Estuvieron
dos días encerrados en la casa, el entrenador tuvo que llevarles reservas de
comida porque allí no se preocupaban mucho de tenerlas, no iban precisamente
para comer. Hablaron de muchas cosas, sobre todo Neil; Andrew era más de
preguntar y escuchar, sonsacarle algo se parecía a una misión imposible.
También discutieron, luego pasaban tiempo a solas hasta que se calmaban y
seguían con la rutina como si no hubiera pasado. Andrew le obligó a hacer ejercicio
en esa diminuta casa para mantener algo de su rutina e hicieron competiciones
de abdominales, flexiones y sentadillas; Neil las perdió todas. También
durmieron, mucho, y juntos; no solo por las noches, también después de comer,
para matar el tiempo. Y vieron películas de miedo porque les gustaban a ambos y
los listos de los zorros las habían dejado allí para verlas con sus conquistas
y tener una excusa para arrimarse. Neil y Andrew dejaron un sitio vacío en el
sofá entre ellos y se miraban de soslayo cada vez que había un susto,
intentando no reaccionar para que el otro no lo notase, luego se sonreían.
No
encontraron otra forma de lidiar con la manada de Neil, tras mucho pensar y
hablar y discutir, así que tuvo que aceptar intentar la negociación con dinero
a cambio de su libertad. Esperaba que el deseo de venganza no pudiese más que
la avaricia y una buena tajada de dinero caliente que les tentase. Se sentía fatal
por tener que contar con parte del dinero de Andrew, le daba muchísima
vergüenza que tuviese que hacer eso por él, aunque también discutieron sobre
cómo se lo devolvería: Neil quería acordar plazos, incluso intereses, y Andrew
se negaba a todo como si le diese igual el dinero. Con lo mucho que costaba
ganarlo, ¿cómo lo despreciaba así? ¿cuánto tendría? No se lo preguntó, claro,
pero lo pensó.
—¿Te
acuerdas de algún número de teléfono al que podamos llamar? —le preguntó
Andrew.
—Claro.
Para esto será más rápido hablar con el líder de la manada.
—Pues
vamos, dímelo.
Estaban
en la cocina, con un botellín de cerveza cada uno, y el teléfono de Andrew
sobre la mesa, preparado para llamar.
A
Neil le costó horrores pronunciar cada número y estuvo a punto de vomitar
cuando dio el primer tono por el altavoz. Se sujetó a la mesa con una mano y
con la otra cogió el botellín y le dio un trago tan largo que casi se
atragantó. Dos tonos. Tres tonos.
—Hola,
Neil. Te estaba esperando.
Su
voz le puso los pelos de punta. Andrew le mandó callar con un gesto aunque ya
habían acordado que se mantendría al margen, solo escucharía.
—No
soy Neil, pero hablaré por él.
—¿El
chucho tiene nuevo dueño y no le deja ni ladrar un poco?
—Mira,
no me gusta perder el tiempo así que vayamos al grano.
—Vale,
es muy sencillo: Neil es de la manada, nos ha robado y se ha escapado. Lo
queremos de vuelta. Si no… habrá consecuencias.
—Neil
ya no es vuestro —gruñó Andrew—, pero estoy dispuesto a daros algo a cambio de
su libertad.
—¿El
qué?
—El
triple de lo que os robó.
Neil
agachó la cabeza y la apoyó en las manos sobre la mesa, era demasiado… y no
sería suficiente.
—¿Eso
crees que vales, Neil?
Alzó
la cabeza para mirar a Andrew cuando les llegó una risa a través del teléfono.
En su expresión había rabia contenida, en la Neil derrota.
—Me
parece demasiado para un chucho como él, pero en realidad ganaríamos mucho más
si volviese a luchar para nosotros. Eso es para lo que vales, Neil, y la manada
te necesita para mantenerse. ¿Crees que lo que le hice a Ray fue duro o
injusto? Ya sabes cómo funciona si pierdes, aunque tú nunca has perdido. Pues
si no vuelves, lo que te haré a ti y a tus nuevos amigos será mucho peor.
—A
ellos déjalos en paz —dijo con la voz ronca, sin poder contenerse.
Andrew
dio un golpe en la mesa y maldijo entre dientes.
—Ah,
mi Neil, ahí estás. Mi perrito bueno. Vuelve a casa y no habrá consecuencias,
todo seguirá como siempre.
