A
veces, en medio de una pelea, a Neil le costaba recordar por qué tenía que
seguir luchando. El rugido de la muchedumbre casi silenciaba los gruñidos de
los perros que estaban peleando en el cuadrilátero de tierra sucia. El ambiente
olía a sudor y cerveza, a desesperación y sed de sangre. Los cobardes que
disfrutaban mirando agitaban los puños con violencia entre gritos: “¡Vamos,
ataca!” “¡Venga, chucho, a la yugular!” “¡Destrózalo, he apostado por ti!”.
Pero para Neil solo eran una cacofonía lejana, había aprendido a no dejar que
le distrajesen, esa fue una de las primeras lecciones que llevaba marcada en la
piel.
La
segunda lección fue no tener piedad, daba igual si peleaba contra otro
cambiante o contra un animal, daba igual si notaba el miedo en su mirada o
titubeo en sus ataques, incluso daba igual si solo se defendía. Neil tenía una única
opción para sobrevivir: ganar. Porque si no lo hacía, después de la pelea le
esperaba otra paliza, y llevaba mucho tiempo preguntándose cuál sería la
última, la que le mataría.
Esquivó
un zarpazo y lanzó una dentellada para mantenerlo apartado, necesitaba
recuperar el aliento durante unos segundos, tenía dos heridas que sangraban
demasiado y se estaba agotando. El otro animal también jadeaba y cojeaba por un
mordisco en la pata derecha.
Neil
ya ni siquiera perdía tiempo en desear estar en otro lugar, en otra familia, en
otra manada. En otra vida. Pero el cansancio que sentía a sus escasos veinte
años le calaba hasta los huesos. Era un cansancio de hastío de vida, de abulia
paralizante. Solo el dolor le hacía seguir adelante.
Atacó
con sus últimas fuerzas, le dio un zarpazo en los ojos y se lanzó a por su
cuello cuando agachó la cabeza gimoteando. Le hizo aullar de dolor al clavarle
los dientes con rabia, una rabia que iba dirigida hacia todos menos ese pobre animal
al que también estaban obligando a luchar. Desgarró piel y músculo y se le
llenó la boca de sangre. Odiaba el sabor de la sangre. Intentó tragar lo menos
posible y tumbó al otro en el suelo, doblegándolo hasta que ya no pudo moverse.
Lo soltó, sabiendo que aunque él no lo hubiese matado directamente, lo había
sentenciado a muerte; sus dueños lo ejecutarían en cuanto despejasen el
cuadrilátero para la próxima pelea. Ya no servía para nada más.
En
algún momento, Neil tampoco serviría para nada más. Pero sería en otro momento,
esa noche había vuelto a ganar; eso era lo único que importaba. Los humanos
gritaban encolerizados y borrachos, algunos enfadados por haber perdido la
apuesta y otros concentos por haberla ganado, como sus padres.
Neil
jamás había celebrado o disfrutado sus victorias, solo significaban seguir vivo
un día más y recibir una buena cena esa noche.
Mientras
se apartaba del perro caído e intentaba olvidarlo, aunque se quedaría para
siempre clavado en su conciencia, se acercó hasta donde sus padres agitaban los
brazos entre risas desquiciadas. Como no había luchado contra otro cambiante,
no le había acompañado la manada entera, solo sus dueños. Le abrieron la puerta
para que saliese del cuadrilátero y le palmearon los costados sin importarles
el dolor que pudiera sentir, demasiado abstraídos en su nauseabundo júbilo.
La
madre se lo llevó y el padre fue a recoger sus ganancias. Cuando estuvo alejado
de todos, en un cuartucho sucio que una vez fue el baño de la fábrica
abandonada donde llevan a cabo las peleas clandestinas, Neil volvió a su forma
humana. Jadeó de dolor con su propia voz y se apoyó contra la pared sucia antes
que hacerlo en su madre. Estaba desnudo, sangrando y debilitado, pero a la
mujer no le importó, le prestaba más atención al botellín de cerveza que estaba
vaciando y al cigarro que consumía compulsivamente.
—Venga,
vístete, que estoy deseando llegar a casa.
—Sí,
yo también estoy cansado —contestó él con ironía y la voz ronca.
Su
madre le lanzó una mirada de reojo y lo ignoró, no valía ni para que se
ofendiera por él. No valía ni el dinero que les hacía ganar porque cuando ya no
estuviese simplemente lo sustituirían por otro.
Neil
suspiró y se puso la ropa deportiva con manos torpes y un par de tropiezos al
meter las piernas en el pantalón. Ya se curaría las heridas cuando llegase a
casa. Los cambiantes eran más fuertes que los humanos, sanaban antes y era más
difícil que enfermasen o que sufriesen infecciones. Evitó mirarse en el espejo
roto y lleno de mugre y salieron de allí, directos hacia la camioneta para
esperar a su padre. Neil se tumbó en los asientos traseros y la madre ocupó el
lugar del copiloto con otro cigarro colgando de los labios.
