31 enero 2025

Capítulo 11

Neil apareció en casa del entrenador justo cuando él salía de su habitación adormilado y se quedó paralizado a medio paso de entrar. Parker lo miró entrecerrando los ojos y le hizo un gesto para que terminase de entrar, invitándolo. Neil cerró la puerta a su espalda y el entrenador soltó un suspiro pesado.

—¿Qué ha pasado?

—Solo necesito descansar unos días.

—¿De ellos?

Neil asintió avergonzado.

—¿Hay algo que tenga que saber? Porque les cantaré las cuarenta ahora mismo, antes de que se les pase la resaca para que les retumben bien mis palabras.

—Nada importante.

—Claro, solo te han incomodado o molestado lo suficiente como para echarte de casa —gruñó.

Neil se quedó quieto y callado, no iba a delatarlos, lidiaría él con ellos como pudiera y si no podía… lo que fuera, pero era asunto suyo.

—Está bien, pasa y ya conoces esto, estás como en tu casa. Pero arregla las cosas cuanto antes, no por mí, lo digo por ti y por ellos, por el equipo.

—Sí, entrenador, lo haré.

No tenía más remedio, pero primero descansaría y cogería fuerzas allí.

—¿Café?

—Preferiría dormir si no es molestia, ha sido una noche muy larga.

—Tranquilo, échate en el sofá, me tomo el café y salgo a hacer recados.

Neil dejó la mochila sobre una silla y se tumbó sin necesidad de poner sábanas ni nada. Esa misma noche había dormido en el suelo de la calle, el sofá era un lujo para él. Se puso una almohada bajo la cabeza y abrazó otra contra el torso. El ruido de la cafetera podría haberle molestado, pero actuó de forma contraria, le fue relajando con rapidez. Neil no se había dado cuenta de que estaba tan agotado y se quedó dormido antes de que Parker terminase de echarse el café. Y hasta que no le despertó el rugido de sus tripas hambrientas pudo dormir a pierna suelta, ni siquiera soñó nada.

Se despertó a las cinco de la tarde y asaltó la nevera del entrenador.

Una semana había aguantado con los zorros. Se sentía derrotado. Con todo lo que había aguantado en su vida… pero lo que le habían hecho era demasiado. ¿Cómo iba a volver a una casa donde no se sentía a salvo? La soledad volvió a abrazarlo y a apretar, aplastándolo.

El timbre le distrajo del lugar oscuro donde le llevaban sus pensamientos. No debería abrir, no era su casa, pero siguió sonando insistentemente.

—¡Soy Nicky! Sé que estás ahí, he hablado con el entrenador.

Neil suspiró y abrió la puerta.

—¿Estás bien? —preguntó con evidente preocupación, poniéndole las manos sobre los hombros.

Neil se las quitó de encima y entró al salón con Nicky siguiéndole.

—Sí.

—Sé lo que pasó. Lo siento.

—No es tu culpa.

—Debería haberte advertido de que podía pasar, jamás se me ocurrió que haría eso contigo, no pareces amenazante.

—¿Qué?

Neil se giró como un resorte y Nicky alzó las manos, deteniéndose.

—Yo…

—¿Lo sabías y no me dijiste nada? ¿Lo sabías y me dejaste solo con ellos? Pensaba que podía confiar en ti —la voz se le rompió al pronunciar esas palabras y Nicky pudo sentirlo, en un segundo perdió todo lo que habían conseguido en esas semanas juntos.

Pero no fue en un segundo, no. Fue por un conjunto de malas decisiones y Nicky estaba profundamente arrepentido.

—Lo siento muchísimo, Neil.

—Yo también.

—Por favor, no nos dejes.

—Todavía no sé lo que voy a hacer, por ahora me quedaré aquí unos días y quiero estar solo.

Nicky tenía la percepción de la realidad alterada por culpa de vivir con los zorros, estaban dentro de su burbuja y se olvidaba de lo que pasaba fuera y de que su estilo de vida no era normal, por eso se olvidaba de advertir a Neil sobre cosas a las que él ya estaba acostumbrado. Aun así, no entendía por qué Andrew había hecho eso con él, solo lo hacía con quienes le desafiaban. Liam, Carson, Evan y James fueron difíciles para integrarse en el equipo y no comprendieron el estatus ni el temperamento de Andrew hasta que les obligó a hacerlo. Pero Neil nunca le había rechistado ni causado problemas, hacía todo lo que le pedía, dejaba que lo machacasen y torturasen en la cancha sin protestar y se esforzaba más que ninguno. Sí, tenía secretos, como todos, pero arrancárselos no era la mejor forma de conseguirlos, así solo conseguiría… lo que había conseguido, ahuyentarlo.

