—¿Confías
en mí? —preguntó Neil de repente.
—Sí
—contestó Andrew sin dudar.
Neil
se levantó, llevándolo consigo, y le hizo ponerse el pantalón a la vez que lo
hacía él mismo. Le cogió de la mano y lo sacó de la habitación con rapidez,
comprobando antes que no hubiese nadie en el pasillo, y corrieron hasta el baño
para volver a encerrase dentro.
—¿Puedo
echar el pestillo?
Andrew
lo hizo como respuesta.
Neil
lo besó contra la puerta, eufórico tras haber vivido el momento más íntimo y
erótico de su vida. Sonrió contra sus labios y le costó soltarlo para abrir el
grifo de la ducha y prepararlo para que saliese agua caliente.
—Dúchate
conmigo.
Andrew
tampoco dudó esa vez. Irían poco a poco, pero ya tenía claro que lo haría todo
con él, lo quería todo con él, y lo disfrutaría. Confiaba ciegamente en Neil y
esa confianza aligeraba el peso que le había aplastado el corazón durante toda
su vida.
Volvieron
a desnudarse y se metieron juntos en la ducha. Para Neil no había pasado
inadvertido que se había quitado las muñequeras por primera vez en su
presencia. Desde que conocía su verdad tenía un presentimiento que no se había
atrevido a expresar.
El
agua los empapó y volvieron a besarse bajo el chorro.
Andrew
enjabonó a Neil y a sí mismo, pero permitió que le lavase el pelo desde
delante, dejando caer la cabeza para facilitarle el acceso, y cerró los ojos
ante el placer de ser tocado así, estando desnudo, expuesto… y sin
connotaciones sexuales, solo con una inmensa ternura que calaba hasta los
huesos, igual que él había adorado cada centímetro de su cuerpo antes con la
excusa de limpiarlo.
Después
de enjuagarle el pelo, Neil le dio un beso en la frente.
—Gracias.
—¿Por
qué? —preguntó Andrew.
—Por
confiar en mí. Saber la verdad no hace que te vea de forma diferente, solo que
valore mucho más cada caricia y cada beso. Eres un jodido milagro, Andrew, porque
después de tanto horror y violencia estás aquí, creándote una buena vida,
siendo importante para muchas personas, superando tu pasado para poder tener un
futuro.
—Entonces
tú también eres un milagro.
“El
mío”, pensó sin atreverse a decirlo.
—Tal
vez por eso nos hemos encontrado.
Neil
apoyó su frente en la de Andrew y se quedaron así un rato bajo el chorro de
agua caliente. Le acarició una mano, recorriendo su palma con los dedos,
subiendo lentamente hasta rozar el interior de su muñeca sin la protección de
las muñequeras. Andrew se tensó un instante y luego volvió a relajarse y le
dejó seguir tocándolo. Rodeó su muñeca con los dedos, haciendo círculos suaves
sobres su piel, y giró su brazo para por ver lo que ocultaba. Andrew no se
resistió, incluso le enseñó por sí mismo el interior de la otra muñeca.
En
ambas tenía una cicatriz diagonal que resaltaba pálida sobre su piel y el azul
de sus venas.
—Lo
hice la primera noche en el correccional —dijo Andrew—. Ni siquiera sabía cómo
tenía que cortarme las venas, sigo vivo gracias a eso.
Neil
le sujetó el rostro y lo miró con intensidad.
—No
—contestó—, sigues vivo porque eres fuerte y valiente.
—Nunca
tuve claro si era valiente o un cobarde, ni cuando intenté cortarme las venas
ni cuando no me atreví a volver a hacerlo.
Neil
soltó su rostro y bajó las manos por sus brazos hasta sujetarle las muñecas con
delicadeza. Alzó una de ellas y depositó un beso sobre la cicatriz, luego hizo
lo mismo con la otra bajo la atenta mirada de Andrew, atónito y conmovido. Por
primera vez en todos esos años, sintió que de verdad se habían cerrado sus
heridas.
—Déjame
abrazarte —suplicó.
Andrew
asintió, derrotado, y Neil lo envolvió entre sus brazos bajo el agua que caía
sobre ellos como una cálida lluvia. Al principio Andrew no le correspondió, sus
brazos colgaban inertes, y había escondido el rostro en la curva del cuello de
Neil, pero poco a poco sus manos se engancharon a sus caderas y subieron por su
espalda hasta rodearlo y abrazarlo también. Entonces se sujetó a él con fuerza.
Sus
cuerpos desnudos sosteniéndose y consolándose, sus corazones latiendo al
unísono, sus olores mezclados: eran uno, por fin.
Escucharon
una risotada fuerte en el pasillo y un golpe seguramente debido a un empujón
entre amigos y ambos dieron un respingo y se apartaron para mirarse, sonriendo.
