10 febrero 2025

Capítulo 1

A veces, en medio de una pelea, a Neil le costaba recordar por qué tenía que seguir luchando. El rugido de la muchedumbre casi silenciaba los gruñidos de los perros que estaban peleando en el cuadrilátero de tierra sucia. El ambiente olía a sudor y cerveza, a desesperación y sed de sangre. Los cobardes que disfrutaban mirando agitaban los puños con violencia entre gritos: “¡Vamos, ataca!” “¡Venga, chucho, a la yugular!” “¡Destrózalo, he apostado por ti!”. Pero para Neil solo eran una cacofonía lejana, había aprendido a no dejar que le distrajesen, esa fue una de las primeras lecciones que llevaba marcada en la piel.

La segunda lección fue no tener piedad, daba igual si peleaba contra otro cambiante o contra un animal, daba igual si notaba el miedo en su mirada o titubeo en sus ataques, incluso daba igual si solo se defendía. Neil tenía una única opción para sobrevivir: ganar. Porque si no lo hacía, después de la pelea le esperaba otra paliza, y llevaba mucho tiempo preguntándose cuál sería la última, la que le mataría.

Esquivó un zarpazo y lanzó una dentellada para mantenerlo apartado, necesitaba recuperar el aliento durante unos segundos, tenía dos heridas que sangraban demasiado y se estaba agotando. El otro animal también jadeaba y cojeaba por un mordisco en la pata derecha.

Neil ya ni siquiera perdía tiempo en desear estar en otro lugar, en otra familia, en otra manada. En otra vida. Pero el cansancio que sentía a sus escasos veinte años le calaba hasta los huesos. Era un cansancio de hastío de vida, de abulia paralizante. Solo el dolor le hacía seguir adelante.

Atacó con sus últimas fuerzas, le dio un zarpazo en los ojos y se lanzó a por su cuello cuando agachó la cabeza gimoteando. Le hizo aullar de dolor al clavarle los dientes con rabia, una rabia que iba dirigida hacia todos menos ese pobre animal al que también estaban obligando a luchar. Desgarró piel y músculo y se le llenó la boca de sangre. Odiaba el sabor de la sangre. Intentó tragar lo menos posible y tumbó al otro en el suelo, doblegándolo hasta que ya no pudo moverse. Lo soltó, sabiendo que aunque él no lo hubiese matado directamente, lo había sentenciado a muerte; sus dueños lo ejecutarían en cuanto despejasen el cuadrilátero para la próxima pelea. Ya no servía para nada más.

En algún momento, Neil tampoco serviría para nada más. Pero sería en otro momento, esa noche había vuelto a ganar; eso era lo único que importaba. Los humanos gritaban encolerizados y borrachos, algunos enfadados por haber perdido la apuesta y otros concentos por haberla ganado, como sus padres.

Neil jamás había celebrado o disfrutado sus victorias, solo significaban seguir vivo un día más y recibir una buena cena esa noche.

Mientras se apartaba del perro caído e intentaba olvidarlo, aunque se quedaría para siempre clavado en su conciencia, se acercó hasta donde sus padres agitaban los brazos entre risas desquiciadas. Como no había luchado contra otro cambiante, no le había acompañado la manada entera, solo sus dueños. Le abrieron la puerta para que saliese del cuadrilátero y le palmearon los costados sin importarles el dolor que pudiera sentir, demasiado abstraídos en su nauseabundo júbilo.

La madre se lo llevó y el padre fue a recoger sus ganancias. Cuando estuvo alejado de todos, en un cuartucho sucio que una vez fue el baño de la fábrica abandonada donde llevan a cabo las peleas clandestinas, Neil volvió a su forma humana. Jadeó de dolor con su propia voz y se apoyó contra la pared sucia antes que hacerlo en su madre. Estaba desnudo, sangrando y debilitado, pero a la mujer no le importó, le prestaba más atención al botellín de cerveza que estaba vaciando y al cigarro que consumía compulsivamente.

—Venga, vístete, que estoy deseando llegar a casa.

—Sí, yo también estoy cansado —contestó él con ironía y la voz ronca.

Su madre le lanzó una mirada de reojo y lo ignoró, no valía ni para que se ofendiera por él. No valía ni el dinero que les hacía ganar porque cuando ya no estuviese simplemente lo sustituirían por otro.

Neil suspiró y se puso la ropa deportiva con manos torpes y un par de tropiezos al meter las piernas en el pantalón. Ya se curaría las heridas cuando llegase a casa. Los cambiantes eran más fuertes que los humanos, sanaban antes y era más difícil que enfermasen o que sufriesen infecciones. Evitó mirarse en el espejo roto y lleno de mugre y salieron de allí, directos hacia la camioneta para esperar a su padre. Neil se tumbó en los asientos traseros y la madre ocupó el lugar del copiloto con otro cigarro colgando de los labios.

Su hijo observó las cicatrices que tenía en el cuello y la nuca, además de otras repartidas por el cuerpo que cubría la ropa; a ella también la habían obligado a pelear de joven, por eso Neil era absolutamente incapaz de entender cómo podía hacerle eso a él, si conocía de primera mano lo que suponía estar en ese infierno. El miedo, la culpa, el dolor, el sabor a sangre y tierra, el no saber si te dejarán lisiado o si te matarán, el desear a veces que te dejen lisiado o te maten de una maldita vez.

Ella dejó de pelear al casarse muy joven y quedarse embarazada. Neil no quería pensar que solo lo tuvo por eso, para pasarle su mala suerte. Su padre, por el contrario, nunca tuvo que pelear por sí mismo, por eso odiaba muchísimo más a su madre.

Su padre apareció agitando el fajo de billetes que habían ganado y entró en la camioneta soltando una carcajada y dándole un sonoro beso a su mujer.

—¡Así se hace, muchacho! Mira todo lo que nos has hecho ganar.

Unos miles de dólares manchados de sangre.

Le restregó los billetes por la cara y Neil la apartó, dándose la vuelta para apretarse contra el respaldo. Su padre se rio y encendió el motor, provocando que la vibración agitase cada centímetro de su maltrecho cuerpo. Neil apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza. Su madre puso música en la radio y fueron todo el camino de vuelta como si él no estuviera detrás hecho un ovillo, rezando para que el coche se estrellase y los matase.

 

***

 

Tardaron media hora en llegar al parque de caravanas donde vivía la manada. Los recibieron entre vítores borrachos al ver los billetes con los que presumía su padre, orgulloso, como si los hubiese ganado él. Por suerte, ignoraron a Neil y pudo ir a curarse las heridas. Estaba acostumbrado a hacerlo solo. En ese lugar era mejor no necesitar a nadie. Se duchó, cubrió las heridas abiertas con apósitos y salió de la caravana muerto de hambre, solo con unos pantalones vaqueros y descalzo. Fue hasta la hoguera donde había una olla con guiso, carne asada y pan tostado, y comió hasta que le dolió el estómago.