Nicky lo dejó solo y volvió a casa para tener unas palabras con Andrew y Carson. Neil no tenía nada más, no tenía dónde ir. Los necesitaba. Y Nicky no quería perderlo ni dejarlo a su suerte, o a su mala suerte; le había cogido cariño.

Cuando la puerta se cerró, Neil se desplomó en el sofá. Nunca habría imaginado que los humanos fuesen tan difíciles de manejar, su relación con ellos había sido distante durante toda su vida porque le rechazaban cuando se enteraban de lo que era y porque algunas manadas (como la suya) eran muy posesivas, cerradas, te absorbían y atrapaban entre sus garras. Era difícil adaptarse a las costumbres humanas cuando pasas media vida en forma de animal y cazas y matas con tus propias manos y persigues y gruñes y olfateas. Neil había aprendido a mantener esa parte de él bien oculta y controlada, así que le costaba encajar dentro y fuera de la manada. Excepto con Ray, pero su amigo ya no estaba. Ahora solo le quedaban los humanos y, al parecer, podía fiarse de ellos tanto como de otra manada. Querían dominarle, controlarle, utilizarle y estaban dispuestos a jugar sucio.

No había lugar en el mundo donde pudiese bajar la guardia y descansar.

 

***

 

Pasó dos días en casa del entrenador sin tener nada de contacto con nadie del equipo. Ni con los que pensaba que podrían ser sus amigos, ni con los que se habían autoproclamado sus enemigos. Al menos los días de distanciamiento le vinieron bien para descansar de la tortura del entrenamiento, aunque una parte de él lo disfrutaba y lo echaba de menos; intentaba decirse que estaba mejor sin ellos hasta que consiguiese creérselo. Comió, durmió, salió a correr mañana y tarde, vio partidos con el entrenador y se devanó los sesos pensando qué hacer, de qué manera podría volver allí o largarse para siempre. Ya estaba matriculado, le habían aceptado en la universidad y en el equipo, se había instalado en una casa y había comprado toallas, sábanas y ropa que no podría llevarse; qué desperdicio de esfuerzo y de… esperanza. No quería tirarlo todo por la borda como si no significase nada, ¿pero qué podía hacer?

El entrenador respetó su silencio y ni le preguntó ni le presionó para nada, esperó con paciencia, a su lado; justo lo que Neil necesitaba.

 

***

 

El tercer día recibió una visita que no esperaba. De la última persona a la que quería ver. Pero primero escuchó su voz.

—¿Qué haces tú aquí? —gruñó el entrenador y Neil se puso tenso en la cocina.

—He venido a por él —contestó Andrew.

Neil apretó la taza de café entre las manos, quemándose las palmas con la cerámica caliente.

—No creo que quiera verte.

—Déjanos solos —ordenó como si fuese el puto rey del mundo.

El entrenador soltó un suspiro, debía estar harto de ellos, ¿por qué nadie querría estar al cargo de un equipo tan disfuncional? ¿De personas con tantos problemas? Parker debía tener complejo de héroe porque si no Neil no podía entenderlo.

—Ni se te ocurra joderlo más.

No hubo respuesta. Escuchó la puerta cerrarse y se le formó un nudo en el estómago, sabía que el entrenador se había marchado, obedeciendo al chico rey. ¿Por qué todo el mundo le bailaba el agua? ¿Por miedo, por la navaja que guardaba en algún bolsillo, por algún instinto sumiso que los instaba a agachar la cabeza frente a un alfa? Sin duda Andrew lo era y los humanos también tenían rasgos de cambiantes, fueron animales una vez, estaba en su ADN, y aun así se atrevían a despreciarlos y marginarlos para sentirse superiores.

Neil lo olió y escuchó sus pisadas al acercarse. Dejó la taza en la encimera para no lanzársela en cuanto lo viese.

—Llevas dos días faltando al entrenamiento.

Neil rio entre dientes, sin pizca de humor, y Andrew se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Necesitaba un descanso —contestó como si nada, siguiéndole el juego.

—No te he dado permiso para descansar, dijiste que lo aguantarías.

Neil le miró enseñando los dientes, a punto de gruñir.

—No necesito tu permiso para nada.