Su
hijo observó las cicatrices que tenía en el cuello y la nuca, además de otras
repartidas por el cuerpo que cubría la ropa; a ella también la habían obligado
a pelear de joven, por eso Neil era absolutamente incapaz de entender cómo
podía hacerle eso a él, si conocía de primera mano lo que suponía estar en ese
infierno. El miedo, la culpa, el dolor, el sabor a sangre y tierra, el no saber
si te dejarán lisiado o si te matarán, el desear a veces que te dejen lisiado o
te maten de una maldita vez.
Ella
dejó de pelear al casarse muy joven y quedarse embarazada. Neil no quería
pensar que solo lo tuvo por eso, para pasarle su mala suerte. Su padre, por el
contrario, nunca tuvo que pelear por sí mismo, por eso odiaba muchísimo más a
su madre.
Su
padre apareció agitando el fajo de billetes que habían ganado y entró en la
camioneta soltando una carcajada y dándole un sonoro beso a su mujer.
—¡Así
se hace, muchacho! Mira todo lo que nos has hecho ganar.
Unos
miles de dólares manchados de sangre.
Le
restregó los billetes por la cara y Neil la apartó, dándose la vuelta para
apretarse contra el respaldo. Su padre se rio y encendió el motor, provocando
que la vibración agitase cada centímetro de su maltrecho cuerpo. Neil apretó
los dientes y cerró los ojos con fuerza. Su madre puso música en la radio y
fueron todo el camino de vuelta como si él no estuviera detrás hecho un ovillo,
rezando para que el coche se estrellase y los matase.
***
Tardaron
media hora en llegar al parque de caravanas donde vivía la manada. Los
recibieron entre vítores borrachos al ver los billetes con los que presumía su
padre, orgulloso, como si los hubiese ganado él. Por suerte, ignoraron a Neil y
pudo ir a curarse las heridas. Estaba acostumbrado a hacerlo solo. En ese lugar
era mejor no necesitar a nadie. Se duchó, cubrió las heridas abiertas con
apósitos y salió de la caravana muerto de hambre, solo con unos pantalones
vaqueros y descalzo. Fue hasta la hoguera donde había una olla con guiso, carne
asada y pan tostado, y comió hasta que le dolió el estómago.
—¿Quieres
una cerveza para celebrarlo? —le dijo el líder de la manada, sentándose a su
lado de repente.
Neil
se tensó y negó con la cabeza.
—¿Cuándo
aprenderás a divertirte? —preguntó con sorna, dándole una palmada en la espalda
que le hizo rechinar los dientes.
—Solo
quiero descansar.
Lo
miró de soslayo. Joshua también tenía cicatrices, como casi todos los
cambiantes, sobre todo lo que pertenecían a manadas pobres y abandonadas por
una sociedad que rechazaba y despreciaba a su especie. Llevaba la barba larga y
descuidada, manchada por gotas de cerveza. Se suponía que a un líder había que
respetarlo y admirarlo, tal vez también temerlo, pero lo único que Neil sentía
por el líder de su manada era asco.
—En
la vida hay que esforzarse, chaval, pero también hay que encontrar algo por lo
que merezca la pena ese esfuerzo.
—¿Y
el alcohol haría que mereciese la pena?
Joshua
rio con un brillo peligroso en la mirada.
—El
alcohol y el sexo son lo único que hace que todo merezca la pena. Lo demás es
una mierda.
Neil
se lo quedó mirando solo para tenerlo controlado mientras permaneciese a su
lado, pendiente de cada movimiento, sin ninguna respuesta que ofrecerle, hasta
que vació la botella de un trago y la lanzó a la hoguera, haciendo añicos el
cristal contra los troncos.
—Lo
has hecho muy bien, sigue así —le apoyó una mano en el muslo, tocándolo por
segunda vez, y Neil tuvo que contenerse para no gruñirle, no quería recibir más
golpes esa noche—, y si necesitas ayuda para que merezca la pena, con
cualquiera de las dos opciones que te he dado, puedes contar conmigo.
¿Entiendes?
—Comprendo
—contestó con los dientes apretados.
—Bien,
te dejo disfrutar de tu victoria a solas.
Le
guiñó un ojo y se marchó.
Entonces
todo lo que había comido se revolvió en su estómago. No era la primera vez que
Neil recibía ese tipo de insinuaciones, y no solo de su líder, pero por el
momento nadie había cruzado la línea que él marcaba como distancia con su
manada. Ninguno de esos desgraciados le pondrían un dedo encima excepto para
darle una paliza cuando quisieran castigarlo. Neil no permitiría que le tocasen
para nada más.
En
una manada era natural el desnudo, el contacto físico e incluso el sexo
puramente instintivo, pero Neil nunca había conseguido encajar con los demás de
esa forma. No los quería, no los respetaba, para él la manada solo significaba
dolor y sometimiento. Esa línea no la cruzaría jamás. Les odiaba tanto que no
podría soportarlo.
