18 enero 2025

Capítulo 24 - ANDREW

A Andrew no le despertó el frío que entraba por la ventana abierta, sino la ausencia del cuerpo caliente a su lado al que se había acostumbrado. Antes de abrir los ojos ya sabía que se había marchado. No tendría que haber confiado en él. Estiró la mano hacia su lado de la cama, ligeramente tibio, y se quedó mirándolo mientras asimilaba sus emociones sin exteriorizarlas más que con la tensión de su puño apretado. Los nudillos blancos. El vacío de Neil entre sus dedos. No debería haberle sorprendido, nunca le había tenido de verdad, nunca entre sus manos, nunca como quería y no quería querer.

Salió de la cama, cerró la ventana y se vistió de forma metódica. Envió un mensaje al grupo de los zorros en el que nunca escribía para avisarles de que Neil se había marchado y que iba hacia la casa para buscarlo. Si se había transformado y había salido por la ventana a saber cómo, tal vez iría allí para coger algo de ropa y huir. Porque Andrew ni siquiera podía plantearse que no quisiese huir sino entregarse, entonces le daría una paliza él mismo si volvía a verle.

Si volvía a verle…

No cuando volviese a verle.

Andrew sabía que no existía nada seguro ni eterno en la vida, solo la muerte. Sin embargo, no le parecía suficiente el tiempo que había tenido con Neil. Tal vez, precisamente por eso, debería serlo. Era peligroso desear, era más peligroso querer. Al otro lado de sus muros estaban el mundo y sus monstruos. Y Neil. Todo o nada; uno no podía elegir lo que cogía del otro lado, los monstruos siempre eran más rápidos.

Neil era su luz para las polillas. Llamas. Autodestrucción.

Un instante antes: belleza, luz y calor. ¿Merecía la pena morir por eso?

Debería haberle espantado cuando tuvo la oportunidad, así los dos habrían estado a salvo. Neil se habría ido más lejos, tal vez a un lugar donde no pudiesen encontrarle, y él… él habría podido olvidarle sin sentir que perdía algo importante. Sin saber cómo se veía reflejado en sus ojos verdes. Tan cerca, tan cerca. Cómo respiraba al quedarse dormido. El calor que desprendía su cuerpo. Llamas. Fuego.

Cogió la moto y quemó rueda contra el asfalto para llegar lo antes posible sin importarle a quién pusiese despertar a esas horas intempestivas. Aparcó directamente en la entrada para no perder tiempo yendo al aparcamiento y supo que algo iba mal en cuanto estuvo frente al porche y vio que la puerta estaba abierta. Debería haber llevado encima algo más que una maldita navaja pero había salido con demasiadas prisas.

Se acercó despacio, con la navaja en la mano, subió las escaleras del porche sabiendo dónde pisar para no hacer ruido, y se asomó por la puerta. No había ningún ruido ni veía a nadie en la planta baja. Entró y cerró la puerta a su espalda. Le llamó la atención que en el salón uno de los sofás estaba movido de su sitio, fue hacia allí y en solo tres pasos se detuvo paralizado. Había sangre en el suelo, salpicando los muebles y los cojines. Se le hizo un nudo en la garganta. No tenía ninguna duda de que era sangre de Neil, aunque él no pudiese reconocerlo por el olor. Lo sabía.

Le habían capturado.

Y se lo habían llevado.

Andrew no pudo contener el grito que le subió desde las entrañas, lo soltó con rabia, dando una patada a la mesa y volcándola. Le dio patadas hasta hacerla añicos, fantaseando que eran los miembros de esa manada. No podía hacer nada más en ese momento; descargar su ira para poder pensar con la cabeza fría. Se desahogó como un poseso, como nunca en su vida había hecho, hasta que alguien intentó detenerlo, ni siquiera se había dado cuenta de que se acercaban tanto. Lo tiró en el sofá y le puso la navaja en el cuello.

—Andrew, soy yo, soy yo, tranquilo.

Reconoció la voz de Nicky y consiguió enfocarle y reconocerle.

—Si vuelves a verme así, no se te ocurra acercarte a mí —dijo con la voz ronca y resollando.

—Vale —contestó Nicky temblando.

Le quitó la navaja del cuello y se levantó para permitirle moverse. Le dio la espalda hasta terminar se recomponerse.

Nicky se sentó en el sofá, tocándose el cuello para tranquilizarse, no le había cortado la yugular por los pelos. Entonces se fijó en la sangre.

—¿Es suya?