—Te dije que serías mío durante todo el verano. No puedes perder ni un día de entrenamiento. ¿O es que ya no te importa?

—Estás como una puta cabra.

—Sí, me lo dicen mucho.

Se encogió de hombros y siguió hostigando a Neil con su mirada.

—¿Te importa o no?

Sí, le importaba. Le importaba volver a perderlo todo otra vez. Le importaba no tener dónde comer, dónde dormir, dónde esconderse. Le importaba no ser nadie, no tener nada. Le importaba lo poco que había conseguido, muchísimo. Y lo temía también.

—¿Vas a huir de nosotros también? —preguntó Andrew, presionándole.

Neil cogió aire hasta llenarse los pulmones y le aguantó la mirada.

—No tienes ni idea de dónde vengo ni de qué huyo.

—Cuéntamelo.

—No —contestó tajante, luego intentó relajarse, no quería tomar el camino que lo alejase de allí. —Andrew, yo… no quiero causar problemas, ni quiero que me den problemas. No quiero estar mirando por encima del hombro, esperando que me la jueguen. No quiero quedarme en un sitio donde no me siento seguro. No puedo vivir así más tiempo.

—Pues deja de luchar contra mí.

—Deja tú de luchar conmigo.

Neil apoyó las manos en la encima y dejó caer la cabeza, estaban en un laberinto sin salida, el juego del ratón y el gato que se traían. Y estaba cansado de ser un ratón al que otros querían devorar.

—¿Quieres que me vaya?

Sintió a Andrew acercándose hasta que se detuvo a su espalda, cerca, pero sin tocarle ni invadir su espacio personal.

—No. ¿Qué quieres tú?

—Paz. Tranquilidad. Seguridad.

—No sé si la casa de los zorros es el mejor lugar para eso.

—Podrías ponérmelo un poco más fácil, solo un poco. Depende ti. Y no me refiero a los entrenamientos sino a todo lo demás. Me iré en las fiestas para que podáis hacer lo que queráis y el resto del tiempo jugaré a tus órdenes, no daré problemas y tendré mi tiempo libre para descansar.

Neil se metió las manos en los bolsillos y enderezó la espalda. No se giró, Andrew seguía detrás de él.

—¿Puedo pertenecer al equipo sin desvelar mis secretos?

—Al equipo le da igual todo lo que hicieses o fueses antes de llegar aquí.

—¿Entonces?

—A mí no.

Neil suspiró y se giró para encararle.

—¿Puedo pertenecerte a ti sin desvelar mis secretos?

Andrew aspiró aire entre los dientes y alzó la cabeza para mirarle. Su nuez se movió al tragar saliva y Neil se fijó en su garganta pálida. Si fuesen animales podría mostrar su garganta en señal de sumisión y ruego, pero el gesto de Andrew no tenía nada de sumiso, solo marcaba más territorio, hasta abarcarlo a él por entero.

—No —contestó.

—Pues dame tiempo.

—¿Cuánto?

—Hasta fin de año —dijo por decir cualquier fecha que le parecía lejana, pero lo suficientemente cercana para convencerle.

—¿Por qué?

Neil se encogió de hombros.

—No estoy preparado.

Ya encontraría otra forma de manejarlo cuando llegase el momento, o tal vez descubriese que podía confiar en él, o tal vez no le gustase estar allí estudiando y jugando y ya se hubiese marchado a otro lugar por decisión propia. Podían pasar muchas cosas en seis meses, como que Andrew se aburriese de él y de sus secretos.

—¿Tregua?

—Contigo me cuesta tener paciencia, pero lo intentaré.

Era suficiente.

Neil extendió una mano esperando que Andrew se la estrechase para firmar la tregua de alguna forma tangible. Andrew lo miró, de su mano a sus ojos. Neil la mantuvo firme, esperando, hasta que al fin Andrew la tomó y se la estrechó y por algún motivo se quedaron así, mirándose, sin soltarse.

—Tregua —susurró Neil sin poder apartarse de esos ojos negros.

Andrew movió los dedos sobre su piel y lo soltó de repente como si le hubiera dado calambre. Neil carraspeó y se guardó las manos en los bolsillos.

—Vuelve a casa, mañana volveré a machacarte.

Se marchó y Neil cogió la taza de café que ya se había quedado fría y le dio un trago solo por hacer algo y deshacer la tensión que le había dejado.

“Vuelve a casa” sonaba bien en sus labios.