Sabía
que mentía y Andrew también lo notó, los nudillos se le pusieron blancos de
tanto que apretaba los puños.
—No
—farfulló Neil.
—Entonces
nos cobraremos con sangre cada billete robado.
—Si
te metes con mi manada, destruiré la tuya —dijo Andrew antes de colgar el
teléfono y dar un puñetazo a la mesa.
Neil
volvió a dejar caer la cabeza y contuvo las lágrimas. Había sido bonito
mientras había durado, pero el sueño de una vida mejor y su limbo allí con
Andrew se habían terminado. No pondría a los zorros en peligro, sabía lo
violenta que podía ser una manada enfurecida y conocía muy bien a la suya.
Escuchó
a Andrew levantarse y no alzó la cabeza porque si lo veía marcharse derrotado,
sin más opciones, se derrumbaría.
De
repente, una mano le acarició la nuca y Neil tembló por la sorpresa. La mano se
enterró en su pelo, subiendo por su cabeza, hasta agarrarlo y tirar hacia
atrás. Neil jadeó y miró a Andrew, que lo observaba como un dios invencible. O
como un demonio, con esos ojos negros aniquiladores.
—Lucharemos.
—¿Estás
loco?
—Ya
sabes que sí.
—No
puedes ponerlos en peligro por mi culpa.
Tiró
un poco más del pelo y Neil gimió, tensando el cuello. Parecía que Andrew
necesitase sacar su furia de alguna forma para no explotar.
—Podrán
elegir.
—No.
—Estás
en mis manos, no te resistas.
Neil
no entendió si se refería a la discusión o a la fuerza con la que quería
someterle.
—Puedo
volver con ellos y sobrevivir.
Andrew
lo obligó a levantarse con un tirón y Neil tuvo que agarrarle del brazo y
apoyarse en el hombro contrario. Gruñó como el animal que era, mostrándole los
dientes.
—Sobrevivir
no es vivir, lo sé muy bien.
—Se
acabó. Será como si nunca hubiera estado aquí y me olvidaréis rápido, solo han
pasado unos meses.
Y
él lo recordaría para siempre y le ayudaría a seguir adelante. Pero Andrew no
estaba de acuerdo, lo empujó hasta tenerlo contra la pared y Neil se resistió.
Forcejearon, golpearon la mesa y tiraron los botellines, que se rompieron
contra el suelo. Neil lo empujó contra la encimera y Andrew lo sujetó por la
nuca para manejarlo mejor, empujándolo hacia un lado para cambiar las tornas. Neil
intentó quitárselo de encima, pero Andrew lo empujó con todo su cuerpo y no
pudo con él. Se le clavaba el borde de la encimera en la espalda y tenía la
respiración jadeante de Andrew en el oído y la mano que no le agarraba por la
nuca en el pecho.
—Basta,
Andrew.
No
le estaba haciendo realmente daño, pero podía perder el control en cualquier
momento y no sabía si le pegaría o…
—No
será como si nunca hubieras estado aquí.
Neil
sintió su aliento en la oreja y contuvo un jadeo.
—Suéltame.
Andrew
lo hizo al instante y se alejó de él, saliendo de la cocina con rapidez,
huyendo de él de repente. Neil recuperó el aliento y después barrió los
cristales esparcidos por el suelo; la casa era pequeña, no era fácil esconderse
del otro. Escuchó la ducha y salió de la cocina. Debería haberse marchado en
ese momento, pero no pudo hacerlo, una parte de él se negaba a perder
absolutamente la esperanza y no quería regresar al infierno. Una parte ingenua,
desesperada y asustada.
***
Esa
misma noche movieron su primera ficha.
Dejaron
un perro muerto en el porche de la casa de los zorros. Ellos no avisaron a
nadie, solo a Andrew, ni siquiera al entrenador ni mucho menos a la policía.
Según las instrucciones de Andrew, enterraron el perro y todos se fueron a
pasar la noche a otro lugar, con sus parejas o algún amante o amigo, en el
campus o fuera de él, hasta nuevo aviso.
Neil
salió del espejismo en el que había intentado permanecer. No habría más
amenazas después de esa, la próxima sangre derramada sería de alguno de ellos y
no podía permitirlo.
—¿Puedes
rastrearlos?
