09 febrero 2025

Capítulo 2

Neil corrió hasta el amanecer. Tan rápido como pudo, sin detenerse a descansar un solo instante, aunque dejase de sentir las piernas, aunque le doliesen los pulmones, aunque no supiese hacia dónde iba. Corrió para dejarlo todo atrás.

Al amanecer se dirigió a la carretera más cercana e intento hacer autoestop, pero nadie se dignó a recogerle, a saber las pintas que tenía después de horas corriendo, así que siguió caminando con la boca seca y el cuerpo dolorido hasta llegar a una gasolinera en medio de la nada donde había también un puesto de descanso para camiones.

Compró agua y comida, se sentó en el bordillo fuera de la tienda para degustar su manjar con el estómago revuelto y por primera vez fue totalmente consciente de lo que estaba haciendo. De lo lejos que estaba de la manada, de que ya se habrían dado cuenta de que se había marchado, y no solo eso, también de que les había robado.

Neil tembló y masticó con dificultad el último pedazo del sándwich, su cuerpo lo necesitaba para poder seguir adelante. Se terminó la botella de agua y fue al baño. Al apoyarse en el lavabo le temblaban las manos. Se miró en el espejo. Tenía los ojos enrojecidos, estaba pálido por el pánico y llevaba todo el pelo revuelto por el viento.

Joder, qué estaba haciendo. Estaba firmando su sentencia de muerte. No tenía ningún lugar al que ir. ¿Hacia dónde huiría? ¿Y qué haría después? No tenía ningún plan. Ni nada.

Se le aceleró la respiración y tuvo que agacharse de cuclillas, jadeando en busca de aire.

Iban a despedazarle cuando le encontrasen. Porque le encontrarían. No podía escapar de la manada. No debería haber huido. Era un estúpido y ahora sería un estúpido muerto. Un estúpido con sentencia de muerte sobre su cabeza.

No tenía ningún futuro. Ni con la manada, ni fuera de ella. ¿Entonces qué? Morir dentro o morir fuera. Morir por ellos o morir contra ellos.

Neil aguantó la respiración hasta que su corazón dejó de retumbar dentro del pecho y vio puntitos blancos al marearse. Soltó el aire lentamente y volvió a llenarse los pulmones despacio, controlando la respiración, controlando el pánico, hasta que pudo levantarse y volver a mirarse.

Estaba hecho un desastre.

Se echó agua fría en la cara para despejarse y en el pelo para peinarse un poco con los dedos. Le sentó bien refrescarse. Bebió un poco más de agua y alivió su vejiga antes de salir para buscar un buen samaritano que pudiese llevarle a cualquier lugar lejos de allí. Tal vez hubiese algún lugar en el mundo en el que pudiese esconderse. Alimentó sus vanas esperanzas para mantenerse en pie y su último recuerdo de Ray.

Se conocían desde hacía más de diez años, cuando la familia de Ray llegó a la manada de Neil y fueron aceptados entre los suyos. Al principio no se llevaron bien, peleaban más que hablaban, a ambos les costaba confiar, hasta que aprendieron que juntos sobrevivían mejor que separados, que podían ser un apoyo para el otro, y eso valía mucho allí. Y con su último aliento le había pedido que huyese, por él. Así que eso haría. Por él. Por todas las veces que lo planearon juntos y nunca se atrevieron a hacerlo. Porque el tiempo pasaba y las oportunidades se agotaban y nada cambiaba si no lo hacías tú mismo.

Neil compró un mapa en la gasolinera, colonia barata para rociarse con ella y disimular su olor, y encontró un camionero que iba lo suficientemente lejos para que sintiese que podía volver a respirar. No le hizo demasiadas preguntas y Neil encontró mentiras con rapidez, estaba acostumbrado.

Se subió al camión y se acomodó en el asiento espacioso junto al desconocido que iba a ayudarle a huir.

Después de conducir durante tres horas seguidas, pararon para comer y estirar las piernas. El camionero le invitó a un bocadillo caliente y fingió que se tragaba sus mentiras. Tampoco eran de su incumbencia. Su presencia no le molestaba y parecía un chico perdido intentando encontrarse, así que lo llevó lo más lejos que pudo, hasta la ciudad donde tenía que dejar la mercancía. Llegaron antes del atardecer y allí también le dejó a él, en otra gasolinera en el centro de la ciudad, como a un perro abandonado.

—¿Seguro que estarás bien, chico?

—Sí, gracias por todo.

El camionero asintió y se marchó, no podía llegar tarde a la entrega, y después de dormir el resto de la noche en cualquier hotel habría olvidado a aquel chico y volvería a casa con su familia.

