El
amanecer despertó a Neil, que seguía acurrucado en el suelo de la calle en
forma de animal. Le costó enfocar los pensamientos y centrar su mente, no
funcionaba igual cuando estaba transformado, las ideas eran fugaces y muy
visuales y viscerales. Pabellón, ropa, cambiar, fiesta, casa, volver. Tristeza,
desconfianza, huir. Huir, huir, huir. No. Volver.
Regresó
al pabellón de baloncesto mientras el cielo se volvía cada minuto más azul, más
lleno de luz. Era demasiado pronto para que se encontrase a nadie, o eso
esperaba, porque podría tener problemas si alguien veía a un animal intentando
entrar allí e intervenía.
Estaba
a punto de echar a correr hacia la puerta abierta cuando alguien salió,
sorprendiéndole. No tuvo tiempo para esconderse, lo tenía justo enfrente y le
estaba mirando con esos ojos negros. El corazón de Neil latió desbocado.
Andrew
cerró la puerta y avanzó, despacio para no asustarlo, hacia el animal que tenía
delante. Neil no se había convertido en un perro de pelea sino en un chucho
cualquiera para no llamar la atención, ya había guardado en su ADN diferentes
razas para la situación que necesitase. Rottweiler y Pit Bull para pelear,
galgo para salir a correr y participar en carreras (no hacía muchas, las peleas
daban más dinero) y varios chuchos para moverse entre la gente. Los cambiantes
podían adoptar formas muy variadas, todas dentro de los estándares felinos y
caninos; dese un gato a un tigre, un perro a un lobo, incluso zorros y coyotes.
Para adoptar una forma tenía que verla y replicarla, una vez hecho se guardaba
en la memoria de su ADN y siempre podían volver a esa forma. Neil también podía
convertirse en lobo y en lince, pero no solía hacerlo.
Andrew
y el perro se miraron. Neil se puso nervioso, era imposible que lo reconociese,
lo único que conservaba de su forma humana era el color de sus ojos. Bajó la
mirada y soltó un quejido lastimero.
—Tranquilo,
no voy a hacerte daño —dijo Andrew.
Neil
movió la cola y se acercó un poco. No parecía algo que Andrew fuese a decir
jamás a otra persona, pero se lo había dicho a un animal.
—¿Te
has perdido?
Andrew
se agachó, quedándose en cuchillas, y tendió una mano hacia el perro con la
palma hacia arriba, esperando que se acercase un poco más. Neil lo hizo, no
pudo resistirse, podía olerlo de forma mucho más intensa que siendo humano y le
gustaba su olor. Se puso al alcance de Andrew y soltó un gemido perruno cuando
le acarició lo alto de la cabeza, entre las orejas. Luego le rascó el cuello y
Neil se acercó más, hasta estar entre sus piernas, y Andrew pasó la mano por su
lomo en una cadencia relajante.
—No
llevas collar, supongo que no eres de nadie.
Neil
golpeó su rodilla con el hocico y soltó un ladrido. Claro que no era de nadie,
ya no, ahora solo se pertenecía a sí mismo.
—Tal
vez pueda darte comida y buscarte un hogar. Con nosotros no puedes quedarte,
los otros te volverían loco.
Neil
tuvo que alejarse de él, no podía dejar que le llevase a ningún sitio, mucho
menos a su casa. Lo que le pareció increíble era que quisiera ayudar a un
chucho vagabundo. No parecía tener simpatía ni compasión con los humanos, pero
con los animales se comportaba de forma totalmente diferente. A Neil nunca le
había mirado así: sin desconfianza, sin reserva, sin desgana, sin antipatía. Ni
si quiera al chico que había estado entre sus piernas anoche, pero no quería
pensar en eso, ni en la expresión de su rostro cuando....
Tampoco
es que su rostro expresare muchas emociones en ese momento, mirándolo en su
forma de chucho, pero estaba relajado, sin la tensión ufana que siempre lo
envolvía, en su empeño de mantenerse en guardia y peleando contra el mundo.
—Ven
aquí, chico.
Intentó
volver a cogerle y Neil le ladró y se alejó más. Lo miró una última vez antes
de salir corriendo, ignorando cómo le llamaba. No fue a buscarle, no fue tras
él. Neil se escondió y esperó hasta que creyó que ya se habría marchado. Por
desgracia, había cerrado la puerta del pabellón y Neil no llevaba las llaves
encima.
