A
Andrew no le despertó el frío que entraba por la ventana abierta, sino la
ausencia del cuerpo caliente a su lado al que se había acostumbrado. Antes de
abrir los ojos ya sabía que se había marchado. No tendría que haber confiado en
él. Estiró la mano hacia su lado de la cama, ligeramente tibio, y se quedó
mirándolo mientras asimilaba sus emociones sin exteriorizarlas más que con la
tensión de su puño apretado. Los nudillos blancos. El vacío de Neil entre sus
dedos. No debería haberle sorprendido, nunca le había tenido de verdad, nunca
entre sus manos, nunca como quería y no quería querer.
Salió
de la cama, cerró la ventana y se vistió de forma metódica. Envió un mensaje al
grupo de los zorros en el que nunca escribía para avisarles de que Neil se
había marchado y que iba hacia la casa para buscarlo. Si se había transformado
y había salido por la ventana a saber cómo, tal vez iría allí para coger algo
de ropa y huir. Porque Andrew ni siquiera podía plantearse que no quisiese huir
sino entregarse, entonces le daría una paliza él mismo si volvía a verle.
Si
volvía a verle…
No
cuando volviese a verle.
Andrew
sabía que no existía nada seguro ni eterno en la vida, solo la muerte. Sin
embargo, no le parecía suficiente el tiempo que había tenido con Neil. Tal vez,
precisamente por eso, debería serlo. Era peligroso desear, era más peligroso querer.
Al otro lado de sus muros estaban el mundo y sus monstruos. Y Neil. Todo o
nada; uno no podía elegir lo que cogía del otro lado, los monstruos siempre
eran más rápidos.
Neil
era su luz para las polillas. Llamas. Autodestrucción.
Un
instante antes: belleza, luz y calor. ¿Merecía la pena morir por eso?
Debería
haberle espantado cuando tuvo la oportunidad, así los dos habrían estado a
salvo. Neil se habría ido más lejos, tal vez a un lugar donde no pudiesen
encontrarle, y él… él habría podido olvidarle sin sentir que perdía algo
importante. Sin saber cómo se veía reflejado en sus ojos verdes. Tan cerca, tan
cerca. Cómo respiraba al quedarse dormido. El calor que desprendía su cuerpo.
Llamas. Fuego.
Cogió
la moto y quemó rueda contra el asfalto para llegar lo antes posible sin
importarle a quién pusiese despertar a esas horas intempestivas. Aparcó
directamente en la entrada para no perder tiempo yendo al aparcamiento y supo
que algo iba mal en cuanto estuvo frente al porche y vio que la puerta estaba
abierta. Debería haber llevado encima algo más que una maldita navaja pero
había salido con demasiadas prisas.
Se
acercó despacio, con la navaja en la mano, subió las escaleras del porche
sabiendo dónde pisar para no hacer ruido, y se asomó por la puerta. No había
ningún ruido ni veía a nadie en la planta baja. Entró y cerró la puerta a su
espalda. Le llamó la atención que en el salón uno de los sofás estaba movido de
su sitio, fue hacia allí y en solo tres pasos se detuvo paralizado. Había
sangre en el suelo, salpicando los muebles y los cojines. Se le hizo un nudo en
la garganta. No tenía ninguna duda de que era sangre de Neil, aunque él no
pudiese reconocerlo por el olor. Lo sabía.
Le
habían capturado.
Y
se lo habían llevado.
Andrew
no pudo contener el grito que le subió desde las entrañas, lo soltó con rabia,
dando una patada a la mesa y volcándola. Le dio patadas hasta hacerla añicos,
fantaseando que eran los miembros de esa manada. No podía hacer nada más en ese
momento; descargar su ira para poder pensar con la cabeza fría. Se desahogó
como un poseso, como nunca en su vida había hecho, hasta que alguien intentó
detenerlo, ni siquiera se había dado cuenta de que se acercaban tanto. Lo tiró
en el sofá y le puso la navaja en el cuello.
—Andrew,
soy yo, soy yo, tranquilo.
Reconoció
la voz de Nicky y consiguió enfocarle y reconocerle.
—Si
vuelves a verme así, no se te ocurra acercarte a mí —dijo con la voz ronca y
resollando.
—Vale
—contestó Nicky temblando.
Le
quitó la navaja del cuello y se levantó para permitirle moverse. Le dio la
espalda hasta terminar se recomponerse.
Nicky
se sentó en el sofá, tocándose el cuello para tranquilizarse, no le había
cortado la yugular por los pelos. Entonces se fijó en la sangre.
—¿Es
suya?
Andrew
asintió. Tenía la espalda y los hombros en tensión y no soltaba la navaja.