Neil volvió a comprar agua y comida y empezó a callejear por esa nueva ciudad desconocida, llena de posibilidades y gente y ruido. Al final, sin ningún sitio al que ir, acabó tumbándose en el banco de un parque y contempló las estrellas durante toda la noche. Había dormido suficiente en el camión durante el trayecto de la tarde.

Al amanecer tomó café y bollos en una cafetería y empezó a relajarse de verdad. Había pasado dos noches lejos de la manada y seguía vivo. Tal vez le dejasen en paz, no merecía la pena el esfuerzo de buscarlo para matarlo, lo sustituirían por otro que ganase peleas y se olvidarían de él. Era una opción. Tampoco les había robado tanto dinero, unos miles de dólares.

Mierda.

Claro que le perseguirían.

Matarían a su propia madre por un solo billete.

Lo que tenía que hacer era encontrar algo por lo que mereciera la pena seguir luchando hasta que le encontrasen y después haber tenido algo por lo que mereciese la pena morir.

Se terminó el bollo y el café y deambuló durante todo el día, conociendo su nueva ciudad, mucho más grande que de donde venía. Esa noche buscó refugio porque necesitaba dormir y se alejó hacia las afueras para buscar tranquilidad. Encontró una casa abandonada y durmió sin descansar en toda la noche, abrazado con fuerza a su mochila y alerta por si escuchaba algún ruido de pasos acercándose.

Debería encontrar algún lugar donde quedarse. Tal vez un trabajo y una habitación en algún piso compartido. Pero necesitaba unos días para asegurarse de que no vendrían a por él. Así que siguió deambulando como un vagabundo, comiendo poco para ahorrar y durmiendo mal, buscando en los periódicos tirados anuncios de trabajo cuestionables y mal pagados donde no pidiesen muchos papeles ni hiciesen muchas preguntas.

Hasta que una noche se topó con un campus universitario y contuvo el aliento observando su gran arco de piedra de entrada. Neil siguió caminando, rodeando su inmensidad, hasta que decidió colarse saltando el muro, seguro que las entradas estaban vigiladas y así no dejaría rastro. Después de terminar el instituto no le permitieron seguir estudiando, aunque a él le habría gustado, ser algo más que un animal para peleas.

Como llevaba mochila y era joven pasó desapercibido cuando se cruzó con algunos alumnos rezagados y con un guardia de seguridad, aunque este le echó un vistazo y Neil se tensó, pero el guardia siguió su camino. Era tarde para fingir que salía de alguna clase, por suerte, no tuvo que hacerlo. Entonces sonrió y se adentró en el campus con menos miedo. Encontró un pabellón enorme que llamó su atención, parecía un gimnasio pero con más categoría, mucho más cuidado. En la entrada había un cartel metálico en el que se leía “Los Zorros de Palmetto” sobre la silueta de una cancha de baloncesto. Neil probó a tirar de la puerta sin mucho ímpetu y se sorprendió al poder abrirla. Era su día de suerte, podría darse una ducha y dormir caliente.

Se encerró en los vestuarios y se quitó de encima toda la suciedad de llevar varios días vagabundeando. También lavó la ropa y la dejó tendida sobre los bancos de madera, no se secaría del todo durante la noche pero sí lo suficiente. Al lado había una sala con sofás y sillones y una televisión. Contuvo las ganas de encenderla y se acurrucó en el sofá más grande, de tres plazas, soltando un profundo suspiro. No había notado que estuviera tan cansando, pero de repente su cuerpo pesaba toneladas y los cojines le engullían. Se quedó dormido enseguida.

 

***

 

Estaba tan profundamente dormido que no notó que ya no se encontraba solo hasta que una mano se posó en su hombro. En ese instante dio un respingo, se quitó la mano de encima con un manotazo y saltó del sofá con la mochila contra el pecho, gruñendo como un animal acorralado.

—Ey, ey, tranquilo. No voy a hacerte daño —dijo otra voz masculina.

Neil consiguió enfocar la mirada y encontrarle en la penumbra. La luz de las farolas entraba por las ventanas y la del pasillo por la puerta entreabierta.

—Tranquilo —repitió el extraño.

Era un chico de su edad, cabello claro, alto, no podía distinguir el color de sus ojos. Alzaba las manos con las palmas hacia fuera para mostrarse inofensivo y Neil cerró la boca y apretó los dientes, buscando con la mirada un lugar por donde huir con rapidez. La puerta que estaba abierta. Fácil. Se giró hacia un lado, delatándose con su cuerpo, y el otro fue más rápido.

—Te prometo que no quiero problemas ni hacerte daño —dijo, cubriendo la salida con su cuerpo—, pero te has colado en nuestro pabellón y creo que al menos merezco alguna respuesta. ¿Quién eres?