—¿Quieres una cerveza para celebrarlo? —le dijo el líder de la manada, sentándose a su lado de repente.

Neil se tensó y negó con la cabeza.

—¿Cuándo aprenderás a divertirte? —preguntó con sorna, dándole una palmada en la espalda que le hizo rechinar los dientes.

—Solo quiero descansar.

Lo miró de soslayo. Joshua también tenía cicatrices, como casi todos los cambiantes, sobre todo lo que pertenecían a manadas pobres y abandonadas por una sociedad que rechazaba y despreciaba a su especie. Llevaba la barba larga y descuidada, manchada por gotas de cerveza. Se suponía que a un líder había que respetarlo y admirarlo, tal vez también temerlo, pero lo único que Neil sentía por el líder de su manada era asco.

—En la vida hay que esforzarse, chaval, pero también hay que encontrar algo por lo que merezca la pena ese esfuerzo.

—¿Y el alcohol haría que mereciese la pena?

Joshua rio con un brillo peligroso en la mirada.

—El alcohol y el sexo son lo único que hace que todo merezca la pena. Lo demás es una mierda.

Neil se lo quedó mirando solo para tenerlo controlado mientras permaneciese a su lado, pendiente de cada movimiento, sin ninguna respuesta que ofrecerle, hasta que vació la botella de un trago y la lanzó a la hoguera, haciendo añicos el cristal contra los troncos.

—Lo has hecho muy bien, sigue así —le apoyó una mano en el muslo, tocándolo por segunda vez, y Neil tuvo que contenerse para no gruñirle, no quería recibir más golpes esa noche—, y si necesitas ayuda para que merezca la pena, con cualquiera de las dos opciones que te he dado, puedes contar conmigo. ¿Entiendes?

—Comprendo —contestó con los dientes apretados.

—Bien, te dejo disfrutar de tu victoria a solas.

Le guiñó un ojo y se marchó.

Entonces todo lo que había comido se revolvió en su estómago. No era la primera vez que Neil recibía ese tipo de insinuaciones, y no solo de su líder, pero por el momento nadie había cruzado la línea que él marcaba como distancia con su manada. Ninguno de esos desgraciados le pondrían un dedo encima excepto para darle una paliza cuando quisieran castigarlo. Neil no permitiría que le tocasen para nada más.

En una manada era natural el desnudo, el contacto físico e incluso el sexo puramente instintivo, pero Neil nunca había conseguido encajar con los demás de esa forma. No los quería, no los respetaba, para él la manada solo significaba dolor y sometimiento. Esa línea no la cruzaría jamás. Les odiaba tanto que no podría soportarlo.

Se alejó de la hoguera, inquieto, y empezó a buscar con la mirada al único cambiante que no odiaba. Al único que podía llamar amigo. ¿Todavía no había vuelto de su pelea? Buscó su rastro paseando entre las caravanas. Algunos cambiantes se transformaron para salir a correr, les gustaba jugaban a perseguirse, se gruñían y aullaban a la luz de la luna. Esos sonidos se mezclaron con otros tipos de gritos, tanto dentro como fuera de las caravanas. No había intimidad ni privacidad dentro de una manada. Con tantos olores abrumándolo le resultaba difícil seguir un rastro. Sexo, humo, sudor, alcohol, tierra, gasolina, comida, sangre. No solo la suya.

Neil frunció el ceño y aspiró con fuerza, saboreando todos los olores.

Poco después sintió un ligero toque de su esencia en el viento y siguió su instinto hasta encontrarlo.

Ojalá no lo hubiese hecho, pensó.

Ojalá lo hubiese hecho antes. Antes de pensar en sus heridas. Antes de pensar en su hambre. Antes de que fuese demasiado tarde.

Corrió hacia él y se arrodilló a su lado. Estaba recostado contra el tronco de un árbol y respiraba jadeando, con un pitido desagradable que escapa de sus pulmones.

—Ray, Ray —lo llamó, cogiendo su cabeza con cuidado para mirarle. Casi no le reconocía por lo desfigurado que le habían dejado—. ¿Qué ha pasado?

La voz le temblaba tanto como las manos.

Ray parpadeó, o lo intentó, y vio a Neil. Sus labios sanguinolentos sonrieron.

—Pensaba que no volvería a verte.

—Ray —jadeó Neil con desesperación.

—Perdí —tosió con fuerza, escupiendo sangre sobre Neil—. Habían apostado mucho —volvió a toser, doblándose de dolor—. Contra otra manada.

Neil intentó sujetarle, aunque sabía que con solo tocarle le hacía daño. Se hizo un ovillo sobre él, como si pudiera protegerlo con su propio cuerpo, pero ya no podía protegerlo de nada.

—Lo siento.

—No, Neil, no. Yo no. Se acabó.

Lo entendía.

—Shhhh. No desperdicies fuerzas.

No podía decirle que aguantase, que llegaría ayuda, que llamaría a un médico, que se pondría bien.

—Neil.

—Calla.

—Neil —tosió con tanta fuerza que estuvo a punto de vomitar.

—¿Qué?

Se miraron. Los ojos verdes de Neil, brillantes por las lágrimas, contra los de Ray, ensangrentados e hinchados, el azul de su iris apagado. Neil sujetaba su rostro con cuidado, sosteniéndole la cabeza para mirarle.

—Huye.

—Estás loco.

—Huye, Neil. No acabes como yo.

—No puedo…

—No dejes que te hagan esto.

—Ray —susurró.

—Por mí.

No pudo contradecirle. No dijeron nada más. Se miraron hasta que Ray soltó su último aliento. Neil dejó su cuerpo en el suelo empapado con su sangre y se levantó con los puños apretados, en su interior algo lo estrujaba y desgarraba. Gritó hasta sacárselo de dentro, con tanta rabia que unos pájaros que estaban posados en los árboles cercanos volaron asustados. Le dolía la garganta cuando terminó y de repente, en el silencio, escuchó una risa a lo lejos, llevada hasta él por el viento.

Corrió hacia un lado para apartarse y vomitó apoyado contra otro árbol. Luego se limpió la boca, escupió, y fue a buscar una pala. Llevó el cuerpo de su único amigo al bosque y cavó una tumba para él. No muy profunda, lo justo para cubrirle y que tuviera un lugar en el que descansar en paz.

Descansar, por fin. Neil lo entendía. Sabía que su amigo no había muerto con miedo. Lo que de verdad daba miedo era vivir sabiendo que cada día de tu vida sentirías dolor.

Cuando acabó siguió moviéndose por inercia, como si algo lo manejase, sin poder pensar con claridad.

