Garras bajo la
piel
Fanfic inspirado en la trilogía All for the game de Nora Sakavic @norasakavic , publicada en español por Kakao Books @bookskakao : 1 La madriguera del zorro 2 El rey cuervo 3 La guardia del rey. Este fanfic está basado en la relación de Neil y Andrew #Andreil con un toque de fantasía y spicy +18
11 febrero 2025
10 febrero 2025
Capítulo 1
A
veces, en medio de una pelea, a Neil le costaba recordar por qué tenía que
seguir luchando. El rugido de la muchedumbre casi silenciaba los gruñidos de
los perros que estaban peleando en el cuadrilátero de tierra sucia. El ambiente
olía a sudor y cerveza, a desesperación y sed de sangre. Los cobardes que
disfrutaban mirando agitaban los puños con violencia entre gritos: “¡Vamos,
ataca!” “¡Venga, chucho, a la yugular!” “¡Destrózalo, he apostado por ti!”.
Pero para Neil solo eran una cacofonía lejana, había aprendido a no dejar que
le distrajesen, esa fue una de las primeras lecciones que llevaba marcada en la
piel.
La
segunda lección fue no tener piedad, daba igual si peleaba contra otro
cambiante o contra un animal, daba igual si notaba el miedo en su mirada o
titubeo en sus ataques, incluso daba igual si solo se defendía. Neil tenía una única
opción para sobrevivir: ganar. Porque si no lo hacía, después de la pelea le
esperaba otra paliza, y llevaba mucho tiempo preguntándose cuál sería la
última, la que le mataría.
Esquivó
un zarpazo y lanzó una dentellada para mantenerlo apartado, necesitaba
recuperar el aliento durante unos segundos, tenía dos heridas que sangraban
demasiado y se estaba agotando. El otro animal también jadeaba y cojeaba por un
mordisco en la pata derecha.
Neil
ya ni siquiera perdía tiempo en desear estar en otro lugar, en otra familia, en
otra manada. En otra vida. Pero el cansancio que sentía a sus escasos veinte
años le calaba hasta los huesos. Era un cansancio de hastío de vida, de abulia
paralizante. Solo el dolor le hacía seguir adelante.
Atacó
con sus últimas fuerzas, le dio un zarpazo en los ojos y se lanzó a por su
cuello cuando agachó la cabeza gimoteando. Le hizo aullar de dolor al clavarle
los dientes con rabia, una rabia que iba dirigida hacia todos menos ese pobre animal
al que también estaban obligando a luchar. Desgarró piel y músculo y se le
llenó la boca de sangre. Odiaba el sabor de la sangre. Intentó tragar lo menos
posible y tumbó al otro en el suelo, doblegándolo hasta que ya no pudo moverse.
Lo soltó, sabiendo que aunque él no lo hubiese matado directamente, lo había
sentenciado a muerte; sus dueños lo ejecutarían en cuanto despejasen el
cuadrilátero para la próxima pelea. Ya no servía para nada más.
En
algún momento, Neil tampoco serviría para nada más. Pero sería en otro momento,
esa noche había vuelto a ganar; eso era lo único que importaba. Los humanos
gritaban encolerizados y borrachos, algunos enfadados por haber perdido la
apuesta y otros concentos por haberla ganado, como sus padres.
Neil
jamás había celebrado o disfrutado sus victorias, solo significaban seguir vivo
un día más y recibir una buena cena esa noche.
Mientras
se apartaba del perro caído e intentaba olvidarlo, aunque se quedaría para
siempre clavado en su conciencia, se acercó hasta donde sus padres agitaban los
brazos entre risas desquiciadas. Como no había luchado contra otro cambiante,
no le había acompañado la manada entera, solo sus dueños. Le abrieron la puerta
para que saliese del cuadrilátero y le palmearon los costados sin importarles
el dolor que pudiera sentir, demasiado abstraídos en su nauseabundo júbilo.
La
madre se lo llevó y el padre fue a recoger sus ganancias. Cuando estuvo alejado
de todos, en un cuartucho sucio que una vez fue el baño de la fábrica
abandonada donde llevan a cabo las peleas clandestinas, Neil volvió a su forma
humana. Jadeó de dolor con su propia voz y se apoyó contra la pared sucia antes
que hacerlo en su madre. Estaba desnudo, sangrando y debilitado, pero a la
mujer no le importó, le prestaba más atención al botellín de cerveza que estaba
vaciando y al cigarro que consumía compulsivamente.
—Venga,
vístete, que estoy deseando llegar a casa.
—Sí,
yo también estoy cansado —contestó él con ironía y la voz ronca.
Su
madre le lanzó una mirada de reojo y lo ignoró, no valía ni para que se
ofendiera por él. No valía ni el dinero que les hacía ganar porque cuando ya no
estuviese simplemente lo sustituirían por otro.
Neil
suspiró y se puso la ropa deportiva con manos torpes y un par de tropiezos al
meter las piernas en el pantalón. Ya se curaría las heridas cuando llegase a
casa. Los cambiantes eran más fuertes que los humanos, sanaban antes y era más
difícil que enfermasen o que sufriesen infecciones. Evitó mirarse en el espejo
roto y lleno de mugre y salieron de allí, directos hacia la camioneta para
esperar a su padre. Neil se tumbó en los asientos traseros y la madre ocupó el
lugar del copiloto con otro cigarro colgando de los labios.
Su
hijo observó las cicatrices que tenía en el cuello y la nuca, además de otras
repartidas por el cuerpo que cubría la ropa; a ella también la habían obligado
a pelear de joven, por eso Neil era absolutamente incapaz de entender cómo
podía hacerle eso a él, si conocía de primera mano lo que suponía estar en ese
infierno. El miedo, la culpa, el dolor, el sabor a sangre y tierra, el no saber
si te dejarán lisiado o si te matarán, el desear a veces que te dejen lisiado o
te maten de una maldita vez.
Ella
dejó de pelear al casarse muy joven y quedarse embarazada. Neil no quería
pensar que solo lo tuvo por eso, para pasarle su mala suerte. Su padre, por el
contrario, nunca tuvo que pelear por sí mismo, por eso odiaba muchísimo más a
su madre.
Su
padre apareció agitando el fajo de billetes que habían ganado y entró en la
camioneta soltando una carcajada y dándole un sonoro beso a su mujer.
—¡Así
se hace, muchacho! Mira todo lo que nos has hecho ganar.
Unos
miles de dólares manchados de sangre.
Le
restregó los billetes por la cara y Neil la apartó, dándose la vuelta para
apretarse contra el respaldo. Su padre se rio y encendió el motor, provocando
que la vibración agitase cada centímetro de su maltrecho cuerpo. Neil apretó
los dientes y cerró los ojos con fuerza. Su madre puso música en la radio y
fueron todo el camino de vuelta como si él no estuviera detrás hecho un ovillo,
rezando para que el coche se estrellase y los matase.