El otro chico esperó respuesta hasta que se dio cuenta de que no iba a contestar nada. Suspiró y dejó caer los brazos.

—Me llamo Nicky, juego en los Zorros y estudio en la universidad. ¿Y tú?

El extraño se armó de toda su paciencia, tenía mucha.

—No eres de aquí, ¿verdad?

Neil aceptó que no podía huir tan rápido como quería así que relajó los hombros y negó con la cabeza.

—No he causado daños, deja que me vaya y no volveré.

—¿Sabes? Aunque no lo creas, has llegado al sitio ideal para chicos perdidos —dijo Nicky con una sonrisa.

—¿Quién dice que esté perdido?

Nicky lo miro de arriba abajo y arqueó una ceja, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la puerta. Neil se sintió expuesto y retrocedió un paso, aunque eso lo alejase más de la puerta.

—Yo también estuve perdido una vez.

—Dudo que tú y yo tengamos nada en común —contestó Neil con rabia.

—Tú no tienes nada, eso seguro. —Neil recibió sus palabras como un golpe y apretó con más fuerza la mochila—. Pero yo tengo una casa con un sofá más cómodo y desayuno para mañana.

Neil frunció el ceño de forma casi cómica, como si le estuviese hablando en otro idioma e intentase descifrarlo. Entonces Nicky se apartó de la puerta para dejarle salir.

—No voy a retenerte en contra de tu voluntad. Si no has roto ni robado nada podrás marcharte y será como si nunca hubieras estado aquí. Pero te ofrezco otra opción: venir conmigo esta noche, dormir en un lugar seguro y tiempo para pensar mañana qué vas a hacer.

—No sabes nada de mí.

—Sé que pareces inofensivo.

Neil soltó una carcajada amarga que no inmutó a Nicky.

—No sé nada de ti.

—Puedes confiar en que también soy inofensivo.

—Confiar… —susurró Neil, incrédulo.

Solo había confiado en una única persona en toda su miserable vida y ahora estaba enterrado bajo tierra. Ray también había confiado en él y Neil le había fallado.

—Sí, confiar. Es una palabra de nuestro idioma, si quieres te explico su significado.

Neil bufó y Nicky sonrió.

—¿Qué pierdes por intentarlo?

—Podría perderlo todo, aunque creas que no tengo nada.

—Lo siento, no era mi intención ofenderte. Déjame que te haga una última pregunta: ¿Tienes algún lugar mejor donde ir?

No, no lo tenía, y la respuesta se le notó en la cara porque Nicky asintió, comprendiéndolo y esperando que cediese por fin.

—¿Por qué me ayudas?

—Porque pareces necesitarlo y a mí no me cuesta nada.

—¿Y si te robo? ¿Y si te hago daño? ¿Y si no soy inofensivo?

—Vivo con los chicos del equipo, así que creo que varios jugadores de baloncesto podremos contigo… si hiciera falta. Y no pongas esa cara, nadie va a hacerte daño si te portas bien. ¿Qué me dices?

Tal vez Neil no fuese un jugador de baloncesto alto, fuerte y prepotente, pero era un cambiante y lo que mejor se le daba era pelear, él también podría defenderse si hiciera falta, así que sofá y desayuno en casa de ese extraño sonaban mejor que casa abandonada y banco en el parque. Estaba descubriendo que también se le daba bien huir, así que podría volver a hacerlo cuando fuese necesario.

Asintió y la sonrisa de Nicky se hizo más grande.

—Tengo que recoger algo de ropa del vestuario.

—Pues vamos.

Llevó la ropa mojada en la mano y salieron juntos del pabellón de baloncesto. Nicky se aseguró de cerrarlo con llave y emprendieron el camino hacia su casa.

—Nuestra residencia está cerca. Es una casa solo para nosotros, así nos tienen más controlados a todos juntos.

Neil asintió, fijándose en el camino que tomaban y en todo lo que había alrededor para no desubicarse si necesitaba salir corriendo.

—Tienes suerte de que te haya encontrado yo, ha sido toda una casualidad.

—¿Por qué?

—Algunos compañeros vienen a entrenar por la noche, yo prefiero descansar. Hoy se la han tomado libre y de repente he recordado que no había cerrado la puerta en la última sesión, por eso he tenido que venir. Si te hubieses encontrado con alguno de los otros no habría acabado tan bien tu noche.

—¿Y crees que se tomarán bien que me metas en su casa?

—Tranquilo, sé manejarlos. Se quejarán un poco si queda alguno despierto, pero perro ladrador poco mordedor.

Si él supiera…