Era muy entrada la noche, la luna ya había empezado a descender, y el parque de caravanas estaba en silencio, tranquilo mientras las bestias dormían.

Fue hasta la caravana de sus padres y robó el dinero que había ganado esa noche. Luego fue a la suya, donde vivía solo desde los diecisiete años, y metió ropa en una mochila hasta llenarla; tampoco iba a dejar muchas pertenecías atrás, tenía poco que le importase. Volvió a limpiarse con un trapo húmedo para no hacer ruido, necesitaba quitarse de encima la tierra y la sangre, y se cambió de ropa. Se colgó la mochila a la espalda y no se permitió pensar en lo que estaba haciendo cuando un atisbo de pánico asomó tras los movimientos autómatas.

Por él lo intentaría, aunque significase su muerte también. Al menos moriría intentando ser libre, luchando por sí mismo en vez de para otros.

Neil se adentró en la noche y echó a correr.

09 febrero 2025

Capítulo 2

Neil corrió hasta el amanecer. Tan rápido como pudo, sin detenerse a descansar un solo instante, aunque dejase de sentir las piernas, aunque le doliesen los pulmones, aunque no supiese hacia dónde iba. Corrió para dejarlo todo atrás.

Al amanecer se dirigió a la carretera más cercana e intento hacer autoestop, pero nadie se dignó a recogerle, a saber las pintas que tenía después de horas corriendo, así que siguió caminando con la boca seca y el cuerpo dolorido hasta llegar a una gasolinera en medio de la nada donde había también un puesto de descanso para camiones.

Compró agua y comida, se sentó en el bordillo fuera de la tienda para degustar su manjar con el estómago revuelto y por primera vez fue totalmente consciente de lo que estaba haciendo. De lo lejos que estaba de la manada, de que ya se habrían dado cuenta de que se había marchado, y no solo eso, también de que les había robado.

Neil tembló y masticó con dificultad el último pedazo del sándwich, su cuerpo lo necesitaba para poder seguir adelante. Se terminó la botella de agua y fue al baño. Al apoyarse en el lavabo le temblaban las manos. Se miró en el espejo. Tenía los ojos enrojecidos, estaba pálido por el pánico y llevaba todo el pelo revuelto por el viento.

Joder, qué estaba haciendo. Estaba firmando su sentencia de muerte. No tenía ningún lugar al que ir. ¿Hacia dónde huiría? ¿Y qué haría después? No tenía ningún plan. Ni nada.

Se le aceleró la respiración y tuvo que agacharse de cuclillas, jadeando en busca de aire.

Iban a despedazarle cuando le encontrasen. Porque le encontrarían. No podía escapar de la manada. No debería haber huido. Era un estúpido y ahora sería un estúpido muerto. Un estúpido con sentencia de muerte sobre su cabeza.

No tenía ningún futuro. Ni con la manada, ni fuera de ella. ¿Entonces qué? Morir dentro o morir fuera. Morir por ellos o morir contra ellos.

Neil aguantó la respiración hasta que su corazón dejó de retumbar dentro del pecho y vio puntitos blancos al marearse. Soltó el aire lentamente y volvió a llenarse los pulmones despacio, controlando la respiración, controlando el pánico, hasta que pudo levantarse y volver a mirarse.

Estaba hecho un desastre.

Se echó agua fría en la cara para despejarse y en el pelo para peinarse un poco con los dedos. Le sentó bien refrescarse. Bebió un poco más de agua y alivió su vejiga antes de salir para buscar un buen samaritano que pudiese llevarle a cualquier lugar lejos de allí. Tal vez hubiese algún lugar en el mundo en el que pudiese esconderse. Alimentó sus vanas esperanzas para mantenerse en pie y su último recuerdo de Ray.

Se conocían desde hacía más de diez años, cuando la familia de Ray llegó a la manada de Neil y fueron aceptados entre los suyos. Al principio no se llevaron bien, peleaban más que hablaban, a ambos les costaba confiar, hasta que aprendieron que juntos sobrevivían mejor que separados, que podían ser un apoyo para el otro, y eso valía mucho allí. Y con su último aliento le había pedido que huyese, por él. Así que eso haría. Por él. Por todas las veces que lo planearon juntos y nunca se atrevieron a hacerlo. Porque el tiempo pasaba y las oportunidades se agotaban y nada cambiaba si no lo hacías tú mismo.

Neil compró un mapa en la gasolinera, colonia barata para rociarse con ella y disimular su olor, y encontró un camionero que iba lo suficientemente lejos para que sintiese que podía volver a respirar. No le hizo demasiadas preguntas y Neil encontró mentiras con rapidez, estaba acostumbrado.

Se subió al camión y se acomodó en el asiento espacioso junto al desconocido que iba a ayudarle a huir.

Después de conducir durante tres horas seguidas, pararon para comer y estirar las piernas. El camionero le invitó a un bocadillo caliente y fingió que se tragaba sus mentiras. Tampoco eran de su incumbencia. Su presencia no le molestaba y parecía un chico perdido intentando encontrarse, así que lo llevó lo más lejos que pudo, hasta la ciudad donde tenía que dejar la mercancía. Llegaron antes del atardecer y allí también le dejó a él, en otra gasolinera en el centro de la ciudad, como a un perro abandonado.

—¿Seguro que estarás bien, chico?

—Sí, gracias por todo.

El camionero asintió y se marchó, no podía llegar tarde a la entrega, y después de dormir el resto de la noche en cualquier hotel habría olvidado a aquel chico y volvería a casa con su familia.

Neil volvió a comprar agua y comida y empezó a callejear por esa nueva ciudad desconocida, llena de posibilidades y gente y ruido. Al final, sin ningún sitio al que ir, acabó tumbándose en el banco de un parque y contempló las estrellas durante toda la noche. Había dormido suficiente en el camión durante el trayecto de la tarde.

Al amanecer tomó café y bollos en una cafetería y empezó a relajarse de verdad. Había pasado dos noches lejos de la manada y seguía vivo. Tal vez le dejasen en paz, no merecía la pena el esfuerzo de buscarlo para matarlo, lo sustituirían por otro que ganase peleas y se olvidarían de él. Era una opción. Tampoco les había robado tanto dinero, unos miles de dólares.

Mierda.

Claro que le perseguirían.

Matarían a su propia madre por un solo billete.

Lo que tenía que hacer era encontrar algo por lo que mereciera la pena seguir luchando hasta que le encontrasen y después haber tenido algo por lo que mereciese la pena morir.

Se terminó el bollo y el café y deambuló durante todo el día, conociendo su nueva ciudad, mucho más grande que de donde venía. Esa noche buscó refugio porque necesitaba dormir y se alejó hacia las afueras para buscar tranquilidad. Encontró una casa abandonada y durmió sin descansar en toda la noche, abrazado con fuerza a su mochila y alerta por si escuchaba algún ruido de pasos acercándose.