***
Tardaron
media hora en llegar al parque de caravanas donde vivía la manada. Los
recibieron entre vítores borrachos al ver los billetes con los que presumía su
padre, orgulloso, como si los hubiese ganado él. Por suerte, ignoraron a Neil y
pudo ir a curarse las heridas. Estaba acostumbrado a hacerlo solo. En ese lugar
era mejor no necesitar a nadie. Se duchó, cubrió las heridas abiertas con
apósitos y salió de la caravana muerto de hambre, solo con unos pantalones
vaqueros y descalzo. Fue hasta la hoguera donde había una olla con guiso, carne
asada y pan tostado, y comió hasta que le dolió el estómago.
—¿Quieres
una cerveza para celebrarlo? —le dijo el líder de la manada, sentándose a su
lado de repente.
Neil
se tensó y negó con la cabeza.
—¿Cuándo
aprenderás a divertirte? —preguntó con sorna, dándole una palmada en la espalda
que le hizo rechinar los dientes.
—Solo
quiero descansar.
Lo
miró de soslayo. Joshua también tenía cicatrices, como casi todos los
cambiantes, sobre todo lo que pertenecían a manadas pobres y abandonadas por
una sociedad que rechazaba y despreciaba a su especie. Llevaba la barba larga y
descuidada, manchada por gotas de cerveza. Se suponía que a un líder había que
respetarlo y admirarlo, tal vez también temerlo, pero lo único que Neil sentía
por el líder de su manada era asco.
—En
la vida hay que esforzarse, chaval, pero también hay que encontrar algo por lo
que merezca la pena ese esfuerzo.
—¿Y
el alcohol haría que mereciese la pena?
Joshua
rio con un brillo peligroso en la mirada.
—El
alcohol y el sexo son lo único que hace que todo merezca la pena. Lo demás es
una mierda.
Neil
se lo quedó mirando solo para tenerlo controlado mientras permaneciese a su
lado, pendiente de cada movimiento, sin ninguna respuesta que ofrecerle, hasta
que vació la botella de un trago y la lanzó a la hoguera, haciendo añicos el
cristal contra los troncos.
—Lo
has hecho muy bien, sigue así —le apoyó una mano en el muslo, tocándolo por
segunda vez, y Neil tuvo que contenerse para no gruñirle, no quería recibir más
golpes esa noche—, y si necesitas ayuda para que merezca la pena, con
cualquiera de las dos opciones que te he dado, puedes contar conmigo.
¿Entiendes?
—Comprendo
—contestó con los dientes apretados.
—Bien,
te dejo disfrutar de tu victoria a solas.
Le
guiñó un ojo y se marchó.
Entonces
todo lo que había comido se revolvió en su estómago. No era la primera vez que
Neil recibía ese tipo de insinuaciones, y no solo de su líder, pero por el
momento nadie había cruzado la línea que él marcaba como distancia con su
manada. Ninguno de esos desgraciados le pondrían un dedo encima excepto para
darle una paliza cuando quisieran castigarlo. Neil no permitiría que le tocasen
para nada más.
En
una manada era natural el desnudo, el contacto físico e incluso el sexo
puramente instintivo, pero Neil nunca había conseguido encajar con los demás de
esa forma. No los quería, no los respetaba, para él la manada solo significaba
dolor y sometimiento. Esa línea no la cruzaría jamás. Les odiaba tanto que no
podría soportarlo.
Se
alejó de la hoguera, inquieto, y empezó a buscar con la mirada al único
cambiante que no odiaba. Al único que podía llamar amigo. ¿Todavía no había
vuelto de su pelea? Buscó su rastro paseando entre las caravanas. Algunos
cambiantes se transformaron para salir a correr, les gustaba jugaban a
perseguirse, se gruñían y aullaban a la luz de la luna. Esos sonidos se
mezclaron con otros tipos de gritos, tanto dentro como fuera de las caravanas.
No había intimidad ni privacidad dentro de una manada. Con tantos olores
abrumándolo le resultaba difícil seguir un rastro. Sexo, humo, sudor, alcohol,
tierra, gasolina, comida, sangre. No solo la suya.
Neil
frunció el ceño y aspiró con fuerza, saboreando todos los olores.
Poco
después sintió un ligero toque de su esencia en el viento y siguió su instinto
hasta encontrarlo.
Ojalá
no lo hubiese hecho, pensó.
Ojalá
lo hubiese hecho antes. Antes de pensar en sus heridas. Antes de pensar en su
hambre. Antes de que fuese demasiado tarde.
Corrió
hacia él y se arrodilló a su lado. Estaba recostado contra el tronco de un
árbol y respiraba jadeando, con un pitido desagradable que escapa de sus
pulmones.
—Ray,
Ray —lo llamó, cogiendo su cabeza con cuidado para mirarle. Casi no le
reconocía por lo desfigurado que le habían dejado—. ¿Qué ha pasado?
La
voz le temblaba tanto como las manos.
Ray
parpadeó, o lo intentó, y vio a Neil. Sus labios sanguinolentos sonrieron.
—Pensaba
que no volvería a verte.
—Ray
—jadeó Neil con desesperación.
—Perdí
—tosió con fuerza, escupiendo sangre sobre Neil—. Habían apostado mucho —volvió
a toser, doblándose de dolor—. Contra otra manada.
Neil
intentó sujetarle, aunque sabía que con solo tocarle le hacía daño. Se hizo un
ovillo sobre él, como si pudiera protegerlo con su propio cuerpo, pero ya no
podía protegerlo de nada.
—Lo
siento.
—No,
Neil, no. Yo no. Se acabó.
Lo
entendía.
—Shhhh.
No desperdicies fuerzas.
No
podía decirle que aguantase, que llegaría ayuda, que llamaría a un médico, que
se pondría bien.
—Neil.
—Calla.
—Neil
—tosió con tanta fuerza que estuvo a punto de vomitar.
—¿Qué?
Se
miraron. Los ojos verdes de Neil, brillantes por las lágrimas, contra los de
Ray, ensangrentados e hinchados, el azul de su iris apagado. Neil sujetaba su
rostro con cuidado, sosteniéndole la cabeza para mirarle.
—Huye.
—Estás
loco.
—Huye,
Neil. No acabes como yo.
—No
puedo…
—No
dejes que te hagan esto.
—Ray
—susurró.
—Por
mí.
No
pudo contradecirle. No dijeron nada más. Se miraron hasta que Ray soltó su
último aliento. Neil dejó su cuerpo en el suelo empapado con su sangre y se
levantó con los puños apretados, en su interior algo lo estrujaba y desgarraba.
Gritó hasta sacárselo de dentro, con tanta rabia que unos pájaros que estaban
posados en los árboles cercanos volaron asustados. Le dolía la garganta cuando
terminó y de repente, en el silencio, escuchó una risa a lo lejos, llevada
hasta él por el viento.
Corrió
hacia un lado para apartarse y vomitó apoyado contra otro árbol. Luego se
limpió la boca, escupió, y fue a buscar una pala. Llevó el cuerpo de su único
amigo al bosque y cavó una tumba para él. No muy profunda, lo justo para
cubrirle y que tuviera un lugar en el que descansar en paz.