Neil
cerró el grifo y salieron de la ducha. Cogieron toallas limpias del armario, se
secaron con rapidez y salieron juntos llevando solo los pantalones
desabrochados, y de repente el pasillo era el lugar más transitado de la casa.
Kevin
los miró como si fuesen dos extraterrestres. Los demás les soltaron silbidos y
algún vitoreo de broma. Andrew los ignoró, Neil les hizo una peineta sin que se
le borrase la sonrisa del rostro. Luego dio un portazo.
Cambiaron
los pantalones por los del pijama y se metieron en la misma cama.
—En
algún momento tendrán que reaccionar normal cuando nos vean juntos.
—Sí,
cuando les cierre la boca con el puño.
Neil
soltó una carcajada y Andrew estuvo a punto de sonreír.
—No
he podido encontrar a Tyler, se ha mudado.
—Pero
no fue eso lo que te hizo desaparecer, ¿verdad?
Andrew
hizo un sonido afirmativo y Neil pilló la indirecta.
—No
te preocupes —continuó—, no creo que Tyler sea peligroso, solo quiere
asustarme, se aburrirá cuando vea que no lo consigue. Estoy más tranquilo desde
que sé que es él.
—Supongo,
pero yo sigo muy enfadado.
Neil
se acurrucó a su lado como siempre, con la barbilla en su hombro y la nariz
cerca de su cuello, pero de repente se sentó dando un bote que asustó a Andrew.
—¿Qué
pasa?
—Seguro
que llevas todo el día sin comer, ¿verdad?
—No
tengo hambre.
—Voy
a por algo, no te muevas.
No
pudo detenerlo, Neil saltó por encima de él y bajó a la cocina. Le preparó un
sándwich con restos de pollo asado frío, lechuga y mayonesa, y comió también un
poco en el proceso.
—Así
que voy a tener que acostumbrarme a compartir habitación con Kevin.
Neil
se dio la vuelta y miró a su amigo con un poco de culpabilidad en la sonrisa.
—Si
no te importa…
—Todo
sea por ver a ese loco feliz. Y a ti, claro, pero es que lo suyo es un hito.
—¿Lo
ves feliz?
—Joder,
hasta me da envidia. El principio de las relaciones es lo mejor, lo más
emocionante, y ese cabrón está loco por ti. Aunque, siendo él, tal vez sería
más adecuado decir que está cuerdo por ti.
—Ja…
ja…
—¿Y
tú?
—¿Cuerdo
o loco? No lo tengo claro.
Nicky
se rio.
—¿Tú
estás bien? ¿Sigues bien con Dean?
—Sí,
todo genial.
—Siento
teneros un poco abandonados últimamente, de repente tengo demasiado que manejar
y me estoy adaptando.
—No
te preocupes, Neil, todo se estabiliza con el tiempo.
Ambos
subieron a sus respectivas habitaciones y Neil se encontró con la sorpresa de
que Kevin estaba en la suya con Andrew. Supuso que para ellos también era
difícil, se encontraban en la misma situación, de repente Neil se había metido
por medio y ahora tenían mucho menos tiempo para estar juntos cuando antes eran
casi siameses.
Había
sido un día muy intenso, seguro que Kevin había estado preocupado por su amigo.
—Perdón.
Se me ha olvidado un vaso de agua, voy a por…
—Pasa
—dijo Kevin—, yo me voy ya.
—Puedes
quedarte si quieres.
—Estoy
cansado. Adiós.
Neil
se hizo a un lado para dejarlo salir y cerró la puerta.
—Me
odia.
—No
te odia.
—No
quiero interponerme entre vosotros, respeto vuestra amistad.
—Lo
sé.
Andrew
se había puesto una camiseta y estaba sentado en la cama, apoyado contra el
cabecero, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Vas
a comerte esto, pero en tu cama, no llenes la mía de miguitas.
—¿Y
la mía sí?
—No
vas a dormir en ella.
Andrew
se levantó, cogió el plato y le obedeció. Se comió el sándwich en cuatro
bocados, dio un trago de agua de una botella que tenía en la mesita de noche, y
volvió a la cama con Neil. Apagó la luz y se acomodaron en su postura de
siempre.
La
casa fue quedándose en silencio poco a poco, pero ellos no se quedaban
dormidos. Neil apoyó una mano sobre su pecho y se relajó contando los latidos
de su corazón. De repente, Andrew puso una mano sobre la suya y Neil pensó que
le apartaría, pero no lo hizo, la dejó ahí.
—Neil.
No
contestó, en la forma de pronunciar su nombre había millones de palabras más,
pendiendo sobre ellos.
—No
te abandonaré nunca.
Si
la postura estuviese invertida, Andrew habría podido notar cómo su corazón se
detenía un segundo antes de saltar.
—Bien
—consiguió decir.
