01 enero 2025

Epílogo 2

Andrew y Neil llevaban dos años viviendo juntos, después de que Neil terminase la universidad y empezase a trabajar. Buscaron una casa nueva, algo que eligiesen juntos, para ambos. Un lugar donde empezar esa nueva etapa de sus vidas y donde poder construir un hogar. Y en eso se había convertido lo que en un principio fueron paredes blancas y un espacio vacío, que poco a poco llenaron con muebles y recuerdos, y se fue impregnando con su esencia hasta oler a ellos.

Seguían estando cerca de la universidad porque Andrew había sustituido a Parker como entrenador de los zorros. Primero fue su ayudante tras graduarse, hasta que estuvo preparado para ocupar su lugar y que Parker pudiera tomarse un año sabático y descansar. Luego no quiso volver, dijo que los zorros le pertenecían a Andrew y que él buscaría otro equipo que lo necesitase más.

Así que Andrew se quedó como entrenador de los zorros.

Y Neil abrió una consulta de psicología para humanos y cambiantes, sobre todo para estos últimos. Para ayudarlos a salir de manadas abusivas y encontrar una nueva forma de vida, para ayudarlos a encajar en el mundo humano y aceptarse a sí mismos pese al estigma que todavía marcaba la sociedad por su condición. Los guiaba y acompañaba durante ese largo y doloroso camino que él había transitado junto a los zorros. Incluso empezó a tratar a parejas mixtas, de humanos y cambiantes, para que se entendiesen y sus diferencias no perjudicasen la relación.

Por suerte, él no había tenido ese problema, porque aunque Andrew era totalmente humano tenía el instinto animal muy desarrollado. Era su alfa, su manada, su familia, su compañero, su amigo, su amante, su amor.

Los años pasaban y su relación solo se hacía más fuerte, más sólida.

Se amaban y complementaban de una forma que jamás habrían creído posible; ni que algo así existiese de verdad, ni que ellos mismos pudiesen encontrarlo y tenerlo.

Pero lo había hecho, se habían encontrado y no iban a soltarse nunca.

 

***

 

Los fines de semana les gustaba remolonear. Se levantaban pronto, pero sin madrugar, desayunaban sin prisa en la cocina, compartiendo un cómodo silencio, y el aroma del café perfumaba toda la casa durante un buen rato, aunque tuviesen las ventanas abiertas. Luego se duchaban juntos y hacían el amor en la ducha.

A veces, dependiendo de la época, a mitad de la mañana entraban rayos directos del sol por la ventana de su habitación y caían sobre la cama, calentándola de forma muy agradable. Al salir de la ducha se secaron y volvieron a tumbarse en la cama para disfrutar de esas caricias de luz sobre la piel desnuda.

Una suave brisa movía las cortinas.

Neil jugaba con los dedos de Andrew sobre el colchón y tenía una ligera sonrisa en los labios, sus comisuras se elevaban un poco casi sin darse cuenta. Era un gesto inconsciente, esa sonrisa se había instalado de forma natural en la forma de su boca, eso era la felicidad.

Paz, seguridad, un hogar, un amor.

Notó que Andrew estaba mirándolo y ladeó la cabeza hacia él. Le guiñó un ojo y le acarició un costado, desde la cadera hasta el pecho.

—Hoy podríamos quedarnos todo el día así —dijo con voz perezosa.

—Has quedado con Nicky y Matt para comer —le recordó Andrew.

—Mierda, es verdad.

—Podrías cancelarlo —dijo acariciándole el pelo y dándole un beso en un hombro.

—Tengo que llevarte a ese restaurante, cuando lo pruebes no volverás a sugerir eso. Nunca se cancela una comida en El italiano, su pasta carbonara es orgásmica.

—¿Más que yo?

—A ti puedo comerte todos los días y repetir todo lo que quiera. Y sin engordar.

Andrew no tuvo más remedio que reírse y morderle el hombro que antes había besado.

—Así que prefieres la comida antes que a mí y antes que a tus amigos —dijo poniéndose encima de él de forma juguetona, sujetándole las manos sobre la cabeza—, porque no vas por ellos sino por la pasta carbonara.

—Por supuesto, pero no se lo digas, son muy sensibles.

—¿Y yo? —Le besó el cuello ascendiendo hasta la mandíbula—. ¿No te importo nada?

—Puedes ser mi postre cuando vuelva —contestó con la respiración agitada—, te haré todo lo que quieras. Te lameré entero, te morderé, te degustaré.

Andrew le mordió la barbilla afeitada y luego lo besó, reclamando su boca entera, su lengua y su aliento. Acarició sus brazos, su rostro y su pelo mientras lo besaba, y Neil se aferró a su espalda y recorrió sus músculos hasta agarrarlo por las nalgas.

Se besaron, se mordieron las sonrisas, rodaron por la cama y se separaron jadeando y semierectos.

—A lo mejor puedes convencerme un poco más para que me quede.

Andrew rio.

—Ve con ellos, yo te tengo cada día durante toda la vida. —Se incorporó, se inclinó hacia la mesita de noche de su lado de la cama y sacó algo de un cajón—. ¿Verdad?

Abrió la cajita que sostenía bajo la atenta mirada de Neil. Sacó un anillo de plata, una alianza sencilla y fina. Cogió la mano de Neil y deslizó el anillo en su dedo, en el que encajó perfecto.

—¿Verdad? —repitió—. Para toda la vida.

Neil tragó saliva con fuerza, tomó aliento, el corazón latía desbocado en su pecho y se le humedeció la mirada, alternando entre esos ojos negros que eran su luz y el anillo en su dedo.

—Sí —contestó—. Para toda la vida.

Andrew le enseñó la caja, había otro anillo dentro. Neil lo cogió, luego sujetó la mano de Andrew y le puso la alianza en el dedo

Se lanzó sobre él para besarlo y se abrazaron.

—Ahora eres un poco más mío —dijo Andrew.

—Soy completamente tuyo, no puedo serlo más.

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