Descansar,
por fin. Neil lo entendía. Sabía que su amigo no había muerto con miedo. Lo que
de verdad daba miedo era vivir sabiendo que cada día de tu vida sentirías
dolor.
Cuando
acabó siguió moviéndose por inercia, como si algo lo manejase, sin poder pensar
con claridad.
Era
muy entrada la noche, la luna ya había empezado a descender, y el parque de
caravanas estaba en silencio, tranquilo mientras las bestias dormían.
Fue
hasta la caravana de sus padres y robó el dinero que había ganado esa noche.
Luego fue a la suya, donde vivía solo desde los diecisiete años, y metió ropa
en una mochila hasta llenarla; tampoco iba a dejar muchas pertenecías atrás,
tenía poco que le importase. Volvió a limpiarse con un trapo húmedo para no
hacer ruido, necesitaba quitarse de encima la tierra y la sangre, y se cambió
de ropa. Se colgó la mochila a la espalda y no se permitió pensar en lo que
estaba haciendo cuando un atisbo de pánico asomó tras los movimientos
autómatas.
Por
él lo intentaría, aunque significase su muerte también. Al menos moriría
intentando ser libre, luchando por sí mismo en vez de para otros.
Neil
se adentró en la noche y echó a correr.
09 febrero 2025
Capítulo 2
Neil
corrió hasta el amanecer. Tan rápido como pudo, sin detenerse a descansar un
solo instante, aunque dejase de sentir las piernas, aunque le doliesen los
pulmones, aunque no supiese hacia dónde iba. Corrió para dejarlo todo atrás.
Al
amanecer se dirigió a la carretera más cercana e intento hacer autoestop, pero
nadie se dignó a recogerle, a saber las pintas que tenía después de horas
corriendo, así que siguió caminando con la boca seca y el cuerpo dolorido hasta
llegar a una gasolinera en medio de la nada donde había también un puesto de
descanso para camiones.
Compró
agua y comida, se sentó en el bordillo fuera de la tienda para degustar su
manjar con el estómago revuelto y por primera vez fue totalmente consciente de
lo que estaba haciendo. De lo lejos que estaba de la manada, de que ya se
habrían dado cuenta de que se había marchado, y no solo eso, también de que les
había robado.
Neil
tembló y masticó con dificultad el último pedazo del sándwich, su cuerpo lo
necesitaba para poder seguir adelante. Se terminó la botella de agua y fue al
baño. Al apoyarse en el lavabo le temblaban las manos. Se miró en el espejo.
Tenía los ojos enrojecidos, estaba pálido por el pánico y llevaba todo el pelo
revuelto por el viento.
Joder,
qué estaba haciendo. Estaba firmando su sentencia de muerte. No tenía ningún
lugar al que ir. ¿Hacia dónde huiría? ¿Y qué haría después? No tenía ningún
plan. Ni nada.
Se
le aceleró la respiración y tuvo que agacharse de cuclillas, jadeando en busca
de aire.
Iban
a despedazarle cuando le encontrasen. Porque le encontrarían. No podía escapar
de la manada. No debería haber huido. Era un estúpido y ahora sería un estúpido
muerto. Un estúpido con sentencia de muerte sobre su cabeza.
No
tenía ningún futuro. Ni con la manada, ni fuera de ella. ¿Entonces qué? Morir
dentro o morir fuera. Morir por ellos o morir contra ellos.
Neil
aguantó la respiración hasta que su corazón dejó de retumbar dentro del pecho y
vio puntitos blancos al marearse. Soltó el aire lentamente y volvió a llenarse
los pulmones despacio, controlando la respiración, controlando el pánico, hasta
que pudo levantarse y volver a mirarse.
Estaba
hecho un desastre.
Se
echó agua fría en la cara para despejarse y en el pelo para peinarse un poco
con los dedos. Le sentó bien refrescarse. Bebió un poco más de agua y alivió su
vejiga antes de salir para buscar un buen samaritano que pudiese llevarle a
cualquier lugar lejos de allí. Tal vez hubiese algún lugar en el mundo en el
que pudiese esconderse. Alimentó sus vanas esperanzas para mantenerse en pie y
su último recuerdo de Ray.
Se
conocían desde hacía más de diez años, cuando la familia de Ray llegó a la
manada de Neil y fueron aceptados entre los suyos. Al principio no se llevaron
bien, peleaban más que hablaban, a ambos les costaba confiar, hasta que
aprendieron que juntos sobrevivían mejor que separados, que podían ser un apoyo
para el otro, y eso valía mucho allí. Y con su último aliento le había pedido
que huyese, por él. Así que eso haría. Por él. Por todas las veces que lo
planearon juntos y nunca se atrevieron a hacerlo. Porque el tiempo pasaba y las
oportunidades se agotaban y nada cambiaba si no lo hacías tú mismo.
Neil
compró un mapa en la gasolinera, colonia barata para rociarse con ella y
disimular su olor, y encontró un camionero que iba lo suficientemente lejos
para que sintiese que podía volver a respirar. No le hizo demasiadas preguntas
y Neil encontró mentiras con rapidez, estaba acostumbrado.
Se
subió al camión y se acomodó en el asiento espacioso junto al desconocido que
iba a ayudarle a huir.
Después
de conducir durante tres horas seguidas, pararon para comer y estirar las
piernas. El camionero le invitó a un bocadillo caliente y fingió que se tragaba
sus mentiras. Tampoco eran de su incumbencia. Su presencia no le molestaba y
parecía un chico perdido intentando encontrarse, así que lo llevó lo más lejos
que pudo, hasta la ciudad donde tenía que dejar la mercancía. Llegaron antes
del atardecer y allí también le dejó a él, en otra gasolinera en el centro de
la ciudad, como a un perro abandonado.
—¿Seguro
que estarás bien, chico?
—Sí,
gracias por todo.
El
camionero asintió y se marchó, no podía llegar tarde a la entrega, y después de
dormir el resto de la noche en cualquier hotel habría olvidado a aquel chico y
volvería a casa con su familia.
Neil
volvió a comprar agua y comida y empezó a callejear por esa nueva ciudad desconocida,
llena de posibilidades y gente y ruido. Al final, sin ningún sitio al que ir,
acabó tumbándose en el banco de un parque y contempló las estrellas durante
toda la noche. Había dormido suficiente en el camión durante el trayecto de la
tarde.
Al
amanecer tomó café y bollos en una cafetería y empezó a relajarse de verdad.
Había pasado dos noches lejos de la manada y seguía vivo. Tal vez le dejasen en
paz, no merecía la pena el esfuerzo de buscarlo para matarlo, lo sustituirían
por otro que ganase peleas y se olvidarían de él. Era una opción. Tampoco les
había robado tanto dinero, unos miles de dólares.
Mierda.
Claro
que le perseguirían.
Matarían
a su propia madre por un solo billete.
Lo
que tenía que hacer era encontrar algo por lo que mereciera la pena seguir
luchando hasta que le encontrasen y después haber tenido algo por lo que
mereciese la pena morir.