—¿Cómo
se te ha podido escapar?
Supo
que había cometido un error en cuanto las palabras abandonaron su boca, lo
había dicho sin pensar, estaba impactado por toda la situación.
Andrew
se giró muy despacio y lo miró fijamente, con la navaja en el puño, temblando
de tan fuerte que lo apretaba, con tanto odio que a Nicky lo recorrió un
escalofrío y suplicó en silencio para que no le matase, parecía a punto de
lanzarse sobre él y asestarle veinte puñaladas, y tal vez alguna se la
mereciese.
—Lo
siento —dijo alzando las manos—. Lo siento, Andrew, no ha sido tu culpa.
—Dile
a los demás que vengan, los necesito a todos.
Nicky
tragó saliva con fuerza.
—¿Qué
vamos a hacer?
—Traerlo
de vuelta —contestó como si fuese obvio.
***
Al
día siguiente Andrew fue tras Neil con Kevin, Matt y Nicky. Sabía dónde buscarlo
y cuando llegasen no debía ser difícil encontrar un parque de caravanas en el
que vivían una manada de cambiantes, ni enterarse de cuándo y dónde sería la
próxima pelea clandestina si tenía dinero que apostar. La otra tarea la dejó en
manos de Liam y Spike, sabía que a ellos les importaba lo suficiente como para
implicarse y no fallarle. Cuando tuvieran lo que necesitaban, irían con el
resto del equipo para reunirse todos menos Carson. Andrew no se fiaba de él
para ayudar a Neil, así que le dejó muy claro que no le quería allí y el otro
se lo tomó como unos días de vacaciones, se quedaría solo y a salvo mientras
los demás se jugaban el cuello.
Esa
noche, antes del amanecer, Andrew trazó su plan y lo compartió con los zorros.
Todos aceptaron ayudar y Carson no ser un estorbo.
Lo
más difícil fue saber exactamente dónde se encontraba Neil, tenerlo al alcance
de la mano, pero no poder saber cómo se encontraba, ni si seguía con vida, y no
poder entrar ahí para llevárselo. Andrew estaba un poco loco, todos los sabían,
pero no tanto como para enfrentarse a una manada entera de cambiantes, ni solo
ni con su propia manada de zorros humanos.
Las
plegarías se las dejó a Matt y a Nicky, y a Kevin la tarea de distraerlo y
mantenerlo con la cabeza fría.
Cuando
se enteró de que en la pelea de ese fin de semana participaría alguien de la
manada de Neil, contra otro cambiante, se quitó un peso de encima. Seguía vivo,
sabía que sería él quien luchase, lo llevarían allí para castigarle, para
volver a dominarlo y machacarlo hasta que perdiese toda esperanza y todo
recuerdo de una vida mejor.
El
resto de los chicos llegaron con la mercancía. No cogieron más habitaciones en
el motel e intentaron pasar desapercibidos, no querían llamar la atención y
esperaban no quedarse allí demasiado tiempo, no verían otro amanecer en ese
asqueroso lugar.
Ahora
solo tenían que encontrar la forma de poner en marcha su plan.
***
Estaban
todos dentro de la diminuta habitación del motel, algunos sentados en las dos
camas que crujían cada vez que se movían o respiraban, y otros de pie,
observando lo que habían dejado sobre una mesita de noche que habían movido al centro
de la habitación: dos pistolas, un paquete con un kilo de cocaína y una bolsa
de petardos y bombas fétidas.
—Menuda
fiesta vamos a montar —dijo Liam con una sonrisa bobalicona.
—Va
a ser peligroso, no tiene gracia —contestó Nicky.
El
otro se encogió de hombros, Nicky suspiró y Matt dio un paso al frente para
encararse con Andrew. Hasta ese momento lo habían seguido ciegamente.
—Muy
bien, Andrew, ¿vas a explicarnos todo el plan de una maldita vez? Quedan horas
para la pelea de esta noche.
—Eso
—dijo Liam—, ¿para qué necesitamos todo esto? Entiendo la coca y las pipas,
pero lo demás…
—Esta
noche nos dividiremos en dos grupos —empezó a relatar Andrew y todos prestaron
su máxima capacidad de atención, expectantes—. Uno se encargará de infiltrarse
en el parque de caravanas con la droga para dejarla en casa del líder de la
manada. Lo identificaréis porque tiene un lobo rojo pintado en la puerta—. Lo
que Neil le había contado como anécdotas sin importancia era lo que les estaba
guiando esa noche—. Y la distracción para poder entrar en el hogar de una
manada que os olerá en cuanto estéis cerca son las bombas fétidas. Ellos tienen
el olfato muchísimo más desarrollado, si nosotros no podemos soportarlo, ellos
menos. Pensarán que se ha roto una cañería y ni se acercarán al olor.
