01 febrero 2025

Capítulo 10

El amanecer despertó a Neil, que seguía acurrucado en el suelo de la calle en forma de animal. Le costó enfocar los pensamientos y centrar su mente, no funcionaba igual cuando estaba transformado, las ideas eran fugaces y muy visuales y viscerales. Pabellón, ropa, cambiar, fiesta, casa, volver. Tristeza, desconfianza, huir. Huir, huir, huir. No. Volver.

Regresó al pabellón de baloncesto mientras el cielo se volvía cada minuto más azul, más lleno de luz. Era demasiado pronto para que se encontrase a nadie, o eso esperaba, porque podría tener problemas si alguien veía a un animal intentando entrar allí e intervenía.

Estaba a punto de echar a correr hacia la puerta abierta cuando alguien salió, sorprendiéndole. No tuvo tiempo para esconderse, lo tenía justo enfrente y le estaba mirando con esos ojos negros. El corazón de Neil latió desbocado.

Andrew cerró la puerta y avanzó, despacio para no asustarlo, hacia el animal que tenía delante. Neil no se había convertido en un perro de pelea sino en un chucho cualquiera para no llamar la atención, ya había guardado en su ADN diferentes razas para la situación que necesitase. Rottweiler y Pit Bull para pelear, galgo para salir a correr y participar en carreras (no hacía muchas, las peleas daban más dinero) y varios chuchos para moverse entre la gente. Los cambiantes podían adoptar formas muy variadas, todas dentro de los estándares felinos y caninos; dese un gato a un tigre, un perro a un lobo, incluso zorros y coyotes. Para adoptar una forma tenía que verla y replicarla, una vez hecho se guardaba en la memoria de su ADN y siempre podían volver a esa forma. Neil también podía convertirse en lobo y en lince, pero no solía hacerlo.

Andrew y el perro se miraron. Neil se puso nervioso, era imposible que lo reconociese, lo único que conservaba de su forma humana era el color de sus ojos. Bajó la mirada y soltó un quejido lastimero.

—Tranquilo, no voy a hacerte daño —dijo Andrew.

Neil movió la cola y se acercó un poco. No parecía algo que Andrew fuese a decir jamás a otra persona, pero se lo había dicho a un animal.

—¿Te has perdido?

Andrew se agachó, quedándose en cuchillas, y tendió una mano hacia el perro con la palma hacia arriba, esperando que se acercase un poco más. Neil lo hizo, no pudo resistirse, podía olerlo de forma mucho más intensa que siendo humano y le gustaba su olor. Se puso al alcance de Andrew y soltó un gemido perruno cuando le acarició lo alto de la cabeza, entre las orejas. Luego le rascó el cuello y Neil se acercó más, hasta estar entre sus piernas, y Andrew pasó la mano por su lomo en una cadencia relajante.

—No llevas collar, supongo que no eres de nadie.

Neil golpeó su rodilla con el hocico y soltó un ladrido. Claro que no era de nadie, ya no, ahora solo se pertenecía a sí mismo.

—Tal vez pueda darte comida y buscarte un hogar. Con nosotros no puedes quedarte, los otros te volverían loco.

Neil tuvo que alejarse de él, no podía dejar que le llevase a ningún sitio, mucho menos a su casa. Lo que le pareció increíble era que quisiera ayudar a un chucho vagabundo. No parecía tener simpatía ni compasión con los humanos, pero con los animales se comportaba de forma totalmente diferente. A Neil nunca le había mirado así: sin desconfianza, sin reserva, sin desgana, sin antipatía. Ni si quiera al chico que había estado entre sus piernas anoche, pero no quería pensar en eso, ni en la expresión de su rostro cuando....

Tampoco es que su rostro expresare muchas emociones en ese momento, mirándolo en su forma de chucho, pero estaba relajado, sin la tensión ufana que siempre lo envolvía, en su empeño de mantenerse en guardia y peleando contra el mundo.

—Ven aquí, chico.

Intentó volver a cogerle y Neil le ladró y se alejó más. Lo miró una última vez antes de salir corriendo, ignorando cómo le llamaba. No fue a buscarle, no fue tras él. Neil se escondió y esperó hasta que creyó que ya se habría marchado. Por desgracia, había cerrado la puerta del pabellón y Neil no llevaba las llaves encima.