Debería encontrar algún lugar donde quedarse. Tal vez un trabajo y una habitación en algún piso compartido. Pero necesitaba unos días para asegurarse de que no vendrían a por él. Así que siguió deambulando como un vagabundo, comiendo poco para ahorrar y durmiendo mal, buscando en los periódicos tirados anuncios de trabajo cuestionables y mal pagados donde no pidiesen muchos papeles ni hiciesen muchas preguntas.

Hasta que una noche se topó con un campus universitario y contuvo el aliento observando su gran arco de piedra de entrada. Neil siguió caminando, rodeando su inmensidad, hasta que decidió colarse saltando el muro, seguro que las entradas estaban vigiladas y así no dejaría rastro. Después de terminar el instituto no le permitieron seguir estudiando, aunque a él le habría gustado, ser algo más que un animal para peleas.

Como llevaba mochila y era joven pasó desapercibido cuando se cruzó con algunos alumnos rezagados y con un guardia de seguridad, aunque este le echó un vistazo y Neil se tensó, pero el guardia siguió su camino. Era tarde para fingir que salía de alguna clase, por suerte, no tuvo que hacerlo. Entonces sonrió y se adentró en el campus con menos miedo. Encontró un pabellón enorme que llamó su atención, parecía un gimnasio pero con más categoría, mucho más cuidado. En la entrada había un cartel metálico en el que se leía “Los Zorros de Palmetto” sobre la silueta de una cancha de baloncesto. Neil probó a tirar de la puerta sin mucho ímpetu y se sorprendió al poder abrirla. Era su día de suerte, podría darse una ducha y dormir caliente.

Se encerró en los vestuarios y se quitó de encima toda la suciedad de llevar varios días vagabundeando. También lavó la ropa y la dejó tendida sobre los bancos de madera, no se secaría del todo durante la noche pero sí lo suficiente. Al lado había una sala con sofás y sillones y una televisión. Contuvo las ganas de encenderla y se acurrucó en el sofá más grande, de tres plazas, soltando un profundo suspiro. No había notado que estuviera tan cansando, pero de repente su cuerpo pesaba toneladas y los cojines le engullían. Se quedó dormido enseguida.

 

***

 

Estaba tan profundamente dormido que no notó que ya no se encontraba solo hasta que una mano se posó en su hombro. En ese instante dio un respingo, se quitó la mano de encima con un manotazo y saltó del sofá con la mochila contra el pecho, gruñendo como un animal acorralado.

—Ey, ey, tranquilo. No voy a hacerte daño —dijo otra voz masculina.

Neil consiguió enfocar la mirada y encontrarle en la penumbra. La luz de las farolas entraba por las ventanas y la del pasillo por la puerta entreabierta.

—Tranquilo —repitió el extraño.

Era un chico de su edad, cabello claro, alto, no podía distinguir el color de sus ojos. Alzaba las manos con las palmas hacia fuera para mostrarse inofensivo y Neil cerró la boca y apretó los dientes, buscando con la mirada un lugar por donde huir con rapidez. La puerta que estaba abierta. Fácil. Se giró hacia un lado, delatándose con su cuerpo, y el otro fue más rápido.

—Te prometo que no quiero problemas ni hacerte daño —dijo, cubriendo la salida con su cuerpo—, pero te has colado en nuestro pabellón y creo que al menos merezco alguna respuesta. ¿Quién eres?

El otro chico esperó respuesta hasta que se dio cuenta de que no iba a contestar nada. Suspiró y dejó caer los brazos.

—Me llamo Nicky, juego en los Zorros y estudio en la universidad. ¿Y tú?

El extraño se armó de toda su paciencia, tenía mucha.

—No eres de aquí, ¿verdad?

Neil aceptó que no podía huir tan rápido como quería así que relajó los hombros y negó con la cabeza.

—No he causado daños, deja que me vaya y no volveré.

—¿Sabes? Aunque no lo creas, has llegado al sitio ideal para chicos perdidos —dijo Nicky con una sonrisa.

—¿Quién dice que esté perdido?

Nicky lo miro de arriba abajo y arqueó una ceja, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la puerta. Neil se sintió expuesto y retrocedió un paso, aunque eso lo alejase más de la puerta.

—Yo también estuve perdido una vez.

—Dudo que tú y yo tengamos nada en común —contestó Neil con rabia.

—Tú no tienes nada, eso seguro. —Neil recibió sus palabras como un golpe y apretó con más fuerza la mochila—. Pero yo tengo una casa con un sofá más cómodo y desayuno para mañana.

Neil frunció el ceño de forma casi cómica, como si le estuviese hablando en otro idioma e intentase descifrarlo. Entonces Nicky se apartó de la puerta para dejarle salir.

—No voy a retenerte en contra de tu voluntad. Si no has roto ni robado nada podrás marcharte y será como si nunca hubieras estado aquí. Pero te ofrezco otra opción: venir conmigo esta noche, dormir en un lugar seguro y tiempo para pensar mañana qué vas a hacer.

—No sabes nada de mí.

—Sé que pareces inofensivo.

Neil soltó una carcajada amarga que no inmutó a Nicky.

—No sé nada de ti.

—Puedes confiar en que también soy inofensivo.

—Confiar… —susurró Neil, incrédulo.

Solo había confiado en una única persona en toda su miserable vida y ahora estaba enterrado bajo tierra. Ray también había confiado en él y Neil le había fallado.

—Sí, confiar. Es una palabra de nuestro idioma, si quieres te explico su significado.

Neil bufó y Nicky sonrió.

—¿Qué pierdes por intentarlo?

—Podría perderlo todo, aunque creas que no tengo nada.

—Lo siento, no era mi intención ofenderte. Déjame que te haga una última pregunta: ¿Tienes algún lugar mejor donde ir?

No, no lo tenía, y la respuesta se le notó en la cara porque Nicky asintió, comprendiéndolo y esperando que cediese por fin.

—¿Por qué me ayudas?

—Porque pareces necesitarlo y a mí no me cuesta nada.

—¿Y si te robo? ¿Y si te hago daño? ¿Y si no soy inofensivo?

—Vivo con los chicos del equipo, así que creo que varios jugadores de baloncesto podremos contigo… si hiciera falta. Y no pongas esa cara, nadie va a hacerte daño si te portas bien. ¿Qué me dices?

Tal vez Neil no fuese un jugador de baloncesto alto, fuerte y prepotente, pero era un cambiante y lo que mejor se le daba era pelear, él también podría defenderse si hiciera falta, así que sofá y desayuno en casa de ese extraño sonaban mejor que casa abandonada y banco en el parque. Estaba descubriendo que también se le daba bien huir, así que podría volver a hacerlo cuando fuese necesario.