Se
terminó el bollo y el café y deambuló durante todo el día, conociendo su nueva
ciudad, mucho más grande que de donde venía. Esa noche buscó refugio porque
necesitaba dormir y se alejó hacia las afueras para buscar tranquilidad.
Encontró una casa abandonada y durmió sin descansar en toda la noche, abrazado
con fuerza a su mochila y alerta por si escuchaba algún ruido de pasos
acercándose.
Debería
encontrar algún lugar donde quedarse. Tal vez un trabajo y una habitación en
algún piso compartido. Pero necesitaba unos días para asegurarse de que no
vendrían a por él. Así que siguió deambulando como un vagabundo, comiendo poco
para ahorrar y durmiendo mal, buscando en los periódicos tirados anuncios de
trabajo cuestionables y mal pagados donde no pidiesen muchos papeles ni
hiciesen muchas preguntas.
Hasta
que una noche se topó con un campus universitario y contuvo el aliento
observando su gran arco de piedra de entrada. Neil siguió caminando, rodeando
su inmensidad, hasta que decidió colarse saltando el muro, seguro que las
entradas estaban vigiladas y así no dejaría rastro. Después de terminar el
instituto no le permitieron seguir estudiando, aunque a él le habría gustado,
ser algo más que un animal para peleas.
Como
llevaba mochila y era joven pasó desapercibido cuando se cruzó con algunos
alumnos rezagados y con un guardia de seguridad, aunque este le echó un vistazo
y Neil se tensó, pero el guardia siguió su camino. Era tarde para fingir que
salía de alguna clase, por suerte, no tuvo que hacerlo. Entonces sonrió y se
adentró en el campus con menos miedo. Encontró un pabellón enorme que llamó su
atención, parecía un gimnasio pero con más categoría, mucho más cuidado. En la
entrada había un cartel metálico en el que se leía “Los Zorros de Palmetto” sobre
la silueta de una cancha de baloncesto. Neil probó a tirar de la puerta sin
mucho ímpetu y se sorprendió al poder abrirla. Era su día de suerte, podría
darse una ducha y dormir caliente.
Se
encerró en los vestuarios y se quitó de encima toda la suciedad de llevar
varios días vagabundeando. También lavó la ropa y la dejó tendida sobre los
bancos de madera, no se secaría del todo durante la noche pero sí lo
suficiente. Al lado había una sala con sofás y sillones y una televisión.
Contuvo las ganas de encenderla y se acurrucó en el sofá más grande, de tres
plazas, soltando un profundo suspiro. No había notado que estuviera tan
cansando, pero de repente su cuerpo pesaba toneladas y los cojines le
engullían. Se quedó dormido enseguida.
***
Estaba
tan profundamente dormido que no notó que ya no se encontraba solo hasta que
una mano se posó en su hombro. En ese instante dio un respingo, se quitó la
mano de encima con un manotazo y saltó del sofá con la mochila contra el pecho,
gruñendo como un animal acorralado.
—Ey,
ey, tranquilo. No voy a hacerte daño —dijo otra voz masculina.
Neil
consiguió enfocar la mirada y encontrarle en la penumbra. La luz de las farolas
entraba por las ventanas y la del pasillo por la puerta entreabierta.
—Tranquilo
—repitió el extraño.
Era
un chico de su edad, cabello claro, alto, no podía distinguir el color de sus
ojos. Alzaba las manos con las palmas hacia fuera para mostrarse inofensivo y
Neil cerró la boca y apretó los dientes, buscando con la mirada un lugar por
donde huir con rapidez. La puerta que estaba abierta. Fácil. Se giró hacia un
lado, delatándose con su cuerpo, y el otro fue más rápido.
—Te
prometo que no quiero problemas ni hacerte daño —dijo, cubriendo la salida con
su cuerpo—, pero te has colado en nuestro pabellón y creo que al menos merezco
alguna respuesta. ¿Quién eres?
El
otro chico esperó respuesta hasta que se dio cuenta de que no iba a contestar
nada. Suspiró y dejó caer los brazos.
—Me
llamo Nicky, juego en los Zorros y estudio en la universidad. ¿Y tú?
El
extraño se armó de toda su paciencia, tenía mucha.
—No
eres de aquí, ¿verdad?
Neil
aceptó que no podía huir tan rápido como quería así que relajó los hombros y
negó con la cabeza.
—No
he causado daños, deja que me vaya y no volveré.
—¿Sabes?
Aunque no lo creas, has llegado al sitio ideal para chicos perdidos —dijo Nicky
con una sonrisa.
—¿Quién
dice que esté perdido?
Nicky
lo miro de arriba abajo y arqueó una ceja, cruzándose de brazos y apoyándose en
el marco de la puerta. Neil se sintió expuesto y retrocedió un paso, aunque eso
lo alejase más de la puerta.
—Yo
también estuve perdido una vez.
—Dudo
que tú y yo tengamos nada en común —contestó Neil con rabia.
—Tú
no tienes nada, eso seguro. —Neil recibió sus palabras como un golpe y apretó
con más fuerza la mochila—. Pero yo tengo una casa con un sofá más cómodo y
desayuno para mañana.
Neil
frunció el ceño de forma casi cómica, como si le estuviese hablando en otro
idioma e intentase descifrarlo. Entonces Nicky se apartó de la puerta para
dejarle salir.
—No
voy a retenerte en contra de tu voluntad. Si no has roto ni robado nada podrás
marcharte y será como si nunca hubieras estado aquí. Pero te ofrezco otra
opción: venir conmigo esta noche, dormir en un lugar seguro y tiempo para
pensar mañana qué vas a hacer.
—No
sabes nada de mí.
—Sé
que pareces inofensivo.
Neil
soltó una carcajada amarga que no inmutó a Nicky.
—No
sé nada de ti.
—Puedes
confiar en que también soy inofensivo.
—Confiar…
—susurró Neil, incrédulo.
Solo
había confiado en una única persona en toda su miserable vida y ahora estaba
enterrado bajo tierra. Ray también había confiado en él y Neil le había
fallado.
—Sí,
confiar. Es una palabra de nuestro idioma, si quieres te explico su
significado.
Neil
bufó y Nicky sonrió.
—¿Qué
pierdes por intentarlo?
—Podría
perderlo todo, aunque creas que no tengo nada.
—Lo
siento, no era mi intención ofenderte. Déjame que te haga una última pregunta:
¿Tienes algún lugar mejor donde ir?
No,
no lo tenía, y la respuesta se le notó en la cara porque Nicky asintió,
comprendiéndolo y esperando que cediese por fin.
—¿Por
qué me ayudas?
—Porque
pareces necesitarlo y a mí no me cuesta nada.
—¿Y
si te robo? ¿Y si te hago daño? ¿Y si no soy inofensivo?
—Vivo
con los chicos del equipo, así que creo que varios jugadores de baloncesto
podremos contigo… si hiciera falta. Y no pongas esa cara, nadie va a hacerte
daño si te portas bien. ¿Qué me dices?