Mierda. ¿Y ahora qué hacía?

Tendría que dejar ropa escondida en algún lugar donde pudiera acceder a ella si volvía a tener un problema así. Debería haber sido más previsor, joder.

Ahora tendría que solucionar el marrón en el que estaba metido, todo por culpa del maldito Andrew. Debería haberle mordido cuando le tuvo a su alcance. Él le había drogado, por su culpa había perdido el control sobre su transformación y había tenido que huir, y encima tenía grabada en su mente la escena de la cocina como una pesadilla.

Volvió a casa de los zorros dando un rodeo. No tenía más remedio que colarse dentro y llegar hasta su cuarto sin que lo pillasen para poder vestirse.

Durante todo el camino siguió el olor de Andrew, él también había vuelto a casa después de su encuentro. ¿Qué había ido a hacer al pabellón de baloncesto? Neil dudaba que hubiese estado entrenando, seguramente no había dormido en toda la noche. Al llegar a la casa comprobó que todos estaban dentro por sus olores y el silencio absoluto le tranquilizó. Si habían estado de fiesta hasta el amanecer, acabarían de quedarse dormidos como troncos y eso le venía muy bien.

La ventana de su habitación estaba entreabierta, lo suficiente para poder colarse dentro si adoptaba otra forma. Una más ágil. Se transformó en gato y saltó a la repisa exterior de una ventana, de ahí subió a la canasta y luego a su ventana. Se coló en su habitación, encontrando a Nicky y Dean dormidos en la cama, abrazados y aparentemente desnudos, tapados por una sábana hasta las caderas. La puerta estaba cerrada así que tuvo que transformarse allí sin hacer ruido, apretando los dientes hasta recuperar su forma humana. Jadeó de rodillas, apoyado en su cama, desnudo, y tardó unos segundos en recuperarse y poder levantarse. Se puso los pantalones del pijama, que eran de tela deportiva azul marino, y una camiseta cualquiera y por fin pudo respirar tranquilo.

Lo había conseguido. Nadie le había pillado, su secreto seguía a salvo.

Salió del cuarto sin hacer ruido y fue la baño para darse una ducha, sentía que olía a animal y había dormido en la calle, necesitaba refrescarse. Echó el pestillo y dejó que el agua caliente y el olor cítrico del gel se llevasen los restos de su mal humor. Volvió a cambiarse de ropa tras secarse y se peinó un poco con los dedos, tal vez necesitase un corte de pelo pronto.

Por desgracia, en el pasillo volviendo a su habitación se topó con Carson, iba en calzoncillos, bostezando y rascándose el paquete. Neil puso una mueca de asco y no pudo evitar reaccionar ante la persona que menos ganas tenía de ver. Carson no tuvo tiempo ni de enfocarle con la mirada cuando recibió un puñetazo de Neil en la mandíbula, lanzándole contra la pared, pero reaccionó rápido, como si fuera instintito para él también, y se enzarzaron en una pelea de puñetazos, empujones por el pasillo y gruñidos de rabia.

Nadie se levantó para intervenir, estaban tan pasados de rosca que ni se enteraron de la pelea, excepto quien ya estaba despierto. Andrew los separó de un empujón y de repente Neil se encontró contra la pared sujeto por la mano de Andrew en su cuello. Carson tenía más problemas, pues con lo que Andrew lo había amenazado era una navaja mariposa abierta contra su yugular.

—Se acabó.

Ninguno se atrevió a contradecirle. Andrew los miró a ambos fijamente, primero a uno y luego al otro. Carson estaba apoyado contra la otra pared con la nariz goteando sangre. A Neil no le estaba apretando el cuello, solo lo mantenía sujeto, y esperó hasta que recuperó la respiración y la calma, notándolo a través de su pulso. Lo soltó lentamente, tan despacio que fue casi una caricia y Neil se estremeció.

