Neil
regresó a casa de los zorros el mismo día que llegó a la tregua con Andrew. No
pudo alcanzar la misma simulación de paz con Nicky y los demás; estaba dolido y
enfadado, recuperar la confianza llevaría tiempo, sobre todo el tiempo que
tardase en olvidar cómo se sintió de traicionado y desprotegido. A Carson ni lo
miraba, con Andrew tenía que convivir, Kevin lo ignoraba fuera de la cancha, y
los demás, que habían sido realmente los menos culpables, eran quienes pagarían
por todo su dolor. Era más difícil perdonar a alguien que te importaba, a
alguien de quien esperabas algo mejor.
Nicky,
Matt y Liam respetaron su distanciamiento sin dejar de mostrarle que seguían ahí
para él con pequeños gestos como prepararle una taza de café sin preguntarle
porque sabían cómo le gustaba, o como esperarle para ver el partido en la
televisión y no empezarlo sin él, o como darle los buenos días y las buenas
noches cada día aunque a veces no tuviesen respuesta. Neil iba atesorando esos
momentos, usándolos como tiritas para sus heridas, hasta que sanasen.
Ignoraba
a Carson todo lo que podía, pero él a veces tenía ganas de marcha, sobre todo
cuando Andrew no estaba cerca, y empujaba a Neil con el hombro al pasar a su
lado o mascullaba algún insulto como un crío tocapelotas. Neil tomaba aire
profundamente y contaba hasta diez para seguir a lo suyo y no entrar al trapo,
pero la situación no parecía que fuese a terminar bien, Carson pedía a gritos
que le partiesen la cara. Sin embargo, eran un equipo y Neil quería integrarse;
esperaba que se cansase, que la estupidez de Carson fuese más corta que la
paciencia de Neil.
Andrew
y Kevin siguieron machacándole sin descanso y el esfuerzo dio resultados
evidentes muy rápido. El cuerpo de Neil se reforzó con músculos a la vez que se
volvía más ágil con la pelota y los movimientos. Aprendió a jugar al baloncesto
con todas sus reglas y echaron infinidad de partidos contra amigos de Matt y
Nicky que no jugaban de forma profesional pero sí por gusto. Cuando estuviese
todo el equipo sería más fácil.
Fuera
de la cancha, Andrew permaneció fiel a la tregua. Los fines de semana que
celebraran sus fiestas de perversión Neil se iba a dormir al pabellón de
baloncesto, que empezaba a convertirse en un santuario también para él, los
sofás eran cómodos, así no molestaba ni preocupaba al entrenador.
Dos
semanas después, Neil estaba de buen humor. La noche anterior hubo luna llena y
se transformó para salir a correr a un bosque cercano, volvió a conectar con la
naturaleza y con su parte animal y se sintió libre. A la noche siguiente, a
oscuras en su habitación compartida con Nicky, escuchando su respiración
relajada, tuvo ganas de volver a hablar con él y perdonarle. Ya estaba preparado
para cerrar las heridas.
—¿Sabes?
El muy testarudo ni siquiera me pidió perdón.
Nicky
contuvo el aliento, sorprendido de que le hablase por fin, casi había perdido
la esperanza de que sucediese.
—No
escucharás esa palabra salir de sus labios.
—La
verdad es que no lo esperaba, pero no deja de sorprenderme.
—Lo
siento, Neil.
—Ya
lo sé, pasemos página.
—Gracias.
Casi me mata cuando le eché la bronca por lo que te había hecho.
—¿Eso
hiciste?
—Bueno…
lo intenté.
Ambos
se rieron suavemente y volvieron al punto desde donde lo habían dejado,
olvidando esas incómodas semanas de forma tácita. Neil decidió que al día
siguiente también haría un acercamiento con Matt y Liam para zanjarlo todo de
una vez.
Después
de hacer las paces lo convencieron de salir a tomar algo todos juntos, incluso
invitaron a Kevin y Andrew, que sorprendentemente aceptaron ir con ellos.
Carson no apareció ese día por casa y nadie le echó de menos, salieron sin él.
Fueron al bar a las afueras del campus que solían frecuentar, ocuparon una mesa
con forma de U en una esquina y Neil se sentó entre Nicky y Liam. La televisión
que colgaba en la pared, detrás de la barra, estaba apagada, no echaban ningún
partido importante ese día, así que el ambiente estaba animado con música y
habían movido algunas mesas para dejar un hueco como pequeña pista de baile.
Todos pidieron cervezas menos Neil y charlaron sobre baloncesto.
Andrew
estaba justo enfrente de él y al recolocar las piernas bajo la mesa y
estirarlas Neil le dio una patada sin querer. Andrew desvió la atención del
botellín al que estaba quitándole la etiqueta hacia él y le devolvió una patada
suave, casi juguetona. Neil apartó la mirada y prestó atención a lo que estaban
comentando Nicky y Liam sobre una jugada. Kevin no intervino en ningún momento
y Matt estaba distraído con el teléfono, seguramente hablando con alguna chica.
De
repente, Liam le pasó el brazo sobre los hombros a Neil y se inclinó hacia él.