Tal
vez Neil no fuese un jugador de baloncesto alto, fuerte y prepotente, pero era
un cambiante y lo que mejor se le daba era pelear, él también podría defenderse
si hiciera falta, así que sofá y desayuno en casa de ese extraño sonaban mejor
que casa abandonada y banco en el parque. Estaba descubriendo que también se le
daba bien huir, así que podría volver a hacerlo cuando fuese necesario.
Asintió
y la sonrisa de Nicky se hizo más grande.
—Tengo
que recoger algo de ropa del vestuario.
—Pues
vamos.
Llevó
la ropa mojada en la mano y salieron juntos del pabellón de baloncesto. Nicky
se aseguró de cerrarlo con llave y emprendieron el camino hacia su casa.
—Nuestra
residencia está cerca. Es una casa solo para nosotros, así nos tienen más
controlados a todos juntos.
Neil
asintió, fijándose en el camino que tomaban y en todo lo que había alrededor
para no desubicarse si necesitaba salir corriendo.
—Tienes
suerte de que te haya encontrado yo, ha sido toda una casualidad.
—¿Por
qué?
—Algunos
compañeros vienen a entrenar por la noche, yo prefiero descansar. Hoy se la han
tomado libre y de repente he recordado que no había cerrado la puerta en la
última sesión, por eso he tenido que venir. Si te hubieses encontrado con
alguno de los otros no habría acabado tan bien tu noche.
—¿Y
crees que se tomarán bien que me metas en su casa?
—Tranquilo,
sé manejarlos. Se quejarán un poco si queda alguno despierto, pero perro
ladrador poco mordedor.
Si
él supiera…
08 febrero 2025
Capítulo 3
Cuando
llegaron a la casa no había ninguna luz encendida y Nicky le explicó que al día
siguiente tenían entrenamiento muy temprano, por eso estarían todos durmiendo
ya. Subieron los escalones hacia el porche de la entrada y Nicky abrió despacio
para no hacer ruido, así se evitaban tener que dar explicaciones a esas horas.
—Aquí
abajo hay un baño al fondo del pasillo a la derecha. —le dijo en voz baja y sin
encender la luz—. No te preocupes, todos dormidos en la planta de arriba.
Tienes unas horas para descansar tranquilo. A las seis bajarán a desayunar.
Neil
lo siguió dentro del salón, a la izquierda de la casa, un espacio muy amplio
con varios sofás y sillones, algunas estanterías en las paredes y una
televisión enorme. Nicky le dirigió hasta el sofá más grande y extendió la
manta que estaba doblada en el respaldo.
—Por
si tienes frío —susurró.
También
hizo acopio de cojines para dejarlos a su alcance.
—Enfrente
tienes la cocina, hay agua fría en la nevera y puedes comer lo que quieras.
Neil
asintió, estupefacto por que no estuviese sucediendo nada extraño. Que nadie
estuviese intentando aprovecharse de él, o hacerle daño, o robarle los órganos.
Que aquel lugar no fuese una trampa, solo un hogar donde le habían permitido
entrar. Se extrañó de encontrar simple y llanamente altruismo. Al menos de
momento, no iba a bajar la guardia tan rápido.
—¿Estarás
bien?
Dudó
mirando a su alrededor, abrumado. Nicky le apoyó una mano en el hombro para
reconfortarlo, pero Neil dio un respingo y se apartó como si quemase.
—Perdona
—volvió a levantar las manos en son de paz y Neil asintió—. No me hagas
arrepentirme de esto, ¿vale? —Neil volvió a asentir con timidez, sintiéndose
fuera de lugar—. Y si mañana bajan ellos antes que yo, no dejes que te
intimiden y no te vayas antes de desayunar.
Neil
solo sabía asentir con cara de estar muy confuso e incluso más perdido que
antes. Nicky decidió dejarlo solo para que se acomodase, él también necesitaba
descansar antes del entrenamiento de mañana. Se quitó las zapatillas para subir
las escaleras con ellas en las manos y no hacer ni un ruido y realmente esperó
no haberse confundido con ese chico que ni siquiera le había dicho su nombre.
Parecía tan inofensivo y solo en ese viejo sofá cuando lo había encontrado, y
después tan asustado y perdido cuando se había despertado, que no pudo dejarlo
así. No sabía su nombre, pero sabía que se equivocaba al afirmar que no tenían
nada en común.
Nicky
se cambió de ropa con rapidez y se metió en la cama muerto de sueño.
Abajo,
Neil seguía de pie, quieto, mirando el sofá como si fuese un cocodrilo con las
fauces abiertas esperando para comerle. O tal vez lo era la casa y ya le había
engullido. Se acercó al sofá con cautela, acarició la manta suave, los cojines
mullidos y se atrevió a sentarse. Allí estaría muy cómodo, demasiado. Dirigió
su mirada a un sillón orejero que parecía más gastado, de ahí podría levantarse
con rapidez y echar a correr en segundos, incluso podía sentarse y dormir con
las zapatillas puestas. Eso hizo. Apoyo la cabeza en un lateral y abrazó la
mochila. Lo acunó el silencio, arrastrándolo a la oscuridad, y se quedó
dormido.
***
Neil
empezó a despertarse al notar un rayo de sol directamente en su rostro. No
abrió los ojos y giró un poco la cabeza, quería seguir durmiendo un poco más,
pero entonces notó lo que le hizo despertarse del todo: alguien lo estaba
observando. Abrió los ojos y se encontró con otro par de ojos negros,
clavándolo en el sitio. No podía moverse bajo su atenta y oscura mirada. Fría. Inexpresiva.
Contuvo el aliento, este chico no parecía amable y altruista como Nicky, sino
peligroso. Ya no se sentía seguro. No debería haberse descuidado tanto al bajar
la guardia.
—¿Y
tú quién eres?
Nadie
más se había despertado, estaban ellos solos allí abajo.
—Neil.
—Neil
—pronunció su nombre como intentando encontrar sus secretos en él—. Eso no me
dice mucho. ¿Qué haces en mi casa?
—Es
la casa de los zorros —contestó estúpidamente.
—Y
tú no eres uno de mis zorros.
Recalcó
la posesividad sobre el hogar y el equipo y Neil no supo qué más decir. Debería
marcharse, se sentía intimidado. Sus ojos negros lo escrutaban como si fuese un
insecto molesto, un intruso. El contraste con su piel blanca y su cabello rubio
claro los hacían parecer más insondables.
—Solo
lo repetiré amablemente una vez más. ¿Qué haces aquí?
—Me
invitó Nicky.
—¿De
qué le conoces?
—Lo
conocí anoche, yo… no tenía adónde ir.
—Vaya,
no me había enterado de que ahora somos un albergue.
—Me
iré ahora mismo, no quiero causar problemas.
—Ya
has causado problemas.
Apoyó
las manos en los reposabrazos, acorralando a Neil y él lo olió, intentando
descubrir si era humano o algo más. Parecía tan posesivo y dominante que podría
ser el líder de una manada y si lo fuera podría despedazarlo por entrar en su
territorio y dejar su olor en su hogar sin pedir permiso. No había humanos en
las manadas y Nicky lo era, pero este parecía algo más. Algo oscuro y retorcido.
Algo que no debería existir, como ellos. Sin embargo, al olfatearlo no encontró
más que olor humano.