—¿Y
quienes se encargarán de esa locura? —preguntó Matt.
Andrew
cogió las bombas fétidas de la mesa y se acercó a Liam con una sonrisa
siniestra. Extendió la mano hacia él, ofreciéndoselas.
—Esta
será tu diversión: un baño de cloaca.
—Joder.
Mierda.
No
tuvo más remedio que aceptar lo que Andrew le ofrecía.
—Te
acompañará tu amigo de aventuras —dijo guiñándole un ojo a Spike—. Tendréis que
actuar rápido, entrar y salir cuanto antes. Os echáis las bombas como si fuera
perfume y dejáis la coca en la caravana del líder. Luego os ducháis, por favor,
y nos esperáis con los coches en marcha a un kilómetro de la fábrica abandonada
donde hacen las peleas.
Spike
cogió el paquete de cocaína y Andrew le dio también una de las pistolas.
—Por
si acaso.
—Joder
—masculló Liam, ya no tan contento.
Spike
asintió. Andrew sabía que tenía buena puntería, había ido a cazar muchas veces
con su padre antes de…
—Así
que la otra pistola y los petardos son para nosotros —dijo Matt.
Andrew
asintió.
—Nosotros
iremos a la fábrica para detener la pelea antes de que termine, yo los
amenazaré con la pistola mientras dos prendéis fuego fuera de la fábrica para
obligarlos a huir y otros dos os quedáis al fondo para usar los petardos, entre
el fuego y los disparos falsos se creará el caos, entonces sacaremos a Neil de
allí.
—¿Y
la coca? —preguntó Nicky.
—Llamaré
a la policía para avisar de las peleas y de que el líder de la manada trafica
con drogas. La encontrarán cuando hagan una redada, lo detendrán y todos se
pasarán un tiempo muy ocupados.
—¿Y
cuándo dejen de estar ocupados? —preguntó Matt.
—Entonces
espero que hayan recapacitado y entiendan que Neil no merece la pena ni para
intentar recuperarlo ni para vengarse. Y que con nosotros tienen más que perder
de lo que podrían ganar volviendo a atacarnos. Que lo mejor que pueden hacer es
seguir con sus patéticas vidas. Y si no han aprendido la lección… volveré a
explicársela, con más sangre esa vez.
Todos
le miraron impresionados, con una mezcla de admiración y miedo. Y sorprendidos
solo por el motivo de su descenso a la locura. Quién iba a pensar que este
zorro sacaría las garras por el chico nuevo. Parecía que le importase de
verdad. Las armas estaban cargadas, si estaba dispuesto a matar por él tenía
que importarle. A todos les había dejado claro que pasase lo que pasase él se
haría cargo de las consecuencias.
***
—La
pelea acaba de empezar.
—No
importa.
Andrew
entró en el lugar clandestino acompañado por Nicky y Matt, mostrando un fajo de
billetes en la puerta. La pistola metida en la cintura de los pantalones, cerca
de su mano. El jaleo los ensordeció y fueron hacia donde estaban todos apiñados,
luego se separaron. Andrew se metió entre la masa de gente, asqueado y
enfurecido, sintiendo náuseas cada vez que los rozaba y con cada gruñido que
escuchaba al acercarse a la pelea.
No
podría explicar cómo, pero lo reconoció nada más verlo, aunque no había nada
reconocible en su forma animal, hasta que dejó de atacar al otro perro, se
lamió una herida de la pata y Andrew vio sus ojos verdes. Ya sabía que era él.
Se
sacó la pistola del pantalón, alzó el brazo y disparó al techo.
Todos
los que estaban cerca se apartaron de él, hubo gritos, todos le miraron, los
cambiantes mostrando los dientes en un gruñido humano. La pelea se detuvo. Sus
ojos conectaron.
Andrew
señaló a Neil con la mano armada, el dedo fuera del gatillo.
—Ese
zorro es mío —dijo.
Reconoció
al líder de la manada cuando le sonrió porque sintió un escalofrío al mirarle.
Puro asco, no miedo.
—Es
un maldito chucho —contestó—. ¿No lo ves, niño humano?
Andrew
gruñó mostrando todos los dientes.
—Y
es de nuestra manada —concluyó el líder.
—Es
un zorro —repitió—. Y es mío.
Apuntó
al líder con el arma. Alguien gritó “¡fuego!”. El humo empezó a entrar en la
fábrica. Se escuchó el fuerte ruido de un petardo como si fuese otro disparo y
todo se descontroló.