Asintió y la sonrisa de Nicky se hizo más grande.

—Tengo que recoger algo de ropa del vestuario.

—Pues vamos.

Llevó la ropa mojada en la mano y salieron juntos del pabellón de baloncesto. Nicky se aseguró de cerrarlo con llave y emprendieron el camino hacia su casa.

—Nuestra residencia está cerca. Es una casa solo para nosotros, así nos tienen más controlados a todos juntos.

Neil asintió, fijándose en el camino que tomaban y en todo lo que había alrededor para no desubicarse si necesitaba salir corriendo.

—Tienes suerte de que te haya encontrado yo, ha sido toda una casualidad.

—¿Por qué?

—Algunos compañeros vienen a entrenar por la noche, yo prefiero descansar. Hoy se la han tomado libre y de repente he recordado que no había cerrado la puerta en la última sesión, por eso he tenido que venir. Si te hubieses encontrado con alguno de los otros no habría acabado tan bien tu noche.

—¿Y crees que se tomarán bien que me metas en su casa?

—Tranquilo, sé manejarlos. Se quejarán un poco si queda alguno despierto, pero perro ladrador poco mordedor.

Si él supiera…

08 febrero 2025

Capítulo 3

Cuando llegaron a la casa no había ninguna luz encendida y Nicky le explicó que al día siguiente tenían entrenamiento muy temprano, por eso estarían todos durmiendo ya. Subieron los escalones hacia el porche de la entrada y Nicky abrió despacio para no hacer ruido, así se evitaban tener que dar explicaciones a esas horas.

—Aquí abajo hay un baño al fondo del pasillo a la derecha. —le dijo en voz baja y sin encender la luz—. No te preocupes, todos dormidos en la planta de arriba. Tienes unas horas para descansar tranquilo. A las seis bajarán a desayunar.

Neil lo siguió dentro del salón, a la izquierda de la casa, un espacio muy amplio con varios sofás y sillones, algunas estanterías en las paredes y una televisión enorme. Nicky le dirigió hasta el sofá más grande y extendió la manta que estaba doblada en el respaldo.

—Por si tienes frío —susurró.

También hizo acopio de cojines para dejarlos a su alcance.

—Enfrente tienes la cocina, hay agua fría en la nevera y puedes comer lo que quieras.

Neil asintió, estupefacto por que no estuviese sucediendo nada extraño. Que nadie estuviese intentando aprovecharse de él, o hacerle daño, o robarle los órganos. Que aquel lugar no fuese una trampa, solo un hogar donde le habían permitido entrar. Se extrañó de encontrar simple y llanamente altruismo. Al menos de momento, no iba a bajar la guardia tan rápido.

—¿Estarás bien?

Dudó mirando a su alrededor, abrumado. Nicky le apoyó una mano en el hombro para reconfortarlo, pero Neil dio un respingo y se apartó como si quemase.

—Perdona —volvió a levantar las manos en son de paz y Neil asintió—. No me hagas arrepentirme de esto, ¿vale? —Neil volvió a asentir con timidez, sintiéndose fuera de lugar—. Y si mañana bajan ellos antes que yo, no dejes que te intimiden y no te vayas antes de desayunar.

Neil solo sabía asentir con cara de estar muy confuso e incluso más perdido que antes. Nicky decidió dejarlo solo para que se acomodase, él también necesitaba descansar antes del entrenamiento de mañana. Se quitó las zapatillas para subir las escaleras con ellas en las manos y no hacer ni un ruido y realmente esperó no haberse confundido con ese chico que ni siquiera le había dicho su nombre. Parecía tan inofensivo y solo en ese viejo sofá cuando lo había encontrado, y después tan asustado y perdido cuando se había despertado, que no pudo dejarlo así. No sabía su nombre, pero sabía que se equivocaba al afirmar que no tenían nada en común.

Nicky se cambió de ropa con rapidez y se metió en la cama muerto de sueño.

Abajo, Neil seguía de pie, quieto, mirando el sofá como si fuese un cocodrilo con las fauces abiertas esperando para comerle. O tal vez lo era la casa y ya le había engullido. Se acercó al sofá con cautela, acarició la manta suave, los cojines mullidos y se atrevió a sentarse. Allí estaría muy cómodo, demasiado. Dirigió su mirada a un sillón orejero que parecía más gastado, de ahí podría levantarse con rapidez y echar a correr en segundos, incluso podía sentarse y dormir con las zapatillas puestas. Eso hizo. Apoyo la cabeza en un lateral y abrazó la mochila. Lo acunó el silencio, arrastrándolo a la oscuridad, y se quedó dormido.

 

***

 

Neil empezó a despertarse al notar un rayo de sol directamente en su rostro. No abrió los ojos y giró un poco la cabeza, quería seguir durmiendo un poco más, pero entonces notó lo que le hizo despertarse del todo: alguien lo estaba observando. Abrió los ojos y se encontró con otro par de ojos negros, clavándolo en el sitio. No podía moverse bajo su atenta y oscura mirada. Fría. Inexpresiva. Contuvo el aliento, este chico no parecía amable y altruista como Nicky, sino peligroso. Ya no se sentía seguro. No debería haberse descuidado tanto al bajar la guardia.

—¿Y tú quién eres?

Nadie más se había despertado, estaban ellos solos allí abajo.

—Neil.

—Neil —pronunció su nombre como intentando encontrar sus secretos en él—. Eso no me dice mucho. ¿Qué haces en mi casa?

—Es la casa de los zorros —contestó estúpidamente.

—Y tú no eres uno de mis zorros.

Recalcó la posesividad sobre el hogar y el equipo y Neil no supo qué más decir. Debería marcharse, se sentía intimidado. Sus ojos negros lo escrutaban como si fuese un insecto molesto, un intruso. El contraste con su piel blanca y su cabello rubio claro los hacían parecer más insondables.

—Solo lo repetiré amablemente una vez más. ¿Qué haces aquí?

—Me invitó Nicky.

—¿De qué le conoces?

—Lo conocí anoche, yo… no tenía adónde ir.

—Vaya, no me había enterado de que ahora somos un albergue.

—Me iré ahora mismo, no quiero causar problemas.

—Ya has causado problemas.

Apoyó las manos en los reposabrazos, acorralando a Neil y él lo olió, intentando descubrir si era humano o algo más. Parecía tan posesivo y dominante que podría ser el líder de una manada y si lo fuera podría despedazarlo por entrar en su territorio y dejar su olor en su hogar sin pedir permiso. No había humanos en las manadas y Nicky lo era, pero este parecía algo más. Algo oscuro y retorcido. Algo que no debería existir, como ellos. Sin embargo, al olfatearlo no encontró más que olor humano.

—¿Y tú quién eres? —preguntó en un susurro, hipnotizado por sus ojos negros.

