en el salón. Andrew no ocupó su lugar habitual en su sillón, que quedó vacío porque nadie más se atrevió a ocuparlo, sino a su lado, y Neil les contó su historia y lo que era, se merecían escucharlo de él.

Habló cabizbajo, sin mantenerle a nadie la mirada, hasta que el relato llegó al presente, a ese preciso momento en que su vida volvía a pender de un hilo.

—Me gustaría seguir aquí, si no os importa lo que soy ni de dónde vengo, ni… que puedan seguir persiguiéndome.

—Yo me ocuparé de eso —zanjó Andrew.

—Claro que puedes quedarte, sigues siendo un zorro —dijo Nicky.

Algunos asintieron, otros se mostraron más comedidos, con los que menos relación tenía, y Carson se aclaró la garganta para llamar la atención antes de hablar. Neil se preparó para el golpe.

—Yo creo que deberíamos votar.

Andrew lo fulminó con la mirada.

—Está bien —aceptó Neil—. Si queréis os dejo solos para hacerlo. ¿Puedo prepararme un café en la cocina?

—Es tu cocina —dijo Matt, recalcando las palabras con su tono—, claro que puedes.

Neil se levantó y miró a Andrew.

—Vamos, no les presiones, ya saben cuál será tu voto.

Andrew lo siguió a la cocina y se quedó de brazos cruzados contra la encimera. Su expresión era pétrea, pero Neil veía la tormenta en su mirada. Cerró la puerta y preparó café para ambos mientras los demás debatían, era imposible que no los escuchasen, por suerte solo Carson iba completamente en su contra.

Neil se apoyó al lado de Andrew. Las mangas de sus sudaderas se rozaban y ellos sentían el calor del otro a esa distancia mínima pero significativa. A veces un centímetro podía contener un abismo.

—¿Por qué no te gusta que te toquen?

—A ti tampoco.

—No cualquiera, pero tú ni siquiera dejas que te haga una caricia quien te hace una mamada.

—¿Por qué te importa?

—Porque necesito tocarte para mantener nuestro olor —contestó en voz baja, avergonzado.

Andrew giró el rostro para mirarle y observó su perfil, Neil seguía cabizbajo, era más alto que él pero se empequeñecía a sí mismo.

—¿Nuestro?

—Sí. Cada uno tiene su propio olor, pero en una manada compartimos también uno común. Es como cuando entras en una casa y esa familia tiene un olor suyo en el ambiente que no se parece al de ningún otro lugar. Algo así.

—Ahora tú y yo tenemos nuestro olor.

—Sí. Es duradero, pero… si no lo quieres solo tengo que alejarme de ti y se irá difuminando.

Neil lo miró de soslayo con timidez, para él era algo muy importante y tal vez Andrew no lo supiera, pero no sabía cómo explicárselo mejor.

—¿Cuánto necesitas tocarme?

—Como anoche.

—¿Cuántas veces?

—Todas las que me lo permitas.

—Puedes intentarlo.

—No me apuñales.

—Lo intentaré —contestó con una sonrisa tensa, más una mueca incómoda con los dientes apretados que otra cosa.

—Voy a acercarme.

Neil se inclinó hacia Andrew, su pecho se pegó al brazo del otro y rozó su hombro con la barbilla. Esperó un segundo. Parecía que en la intimidad de la noche era más fácil acercarse a una fiera y que una fiera permitiese ese contacto. A la luz del sol todo quedaba demasiado expuesto.

Se acercó hasta rozar su pelo con la nariz y aspirar su aroma. Eso le encantaba, para Neil era como una caricia y ni siquiera le había tocado todavía. Una caricia con los sentidos. Andrew volvió a tensarse, como anoche, pero lo dejó seguir.

Neil rozó el borde de su oreja sin querer y Andrew dio un respingo, ambos se quedaron quietos como estatuas, esperando que Neil siguiese o que Andrew lo detuviese.

—Voy a tocarte el pelo.

—No lo agarres.

—Vale.

Neil lo respiraba tranquilamente, llenándose los pulmones y haciéndole cosquillas en el cuello al soltar el aire. Andrew intentaba no ahogarse, recordarse que tenía que respirar.

Neil rozó su nuca con los dedos y las puntas de su pelo, lo llevaba corto en esa zona, un poco más largo por arriba; ni aunque quisiera podría agarrarlo. Mantuvo los dedos separados para darle seguridad, y los subió por su cabeza, entre su pelo. Andrew echó la cabeza hacia atrás sin tomar la decisión de moverse. Un gruñido vibró en la garganta de Neil, que intentó acallarlo.