—¿Para
qué?
—Para
atacar primero, joder. No podemos esperar a que vengan a por nosotros.
—Estás
loco.
—¡Deja
de decir eso!
Neil
ya no tenía fuerzas para discutir. Se sentó en el sofá y permaneció en silencio
y lívido, esperando el momento para mover su ficha, en cuanto Andrew se
distrajese.
—No
te rindas —le pidió Andrew.
Neil
asintió, pero estaba claro que ya lo había hecho.
Andrew
se sentó a su lado, preocupado por él, porque cometiera alguna tontería. Cerró
la puerta con llave bajo la atenta mirada de Neil, y se guardó las llaves en el
bolsillo del pantalón.
—¿Encerrarme
es tu solución?
—Por
esta noche, sí. Los zorros están a salvo y ahora tú también.
No
cenaron, tenían el estómago revuelto por los nervios, y se fueron a la cama
juntos. Esa noche Neil se arrepintió de haber conseguido que durmiese con él,
ahora no le venía bien tenerlo tan cerca y vigilante, controlando cada
movimiento que hacía.
Se
tumbaron en tensión y sin hablarse ni mirarse. Neil por debajo de las sábanas,
como siempre, y Andrew por encima con su manta. Los dos eran tan cabezotas que
no hablaron durante una hora hasta que Neil fingió quedarse dormido. Esperó,
con la respiración ralentizada y los ojos cerrados, hasta que notó que Andrew
también había caído en las garras de Morfeo.
Abrió
los ojos y se movió muy despacio, si se despertaba le diría que iba al baño.
No
se despertó.
Neil
abrió la ventana un palmo, se desnudó y se transformó en gato. Solo estaban en
un segundo piso, podía escapar de ahí. Consiguió llegar al suelo y se alejó
bajo los coches, escondiéndose y alerta. No estaba seguro de que supiesen donde
se había refugiado, pero por si acaso.
En
cuanto a Andrew lo despertase el frío le odiaría por estúpido y eso le dolía,
no quería que le odiase, pero no había forma de solucionar nada. Se alejó de él
sabiendo que no volvería a verle y eso también le dolió. Lo que sentía por
Andrew era extraño y complicado y no lo entendía muy bien, como a él, pero era
intenso, siempre lo fue, desde el primer momento. Había cambiado a lo largo de
los meses, pero no había perdido intensidad.
Fue
hasta casa de los zorros deshaciendo el camino que habían hecho para llegar
allí. Se transformó fuera de la casa y forzó la puerta rompiendo el manillar.
Subió a su antigua habitación para cambiarse y aspiró el olor de Nicky con una
sonrisa triste. Luego bajó al salón, encendió una única luz, y esperó.
No
tardaron en llegar.
Los
olió cuando estuvieron lo suficientemente cerca, rodeando la casa.
Se
llenó los pulmones de aire y lo soltó despacio.
—Neil…
nos has causado muchos problemas —dijo Joshua, entrando con otros cuatro
cambiantes.
—Lo
siento —contestó él con la cabeza gacha.
Neil
se levantó cuando su líder se detuvo delante de él. Eran de la misma altura,
pero Neil se sintió muy pequeño frente a él.
—Mírame
—ordenó.
Neil
alzó los ojos y la cabeza despacio. Cuando estuvo erguido recibió el primer
puñetazo. Los otros cuarto le rodearon y lo sujetaron cuando estuvo a punto de
caer. Le goteó sangre de la nariz y cayó al suelo. El segundo puñetazo le giró
la cara en dirección contraria con un latigazo en el cuello y le partió el
labio. Más sangre se derramó. Dos cambiantes lo sujetaron por los brazos,
aunque ni siquiera había hecho amago de defenderse, y lo inmovilizaron,
ofreciéndole como un saco de boxeo. Joshua y los otros le dieron tal paliza que
después de un rato no podía mantenerse en pie por sí mismo, tal vez por eso le
habían sujetado, y para que no intentase huir.
Su
sangre manchó el suelo y salpicó los muebles y los sofás, un mensaje para los
zorros, que no volverían a verle.
Lo
sacaron a rastras de la casa, no podía ni mantener el peso de su cabeza, y lo
metieron en una jaula en la parte trasera de una camioneta. Neil perdió el
conocimiento en cuanto pudo relajarse y el dolor lo inundó.