El otro soltó una carcajada sin humor y se alejó.

—¿Vienes a mi casa sin permiso a preguntar quién soy?

—Tú conoces mi nombre, quiero saber el tuyo —contestó haciendo acopio de valor.

Nicky le dijo que no se dejase intimidar, pero, joder, podía haberle avisado de a lo que se enfrentaba. Algo así como: mira, hay un capullo con muy mal genio que es mejor no mirar ni a los ojos, si tropiezas con él hazte el muerto.

—Andrew —dijo de repente.

Y Neil pronunció su nombre como anteriormente había hecho él con el suyo.

—Shhhh. No lo pronuncies en vano o apareceré como una pesadilla —dijo en voz baja y ronca, erizándole la piel.

Neil nunca pensó que sentiría miedo de un humano.

Escucharon algo de alboroto arriba, otros empezaban a despertar, y pronto los pasos bajaron por la escalera entre bostezos sonoros. Neil tuvo ganas de salir corriendo en ese momento, antes de que todo empeorase, pero seguía teniendo a Andrew demasiado cerca y demasiado pendiente de él.

—Buenos días.

Andrew asintió con la cabeza hacia la voz e hizo el mismo gesto sin mucha efusividad hacia los demás que iban saludándolo al llegar. Fueron directos a la cocina, por eso no vieron a Neil. De repente alguien bajó corriendo como si le fuera la vida en ello, derrapó en el pasillo del recibidor, entre la cocina abierta y el salón, y luego se acercó despacio, casi con cautela. Neil olió a Nicky antes de verlo aparecer por un lateral del sillón.

—Vaya, sigues aquí.

Neil se encogió de hombros y fue Andrew quien contestó.

—Sorpresa. No he conseguido sacarle mucho a tu amigo, ¿me lo explicas tú? —preguntó cruzándose de brazos.

—El chico necesitaba ayuda y le tendí una mano, nada más.

—Le tendiste nuestra mano, nuestra casa y mi sillón, por lo visto. ¿Qué te hace pensar que nos parecería bien que metieses aquí un extraño?

Los demás empezaron a aparecer por el salón atraídos por el tono de Andrew y se fijaron con curiosidad en el chico de ojos verdes que abrazaba una mochila como si le fuese la vida en ello.

—¿Ha dormido aquí? —preguntó otro con el rostro casi tan inexpresivo como el de Andrew y los ojos rasgados.

—Sí, Kevin, no podía dejarlo tirado en la calle, a diferencia de vosotros dos —contestó Nicky señalando al tal Kevin y a Andrew—, yo tengo alma.

—Enhorabuena —dijo Andrew—. No juegues demasiado con ella, puede romperse.

—¿Y dónde lo encontraste? —preguntó otro.

—Buena pregunta —añadió Andrew.

Nicky suspiró y Neil se preparó para que lo echasen de allí a patadas.

—Se había colado en el santuario porque lo dejé abierto, estaba durmiendo en un sofá.

Neil frunció el ceño ante esa expresión religiosa para referirse a una cancha y unos vestuarios, pero entendió rápidamente que para ellos significaba algo parecido.

—¿Te colaste en nuestro santuario? —preguntó Kevin con una mueca en los labios.

Otro se unió comiendo cereales de un cuenco y disfrutando del espectáculo.

—No diría que me colé como un ladrón, la puerta estaba abierta —contestó aparentando seguridad y entereza.

—¿Hiciste algún destrozo? —preguntó Kevin, parecía enfadado, si ese rostro marmóreo dejaba entrever algo.

—¡No! Sólo me di una ducha y tampoco manché nada. Iba a dormir y largarme.

—¿Y adónde irías después? —preguntó un chico con el pelo castaño, más oscuro y corteo que el de Nicky, y los ojos marrones también. Su mirada y su tono de voz eran amables.

—A cualquier sitio. El plan era buscar trabajo y encontrar algún lugar en el que quedarme.

—Le dije que podía desayunar aquí y pensar después qué hacer con su vida.

El chico de ojos amables asintió y le tendió una mano a Neil. Dudó un poco antes de estrechársela y de un tirón lo ayudó a levantarse.

—Bienvenido a casa de los zorros, me llamo Matt. No estamos acostumbrado a tener invitados, pero seremos buenos anfitriones. —Lo último parecía una advertencia a sus compañeros.

—Yo soy Neil, gracias.

Entre Matt y Nicky protegieron a Neil y lo acompañaron a la cocina, donde le hicieron tomar asiento a la mesa del centro. Acomodó la mochila sobre sus piernas y observó a los demás cuando se unieron sin protestar, en un silencio tenso. Nicky y Matt empezaron a moverse por la cocina con coordinación haciendo café y tostadas y huevos en la sartén. Le preguntaron si le gustaba el café y le sirvieron uno cuando asintió, luego le pusieron delante un plato con dos tostadas con mantequilla y un huevo revuelto. Algunos ya estaban comiendo, Neil miró por encima del hombro y Matt asintió para animarle a empezar él también. Estaba nervioso por la situación y por estar rodeado de tanta gente desconocida, parecía un mono de circo al que todos observaban esperando que hiciese algo, pero se forzó a comer y le sentó de lujo en el estómago; anoche no había cenado.

—¿Y de dónde vienes? —preguntó Kevin sin pizca de amabilidad en la voz.

—De ningún lugar especial.

—Pero de algún lugar habrás salido, aunque no sepas dónde vas a acabar tienes que venir de algún sitio.

—De un sitio sin importancia.

—Déjalo en paz, Kevin —dijo uno que estaba comiendo cereales de colores. Sus ojos azules eran muy oscuros y tenía el pelo negro rapado y las orejas llenas de pendientes—. Por cierto, yo soy Liam.

Neil asintió con gratitud y siguió comiendo hasta dejar el plato vacío.

—Venga, chicos, que tenemos que estar en la cancha a las siete y media o el entrenador nos cruje —apremió Matt dando una palmada.

Entre todos recogieron, solo Neil se quedó quieto porque molestaría más de lo que ayudaría, no sabía moverse en esa cocina como ellos. Luego subieron en trompa a sus habitaciones para cambiarse y Neil todavía se estaba recuperando, disfrutando de un momento de soledad y terminando de beber un vaso de agua cuando bajaron en tiempo récord vestidos de chándal y llevando cada uno su bolsa deportiva. Él se colgó la mochila al hombro y los siguió hasta fuera de su casa dispuesto a despedirse de ellos cuanto antes.

—Bueno… muchas gracias por todo, de verdad.

Andrew y Kevin ni siquiera le miraron, le dieron la espalda y empezaron a caminar hacia el pabellón. Por lo que había calculado Neil estaba a quince minutos de distancia. Los demás les siguieron, despidiéndose brevemente de Neil con un gesto de cabeza, al menos no eran unos completos maleducados.