Mierda.
¿Y ahora qué hacía?
Tendría
que dejar ropa escondida en algún lugar donde pudiera acceder a ella si volvía
a tener un problema así. Debería haber sido más previsor, joder.
Ahora
tendría que solucionar el marrón en el que estaba metido, todo por culpa del
maldito Andrew. Debería haberle mordido cuando le tuvo a su alcance. Él le
había drogado, por su culpa había perdido el control sobre su transformación y
había tenido que huir, y encima tenía grabada en su mente la escena de la
cocina como una pesadilla.
Volvió
a casa de los zorros dando un rodeo. No tenía más remedio que colarse dentro y
llegar hasta su cuarto sin que lo pillasen para poder vestirse.
Durante
todo el camino siguió el olor de Andrew, él también había vuelto a casa después
de su encuentro. ¿Qué había ido a hacer al pabellón de baloncesto? Neil dudaba
que hubiese estado entrenando, seguramente no había dormido en toda la noche.
Al llegar a la casa comprobó que todos estaban dentro por sus olores y el silencio
absoluto le tranquilizó. Si habían estado de fiesta hasta el amanecer,
acabarían de quedarse dormidos como troncos y eso le venía muy bien.
La
ventana de su habitación estaba entreabierta, lo suficiente para poder colarse
dentro si adoptaba otra forma. Una más ágil. Se transformó en gato y saltó a la
repisa exterior de una ventana, de ahí subió a la canasta y luego a su ventana.
Se coló en su habitación, encontrando a Nicky y Dean dormidos en la cama,
abrazados y aparentemente desnudos, tapados por una sábana hasta las caderas.
La puerta estaba cerrada así que tuvo que transformarse allí sin hacer ruido,
apretando los dientes hasta recuperar su forma humana. Jadeó de rodillas,
apoyado en su cama, desnudo, y tardó unos segundos en recuperarse y poder
levantarse. Se puso los pantalones del pijama, que eran de tela deportiva azul
marino, y una camiseta cualquiera y por fin pudo respirar tranquilo.
Lo
había conseguido. Nadie le había pillado, su secreto seguía a salvo.
Salió
del cuarto sin hacer ruido y fue la baño para darse una ducha, sentía que olía
a animal y había dormido en la calle, necesitaba refrescarse. Echó el pestillo
y dejó que el agua caliente y el olor cítrico del gel se llevasen los restos de
su mal humor. Volvió a cambiarse de ropa tras secarse y se peinó un poco con
los dedos, tal vez necesitase un corte de pelo pronto.
Por
desgracia, en el pasillo volviendo a su habitación se topó con Carson, iba en
calzoncillos, bostezando y rascándose el paquete. Neil puso una mueca de asco y
no pudo evitar reaccionar ante la persona que menos ganas tenía de ver. Carson
no tuvo tiempo ni de enfocarle con la mirada cuando recibió un puñetazo de Neil
en la mandíbula, lanzándole contra la pared, pero reaccionó rápido, como si
fuera instintito para él también, y se enzarzaron en una pelea de puñetazos,
empujones por el pasillo y gruñidos de rabia.
Nadie
se levantó para intervenir, estaban tan pasados de rosca que ni se enteraron de
la pelea, excepto quien ya estaba despierto. Andrew los separó de un empujón y
de repente Neil se encontró contra la pared sujeto por la mano de Andrew en su
cuello. Carson tenía más problemas, pues con lo que Andrew lo había amenazado
era una navaja mariposa abierta contra su yugular.
—Se
acabó.
Ninguno
se atrevió a contradecirle. Andrew los miró a ambos fijamente, primero a uno y
luego al otro. Carson estaba apoyado contra la otra pared con la nariz goteando
sangre. A Neil no le estaba apretando el cuello, solo lo mantenía sujeto, y
esperó hasta que recuperó la respiración y la calma, notándolo a través de su
pulso. Lo soltó lentamente, tan despacio que fue casi una caricia y Neil se
estremeció.