Andrew asintió. Tenía la espalda y los hombros en tensión y no soltaba la navaja.

—¿Cómo se te ha podido escapar?

Supo que había cometido un error en cuanto las palabras abandonaron su boca, lo había dicho sin pensar, estaba impactado por toda la situación.

Andrew se giró muy despacio y lo miró fijamente, con la navaja en el puño, temblando de tan fuerte que lo apretaba, con tanto odio que a Nicky lo recorrió un escalofrío y suplicó en silencio para que no le matase, parecía a punto de lanzarse sobre él y asestarle veinte puñaladas, y tal vez alguna se la mereciese.

—Lo siento —dijo alzando las manos—. Lo siento, Andrew, no ha sido tu culpa.

—Dile a los demás que vengan, los necesito a todos.

Nicky tragó saliva con fuerza.

—¿Qué vamos a hacer?

—Traerlo de vuelta —contestó como si fuese obvio.

 

***

 

Al día siguiente Andrew fue tras Neil con Kevin, Matt y Nicky. Sabía dónde buscarlo y cuando llegasen no debía ser difícil encontrar un parque de caravanas en el que vivían una manada de cambiantes, ni enterarse de cuándo y dónde sería la próxima pelea clandestina si tenía dinero que apostar. La otra tarea la dejó en manos de Liam y Spike, sabía que a ellos les importaba lo suficiente como para implicarse y no fallarle. Cuando tuvieran lo que necesitaban, irían con el resto del equipo para reunirse todos menos Carson. Andrew no se fiaba de él para ayudar a Neil, así que le dejó muy claro que no le quería allí y el otro se lo tomó como unos días de vacaciones, se quedaría solo y a salvo mientras los demás se jugaban el cuello.

Esa noche, antes del amanecer, Andrew trazó su plan y lo compartió con los zorros. Todos aceptaron ayudar y Carson no ser un estorbo.

Lo más difícil fue saber exactamente dónde se encontraba Neil, tenerlo al alcance de la mano, pero no poder saber cómo se encontraba, ni si seguía con vida, y no poder entrar ahí para llevárselo. Andrew estaba un poco loco, todos los sabían, pero no tanto como para enfrentarse a una manada entera de cambiantes, ni solo ni con su propia manada de zorros humanos.

Las plegarías se las dejó a Matt y a Nicky, y a Kevin la tarea de distraerlo y mantenerlo con la cabeza fría.

Cuando se enteró de que en la pelea de ese fin de semana participaría alguien de la manada de Neil, contra otro cambiante, se quitó un peso de encima. Seguía vivo, sabía que sería él quien luchase, lo llevarían allí para castigarle, para volver a dominarlo y machacarlo hasta que perdiese toda esperanza y todo recuerdo de una vida mejor.

El resto de los chicos llegaron con la mercancía. No cogieron más habitaciones en el motel e intentaron pasar desapercibidos, no querían llamar la atención y esperaban no quedarse allí demasiado tiempo, no verían otro amanecer en ese asqueroso lugar.

Ahora solo tenían que encontrar la forma de poner en marcha su plan.

 

***

 

Estaban todos dentro de la diminuta habitación del motel, algunos sentados en las dos camas que crujían cada vez que se movían o respiraban, y otros de pie, observando lo que habían dejado sobre una mesita de noche que habían movido al centro de la habitación: dos pistolas, un paquete con un kilo de cocaína y una bolsa de petardos y bombas fétidas.

—Menuda fiesta vamos a montar —dijo Liam con una sonrisa bobalicona.

—Va a ser peligroso, no tiene gracia —contestó Nicky.

El otro se encogió de hombros, Nicky suspiró y Matt dio un paso al frente para encararse con Andrew. Hasta ese momento lo habían seguido ciegamente.

—Muy bien, Andrew, ¿vas a explicarnos todo el plan de una maldita vez? Quedan horas para la pelea de esta noche.

—Eso —dijo Liam—, ¿para qué necesitamos todo esto? Entiendo la coca y las pipas, pero lo demás…

—Esta noche nos dividiremos en dos grupos —empezó a relatar Andrew y todos prestaron su máxima capacidad de atención, expectantes—. Uno se encargará de infiltrarse en el parque de caravanas con la droga para dejarla en casa del líder de la manada. Lo identificaréis porque tiene un lobo rojo pintado en la puerta—. Lo que Neil le había contado como anécdotas sin importancia era lo que les estaba guiando esa noche—. Y la distracción para poder entrar en el hogar de una manada que os olerá en cuanto estéis cerca son las bombas fétidas. Ellos tienen el olfato muchísimo más desarrollado, si nosotros no podemos soportarlo, ellos menos. Pensarán que se ha roto una cañería y ni se acercarán al olor.