—¿Estarás bien? —preguntó Nicky con verdadera preocupación.

—Supongo. Hasta ahora se me ha dado bien sobrevivir —intentó sonreír aunque le salió una mueca.

Nicky estuvo a punto de apoyarle una mano en el hombro, acostumbrado al contacto físico natural, pero se detuvo antes de hacerlo y la bajó con otra sonrisa tensa.

—Oye, ¿por qué no vienes a vernos entrenar? Si no tienes nada que hacer… —propuso Matt de repente.

—¿Para qué?

—Tal vez te guste el campus y quieras estudiar aquí.

Neil soltó una áspera carcajada.

—No soy un estudiante ni busco universidad. No tengo dinero.

—Hay becas. Todos los zorros estamos becados por el baloncesto.

—Yo… nunca he jugado al baloncesto.

—Pues no sabes si algo te gusta hasta que lo pruebas, ¿verdad?

—Seguro que soy malísimo.

—Hoy solo mirarás. Decide después.

Nicky simplemente presenciaba la conversación como si fuese un partido de tenis pero mostrando su aprobación con asentimientos efusivos.

—¿Por qué insistes?

—Porque no tienes ningún lugar al que ir y este es un buen lugar donde quedarse.

Otra vez con la misma manipulación que anoche le hizo Nicky, aunque eso no le restaba veracidad.

¿Qué tenía por perder si le daba una oportunidad? Todo. Pero ahora su vida era así, todo pendía de un hilo en cada instante. Aunque, en realidad, siempre había sido así.

Solo miraría y pensaría. Intentaría imaginar un futuro allí y si no se iría tal y como había llegado.

—Venga, que no mordemos —bromeó Nicky.

Pero él sí. Él traía consigo fauces y dientes y sed de sangre.

—Vale, os acompaño.

Y desesperación y soledad y muchísima necesidad de ser alguien diferente, de encontrar un lugar para él.


07 febrero 2025

Capítulo 4

—Ven, te presentaremos al entrenador.

Neil siguió a Matt hasta la sala donde había intentado dormir esa noche, Nicky se fue al vestuario. Al fondo de la sala, en una esquina, había una puerta con un cartel pegado en la madera que indicaba que era un despacho. Matt llamó con los nudillos y esperó hasta que una voz masculina le invitó a entrar. Neil entró con él.

—Buenos días, entrenador Parker.

Este se quedó mirando al chico desconocido antes de enarcar una ceja hacia su jugador. Estaba sentado en su escritorio, mirando papeles antes de que le molestasen. Llevaba una barba oscura y cuidada, con algunas canas que también decoraban su denso cabello corto. Su mirada era astuta y analítica, demasiado para la tranquilidad de Neil, pero intentó relajarse y no parecer hostil. Lo más importante de los secretos no era solo saber guardarlos, también era que nadie notase que los tenías, o que no se interesasen demasiado por tus claroscuros.

Neil sonrió.

—Buenos días, me llamo Neil.

—¿Estudias aquí?

—Todavía no —contestó Matt adelantándose—. Neil está pensando qué hacer con su futuro así que le he invitado a vernos entrenar si no es molestia.

—¿Sabes jugar al baloncesto?

—Nunca lo he hecho.

—¿Te gusta el baloncesto?

—No lo sé, tampoco he visto partidos.

El entrenador se cruzó de brazos y miró a Matt como preguntando “¿y este qué hace aquí?”. Neil pasó el peso de su cuerpo de un pie a otro. Ojalá tuviese una buena respuesta que darle.

—Yo tampoco sé muy bien qué hago aquí, siendo sincero —dijo Neil—, pero no molestaré. Me gustaría verlos jugar.

Ahora le había picado la curiosidad, no quería irse, al menos todavía.

—Bueno, al menos eres sincero. —Neil se mordió el interior de la mejilla para no delatarse—. Puedes quedarte, ve a familiarizarte con la pista y a hablar con los chicos, Matt se quedará un poco más conmigo.

—Bien, gracias.

Neil los dejó solos y cerró la puerta. No se quedó escuchando, no quería que le pillasen haciéndolo, pero no puedo evitar escuchar al entrenador preguntarle a Matt “¿de dónde has sacado a este chico?”, su voz traspasó la madera que los separaba. Neil salió de aquella sala y siguió el pasillo hasta la cancha, donde le guiaban las voces de los demás.

El equipo al completo estaba en la pista, alrededor se alzaban las gradas de varias alturas. Neil intentó imaginárselas llenas de gente vitoreándoles, pero no podía imaginar cuántas personas cabrían allí dentro y el ambiente que formaban. En ese momento se escuchaba el chirrido de la suela de las zapatillas contra el suelo y las risas de los jugadores. Los chicos llevaban la misma ropa de deporte con la que habían salido de casa, estaban haciendo estiramientos de todo el cuerpo, ayudándose los unos a los otros en algunas posiciones. Neil se acercó hasta sentarse en la grada más baja y dejó la mochila en el suelo entre sus piernas. Nicky lo saludó con la mano al verlo y se acercó al trote.

—¿Qué tal con el entrenador?

—Creo que no le he gustado.

—Tranquilo, nadie le gusta al principio, es un hueso duro de roer, pero por dentro está blandito, te lo prometo.

Neil se encogió de hombros, iba a contestar algo pero de repente se dio cuenta de que Andrew y Kevin estaban mirándole y tampoco parecían muy contentos de verle allí. Se acercaron sin prisa, como un animal al acecho; Neil conocía muy bien esa forma de moverse, de acorralar. Los demás empezaron a correr alrededor de la pista para calentar.

—¿Todavía estás aquí? —preguntó Andrew mirándolo desde arriba.

Era el de menor estatura del equipo; aunque decir eso entre jugadores de baloncesto tampoco significaba mucho, comparado con los demás tenía una estatura media, debía rondar el metro setenta y cinco, unos centímetros menos que Neil. Y aun así podría mirar a cualquiera desde arriba, incluso no estándolo, era como una ilusión óptica creada por su carácter y su dura mirada, le hacían parecer intimidante.

Esos ojos negros.

—¿De verdad no tienes ningún sitio al que ir? No recogemos perros abandonados.

Neil estuvo a punto de gruñirle.

—En realidad, sí lo hacemos. Todos lo somos —contestó Nicky.

Andrew silenció a Nicky con una sola mirada. Kevin parecía una estatua a su lado. A Neil no le daban buena espina, pero conforme más tiempo pasaba con ellos menos conseguían intimidarle; al fin y al cabo, estaba acostumbrado a los macho alfa rabiosos.

—Tal vez tengas que acostumbrarte a verme por aquí —se atrevió a decir.