Andrew
enfocó su atención en Carson, acercándose peligrosamente sin apartar el filo de
su cuello. ¿De dónde había sacado la navaja? ¿Siempre la llevaba encima? Neil
se quedó mirando absorto. Carson sacaba a Andrew más de diez centímetros y
kilos, pero le tenía totalmente dominado.
—No
vuelvas a tocar lo que es mío —dijo con voz baja y amenazante, pero Neil lo
escuchó sin problema. Carson tragó saliva con fuerza y esperó a que Andrew
alejase la navaja para contestar.
—Es
de los zorros. Es de todos para jugar con él o destrozarle, no solo vas a
divertirte tú.
—También
puedo divertirme destrozándote a ti si vuelves a tocarle.
Carson
gruñó una maldición por lo bajo y se marchó con la cabeza gacha.
—No
necesito que me protejas, mucho menos tú.
Si
Neil hubiese tenido menos instinto de supervivencia habría empujado a Andrew,
quería pegarle, quería enfrentarse a él, pero había vuelto la tensión a su
cuerpo y a su rostro y lo notaba rodeado de un aura peligrosa, como si
estuviera enfadado. Si se enzarzaban ellos no habría nadie que pudiera
separarlos.
—No
te estoy protegiendo, lo sabrías si fueses un poco más listo.
Neil
apretó los puños para no lanzarse a por él y soltó un resoplido.
—¿Qué
más, Andrew? ¿Qué más quieres de mí? Puedes machacarme, vapulearme,
despreciarme, insultarme. ¿Con qué más vas a divertirte? Porque estoy empezando
a cansarme y no me das miedo.
—Debería.
Neil
soltó una amarga carcajada.
—¿Crees
que no me he enfrentado a cosas peores que tú?
Andrew
lo acorraló contra la pared, apoyando las manos a los lados de su cabeza, y lo
paralizó con su oscura mirada de vacío infinito.
—Neil.
Neil. Neil —susurró Andrew—. ¿De qué estás huyendo con tanta desesperación como
para no darte cuenta de que has entrado en la boca del lobo?
El
lobo soy yo, Andrew. Pensó Neil, pero no llegó a decirlo. Se mordió la lengua y
desafió esos ojos negros que querían engullirlo. Sus pechos casi se rozaron al
respirar; el de Andrew se movía tranquilo, el de Neil subía y bajaba con
agitación.
La
tensión electrificó el ambiente, quemaba la piel, era como una bomba a punto de
explotar, la cuenta atrás estaba en marcha.
—Anoche
me drogaste. ¿Por qué?
—Creo
que no conoces a una persona de verdad hasta que la ves con las defensas por
los suelos, sin autocontrol, entonces puedes ver cómo es su verdadero carácter,
su instinto primario.
—¿Por
qué quieres conocerme? Parece que todo el mundo te moleste, no creo que tengas
ningún interés en mí.
Andrew
hizo una mueca, porque eso no era una sonrisa, más bien enseñó los dientes como
un animal. Neil veía mucho de cambiante en él, aunque era completamente humano,
sin ninguna duda.
—No
me gusta no tener el control y la falta de información es falta de control.
—No
puedes controlarme.
—Pues
lo haré y más te vale permitírmelo, no hay otra forma de estar cerca de mí.
Neil
no podía entregarse así a nadie más. Nunca.
—Bien.
Apoyó
las manos en su pecho para apartarlo y Andrew dio un respingo como si lo
hubiera golpeado. Neil volvió a su habitación y empezó a meter ropa en su
mochila vieja hasta llenarla. Guardó el dinero robado en un bolsillo interno
para no dejarlo allí y salió al pasillo con la mochila a la espalda y la cabeza
alta pese a seguir en pijama y con las zapatillas puestas. Andrew seguía allí,
no se había movido nada, miró a Neil con el ceño fruncido y lo siguió escaleras
abajo.
—¿Adónde
vas?
—Lejos
de ti.
Caminó
con decisión hasta la puerta y extendió la mano hacia el picaporte.
—Neil.
Esa
fue su única advertencia, pero Neil estaba harto, había sido una noche
larguísima y necesitaba un sitio donde pudiese descansar en el que se sintiese
a salvo, y la casa de los zorros ya no era ese lugar. Por segunda vez en la
mañana, se alejó de Andrew y se marchó sin mirar atrás, sintiendo sus ojos
clavados en la espalda como puñales.
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