29 enero 2025

Capítulo 13

El verano pasó a una velocidad sorprendente y un día Neil se descubrió viendo el uno de septiembre en el calendario que tenían pegado a la nevera de la cocina. En diez días empezarían las clases y notó un nudo de nervios en el estómago al pensarlo. Los demás compañeros del equipo, los que habían pasado el verano fuera, regresaron durante esa primera semana y el sábado ya estaban todos juntos. Prepararon una fiesta para celebrarlo, en la nevera había más alcohol que comida e iban a pedir pizza para cenar. A Neil solo le dio pena perderse eso, pero también le vendría bien salir para airearse ahora que la casa volvía a estar llena y se sentía un poco agobiado por ello. La casa no era lo suficientemente grande para albergar a diez jugadores de baloncesto, estaban un poco apretados. Al menos en la manada tenía su caravana y el bosque para poder estar a solas y respirar.

A solas o con Ray, lo cual le transmitía la misma sensación de paz y libertad.

—¿Seguro que no quieres quedarte? —le preguntó Nicky—. Te prometo que no te dejaré solo. Lo juro. Dame otra oportunidad.

—Tranquilo, prefiero irme.

—¿Todavía no confías en mí? —preguntó con tristeza.

Neil suspiró.

—No es eso, habrá demasiada gente y no me fio de Carson ni de Andrew. Prefiero estar tranquilo y solo.

—Podría ir contigo, solos tú y yo. Salimos a cenar y jugamos en la cancha hasta cansarnos.

—¿Y qué pasa con Dean?

—Lo entendería, le caes bien.

—Gracias, Nicky, pero no es necesario.

Esa vez fue Nicky quien suspiró pesadamente.

—Vale, me rindo.

Neil ya tenía sus propios planes. Iba a salir a correr (en forma humana) por todo el campus y luego a practicar tiros en la cancha hasta que no sintiese los brazos. Después se daría una ducha caliente, saldría a comprar algo para cenar en un puesto ambulante, los fines de semana se quedaban hasta tarde para alimentar a los borrachos, y se quedaría dormido viendo partidos desde el sofá. Todavía no hacía frío por las noches, ni siquiera necesitaba llevarse una manta, pero pensó que debería dejar allí una para tenerla más adelante, cuando la necesitase. Aunque no sabía si durante la temporada de clases y partidos harían fiestas muy a menudo.

También podría dormir en su forma animal para no necesitar nada más, su temperatura corporal subía unos grados y el pelaje protegía del frío, pero sería muy arriesgado.

Lo único que echaba de menos de su antigua vida era poder convertirse cuando quería y no tener que guardarlo en secreto.

Kevin entró en la cocina, ignorándoles, y fue directo a coger un botellín de cerveza de la nevera. Lo abrió con parsimonia, dio un trago, y habló dándoles la espalda.

—Practica el tiro de gancho y triples.

—Lo haré —aceptó Neil.

Y Kevin salió de la cocina con su cerveza.

—A veces te juro que pienso que es un robot —dijo Nicky en voz baja.

—¿Nunca le has visto hacer algo humano más allá de jugar?

Nicky se rio en voz baja y asintió, acercándose para contarle un cotilleo.

—En realidad sí, cuando trae compañía a las fiestas. No hace nada delante de nosotros, ni siquiera un beso, así que una vez subimos a espiarles, para comprobar que es humano y que no se estaba comiendo su corazón o algo así, y los escuchamos follar. —Bajó aún más la voz y dijo con dramatismo—: Kevin gime.

Neil soltó una carcajada y Nicky le dio un empujón, chistando para que callase.

—Sois una pandilla de pervertidos.

—Sí, lo somos —contestó sonriendo.

Se despidieron antes de que empezasen a llegar todos con sus acompañantes, Neil realmente tenía miedo y un atisbo de duda real de que fuesen a montar una orgía o algo así, y dedicó la noche a seguir con su plan al detalle. Cenó perritos calientes en un banco, bajo la luz de las estrellas, solo y tranquilo, y brindó por Ray hacia el cielo con su refresco. Si hubiesen sido más valientes, si hubiesen tenido más esperanza, estarían cenando juntos en ese momento, tal vez no en ese lugar (el cual Neil, en esa otra vida, habría echado de menos sin conocerlo) pero estarían juntos en cualquier parte del mundo, libres. Torturarse con ello no cambiaría nada, pero Neil no podía evitarlo, era lo único malo de quedarse solo mucho tiempo, perdía el control de sus pensamientos y le costaba recuperar las riendas de su mente.

Volvió paseando para ponerse un partido de baloncesto y tumbarse en el sofá, dispuesto a descansar. Estaba deseando jugar un partido de verdad y descubrir lo que se sentía al formar parte de algo así. Se quedó dormido antes de que el partido terminase. Y durmió plácidamente hasta que notó otra presencia en la habitación.

Se incorporó en el sofá tan rápido que se mareó por un segundo, asustado, soltando un jadeo ahogado, hasta que notó su olor inconfundible.

—Joder, Andrew, casi me matas del susto.

Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá donde Neil dormía segundos antes. La habitación seguía a oscuras, solo entraba la luz de las ventanas.

—¿Qué hora es? ¿Qué haces aquí?

—Haces muchas preguntas para no dar ninguna respuesta.

—No te pongas enigmático. ¿Estás borracho?

—Preguntas, preguntas, preguntas.

—Estás borracho —afirmó.

—Un poco.

—Todavía no ha amanecido.

—No.

Cuando el corazón dejó de intentar salírsele del pecho, Neil volvió a tumbarse y calvó los ojos en la nuca de Andrew. Su pelo rubio parecía pálido incluso en penumbra. Seguro que sus ojos eran incluso más negros, como pozos de oscuridad, y Neil deseó que girase la cabeza para mirarle y comprobarlo.

—¿Tan aburrida es la fiesta que has acabado aquí?

Andrew contestó con silencio y Neil resopló exasperado por la tontería que le había dado con las preguntas. A saber qué cable se le había cruzado para acabar allí sentado en el suelo a oscuras.

Neil alargó una mano y estuvo a punto de tocarle cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se detuvo. A Andrew tampoco le gustaba que le tocasen, ni siquiera sus amantes, o al menos eso había visto.

—Puedes jugar si quieres, no vas a molestarme, soy capaz de dormir con ruido.

—No quiero jugar.

—Te estás escondiendo de algo —dijo para hacerle hablar sin darle un tono interrogante.

—No soy yo quien se esconde.

Neil se cansó de sus juegos y golpeó su hombro con un dedo muy rápidamente. Andrew no se inmutó ni para quejarse. Había ido allí para algo, Neil quería dormir y le estaba sacando de quicio.

—No confías en mí.

Neil estuvo a punto de romper a reír en carcajadas por la incredulidad, pero se quedó boquiabierto.

—No tengo ningún motivo para confiar en ti. No me has pedido perdón y no he olvidado lo que pasó.

—Eres rencoroso.

—Sí, lo soy.

—Yo también.

—No he hecho nada para que me guardes rencor.

—No he dicho que lo haga.

Neil contuvo las ganas de gritarle para saber qué quería, qué hacia allí, y decidió probar a molestarle otra vez. De repente, tocarle era como jugar a acercarse a un león hambriento, no sabías cuando te lanzaría una dentellada. Dobló la pierna y le dio con la rodilla a propósito en la espalda.

—Dime algo que no sea un laberinto.

Silencio.

—No te he hecho una pregunta.

Silencio.

Neil pasó un dedo por su pelo, por la parte de atrás de la cabeza, subiendo desde la nuca, rozando solo las puntas. Era suave. Andrew inclinó la cabeza hacia atrás en vez de apartarse.

—Andrew —susurró.

—No pronuncies mi nombre así.

—¿Cómo?

No lo había dicho de una forma especial ni extraña, solo había sonado demasiado íntimo porque el ambiente lo era. Esa noche Andrew estaba más raro de lo normal, aunque parecía menos inaccesible, no tenía sentido nada de lo que decía o hacía.

—No te ha sentado bien el alcohol, deberías dormir.

Silencio.

—¿Qué hiciste para acabar aquí? Necesitando esta segunda oportunidad.

—Maté a una persona.

La única pregunta que había contestado y tenía que ser esa, la que Neil pensaba que jamás contestaría. Las palabras parecieron hacer eco en la habitación y en el interior de Neil. Pero él no era quién para juzgar a nadie.

—Yo… también.

Entonces Andrew giró el rostro y Neil por fin vio esos ojos negros inmensos. Esa era la confesión más sincera que podía darle y no abarcaba ni una mínima parte de la verdad.

—¿De qué huyes: de tus remordimientos, de la policía o de quienes quieran vengarse? —preguntó Andrew, por fin había despertado su interés.

—De la policía no.

—¿Vendrán?

—Espero que no, pero si lo hacen me iré, no voy a meteros en problemas.

—Ya no tienes que huir más, eres un zorro, te protegeré.

Neil sonrió casi con ternura. Tal vez si fuese de humanos podría cumplir su promesa, pero no tenía ni idea de que se enfrentaría a cambiantes y contra una manada no podría ganar. Sin embargo, la sinceridad de esa noche no llegó tan lejos como para revelar esa confesión.

—No quiero que pienses que esta es toda la verdad, no quiero mentirte.

—Solo por omisión.

—Tal vez algún día lo entiendas.

—Lo haré.

Si no lo encontraban, si Neil conseguía sincerarse alguna vez y aguantaba allí el tiempo suficiente para conseguirlo. Tal vez lo entendería.

—¿Mataste al que te hizo esas cicatrices?

Neil guardó silencio, abrumado por los recuerdos. No los había matado a todos y él también había dejado cicatrices en otros cuerpos.

Nadie más del equipo había visto su cuerpo porque había tenido cuidado y suerte, y al ser pocos podían turnarse y no tenía problema en quedarse un poco más de tiempo en la ducha para salir después y vestirse rápido, y al no tener clases tampoco tenía prisa. Eso cambiaría ahora. Muchas cosas iban a cambiar.

—¿Lo de ser exhibicionista es un fetiche?

Neil necesitaba alejar la conversación de asesinatos y venganzas.

—¿Y lo de ser virgen?

Pero el tiro le salió por la culata.

—No soy virgen.

—Quién lo diría.

—¿Qué más te da?

—¿Qué más te da ti lo que haga yo?

—Pues si lo haces delante de mí sí me incumbe.

—No te quedes mirando la próxima vez.

Neil agradeció la oscuridad porque notaba que se había puesto rojo de vergüenza y un poco de rabia también. Si lo hacía a la vista de todos era porque quería eso precisamente y cuando te encontrabas con una escena así era difícil reaccionar.

—Por supuesto que no, he aprendido la lección.

—¿Por eso no vuelves a las fiestas?

—No, Andrew. No vuelvo porque no me gusta que me droguen sin mi consentimiento.

Andrew dobló un brazo sobre el sofá, muy cerca del cuerpo de Neil, y apoyó la barbilla en la mano.

—Lo siento.

Las palabras se quedaron flotando en el aire, entre ellos, mientras Neil las coleccionaba como si fuesen un tesoro.

—Nicky dijo que nunca pedías perdón.

—Pues no se lo digas. ¿Estamos en paz?

—¿No volverás a hacerlo?

—No. Ya tengo alguna pieza más del puzle de Neil y veo una imagen más nítida, está bien así. Por ahora. Pero nunca más te drogaré.

Lo decía como si le hubiese echado Pepsi en vez de Coca-Cola en el vaso, pero Neil lo creyó.

—Vale. Tal vez me quede en la próxima fiesta, así Nicky dejará de sentirse culpable y creerá que le he perdonado. Solo espero no tener problemas con Carson, no creo que pueda hacer las paces con él, no quiere.

—Yo me ocuparé de Carson.

—Puedo con él.

Andrew arqueó una ceja y Neil le dio otro golpe con la rodilla, ofendido. La barbilla se le cayó de la mano y volvió a apoyarla como si nada.

—Puedo con más de lo que crees.

—Bien.

Andrew dobló el brazo para apoyar la cabeza en él, sin dejar de mirarse en la penumbra, y Neil se acomodó de lado.

—¿Estás cómodo ahí?

—Sí.

—¿No quieres volver a la fiesta?

—Ya habrá terminado.

A veces hablar con él era como echar un partido de tenis, las palabras volaban como la pelota, golpeadas de uno a otro.

—¿Y tu novio se habrá ido?

—No es mi novio, solo es la boca donde me corro.

Neil cerró los ojos y tragó saliva, no entendía cómo podía decir algo así mirándolo sin inmutarse. Andrew hablaba de asesinatos, de drogas y de correrse con la misma expresión. Neil estaba acostumbrado a la falta de pudor, al sexo y a la desnudez, pero a su lado parecía virginal y estúpido. Le descolocaba con facilidad.

—¿Te vas a dormir?

Neil abrió los ojos.

—¿Qué quieres que haga, Andrew? ¿Has venido para algo concreto? Creo que ya te llevas más de lo que fuera que venías a buscar.

—Tienes razón, te dejaré descansar.

Se levantó y se fue sin darle tiempo a replicar, si Neil hubiese querido hacerlo. Pero no iba a poder descansar mucho. Se tumbó de espaldas y cruzó los brazos bajo la cabeza, mirando el techo a oscuras, sin dejar de preguntarse por qué había ido Andrew allí esa noche.