Se
alejó de la hoguera, inquieto, y empezó a buscar con la mirada al único
cambiante que no odiaba. Al único que podía llamar amigo. ¿Todavía no había
vuelto de su pelea? Buscó su rastro paseando entre las caravanas. Algunos
cambiantes se transformaron para salir a correr, les gustaba jugaban a
perseguirse, se gruñían y aullaban a la luz de la luna. Esos sonidos se
mezclaron con otros tipos de gritos, tanto dentro como fuera de las caravanas.
No había intimidad ni privacidad dentro de una manada. Con tantos olores
abrumándolo le resultaba difícil seguir un rastro. Sexo, humo, sudor, alcohol,
tierra, gasolina, comida, sangre. No solo la suya.
Neil
frunció el ceño y aspiró con fuerza, saboreando todos los olores.
Poco
después sintió un ligero toque de su esencia en el viento y siguió su instinto
hasta encontrarlo.
Ojalá
no lo hubiese hecho, pensó.
Ojalá
lo hubiese hecho antes. Antes de pensar en sus heridas. Antes de pensar en su
hambre. Antes de que fuese demasiado tarde.
Corrió
hacia él y se arrodilló a su lado. Estaba recostado contra el tronco de un
árbol y respiraba jadeando, con un pitido desagradable que escapa de sus
pulmones.
—Ray,
Ray —lo llamó, cogiendo su cabeza con cuidado para mirarle. Casi no le
reconocía por lo desfigurado que le habían dejado—. ¿Qué ha pasado?
La
voz le temblaba tanto como las manos.
Ray
parpadeó, o lo intentó, y vio a Neil. Sus labios sanguinolentos sonrieron.
—Pensaba
que no volvería a verte.
—Ray
—jadeó Neil con desesperación.
—Perdí
—tosió con fuerza, escupiendo sangre sobre Neil—. Habían apostado mucho —volvió
a toser, doblándose de dolor—. Contra otra manada.
Neil
intentó sujetarle, aunque sabía que con solo tocarle le hacía daño. Se hizo un
ovillo sobre él, como si pudiera protegerlo con su propio cuerpo, pero ya no
podía protegerlo de nada.
—Lo
siento.
—No,
Neil, no. Yo no. Se acabó.
Lo
entendía.
—Shhhh.
No desperdicies fuerzas.
No
podía decirle que aguantase, que llegaría ayuda, que llamaría a un médico, que
se pondría bien.
—Neil.
—Calla.
—Neil
—tosió con tanta fuerza que estuvo a punto de vomitar.
—¿Qué?
Se
miraron. Los ojos verdes de Neil, brillantes por las lágrimas, contra los de
Ray, ensangrentados e hinchados, el azul de su iris apagado. Neil sujetaba su
rostro con cuidado, sosteniéndole la cabeza para mirarle.
—Huye.
—Estás
loco.
—Huye,
Neil. No acabes como yo.
—No
puedo…
—No
dejes que te hagan esto.
—Ray
—susurró.
—Por
mí.
No
pudo contradecirle. No dijeron nada más. Se miraron hasta que Ray soltó su
último aliento. Neil dejó su cuerpo en el suelo empapado con su sangre y se
levantó con los puños apretados, en su interior algo lo estrujaba y desgarraba.
Gritó hasta sacárselo de dentro, con tanta rabia que unos pájaros que estaban
posados en los árboles cercanos volaron asustados. Le dolía la garganta cuando
terminó y de repente, en el silencio, escuchó una risa a lo lejos, llevada
hasta él por el viento.
Corrió
hacia un lado para apartarse y vomitó apoyado contra otro árbol. Luego se
limpió la boca, escupió, y fue a buscar una pala. Llevó el cuerpo de su único
amigo al bosque y cavó una tumba para él. No muy profunda, lo justo para
cubrirle y que tuviera un lugar en el que descansar en paz.
Descansar,
por fin. Neil lo entendía. Sabía que su amigo no había muerto con miedo. Lo que
de verdad daba miedo era vivir sabiendo que cada día de tu vida sentirías
dolor.
Cuando
acabó siguió moviéndose por inercia, como si algo lo manejase, sin poder pensar
con claridad.
Era
muy entrada la noche, la luna ya había empezado a descender, y el parque de
caravanas estaba en silencio, tranquilo mientras las bestias dormían.
Fue
hasta la caravana de sus padres y robó el dinero que había ganado esa noche.
Luego fue a la suya, donde vivía solo desde los diecisiete años, y metió ropa
en una mochila hasta llenarla; tampoco iba a dejar muchas pertenecías atrás,
tenía poco que le importase. Volvió a limpiarse con un trapo húmedo para no
hacer ruido, necesitaba quitarse de encima la tierra y la sangre, y se cambió
de ropa. Se colgó la mochila a la espalda y no se permitió pensar en lo que
estaba haciendo cuando un atisbo de pánico asomó tras los movimientos
autómatas.
Por
él lo intentaría, aunque significase su muerte también. Al menos moriría
intentando ser libre, luchando por sí mismo en vez de para otros.
Neil
se adentró en la noche y echó a correr.