—No,
no sabes lo que significa.
—Explícamelo.
—Que
eres mío. —Se lo había dicho otras veces, con autoridad, con dominación, con
posesión; pero esa vez era diferente, era mucho más—. Que no te dejaré y tú
tampoco podrás dejarme. Nunca renunciaré a ti.
Neil
podría haberse sentido abrumado, incluso asustado. Podría haberse sentido
intimidado por una afirmación tan salvaje y descarnada. Sin embargo, se sintió
en casa, seguro y protegido. Lo que Andrew sintiese por él jamás podría
asustarle, al fin y al cabo, él tenía su parte animal. También era salvaje.
—Tú
también eres mío.
—Prométemelo.
Su
bestia rugió, pletórica.
—Te
lo prometo.
Entrelazaron
los dedos de sus manos unidas sobre el pecho de Andrew, él le sujetaba con
fuerza, hasta que por fin consiguieron dormirse.
***
Tuvieron
unos días tranquilos, sin amenazas, inmersos en la rutina de las clases y los
entrenamientos. Neil incluso tuvo tiempo de salir con Nicky, Dean y Matt, y
darle algo de espacio a Andrew para que pudiese distraerse con Kevin. Estar
siempre esperando que algo malo pasase era agotador. Tenían que centrarse en
sus vidas: entregar trabajos, aprobar exámenes, ganar partidos, no abandonar a
los amigos aunque les guardases secretos, y volver a pasar mucho tiempo en la
biblioteca. Para Neil, era su lugar favorito de todo el campus, después de la
cancha de baloncesto. Ese día se distrajo tanto que tuvieron que avisarle
cuando iban a cerrar para no dejarle dentro, había un temario que se le estaba
resistiendo un poco y le tenía frustrado.
Se
colgó la mochila al hombro y cogió el teléfono, extrañado por lo silencioso que
estaba, si hubiese vibrado en algún momento se habría dado cuenta de lo tarde
que era al mirarlo. Pero, claro, al intentar desbloquearlo se dio cuenta de que
estaba apagado; se había quedado sin batería, solo esperaba que Andrew no
estuviese preocupado y no le hubiese escrito.
Salió
con prisa, sin prestar atención a su alrededor, tan apurado que ni siquiera se
percató de los olores y el golpe le pilló desprevenido.
Le
dieron con algo en la cabeza tan fuerte que cayó al suelo y perdió el
conocimiento durante unos instantes. Cuando abrió los ojos estaba tirado en el
suelo, en un callejón detrás de la biblioteca, rodeado por cuatro chicos
encapuchados, sujetando bates de beisbol. Con eso le habían golpeado. Y
reconoció su olor, el mismo que había dejado en la notas amenazantes.
—¿Crees
que así vas a recuperar a Andrew?
Le
dolía la cabeza y estaba un poco mareado, pero consiguió levantarse para
mirarlo a la cara cubierta de sombras.
—Cuando
te rompa y ya no quiera jugar contigo, le recordaré lo bien que lo pasábamos.
—No
te perdonará.
—¿Crees
que le importas? —Le puso el bate bajo la barbilla y lo apretó contra la
garganta de Neil—. Qué idiota.
—¿Y
tú crees que le importas? Qué idiota —contestó con burla.
Debería
haberlo pensando mejor. No fue Tyler quien le golpeó, otro le sorprendió por la
espalda, lanzando el bate contra sus costillas. Neil se encogió y jadeó de
dolor.
Tyler
le cogió del pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Otro le dio una patada tras
las rodillas para hacerle caer y entonces empezó la paliza.
—Andrew
es retorcido. Cuando vea lo que he hecho por él sabrá apreciarlo, me respetará
y no volverá a dejarme —dijo como un demente mientras le golpeaba.
Neil
no le llevó la contraria porque no quería enfadarle más, porque estaba en
desventaja, y porque ese imbécil no se merecía saber cómo era de verdad Andrew.
Se protegió la cabeza de los golpes y aguantó. Estaba acostumbrado al dolor.
Tal vez contra uno o dos podría haberse defendido, pero no contra cuatro.
Qué
equivocado había estado al pensar que Tyler sería inofensivo. El cabrón estaba
más loco que ninguno.
Una
patada en la cara lo tiró hacia atrás, la sangre manó por su nariz como un
grifo abierto y se le metió en la boca. Perdió por completo el control de la
situación, el poco que tenía protegiéndose. Le golpearon hasta dejarlo
inconsciente.
Al
menos, en la plácida y fría oscuridad no había más dolor.
Luego
regresó. Siempre regresaba.
Tosió
e intentó incorporarse. Alguien lo estaba sujetando y lo llamaba desde muy muy
lejos aunque lo tenía justo al lado. La voz se iba acercando hasta que abrió
los ojos y vio el rostro contorsionado por la ira de Andrew.