—¿Y
tú quién eres? —preguntó en un susurro, hipnotizado por sus ojos negros.
El
otro soltó una carcajada sin humor y se alejó.
—¿Vienes
a mi casa sin permiso a preguntar quién soy?
—Tú
conoces mi nombre, quiero saber el tuyo —contestó haciendo acopio de valor.
Nicky
le dijo que no se dejase intimidar, pero, joder, podía haberle avisado de a lo
que se enfrentaba. Algo así como: mira, hay un capullo con muy mal genio que es
mejor no mirar ni a los ojos, si tropiezas con él hazte el muerto.
—Andrew
—dijo de repente.
Y
Neil pronunció su nombre como anteriormente había hecho él con el suyo.
—Shhhh.
No lo pronuncies en vano o apareceré como una pesadilla —dijo en voz baja y
ronca, erizándole la piel.
Neil
nunca pensó que sentiría miedo de un humano.
Escucharon
algo de alboroto arriba, otros empezaban a despertar, y pronto los pasos
bajaron por la escalera entre bostezos sonoros. Neil tuvo ganas de salir
corriendo en ese momento, antes de que todo empeorase, pero seguía teniendo a
Andrew demasiado cerca y demasiado pendiente de él.
—Buenos
días.
Andrew
asintió con la cabeza hacia la voz e hizo el mismo gesto sin mucha efusividad
hacia los demás que iban saludándolo al llegar. Fueron directos a la cocina,
por eso no vieron a Neil. De repente alguien bajó corriendo como si le fuera la
vida en ello, derrapó en el pasillo del recibidor, entre la cocina abierta y el
salón, y luego se acercó despacio, casi con cautela. Neil olió a Nicky antes de
verlo aparecer por un lateral del sillón.
—Vaya,
sigues aquí.
Neil
se encogió de hombros y fue Andrew quien contestó.
—Sorpresa.
No he conseguido sacarle mucho a tu amigo, ¿me lo explicas tú? —preguntó
cruzándose de brazos.
—El
chico necesitaba ayuda y le tendí una mano, nada más.
—Le
tendiste nuestra mano, nuestra casa y mi sillón, por lo visto. ¿Qué te hace
pensar que nos parecería bien que metieses aquí un extraño?
Los
demás empezaron a aparecer por el salón atraídos por el tono de Andrew y se
fijaron con curiosidad en el chico de ojos verdes que abrazaba una mochila como
si le fuese la vida en ello.
—¿Ha
dormido aquí? —preguntó otro con el rostro casi tan inexpresivo como el de
Andrew y los ojos rasgados.
—Sí,
Kevin, no podía dejarlo tirado en la calle, a diferencia de vosotros dos —contestó
Nicky señalando al tal Kevin y a Andrew—, yo tengo alma.
—Enhorabuena
—dijo Andrew—. No juegues demasiado con ella, puede romperse.
—¿Y
dónde lo encontraste? —preguntó otro.
—Buena
pregunta —añadió Andrew.
Nicky
suspiró y Neil se preparó para que lo echasen de allí a patadas.
—Se
había colado en el santuario porque lo dejé abierto, estaba durmiendo en un
sofá.
Neil
frunció el ceño ante esa expresión religiosa para referirse a una cancha y unos
vestuarios, pero entendió rápidamente que para ellos significaba algo parecido.
—¿Te
colaste en nuestro santuario? —preguntó Kevin con una mueca en los labios.
Otro
se unió comiendo cereales de un cuenco y disfrutando del espectáculo.
—No
diría que me colé como un ladrón, la puerta estaba abierta —contestó
aparentando seguridad y entereza.
—¿Hiciste
algún destrozo? —preguntó Kevin, parecía enfadado, si ese rostro marmóreo
dejaba entrever algo.
—¡No!
Sólo me di una ducha y tampoco manché nada. Iba a dormir y largarme.
—¿Y
adónde irías después? —preguntó un chico con el pelo castaño, más oscuro y
corteo que el de Nicky, y los ojos marrones también. Su mirada y su tono de voz
eran amables.
—A
cualquier sitio. El plan era buscar trabajo y encontrar algún lugar en el que
quedarme.
—Le
dije que podía desayunar aquí y pensar después qué hacer con su vida.
El
chico de ojos amables asintió y le tendió una mano a Neil. Dudó un poco antes
de estrechársela y de un tirón lo ayudó a levantarse.
—Bienvenido
a casa de los zorros, me llamo Matt. No estamos acostumbrado a tener invitados,
pero seremos buenos anfitriones. —Lo último parecía una advertencia a sus
compañeros.
—Yo
soy Neil, gracias.
Entre
Matt y Nicky protegieron a Neil y lo acompañaron a la cocina, donde le hicieron
tomar asiento a la mesa del centro. Acomodó la mochila sobre sus piernas y
observó a los demás cuando se unieron sin protestar, en un silencio tenso. Nicky
y Matt empezaron a moverse por la cocina con coordinación haciendo café y
tostadas y huevos en la sartén. Le preguntaron si le gustaba el café y le
sirvieron uno cuando asintió, luego le pusieron delante un plato con dos
tostadas con mantequilla y un huevo revuelto. Algunos ya estaban comiendo, Neil
miró por encima del hombro y Matt asintió para animarle a empezar él también.
Estaba nervioso por la situación y por estar rodeado de tanta gente
desconocida, parecía un mono de circo al que todos observaban esperando que
hiciese algo, pero se forzó a comer y le sentó de lujo en el estómago; anoche
no había cenado.
—¿Y
de dónde vienes? —preguntó Kevin sin pizca de amabilidad en la voz.
—De
ningún lugar especial.
—Pero
de algún lugar habrás salido, aunque no sepas dónde vas a acabar tienes que
venir de algún sitio.
—De
un sitio sin importancia.
—Déjalo
en paz, Kevin —dijo uno que estaba comiendo cereales de colores. Sus ojos
azules eran muy oscuros y tenía el pelo negro rapado y las orejas llenas de
pendientes—. Por cierto, yo soy Liam.
Neil
asintió con gratitud y siguió comiendo hasta dejar el plato vacío.
—Venga,
chicos, que tenemos que estar en la cancha a las siete y media o el entrenador
nos cruje —apremió Matt dando una palmada.
Entre
todos recogieron, solo Neil se quedó quieto porque molestaría más de lo que
ayudaría, no sabía moverse en esa cocina como ellos. Luego subieron en trompa a
sus habitaciones para cambiarse y Neil todavía se estaba recuperando,
disfrutando de un momento de soledad y terminando de beber un vaso de agua
cuando bajaron en tiempo récord vestidos de chándal y llevando cada uno su
bolsa deportiva. Él se colgó la mochila al hombro y los siguió hasta fuera de
su casa dispuesto a despedirse de ellos cuanto antes.
—Bueno…
muchas gracias por todo, de verdad.
Andrew
y Kevin ni siquiera le miraron, le dieron la espalda y empezaron a caminar
hacia el pabellón. Por lo que había calculado Neil estaba a quince minutos de
distancia. Los demás les siguieron, despidiéndose brevemente de Neil con un
gesto de cabeza, al menos no eran unos completos maleducados.
