Lo
mantuvieron en la jaula como a un animal, así que Neil se transformó para no
sentir el dolor ni la humillación como un humano. Pasó tres días a la
intemperie, en pleno invierno, protegido solo gracias a su pelaje y su
temperatura corporal. Algunos miembros de la manada se acercaron para
insultarle, escupirle o tirarle colillas encendidas. Su padres no fueron a
verle ni una sola vez y a Neil le pareció mucho mejor eso que tener que verlos.
Pensó
en los zorros. Se imaginó el inmenso cabreo que debía tener Andrew por haberle
abandonado así, en mitad de la noche, como un ladrón o como un amante
traicionero. La decepción que debía sentir por haber perdido tiempo con alguien
como él para que al final se lo agradeciese así. No entendería que había hecho
lo mejor para él, para ellos, porque Andrew solo entendía la fuerza, la
violencia, la dominación, nunca la derrota o la rendición. Andrew no era solo
salvaje, era indomable, pero Neil… él había aprendido a ser sumiso en contra de
su voluntad y a sobrevivir de la forma que fuese con tal de respirar un día
más. Estaba seguro de que Andrew preferiría morir antes que vivir de una forma
que no pudiese elegir ni controlar.
Neil
había aprendido a admirarlo y así nació su confianza en él.
Durante
esos días también se recriminó a sí mismo por el daño que les habría causado a
Matt y Nicky, para ellos habría sido mejor que nunca hubiese aparecido en sus
vidas. Al menos Andrew se centraría en la furia y el odio, pero sus amigos solo
sentirían tristeza y dolor por su culpa. Tal vez se preguntasen si seguía vivo
después de haber encontrado el salón manchado con su sangre y luego recordasen
sus cicatrices e imaginasen las cosas que le harían si no lo habían matado ya.
Sí, la muerte parecía una mejor perspectiva, Neil también lo pensaba, aunque
nunca cedería ante esa rendición, ni aunque le redimiese de todos sus pecados.
Y
también le quedaba tiempo para lamentarse por el entrenador, que había confiado
en él ciegamente desde el primer momento y le había abierto las puertas de su
casa para acogerle y darle un hogar, una nueva vida, una meta para dejar de
mirar hacia atrás cubriendo sus espaldas y poder mirar hacia el futuro. Sí, fue
bonito mientras duró, y fue posible gracias a esas personas que no olvidaría
hasta su último aliento de vida, fuese cuando fuese.
Al
tercer día le dieron de comer. O, más bien, le tiraron sobras a través de los
barrotes y las comió del suelo porque estaba famélico, como un perro vagabundo.
—Coge
fuerzas, esta noche hay pelea, chucho.
Neil
se preguntó muchas veces en su vida si todas las manadas eran iguales o si
habría otras que no tratasen a los suyos como le trataban a él. Sabía que no
todas participaban en peleas de perros ni en carreras y se imaginaba con
familia que le quería y amigos y compañeros que le protegían las espaldas.
Luego esas fantasías se volvieron muy dolorosas y dejó de preguntarse qué
habría ahí fuera, en otras vidas, porque él estaba atrapado en la suya. Hasta
que rompieron el único lazo que lo mantenía más sujeto que el miedo: el amor.
Cuando le arrebataron a la única persona a la que había querido, a su único
amigo, su único apoyo, lo perdió todo. Y ya se sabe lo que dicen, cuando te
quitaban todo ya no te quedaba nada que perder.
Hasta
que volvió a tener algo que perder y se sacrificó por ello.
Al
atardecer lo sacaron de la jaula, le obligaron a cambiar de forma y lo limpiaron
a manguerazos de agua fría. Luego le dieron ropa seca y vieja y lo alimentaron
de nuevo.
—Más
te vale ganar esta noche —le dijo Joshua, palmeándole la mejilla con
condescendencia y una promesa de violencia.
Neil
siguió sin ver a sus padres y tuvo un mal presentimiento, no porque no hubiesen
ido a visitarlo a la jaula, sino porque tampoco se unían para presenciar la
pelea, les encantaba beber y gritar y la euforia de verlo ganar y recoger el
dinero para regodearse en ello. Solo por eso preguntó por ellos y se arrepintió
en cuanto vio el cambio en la mirada de Joshua.
—Tus
padres pagaron por tus pecados. Ahora tú pagarás por todos.
Lo
metieron en una furgoneta y dejó la mirada perdida por la ventanilla. No sabía
cómo sentirse al saber que los habían matado. No los quería, no les echaría de
menos, el mundo era un lugar mejor sin ellos y su vida también lo sería porque
al menos ya no viviría bajo el yugo de su propia sangre. Al final, aceptó que
se sintió aliviado.
Volver
al barullo de una noche de pelea fue como volver a casa. Reconocía la tensión
en el ambiente, los olores a sudor y alcohol, el humo y el polvo mezclados en
el aire, la adrenalina y la sed de sangre, los latidos de corazón acelerados.
Esa noche lucharía contra otro cambiante. Se transformó solo y lo llevaron al
centro de la fábrica abandonada, donde estaba el cuadrilátero manchado por la
sangre de tantas otras peleas. Neil había sangrado mucho ahí, y hecho sangrar
también.
A
un lado estaban los miembros de su manada, enfrente las del otro, y entre
medias los espectadores humanos. Neil entró en el cuadrilátero con el otro
perro, un dóberman enorme, y se olisquearon y gruñeron desde sus respectivas
esquinas.
Neil
contuvo las ganas de llorar por volver a estar allí y ladró con rabia,
enseñándole los dientes y lanzando dentelladas al aire. Quería que empezara
cuando antes para terminar cuanto antes también.
Estaban
tan perdidos el uno en el otro, en las ansias de violencia que sus cuerpos
reconocían con anhelo y costumbre, que no se entraban de nada de lo que pasaba
a su alrededor, y solo se lanzaron al ataque cuando les golpearon el lomo para
indicarles que la pelea había empezado.
Se
lazaron a por el otro enrabietados.
Neil
lo esquivo en el último segundo y le mordió la pata, haciéndole caer, pero
resbaló en el suelo por la velocidad que llevaba, arañándolo con las uñas, y el
otro pudo levantarse y volver a atacar. Se mordieron el uno al otro sin ápice
de instinto de supervivencia, parecía que los dos estaban desesperados por
vivir o morir cuanto antes. Desgarraron piel, saborearon la sangre del otro e
ignoraron su propio dolor para causar el máximo posible en el contrario. Misma
raza, misma esclavitud, pero enemigos insalvables.
El
sonido de un disparó los sorprendió tanto que traspasó sus defensas y los hizo
soltarse y separarse para observar el jaleo a su alrededor.