Andrew enfocó su atención en Carson, acercándose peligrosamente sin apartar el filo de su cuello. ¿De dónde había sacado la navaja? ¿Siempre la llevaba encima? Neil se quedó mirando absorto. Carson sacaba a Andrew más de diez centímetros y kilos, pero le tenía totalmente dominado.

—No vuelvas a tocar lo que es mío —dijo con voz baja y amenazante, pero Neil lo escuchó sin problema. Carson tragó saliva con fuerza y esperó a que Andrew alejase la navaja para contestar.

—Es de los zorros. Es de todos para jugar con él o destrozarle, no solo vas a divertirte tú.

—También puedo divertirme destrozándote a ti si vuelves a tocarle.

Carson gruñó una maldición por lo bajo y se marchó con la cabeza gacha.

—No necesito que me protejas, mucho menos tú.

Si Neil hubiese tenido menos instinto de supervivencia habría empujado a Andrew, quería pegarle, quería enfrentarse a él, pero había vuelto la tensión a su cuerpo y a su rostro y lo notaba rodeado de un aura peligrosa, como si estuviera enfadado. Si se enzarzaban ellos no habría nadie que pudiera separarlos.

—No te estoy protegiendo, lo sabrías si fueses un poco más listo.

Neil apretó los puños para no lanzarse a por él y soltó un resoplido.

—¿Qué más, Andrew? ¿Qué más quieres de mí? Puedes machacarme, vapulearme, despreciarme, insultarme. ¿Con qué más vas a divertirte? Porque estoy empezando a cansarme y no me das miedo.

—Debería.

Neil soltó una amarga carcajada.

—¿Crees que no me he enfrentado a cosas peores que tú?

Andrew lo acorraló contra la pared, apoyando las manos a los lados de su cabeza, y lo paralizó con su oscura mirada de vacío infinito.

—Neil. Neil. Neil —susurró Andrew—. ¿De qué estás huyendo con tanta desesperación como para no darte cuenta de que has entrado en la boca del lobo?

El lobo soy yo, Andrew. Pensó Neil, pero no llegó a decirlo. Se mordió la lengua y desafió esos ojos negros que querían engullirlo. Sus pechos casi se rozaron al respirar; el de Andrew se movía tranquilo, el de Neil subía y bajaba con agitación.

La tensión electrificó el ambiente, quemaba la piel, era como una bomba a punto de explotar, la cuenta atrás estaba en marcha.

—Anoche me drogaste. ¿Por qué?

—Creo que no conoces a una persona de verdad hasta que la ves con las defensas por los suelos, sin autocontrol, entonces puedes ver cómo es su verdadero carácter, su instinto primario.

—¿Por qué quieres conocerme? Parece que todo el mundo te moleste, no creo que tengas ningún interés en mí.

Andrew hizo una mueca, porque eso no era una sonrisa, más bien enseñó los dientes como un animal. Neil veía mucho de cambiante en él, aunque era completamente humano, sin ninguna duda.

—No me gusta no tener el control y la falta de información es falta de control.

—No puedes controlarme.

—Pues lo haré y más te vale permitírmelo, no hay otra forma de estar cerca de mí.

Neil no podía entregarse así a nadie más. Nunca.

—Bien.

Apoyó las manos en su pecho para apartarlo y Andrew dio un respingo como si lo hubiera golpeado. Neil volvió a su habitación y empezó a meter ropa en su mochila vieja hasta llenarla. Guardó el dinero robado en un bolsillo interno para no dejarlo allí y salió al pasillo con la mochila a la espalda y la cabeza alta pese a seguir en pijama y con las zapatillas puestas. Andrew seguía allí, no se había movido nada, miró a Neil con el ceño fruncido y lo siguió escaleras abajo.

—¿Adónde vas?

—Lejos de ti.

Caminó con decisión hasta la puerta y extendió la mano hacia el picaporte.

—Neil.

Esa fue su única advertencia, pero Neil estaba harto, había sido una noche larguísima y necesitaba un sitio donde pudiese descansar en el que se sintiese a salvo, y la casa de los zorros ya no era ese lugar. Por segunda vez en la mañana, se alejó de Andrew y se marchó sin mirar atrás, sintiendo sus ojos clavados en la espalda como puñales.

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