—¿Estarás
bien? —preguntó Nicky con verdadera preocupación.
—Supongo.
Hasta ahora se me ha dado bien sobrevivir —intentó sonreír aunque le salió una
mueca.
Nicky
estuvo a punto de apoyarle una mano en el hombro, acostumbrado al contacto
físico natural, pero se detuvo antes de hacerlo y la bajó con otra sonrisa
tensa.
—Oye,
¿por qué no vienes a vernos entrenar? Si no tienes nada que hacer… —propuso
Matt de repente.
—¿Para
qué?
—Tal
vez te guste el campus y quieras estudiar aquí.
Neil
soltó una áspera carcajada.
—No
soy un estudiante ni busco universidad. No tengo dinero.
—Hay
becas. Todos los zorros estamos becados por el baloncesto.
—Yo…
nunca he jugado al baloncesto.
—Pues
no sabes si algo te gusta hasta que lo pruebas, ¿verdad?
—Seguro
que soy malísimo.
—Hoy
solo mirarás. Decide después.
Nicky
simplemente presenciaba la conversación como si fuese un partido de tenis pero
mostrando su aprobación con asentimientos efusivos.
—¿Por
qué insistes?
—Porque
no tienes ningún lugar al que ir y este es un buen lugar donde quedarse.
Otra
vez con la misma manipulación que anoche le hizo Nicky, aunque eso no le
restaba veracidad.
¿Qué
tenía por perder si le daba una oportunidad? Todo. Pero ahora su vida era así,
todo pendía de un hilo en cada instante. Aunque, en realidad, siempre había
sido así.
Solo
miraría y pensaría. Intentaría imaginar un futuro allí y si no se iría tal y
como había llegado.
—Venga,
que no mordemos —bromeó Nicky.
Pero
él sí. Él traía consigo fauces y dientes y sed de sangre.
—Vale,
os acompaño.
Y
desesperación y soledad y muchísima necesidad de ser alguien diferente, de
encontrar un lugar para él.
07 febrero 2025
Capítulo 4
—Ven,
te presentaremos al entrenador.
Neil
siguió a Matt hasta la sala donde había intentado dormir esa noche, Nicky se
fue al vestuario. Al fondo de la sala, en una esquina, había una puerta con un cartel
pegado en la madera que indicaba que era un despacho. Matt llamó con los
nudillos y esperó hasta que una voz masculina le invitó a entrar. Neil entró
con él.
—Buenos
días, entrenador Parker.
Este
se quedó mirando al chico desconocido antes de enarcar una ceja hacia su
jugador. Estaba sentado en su escritorio, mirando papeles antes de que le
molestasen. Llevaba una barba oscura y cuidada, con algunas canas que también
decoraban su denso cabello corto. Su mirada era astuta y analítica, demasiado
para la tranquilidad de Neil, pero intentó relajarse y no parecer hostil. Lo
más importante de los secretos no era solo saber guardarlos, también era que
nadie notase que los tenías, o que no se interesasen demasiado por tus
claroscuros.
Neil
sonrió.
—Buenos
días, me llamo Neil.
—¿Estudias
aquí?
—Todavía
no —contestó Matt adelantándose—. Neil está pensando qué hacer con su futuro
así que le he invitado a vernos entrenar si no es molestia.
—¿Sabes
jugar al baloncesto?
—Nunca
lo he hecho.
—¿Te
gusta el baloncesto?
—No
lo sé, tampoco he visto partidos.
El
entrenador se cruzó de brazos y miró a Matt como preguntando “¿y este qué hace
aquí?”. Neil pasó el peso de su cuerpo de un pie a otro. Ojalá tuviese una
buena respuesta que darle.
—Yo
tampoco sé muy bien qué hago aquí, siendo sincero —dijo Neil—, pero no
molestaré. Me gustaría verlos jugar.
Ahora
le había picado la curiosidad, no quería irse, al menos todavía.
—Bueno,
al menos eres sincero. —Neil se mordió el interior de la mejilla para no
delatarse—. Puedes quedarte, ve a familiarizarte con la pista y a hablar con
los chicos, Matt se quedará un poco más conmigo.
—Bien,
gracias.
Neil
los dejó solos y cerró la puerta. No se quedó escuchando, no quería que le
pillasen haciéndolo, pero no puedo evitar escuchar al entrenador preguntarle a
Matt “¿de dónde has sacado a este chico?”, su voz traspasó la madera que los
separaba. Neil salió de aquella sala y siguió el pasillo hasta la cancha, donde
le guiaban las voces de los demás.
El
equipo al completo estaba en la pista, alrededor se alzaban las gradas de
varias alturas. Neil intentó imaginárselas llenas de gente vitoreándoles, pero
no podía imaginar cuántas personas cabrían allí dentro y el ambiente que
formaban. En ese momento se escuchaba el chirrido de la suela de las zapatillas
contra el suelo y las risas de los jugadores. Los chicos llevaban la misma ropa
de deporte con la que habían salido de casa, estaban haciendo estiramientos de
todo el cuerpo, ayudándose los unos a los otros en algunas posiciones. Neil se
acercó hasta sentarse en la grada más baja y dejó la mochila en el suelo entre
sus piernas. Nicky lo saludó con la mano al verlo y se acercó al trote.
—¿Qué
tal con el entrenador?
—Creo
que no le he gustado.
—Tranquilo,
nadie le gusta al principio, es un hueso duro de roer, pero por dentro está
blandito, te lo prometo.
Neil
se encogió de hombros, iba a contestar algo pero de repente se dio cuenta de
que Andrew y Kevin estaban mirándole y tampoco parecían muy contentos de verle
allí. Se acercaron sin prisa, como un animal al acecho; Neil conocía muy bien
esa forma de moverse, de acorralar. Los demás empezaron a correr alrededor de
la pista para calentar.
—¿Todavía
estás aquí? —preguntó Andrew mirándolo desde arriba.
Era
el de menor estatura del equipo; aunque decir eso entre jugadores de baloncesto
tampoco significaba mucho, comparado con los demás tenía una estatura media,
debía rondar el metro setenta y cinco, unos centímetros menos que Neil. Y aun
así podría mirar a cualquiera desde arriba, incluso no estándolo, era como una
ilusión óptica creada por su carácter y su dura mirada, le hacían parecer
intimidante.
Esos
ojos negros.
—¿De
verdad no tienes ningún sitio al que ir? No recogemos perros abandonados.
Neil
estuvo a punto de gruñirle.
—En
realidad, sí lo hacemos. Todos lo somos —contestó Nicky.
Andrew
silenció a Nicky con una sola mirada. Kevin parecía una estatua a su lado. A
Neil no le daban buena espina, pero conforme más tiempo pasaba con ellos menos
conseguían intimidarle; al fin y al cabo, estaba acostumbrado a los macho alfa
rabiosos.
—Tal
vez tengas que acostumbrarte a verme por aquí —se atrevió a decir.