—Perdona.

—No me asusta tu parte animal —contestó con la voz ronca.

¿Tal vez sí la humana? Pensó Neil.

Se sentía como drogado por el aroma de ambos, por respirarlo tan profundamente, de una conexión que sí había elegido él, como la que tuvo con Ray, aunque con Andrew podía ir mucho más allá, lo notó en la tensión de su vientre, en la excitación que cosquilleaba más abajo. Perdió el control, llevaba mucho tiempo sin sentirse así.

—Tal vez te daría miedo si supieras lo que mi animal quiere hacerte —murmuró con voz grave en su oído, rozando el sensible lóbulo con los labios.

Consiguió provocarle un escalofrío a Andrew y por un instante las tornas se giraron. Andrew era la presa y Neil el cazador.

Mantuvo la cordura suficiente para no agarrarlo de ninguna forma porque sabía que eso acabaría con el juego, que eso lo espantaría de verdad. Incluso dejó de tocarle la cabeza para evitar incidentes, solo se mantuvo pegado a él.

—¿Qué quiere hacerme? —preguntó sin moverse, sin escapar, sin acercarse.

—Quiere morderte —contestó Neil haciendo chocar sus dientes—. Quiere dejar la marca de sus dientes en tu carne. Quiere restregarse contra todo tu cuerpo para impregnarte de su olor. Quiere marcarte.

—No hables de él como si no fueses tú —contestó sin perturbarse.

—Quiero… marcarte. Ahora llevas mi olor, es difícil controlar mis instintos.

Dio un paso atrás con toda su fuerza de voluntad y puso distancia entre ellos, no quería sobrepasarse y Andrew estaba haciendo un gran esfuerzo para tener esto con él. Apoyó las manos en la encimera y dejó caer la cabeza hacia delante con la respiración acelerada. Si cruzaba la línea lo perdería y puede que Andrew fuese lo único que le quedaba.

—Perdona, cuando se crea un nuevo vínculo es intenso.

—¿Siempre es así?

Neil se encogió de hombros y se sentó en una silla, apoyando los codos en la mesa. Andrew se quedó donde estaba, no se había movido ni un milímetro en todo ese tiempo.

—No, depende de con quién lo compartes. ¿Estás bien? ¿Te he molestado? ¿Quieres que me vaya? —preguntó sin atreverse a mirarle.

Andrew no contestó, caminó con rigidez hasta una silla al lado de Neil para demostrarle que seguía a su lado.

—¿Qué te hace sentir nuestro vínculo?

—Solo somos tú y yo, así que eso lo hace más intenso, en una manada grande se diluye entre todos. Aun así, era diferente lo que sentía con los demás a lo que sentía con Ray, por ejemplo.

—No te he preguntado eso.

Neil suspiró.

—Ya te lo he dicho. Me resulta difícil no tocarte, no estar encima de ti todo el tiempo, oliéndote. No… marcarte. No quiero hacerte daño, solo es un juego entre animales, dominación y sumisión, hermandad, confianza. Ray y yo nos transformábamos en la misma especie animal y jugábamos hasta hacernos sangrar y dominar al otro, luego nos curábamos las heridas y cazábamos juntos. Nunca te haría eso, nunca te haría daño, solo te lo cuento para que lo entiendas.

Matt los interrumpió entrando en la cocina y Neil se puso en pie haciendo chirriar la silla contra el suelo. Iba a recibir su veredicto. Andrew los siguió al salón. Matt palmeó la espalda de Neil y este lo primero que vio fue la brillante sonrisa de Nicky.

—Vuelve a casa, zorro.

—¿Estáis seguros? —preguntó emocionado.

—Pues claro, tío —dijo Liam—, nos da igual que a veces vayas a cuatro patas.

Neil se dio cuenta de que Carson no estaba por ningún lado, pero le dio igual, todos los demás sí. Le sonrió a Liam y este le guiñó un ojo.

—Vas a tener que ponerte al día con los entrenamientos —dijo Kevin.

—Por supuesto.

—Qué pelmazo de tío —se quejó Liam entre risas.

Neil estaba deseando volver, retomar la rutina, su nueva vida. Lo único que iba a echar de menos era dormir con Andrew.