Neil se tensó, incómodo, pero estaba atrapado. Iba a quitárselo de encima con
disimulo cuando notó que una fuerte patada lo hacía tambalearse. Le soltó.
—¡Se
puede saber de qué coño vas! —le gritó a Andrew.
—No
le gusta que le toquen —contestó, señalándome con un movimiento de cabeza.
—Pues
que me lo diga él.
—Pues
no le toques.
—No
pasa nada —dijo Neil alzando las manos sobre la mesa.
—Me
has hecho daño, joder. ¿Y si me lesionas la rodilla?
—Pobre
bebé grandullón.
Liam
dio un puñetazo sobre la mesa, haciendo que las bebidas temblasen y todos
sujetaron su botellín.
—Venga,
ya basta, chicos —dijo Matt, guardando el teléfono en el bolsillo del pantalón.
Liam
resopló y se cruzó de brazos, enfurruñándose en su sitio como un niño pequeño
al que le han quitado una piruleta que iba a comerse. Neil se levantó y Nicky
lo dejó salir.
—Voy
al baño.
Todos
eran como una bomba a punto de explotar; en cualquier momento, por cualquier
cosa, la situación pasaba de cero a cien de peligrosidad en un segundo, incluso
entre ellos. Y aun así, convivían sin matarse, lo que a Neil le parecía un
milagro incomprensible.
Tuvo
que pasar por la pista de baile improvisada para llegar hasta el baño, hizo sus
necesidades más por hacer algo de tiempo que porque realmente lo necesitase y
se lavó las manos, echándose un poco de agua también en la nuca para
refrescarse. Al líder de su manada le gustaba pasarle un brazo sobre los
hombros y sujetarle e incomodarle, así marcaba su territorio sobre él cuando le
daba la gana, una amenaza velada junto a sus insinuaciones. Muchas veces se
había tenido que pasar el brazo de su padre o su madre por los hombros para
sujetarlos cuando estaban tan borrachos que no se tenían en pie y sus insultos
le taladraban los tímpanos. No era un gesto que le gustase.
Salió
del baño más calmado y volvió a pasar por la pista esquivando a quienes
intentaban bailar. De repente, alguien lo agarró por el brazo y tiró de él, haciéndolo
retroceder.
—¿Por
qué no te quedas un rato, guapo? —preguntó un borracho echándole el aliento en
la cara.
Neil
puso una mueca de asco e intentó soltarse de un tirón, pero otro le empujó
hacia el borracho, algún amigo suyo. Le rodearon tres tipos de unos veinticinco
años.
—Con
esa carita que tienes dan ganas de comerte.
—Suéltame.
Neil
mostró los dientes y gruñó sin poder evitarlo, pero los otros iban tan pedo que
solo se rieron, hasta que un puñetazo derribó al que le tenía sujeto y Andrew
apareció a su lado. A los segundos se unieron los demás chicos y se encararon a
los borrachos. La gente se alejó de la pista y todos se quedaron mirando.
—¡Eh,
eh! ¡Basta de peleas!
El
barman y un camarero se interpusieron para que no fuese a mayores. Andrew
sujetó a Neil por el antebrazo y se puso delante de él para cubrirlo con su
cuerpo. Neil ya no prestaba atención a nada que no fuera Andrew. Sus dedos se
le clavaban por la fuerza con la que le sujetaba, pero no se sintió amenazado,
esa ira no iba contra él; Andrew se estaba controlando. Y tampoco sintió
desagrado con su toque, se dio cuenta de todas las veces fugaces que se habían
tocado y nunca lo había sentido, nunca se había apartado con disgusto o
incomodidad como con cualquier otro.
Se
preguntó si confiaba en Andrew, luego se preguntó por qué lo haría, y después
si estaba loco de remate por hacerlo. Pero en ese sentido sabía que Andrew, con
sus perversiones incluidas, jamás le haría daño, por eso confiaba en él. Esa
era la explicación.
No
le importaban realmente las bromas y tonteos y confianzas que se tomaban los
demás, pero inconscientemente eso hacía que se alejase de ellos, que trazase
una línea que no quería sobrepasar entre los demás y él.
El
altercado se resolvió sin que Neil prestase atención a nada de lo que pasaba,
hasta que Andrew volvió a la mesa con él y lo sentó a su lado sin soltarle. Los
demás estaban pidiendo otra ronda en la barra y dejando una propina para que
les dejasen quedarse.
—Gracias.
El
calor de la mano de Andrew en el brazo de Neil persistió un rato después de que
le soltase.
—Defiendo
a los míos. Aunque tú no seas mío todavía, no del todo.
Neil
rio, no pudo evitarlo, con él todo era un tira y afloja, una pelea por algo. No
podían tener una conversación relajada ni para darle las gracias.
—¿Qué
quieres, Andrew? ¿Mi alma y mi corazón en un tarro para tu colección? —preguntó
con sorna.
—Yo
no…
—Quiero
nada —terminó Neil imitando una voz más grave. —Lo sé.
Neil
tampoco había querido nada durante mucho tiempo, durante casi toda su vida.
Hasta que empezó a querer cosas, entonces ya no había vuelta atrás.