—Tranquilo,
estoy bien.
—Tienes
la puta cara empapada en sangre, no digas que estás bien.
Gimió
de dolor al levantarse con ayuda de Andrew y este le sujetó pasándose uno de
sus brazos por encima del hombro y rodeando la cintura de Neil.
—Le
voy a matar —mascullaba Andrew mientras salían del callejón.
—¿Cómo
me has encontrado?
—Te
puse un rastreador en el teléfono.
—Ah,
claro.
Si
hubiese podido se habría reído. Sin embargo, viniendo de Andrew, ni siquiera le
pareció algo desproporcionado.
—He
traído la moto, ¿puedes sujetarte?
—Sí.
Cuando
entraron en casa todos se revolucionaron y se preocuparon por Neil. Por si su
antigua manada había vuelto a por él, por si tenían que prepararse para
defenderse. Pero Andrew se inventó que le habían dado una paliza para robarle
y, dentro de lo que cabía, todos se tranquilizaron. Matt ayudó a Andrew a
subirle por las escaleras y le limpiaron la sangre y le curaron las heridas en
el baño.
—Parece
peor de lo que es. Mañana estaré como nuevo.
Andrew
gruñó. Matt le sonrió con lástima. Por suerte, Nicky no estaba en casa esa
noche y se había evitado el disgusto de verlo así.
Cuando
estuvo decente con ropa limpia y sin rastros de sangre, solo con algunas
costras y moratones, lo bajaron al salón y le obligaron a tomarse una sopa que
le hizo Matt y unos analgésicos que le dio Spike. Liam le miraba con sospecha y
Neil evitaba su mirada. Alguien puso un partido de baloncesto en la televisión
para rebajar la tensión del ambiente y Neil agradeció la distracción. Andrew no
tanto, no tardó ni la mitad del partido en salir a fumar y no volvió a entrar.
Neil
no se quedó a ver el final, pasaba más tiempo mirando la puerta esperando que
Andrew entrase que mirando la pantalla. Le inquietaba que pudiese cometer una
estupidez o que estuviese torturándose por un millón de razones diferentes,
porque se echaba el peso del mundo sobre los hombros.
Salió
a buscarlo.
Estaba
apoyado en la barandilla, terminándose el que sería su segundo cigarro.
—Deberías
estar dentro, descansando.
—Puedo
mantenerme en pie —contestó, apoyándose a su lado. La verdad era que le vino
bien poder sujetarse a la barandilla, pero no pensaba permitir que Andrew
supiese lo mal que se encontraba.
—Neil…
—No
—le cortó—. Ni se te ocurra culparte.
—Si
fuera mejor persona me alejaría de ti para protegerte, pero soy egoísta, y te
han dado una paliza. ¿Cómo no voy a sentirme culpable?
—No
te permitiría dejarme. ¿Lo recuerdas?
—Y
yo no permitiré que vuelvan a hacerte daño.
Neil
estaba a punto de contestar cuando Kevin salió para reunirse con ellos, se
cruzó de brazos y los fulminó a ambos con una mirada inquisitiva.
—¿Qué?
—gruñó Andrew, apagando el cigarro en un cenicero de metal.
—¿Tengo
que seguir fingiendo que me creo la estupidez del robo? Porque no me queda bien
hacerme el tonto —contestó cortante—. ¿Qué ha pasado?
Para
sorpresa de Neil, Andrew le contestó con la verdad.
—Tyler,
eso ha pasado. Ese cabrón está más pirado que yo.
—Joder.
—Miró a Neil de soslayo y devolvió toda su atención a su amigo—. ¿Necesitas
ayuda?
—Si
la necesito te la pediré.
Ambos
asintieron y Neil notó que era como un momento entre ellos, su conexión, y se
mantuvo al margen en silencio, hasta que Kevin dio un paso atrás para volver
dentro.
—Estás
hecho una mierda —le dijo como despedida.
—Gracias
—contestó Neil con sarcasmo.
Una
parte de él seguía pensando que Kevin le odiaba, o le despreciaba; tal vez por
ser cambiante, tal vez por haberle robado la atención de Andrew, tal vez
simplemente porque parecía odiarlo casi todo. Pero él no podía odiarle, porque
estaba dispuesto a ayudar y proteger a Andrew como un buen amigo haría, y eso
le parecía suficiente para respetarlo.
—Vete
a descansar.
—Necesito
que me ayudes a ponerme el pijama.
—Tu
dolencia varía según te convenga, ¿verdad?
Neil
sonrió y a Andrew se le relajó un poco el rostro y la dureza de la mirada.
Mañana
sería un día nuevo. Mañana decidirían cómo encargarse de Tyler. Se merecían un
poco de paz de una vez por todas, maldita sea, y la conseguirían como fuese.
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