Andrew lo atrapó con su mirada. Cuando hacía eso no necesitaba decir nada, sus ojos hablaban por él, y Neil se resistió todo lo que pudo a esos pozos de oscuridad, parecían irradiar frío, tempestades de viento helado que congelarían hasta un suspiro.

—Tal vez… tal vez no.

El entrenador apareció con Matt y rompieron la tensión del momento.

—Venga, a calentar, pedazo de vagos —gritó el entrenador, haciendo que los que faltaban se incorporasen a la carrera de los demás. Saludó a Neil con un asentimiento y se quedó de pie al borde de la pista. Neil se relajó al quedarse solo y empezó a observarlos con interés.

No jugaron ningún partido, solo hicieron pases y tiros con las pelotas, pero a Neil le gustó ver cómo se ejercitaban, parecía divertido, su cuerpo le pedía salir ahí y ponerse con ellos. Para pelear tenía que entrenarse, pero sabiendo lo que le esperaba después no podía disfrutar de ello. Aun así, Neil no estaba ni cerca de alcanzar la musculación de esos jugadores de baloncesto, a su lado parecía delgaducho y poca cosa.

—¿Qué te ha parecido? —le preguntó el entrenador cuando los chicos fueron a darse una ducha y cambiarse.

—Interesante.

—¿Tanto como para quedarte? —se acercó hasta sentarse a su lado.

—¿Habría sitio para mí aquí?

—Pues en realidad llegas en el momento perfecto, nos hemos quedado sin un jugador y lo necesitamos para el año que viene.

—No tengo ni idea de cómo jugar. ¿Por qué esforzarse tanto conmigo pudiendo elegir a alguien que pueda incorporarse y seguir el ritmo al instante?

—A veces merece la pena esforzarse por algo más complicado, aunque lo fácil parezca la mejor opción.

—¿Le gusta complicarse la vida?

—Parece ser que sí, soy el entrenador de este equipo —contestó con una sonrisa que escondía un montón de historia y secretos.

—¿Y eso qué significa?

—Aquí todos llegan buscando una segunda oportunidad, todos vienen huyendo de algo y esta beca y el deporte les salvan la vida.

—¿Qué te ha contado Matt sobre mí?

—Todo lo que podía contarme.

—Empezaría dos años tarde.

—Mejor tarde que nunca —rebatió.

Parecía que Neil no podía ganarle verbalmente, y tampoco quería hacerlo. Lo que quería era dejarse convencer, permitirse creer.

—Mira, Neil, tienes un mes para pensártelo, cuando acabe el curso abrirán las inscripciones para el siguiente y podrás matricularte.

—¿Y si no me becan?

—Moveré mis hilos.

—¿Y qué haré durante este mes?

—Entrenarte por tu cuenta, seguro que Matt y Nicky te ayudan en su tiempo libre, aunque durante la recta final del curso no tendrán mucho, y… quedarte en mi casa. Luego, si te matriculas, vivirás con los zorros cuando entres formalmente en el equipo y harás un entrenamiento intensivo durante todo el verano.

—Pero… ¿Por qué?

Estaba sin palabras, jamás había recibido un trato así, ayuda desinteresada, amabilidad sincera. Solo había recibido palizas durante toda su vida y le habían utilizado para beneficio de otros como si él no significase nada. No entendía a estos humanos, no conseguía descifrarlos.

—¿Por qué no, Neil? Parece que necesitas una segunda oportunidad y aquí tenemos de eso.

Tenían sofás cómodos y desayunos calientes y manos tendidas y buenas palabras. Y segundas oportunidades. Demasiadas cosas, cuando Neil nunca había tenido nada.

—Me quedaré y lo pensaré.

Al menos tendría un lugar en el que descansar durante un mes.

—Muy bien. Lo único malo es que tendrás que seguir durmiendo en un sofá, en mi casa solo tengo una habitación.

—No es ningún problema, he dormido en sitios peores.

El entrenador lo miró con compasión y Neil se recriminó por haber dicho eso, no quería abrirse demasiado, si desaparecía en un mes sería mejor que no fuese nadie, tal y como había llegado, así lo olvidarían rápido.

—Pues vamos a por tus cosas y te instalas en mi casa —dijo levantándose.

—Esto es todo lo que tengo —contestó, mostrando su mochila.

—Entonces vamos directos, vivo a las afueras del campus, tenemos que coger el coche.

Fueron hasta el aparcamiento y le señaló un Seat azul viejo y cascado. Montó en el asiento de copiloto y en quince minutos estaban aparcando frente al edificio donde se quedaría con ese hombre amable durante las próximas semanas. Subieron al segundo piso y el entrenador abrió la puerta para dejarle entrar.

—Bienvenido a mi humilde hogar.

El recibidor de la entrada era pequeño y daba directamente al salón con cocina abierta, al fondo del pasillo estaban la habitación y un baño grande. No hacía mucho espacio para dos personas, pero Neil se conformaba con poco y el lugar le pareció perfecto simplemente porque no habría nadie que le pegase.

—Puedes guardar tus cosas en este armario del pasillo, solo lo utilizo para las chaquetas y algunos trastos pero puedo meterlo en otro sitio mientras estás aquí.

—No quiero molestar.

—No molestas, Neil. Me molestaría más tener un invitado en casa que se sintiese incómodo, ¿entendido?

—Sí, entrenador.

Todavía no lo era suyo, sin embargo, Parker sonrió en vez de corregirle. Todos le llamaban así y a Neil le pareció correcto decirlo también.

—¿Tienes teléfono?

—No.

—Entonces no te alejes demasiado. Toma, una llave de la casa, aunque preferiría que hoy te quedases descansando, hay comida en la nevera, yo volveré por la noche. Mañana nos acompañarás al entrenamiento de nuevo.

Neil asintió y después de un incómodo momento en el que ninguno supo qué más hacer o decir, el entrenador se marchó confiándole su hogar. Neil no se atrevió a pasear por la casa más de lo estrictamente necesario para respetar su intimidad, guardó la mochila en el armario, colgó las pocas prendas de ropa que tenía, se aseó en el baño e hizo un segundo desayuno por pura gula. Luego se echó en el sofá, tumbándose cuan largo era, con los pies apoyados en el reposabrazos, e incluso se quitó los zapatos para estar más cómodo y no ensuciar. Tenía el estómago lleno y una sonrisa que no permitió aflorar. Se quedó dormido, contento de pasar todo el día holgazaneando en un lugar seguro. No se podía creer la suerte que había tenido, parecía demasiado bueno para ser real.

Se acordó de Ray en sus últimos pensamientos conscientes, que no había tenido ninguna suerte en la vida, mucho menos al acabar en una manada como la suya, y su descanso fue perturbado por pesadillas que ensombrecieron su ánimo. No podía olvidar de dónde venía, quién era, lo que era, ni de lo que huía.