19 enero 2025

Capítulo 23

Lo mantuvieron en la jaula como a un animal, así que Neil se transformó para no sentir el dolor ni la humillación como un humano. Pasó tres días a la intemperie, en pleno invierno, protegido solo gracias a su pelaje y su temperatura corporal. Algunos miembros de la manada se acercaron para insultarle, escupirle o tirarle colillas encendidas. Su padres no fueron a verle ni una sola vez y a Neil le pareció mucho mejor eso que tener que verlos.

Pensó en los zorros. Se imaginó el inmenso cabreo que debía tener Andrew por haberle abandonado así, en mitad de la noche, como un ladrón o como un amante traicionero. La decepción que debía sentir por haber perdido tiempo con alguien como él para que al final se lo agradeciese así. No entendería que había hecho lo mejor para él, para ellos, porque Andrew solo entendía la fuerza, la violencia, la dominación, nunca la derrota o la rendición. Andrew no era solo salvaje, era indomable, pero Neil… él había aprendido a ser sumiso en contra de su voluntad y a sobrevivir de la forma que fuese con tal de respirar un día más. Estaba seguro de que Andrew preferiría morir antes que vivir de una forma que no pudiese elegir ni controlar.

Neil había aprendido a admirarlo y así nació su confianza en él.

Durante esos días también se recriminó a sí mismo por el daño que les habría causado a Matt y Nicky, para ellos habría sido mejor que nunca hubiese aparecido en sus vidas. Al menos Andrew se centraría en la furia y el odio, pero sus amigos solo sentirían tristeza y dolor por su culpa. Tal vez se preguntasen si seguía vivo después de haber encontrado el salón manchado con su sangre y luego recordasen sus cicatrices e imaginasen las cosas que le harían si no lo habían matado ya. Sí, la muerte parecía una mejor perspectiva, Neil también lo pensaba, aunque nunca cedería ante esa rendición, ni aunque le redimiese de todos sus pecados.

Y también le quedaba tiempo para lamentarse por el entrenador, que había confiado en él ciegamente desde el primer momento y le había abierto las puertas de su casa para acogerle y darle un hogar, una nueva vida, una meta para dejar de mirar hacia atrás cubriendo sus espaldas y poder mirar hacia el futuro. Sí, fue bonito mientras duró, y fue posible gracias a esas personas que no olvidaría hasta su último aliento de vida, fuese cuando fuese.

Al tercer día le dieron de comer. O, más bien, le tiraron sobras a través de los barrotes y las comió del suelo porque estaba famélico, como un perro vagabundo.

—Coge fuerzas, esta noche hay pelea, chucho.

Neil se preguntó muchas veces en su vida si todas las manadas eran iguales o si habría otras que no tratasen a los suyos como le trataban a él. Sabía que no todas participaban en peleas de perros ni en carreras y se imaginaba con familia que le quería y amigos y compañeros que le protegían las espaldas. Luego esas fantasías se volvieron muy dolorosas y dejó de preguntarse qué habría ahí fuera, en otras vidas, porque él estaba atrapado en la suya. Hasta que rompieron el único lazo que lo mantenía más sujeto que el miedo: el amor. Cuando le arrebataron a la única persona a la que había querido, a su único amigo, su único apoyo, lo perdió todo. Y ya se sabe lo que dicen, cuando te quitaban todo ya no te quedaba nada que perder.

Hasta que volvió a tener algo que perder y se sacrificó por ello.

Al atardecer lo sacaron de la jaula, le obligaron a cambiar de forma y lo limpiaron a manguerazos de agua fría. Luego le dieron ropa seca y vieja y lo alimentaron de nuevo.

—Más te vale ganar esta noche —le dijo Joshua, palmeándole la mejilla con condescendencia y una promesa de violencia.

Neil siguió sin ver a sus padres y tuvo un mal presentimiento, no porque no hubiesen ido a visitarlo a la jaula, sino porque tampoco se unían para presenciar la pelea, les encantaba beber y gritar y la euforia de verlo ganar y recoger el dinero para regodearse en ello. Solo por eso preguntó por ellos y se arrepintió en cuanto vio el cambio en la mirada de Joshua.

—Tus padres pagaron por tus pecados. Ahora tú pagarás por todos.

Lo metieron en una furgoneta y dejó la mirada perdida por la ventanilla. No sabía cómo sentirse al saber que los habían matado. No los quería, no les echaría de menos, el mundo era un lugar mejor sin ellos y su vida también lo sería porque al menos ya no viviría bajo el yugo de su propia sangre. Al final, aceptó que se sintió aliviado.

Volver al barullo de una noche de pelea fue como volver a casa. Reconocía la tensión en el ambiente, los olores a sudor y alcohol, el humo y el polvo mezclados en el aire, la adrenalina y la sed de sangre, los latidos de corazón acelerados. Esa noche lucharía contra otro cambiante. Se transformó solo y lo llevaron al centro de la fábrica abandonada, donde estaba el cuadrilátero manchado por la sangre de tantas otras peleas. Neil había sangrado mucho ahí, y hecho sangrar también.

A un lado estaban los miembros de su manada, enfrente las del otro, y entre medias los espectadores humanos. Neil entró en el cuadrilátero con el otro perro, un dóberman enorme, y se olisquearon y gruñeron desde sus respectivas esquinas.

Neil contuvo las ganas de llorar por volver a estar allí y ladró con rabia, enseñándole los dientes y lanzando dentelladas al aire. Quería que empezara cuando antes para terminar cuanto antes también.

Estaban tan perdidos el uno en el otro, en las ansias de violencia que sus cuerpos reconocían con anhelo y costumbre, que no se entraban de nada de lo que pasaba a su alrededor, y solo se lanzaron al ataque cuando les golpearon el lomo para indicarles que la pelea había empezado.

Se lazaron a por el otro enrabietados.

Neil lo esquivo en el último segundo y le mordió la pata, haciéndole caer, pero resbaló en el suelo por la velocidad que llevaba, arañándolo con las uñas, y el otro pudo levantarse y volver a atacar. Se mordieron el uno al otro sin ápice de instinto de supervivencia, parecía que los dos estaban desesperados por vivir o morir cuanto antes. Desgarraron piel, saborearon la sangre del otro e ignoraron su propio dolor para causar el máximo posible en el contrario. Misma raza, misma esclavitud, pero enemigos insalvables.

El sonido de un disparó los sorprendió tanto que traspasó sus defensas y los hizo soltarse y separarse para observar el jaleo a su alrededor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario