03 febrero 2025

Capítulo 8

A Neil le despertó una patada al colchón y lo primero que vio al abrir los ojos fue a Andrew con los brazos cruzados, observándole fijamente.

—Arriba. Espero que estés preparado.

Neil se levantó gruñendo entre dientes y se arrastró al baño para lavarse la cara y cambiarse de ropa. Al bajar a la cocina ya olía a café recién hecho y Kevin le estaba esperando junto a Andrew. Se tomaron el café en un incómodo silencio (al menos para Neil) y le secuestraron el resto de la mañana para machacarle, músculo a músculo, hasta que no pudiese moverse. Lo peor de todo es que Neil lo disfrutó.

Llegaron al pabellón de baloncesto a las siete de la mañana, encendieron las luces de la cancha y Kevin y Andrew fueron sacando todo lo que iban a necesitar bajo la atenta mirada de Neil. Sus nervios se debían un poco también a la emoción de empezar su entrenamiento en serio.

—Vamos a tener que trabajar muy duro para convertirte en un zorro en solo dos meses. Espero que no te quejes ni en un solo instante.

—Es más, nos darás las gracias cuando hayamos terminado contigo —añadió Kevin.

—Ya veremos si sois tan buenos como creéis —se atrevió a decir Neil.

En respuesta simplemente le miraron como si fuera un insecto que pudieran aplastar de un pisotón y Andrew ladró la primera orden.

—Estiramientos y cinco minutos de carrera para calentar, vamos.

Ellos también entrenarían con Neil, no solo iban a mirar y chasquear el látigo. La meta era que Neil estuviese a un nivel aceptable (que no pusiese en ridículo al equipo) al terminar al verano.

—Primero nos encargaremos de la resistencia y la coordinación básicas, cada semana añadiremos ejercicios nuevos.

Esa semana se dedicarían a poner a tono los músculos de Neil para que aguantase los demás entrenamientos. Alternaban carreras con cambio de ritmo —ligero y sprint— con sentadillas, flexiones y abdominales hasta que quemasen los músculos, y tiros libres desde todas las posiciones hasta que las huellas dactilares tuviesen el relieve de la pelota. Una y otra vez, una y otra vez.

Hicieron zancadas a lo largo de toda la pista botando la pelota primero en una mano, luego en otra, ida y vuelta. Acostumbrarse a guiar la pelota y moverse con ella era lo que Neil más tenía que trabajar; contaba con buena resistencia, buena puntería y buenos reflejos, solo fallaba en la coordinación con la pelota. Para un jugador de baloncesto la pelota era una extensión de su brazo, debía manejarla sin mirar, sin ver, sin prestarle atención, por pura inercia y simbiosis, instinto desarrollado con los años.

Pero Neil no tenía años para conseguirlo.

Por último saltaron a la comba. A Neil le daban pinchazos en los músculos de los brazos y las piernas. Cuando terminó ya no sentía nada, podría haberse derretido allí mismo como una masa de carne machacada. Y se habría deshecho feliz y satisfecho, pese a que ni una sola palabra de ánimo había salido de la boca de Kevin, solo improperios y quejas, y Andrew solo le hablaba para darle órdenes y dictarle ejercicios. Después de una vida entera de desprecios a Neil ya no le importaban, no necesitaba una palmadita en la espalda de nadie, sobrevivir otro día más significaba que lo estaba haciendo bien y con eso le valía.

—Ahora vamos a ver algún partido nuestro antiguo, para que veas cómo jugamos —dijo Andrew—, pero primero vamos a ducharnos. Apestas, novato.

—Como si tú olieses a rosas —murmuró Neil sin energía.

Cuando llegaron al vestuario Neil titubeó frente a las duchas. No sentía pudor después de haberse criado en una manada y tampoco vergüenza por sus cicatrices, pero ducharse con dos extraños con los que no se llevaba precisamente bien le incomodaba. No se quiso imaginar cómo sería cuando estuviesen todos.

—¿Algún problema? —preguntó Kevin. Llevaba la toalla anudada a la cintura y el gel en la mano.

Neil abrió la boca, pero no supo cómo explicarse, no quería sonar como un idiota, aunque eso era justo lo que estaba pareciendo, boqueando como un pez fuerza del agua frente a las duchas.

—Hay mamparas para tener intimidad, solo se ve la silueta del cuerpo —dijo Andrew, como si le entendiese pese a su falta de palabras.

Y dicho eso le dio la espalda para ir a lavarse. Neil soltó el aliento que estaba conteniendo y se desnudó con rapidez para entrar antes de que terminasen y le viesen. Tampoco le hacía gracia tener que dar explicaciones por su cuerpo maltrecho. Lo retrasaría todo lo que pudiera. No había mentiras creíbles para las preguntas que le harían. ¿Cómo podría explicar que tenía el cuerpo lleno de cicatrices?

  Efectivamente, cada ducha estaba separada por una mampara serigrafiada y solo notaba las siluetas de los otros, no les veía desnudos. Se duchó a gusto y tranquilo, disfrutando del agua caliente relajando sus músculos doloridos. Los otros terminaron antes que él y esperó solo un poco más para que se secasen y vistiesen antes de salir.

—Te esperamos en la sala de al lado —gritó Andrew desde fuera —. No tardes, sirenita.

Neil sonrió en contra de su voluntad y cerró el grifo. Se anudó la toalla a la cintura y se aseguró de que todo estaba en silencio antes de abandonar la ducha. Se secó con rapidez aunque cada movimiento era una tortura y se puso la ropa interior y los pantalones de un visto y no visto. Tenía la camiseta en la mano cuando le interrumpieron.

—Si no vienes en…

Andrew enmudeció y se le quedó mirando con la misma cara de siempre, no había expresión de sorpresa en ella, ni de interés o rechazo, o incluso repulsión por estar viendo el torso magullado de Neil. Todas las marcas de las peleas: los zarpazos, arañazos, mordiscos y desgarros. Las veces que habían tenido que coserle mal y rápido y las que no le habían dejado tiempo para curar bien. Por suerte ya no tenía ninguna herida reciente, solo cicatrices en mayor o menor estado de curación, muchas ya blanquecinas, algunas rojizas o amoratadas todavía. Un cuadro de violencia que no le gustaba exponer. Los ojos negros de Andrew lo paralizaron, observándole con intensidad. Si no pudo notar nada en su rostro, sí había algo en su mirada, pero no supo determinar el qué.

—No tardes más —gruñó, rompiendo la tensión del momento, y se marchó de vuelta.

Neil terminó de vestirse con rapidez. Tal vez a Andrew le importase tan poco que ni se molestaría en preguntar porque no quería saberlo. No quería nada, o eso decía. Tampoco se lo contaría a los demás, de eso Neil estaba seguro.

Se reunió con ellos en la sala y se dejó caer en un sillón frente a la televisión. Andrew no volvió a mirarle, le dio al play y comentaron el partido con detalles técnicos, repasando las jugadas hasta tres veces para que Neil las viese bien y las entendiese.

Después Neil volvió a la casa solo. Los otros se fueron a hacer cualquier cosa que no quisieron compartir con él. La casa estaba sorprendentemente vacía y Neil se tumbó en la cama disfrutando de ese momento de soledad. Se quedó dormido, totalmente agotado, hasta que olor de la comida haciéndose en la cocina y un hambre voraz le despertaron. Olía a pasta con tomate, se le hizo la boca agua. Se incorporó gruñendo por las agujetas que ya afloraban y bajó descalzo.

—¿Qué tal, Neil?

Nicky y Matt estaban cocinando. A él le estaban dejando unas semanas de adaptación, pero pronto tendría que colaborar en todo.

—Comida —dijo como un zombi.

—Ya casi está, aguanta —contestó Matt riéndose.

—Al menos sigues de una pieza —dijo Nicky.

—Yo no estoy tan seguro de eso —contestó Neil.

—¿Pero estás bien?

—Sí, eso sí.

—¿No ha sido horrible? ¿Quieres seguir entrenando con ellos?

—Sí —contestó con seguridad.

—¿Sí a qué?

—A las dos preguntas.

Nicky y Matt se rieron.

—Sabía que lo conseguirías —dijo Matt mientras removía los macarrones para mezclarlos con el tomate frito y la carne picada.

—Si sobrevivo a ellos podré aguantar el entrenamiento.

—Claro, hombre, todavía no se han comido a nadie, aunque parezca que desayunen bebés.

—¿Quién desayuna bebés? —preguntó Liam entrando por la puerta con Carson.

—Andrew y Kevin.

—Ah, no me extrañaría.

Liam entró en la cocina con ellos y Carson se fue a ver la televisión. Pusieron la mesa para todos entre Neil y Liam. Justo cuando estaban sirviendo la comida Carson se unió y aparecieron Kevin y Andrew.

Neil no podía no observar a Andrew cuando lo tenía cerca, era como un animal salvaje suelto, sentía que debía tenerlo controlado. Siempre había una parte de Neil pendiente de Andrew. Cruzaron una mirada y Neil huyó de esos ojos negros como si hubiera sido de pasada, algo casual. Al bajar la vista se dio cuenta de que seguía llevando las muñequeras negras y entonces, al hacer memoria, recordó que nunca le había visto sin ellas puestas. Tal vez tuviese alguna lesión antigua, pero no se lo había notado, manejaba la pelota con soltura. Se encogió de hombros mentalmente y se dijo que si a Andrew no le importaban sus cicatrices, a él no le importaría su supuesta lesión ni nada que tuviese relación con ella.

Por la tarde fueron a echar un partido y Neil los acompañó solo para mirar, si no descansaba esa tarde no podría moverse al día siguiente. Kevin y Andrew desaparecieron después, otra vez, y Carson se fue con su novia, primera noticia para Neil de que tenía una.

Los que quedaban se fueron a un bar fuera del campus y se tomaron dos rondas de cervezas mientras Neil los acompañaba con refrescos. Seguía sorprendiéndole la normalidad y tranquilidad de su nueva vida, haber conseguido escapar de la manada y la espiral de violencia en la que le tenían atrapado. Antes estaba seguro de que moriría allí, joven y roto. Ahora tenía esperanza.

Observó a sus compañeros. ¿Podía llamarlos amigos? Para Neil todavía era precipitado, ni siquiera sabían lo que de verdad era ni de lo que huía, solo conocían de él lo poco que se permitía mostrar. Para ellos parecía suficiente, pero Neil sabía que todo pendía de un frágil hilo, y la amistad de verdad necesitaba cimientos más fuertes. Como los que había tenido con Ray. Saberlo todo del otro, conocer y aceptar sus luces y sus sombras, estar en lo bueno y en lo malo hasta el final.

¿Seguirían a su lado cuando supiesen que era un cambiante? ¿Qué había matado? ¿Qué había sido un cobarde? ¿Qué su mejor amigo tuvo que morir para darle valor?

No. No lo sabrían.

Cenaron en el bar y volvieron a casa después. Allí se repantingaron por los sofás. Andrew estaba en el sillón donde Neil durmió la primera noche, fumándose un cigarro. Neil subió directamente a su habitación para descansar.

La puerta se abrió sin que llamasen antes y se giró pensando que sería Nicky, pero quien entró en su cuarto fue Andrew. Ya no llevaba el cigarro en la mano. Caminó hacia Neil como una pantera y este tuvo que retroceder un paso hasta que sus piernas chocaron con la cama y no pudo moverse más. Supuso que había llegado el momento en que le pediría explicaciones y se preparó para esquivarlas, pero Andrew solo le miró. Y le miró y le miró.  A un solo palmo de distancia. Pasando de su rostro a su torso como si pudiera seguir viendo las cicatrices que tenía bajo la ropa. Neil perdió la noción del tiempo bajo el escrutinio de Andrew y aguantó. Si quería ponerle nervioso para que confesase todos sus secretos no iba a conseguirlo. Andrew le intimidaba, pero podía tolerarlo; había estado bajo escrutinios mucho peores.

—Mañana a la misma hora. ¿Podrás con ello?

Neil asintió.

—Cuando te haga una pregunta, contéstame con la boca.

—Sí, podré con ello.

—Bien. Me debes respuestas, pero soy paciente y tenemos mucho tiempo.

Tal vez no tanto, en una vida como la de Neil nunca se sabía, pero no le contradijo. Ante su silencio, Andrew decidió marcharse y Neil se sentó en la cama soltando un suspiro, lidiar con él no era fácil.