Andrew
lo atrapó con su mirada. Cuando hacía eso no necesitaba decir nada, sus ojos
hablaban por él, y Neil se resistió todo lo que pudo a esos pozos de oscuridad,
parecían irradiar frío, tempestades de viento helado que congelarían hasta un
suspiro.
—Tal
vez… tal vez no.
El
entrenador apareció con Matt y rompieron la tensión del momento.
—Venga,
a calentar, pedazo de vagos —gritó el entrenador, haciendo que los que faltaban
se incorporasen a la carrera de los demás. Saludó a Neil con un asentimiento y
se quedó de pie al borde de la pista. Neil se relajó al quedarse solo y empezó
a observarlos con interés.
No
jugaron ningún partido, solo hicieron pases y tiros con las pelotas, pero a
Neil le gustó ver cómo se ejercitaban, parecía divertido, su cuerpo le pedía
salir ahí y ponerse con ellos. Para pelear tenía que entrenarse, pero sabiendo
lo que le esperaba después no podía disfrutar de ello. Aun así, Neil no estaba
ni cerca de alcanzar la musculación de esos jugadores de baloncesto, a su lado
parecía delgaducho y poca cosa.
—¿Qué
te ha parecido? —le preguntó el entrenador cuando los chicos fueron a darse una
ducha y cambiarse.
—Interesante.
—¿Tanto
como para quedarte? —se acercó hasta sentarse a su lado.
—¿Habría
sitio para mí aquí?
—Pues
en realidad llegas en el momento perfecto, nos hemos quedado sin un jugador y
lo necesitamos para el año que viene.
—No
tengo ni idea de cómo jugar. ¿Por qué esforzarse tanto conmigo pudiendo elegir
a alguien que pueda incorporarse y seguir el ritmo al instante?
—A
veces merece la pena esforzarse por algo más complicado, aunque lo fácil
parezca la mejor opción.
—¿Le
gusta complicarse la vida?
—Parece
ser que sí, soy el entrenador de este equipo —contestó con una sonrisa que
escondía un montón de historia y secretos.
—¿Y
eso qué significa?
—Aquí
todos llegan buscando una segunda oportunidad, todos vienen huyendo de algo y
esta beca y el deporte les salvan la vida.
—¿Qué
te ha contado Matt sobre mí?
—Todo
lo que podía contarme.
—Empezaría
dos años tarde.
—Mejor
tarde que nunca —rebatió.
Parecía
que Neil no podía ganarle verbalmente, y tampoco quería hacerlo. Lo que quería
era dejarse convencer, permitirse creer.
—Mira,
Neil, tienes un mes para pensártelo, cuando acabe el curso abrirán las
inscripciones para el siguiente y podrás matricularte.
—¿Y
si no me becan?
—Moveré
mis hilos.
—¿Y
qué haré durante este mes?
—Entrenarte
por tu cuenta, seguro que Matt y Nicky te ayudan en su tiempo libre, aunque
durante la recta final del curso no tendrán mucho, y… quedarte en mi casa.
Luego, si te matriculas, vivirás con los zorros cuando entres formalmente en el
equipo y harás un entrenamiento intensivo durante todo el verano.
—Pero…
¿Por qué?
Estaba
sin palabras, jamás había recibido un trato así, ayuda desinteresada,
amabilidad sincera. Solo había recibido palizas durante toda su vida y le
habían utilizado para beneficio de otros como si él no significase nada. No
entendía a estos humanos, no conseguía descifrarlos.
—¿Por
qué no, Neil? Parece que necesitas una segunda oportunidad y aquí tenemos de
eso.
Tenían
sofás cómodos y desayunos calientes y manos tendidas y buenas palabras. Y
segundas oportunidades. Demasiadas cosas, cuando Neil nunca había tenido nada.
—Me
quedaré y lo pensaré.
Al
menos tendría un lugar en el que descansar durante un mes.
—Muy
bien. Lo único malo es que tendrás que seguir durmiendo en un sofá, en mi casa
solo tengo una habitación.
—No
es ningún problema, he dormido en sitios peores.
El
entrenador lo miró con compasión y Neil se recriminó por haber dicho eso, no
quería abrirse demasiado, si desaparecía en un mes sería mejor que no fuese nadie,
tal y como había llegado, así lo olvidarían rápido.
—Pues
vamos a por tus cosas y te instalas en mi casa —dijo levantándose.
—Esto
es todo lo que tengo —contestó, mostrando su mochila.
—Entonces
vamos directos, vivo a las afueras del campus, tenemos que coger el coche.
Fueron
hasta el aparcamiento y le señaló un Seat azul viejo y cascado. Montó en el
asiento de copiloto y en quince minutos estaban aparcando frente al edificio
donde se quedaría con ese hombre amable durante las próximas semanas. Subieron al
segundo piso y el entrenador abrió la puerta para dejarle entrar.
—Bienvenido
a mi humilde hogar.
El
recibidor de la entrada era pequeño y daba directamente al salón con cocina
abierta, al fondo del pasillo estaban la habitación y un baño grande. No hacía
mucho espacio para dos personas, pero Neil se conformaba con poco y el lugar le
pareció perfecto simplemente porque no habría nadie que le pegase.
—Puedes
guardar tus cosas en este armario del pasillo, solo lo utilizo para las
chaquetas y algunos trastos pero puedo meterlo en otro sitio mientras estás
aquí.
—No
quiero molestar.
—No
molestas, Neil. Me molestaría más tener un invitado en casa que se sintiese
incómodo, ¿entendido?
—Sí,
entrenador.
Todavía
no lo era suyo, sin embargo, Parker sonrió en vez de corregirle. Todos le
llamaban así y a Neil le pareció correcto decirlo también.
—¿Tienes
teléfono?
—No.
—Entonces
no te alejes demasiado. Toma, una llave de la casa, aunque preferiría que hoy
te quedases descansando, hay comida en la nevera, yo volveré por la noche.
Mañana nos acompañarás al entrenamiento de nuevo.
Neil
asintió y después de un incómodo momento en el que ninguno supo qué más hacer o
decir, el entrenador se marchó confiándole su hogar. Neil no se atrevió a
pasear por la casa más de lo estrictamente necesario para respetar su
intimidad, guardó la mochila en el armario, colgó las pocas prendas de ropa que
tenía, se aseó en el baño e hizo un segundo desayuno por pura gula. Luego se
echó en el sofá, tumbándose cuan largo era, con los pies apoyados en el
reposabrazos, e incluso se quitó los zapatos para estar más cómodo y no
ensuciar. Tenía el estómago lleno y una sonrisa que no permitió aflorar. Se
quedó dormido, contento de pasar todo el día holgazaneando en un lugar seguro.
No se podía creer la suerte que había tenido, parecía demasiado bueno para ser
real.
Se
acordó de Ray en sus últimos pensamientos conscientes, que no había tenido
ninguna suerte en la vida, mucho menos al acabar en una manada como la suya, y
su descanso fue perturbado por pesadillas que ensombrecieron su ánimo. No podía
olvidar de dónde venía, quién era, lo que era, ni de lo que huía.