—¿Y quienes se encargarán de esa locura? —preguntó Matt.

Andrew cogió las bombas fétidas de la mesa y se acercó a Liam con una sonrisa siniestra. Extendió la mano hacia él, ofreciéndoselas.

—Esta será tu diversión: un baño de cloaca.

—Joder. Mierda.

No tuvo más remedio que aceptar lo que Andrew le ofrecía.

—Te acompañará tu amigo de aventuras —dijo guiñándole un ojo a Spike—. Tendréis que actuar rápido, entrar y salir cuanto antes. Os echáis las bombas como si fuera perfume y dejáis la coca en la caravana del líder. Luego os ducháis, por favor, y nos esperáis con los coches en marcha a un kilómetro de la fábrica abandonada donde hacen las peleas.

Spike cogió el paquete de cocaína y Andrew le dio también una de las pistolas.

—Por si acaso.

—Joder —masculló Liam, ya no tan contento.

Spike asintió. Andrew sabía que tenía buena puntería, había ido a cazar muchas veces con su padre antes de…

—Así que la otra pistola y los petardos son para nosotros —dijo Matt.

Andrew asintió.

—Nosotros iremos a la fábrica para detener la pelea antes de que termine, yo los amenazaré con la pistola mientras dos prendéis fuego fuera de la fábrica para obligarlos a huir y otros dos os quedáis al fondo para usar los petardos, entre el fuego y los disparos falsos se creará el caos, entonces sacaremos a Neil de allí.

—¿Y la coca? —preguntó Nicky.

—Llamaré a la policía para avisar de las peleas y de que el líder de la manada trafica con drogas. La encontrarán cuando hagan una redada, lo detendrán y todos se pasarán un tiempo muy ocupados.

—¿Y cuándo dejen de estar ocupados? —preguntó Matt.

—Entonces espero que hayan recapacitado y entiendan que Neil no merece la pena ni para intentar recuperarlo ni para vengarse. Y que con nosotros tienen más que perder de lo que podrían ganar volviendo a atacarnos. Que lo mejor que pueden hacer es seguir con sus patéticas vidas. Y si no han aprendido la lección… volveré a explicársela, con más sangre esa vez.

Todos le miraron impresionados, con una mezcla de admiración y miedo. Y sorprendidos solo por el motivo de su descenso a la locura. Quién iba a pensar que este zorro sacaría las garras por el chico nuevo. Parecía que le importase de verdad. Las armas estaban cargadas, si estaba dispuesto a matar por él tenía que importarle. A todos les había dejado claro que pasase lo que pasase él se haría cargo de las consecuencias.

 

***

 

—La pelea acaba de empezar.

—No importa.

Andrew entró en el lugar clandestino acompañado por Nicky y Matt, mostrando un fajo de billetes en la puerta. La pistola metida en la cintura de los pantalones, cerca de su mano. El jaleo los ensordeció y fueron hacia donde estaban todos apiñados, luego se separaron. Andrew se metió entre la masa de gente, asqueado y enfurecido, sintiendo náuseas cada vez que los rozaba y con cada gruñido que escuchaba al acercarse a la pelea.

No podría explicar cómo, pero lo reconoció nada más verlo, aunque no había nada reconocible en su forma animal, hasta que dejó de atacar al otro perro, se lamió una herida de la pata y Andrew vio sus ojos verdes. Ya sabía que era él.

Se sacó la pistola del pantalón, alzó el brazo y disparó al techo.

Todos los que estaban cerca se apartaron de él, hubo gritos, todos le miraron, los cambiantes mostrando los dientes en un gruñido humano. La pelea se detuvo. Sus ojos conectaron.

Andrew señaló a Neil con la mano armada, el dedo fuera del gatillo.

—Ese zorro es mío —dijo.

Reconoció al líder de la manada cuando le sonrió porque sintió un escalofrío al mirarle. Puro asco, no miedo.

—Es un maldito chucho —contestó—. ¿No lo ves, niño humano?

Andrew gruñó mostrando todos los dientes.

—Y es de nuestra manada —concluyó el líder.

—Es un zorro —repitió—. Y es mío.

Apuntó al líder con el arma. Alguien gritó “¡fuego!”. El humo empezó a entrar en la fábrica. Se escuchó el fuerte ruido de un petardo como si fuese otro disparo y todo se descontroló.

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