Andrew
vio el terror reflejado en los ojos verdes de Neil y ordenó que abriesen la
puerta para llevarlo dentro. Les mandó que quitasen los carteles y los tirasen
a la basura y arrastró a Neil cogido del brazo porque si no parecía que no
podría moverse. Nicky y Matt los siguieron escaleras arriba, incordiando a
Andrew con su presencia. Se encerraron en la habitación de Neil dándoles un
portazo a los otros en la cara, con solo una mirada de Andrew bastó para que no
se atreviesen a pasar.
—¿Quién
te ha encontrado?
—Necesito
salir de aquí —dijo Neil histérico.
Empezó
a sacar ropa del armario y los cajones tirándolo todo sobre la cama mientras
Andrew intentaba detenerlo para que hablase con él, pero no atendía a razones.
Lo
cogió por los hombros con fuerza y lo empotró contra una pared para
controlarlo. Neil jadeó, hasta se le habían quedado los labios pálidos del
susto. Andrew no sabía si iba a desmayarse o a darle un ataque al corazón.
—Sácame
de aquí, por favor.
Andrew
lo miró a los ojos y le clavó los dedos con tanta fuerza que le hizo daño, pero
esa sensación solo consiguió mantener a Neil anclado a él.
—Recoge
lo que puedas —dijo soltándolo.
—¿Dónde
vamos?
—Tenemos
un sitio, hablaremos allí.
Las
manos de Neil temblaban mientras metía todo lo que podía en la mochila, no
estaba seguro de si volvería, aunque tampoco de si llegaría muy lejos. Cogió el
dinero que todavía tenía, bajo la atenta mirada de Andrew, y lo guardó en un
bolsillo interior, eso era lo menos importante que debería contarle, que era un
ladrón. Luego iría lo de cambiante y asesino.
Neil
se puso la mochila y Andrew lo cogió del brazo sin mucha delicadeza porque
necesitaba tenerlo cerca y controlarlo, que no escapase si se asustaba y que no
se lo llevasen si era verdad que estaban allí para vengarse; fuera quien fuese,
antes tendría que pasar por él.
Al
salir de la habitación, Andrew tuvo que empujar a Nicky y Matt para que les
dejasen pasar y volvieron a seguirlos escaleras abajo entre preguntas a gritos,
exigiendo respuestas y preocupados por su amigo. Pero Andrew no tenía tiempo
para tranquilizarlos, primero tenía que ocuparse de Neil y descubrir cómo
arreglar lo que estuviese pasando y qué cabezas tenía que partir.
Los
demás estaban en el salón viendo el espectáculo, ya se habrían deshecho de los
carteles.
—Me
lo llevo hasta controlar la situación —informó Andrew—, no vayáis al picadero y
no le digáis a nadie que estamos allí. Avisadme al instante si sucede cualquier
cosa.
—¡No
te lo vas a llevar! —gritó Nicky.
Neil
miraba a todas partes sin prestar atención a nada en concreto, concentrado en
captar olores o sonidos, en poder sentirlos al acercarse antes de tenerlos
encima.
—Me
lo ha pedido él. ¿No ves cómo está? Soy a quien necesita ahora.
Alguien
que pudiese protegerlo y ser más peligroso que el peligro que le acechaba y
asustaba tanto. Nicky asintió a regañadientes porque Neil parecía más perdido
que nunca y Andrew seguro de poder ayudarlo. No quería dejarlo en unas manos tan
duras, pero podía confiar en Andrew para lo importante. Ya lo cuidaría él
cuando lo recuperase.
—Nos
vamos.
—No
solo necesita que lo protejan, también que lo cuiden —dijo Matt, exponiendo en
voz alta lo mismo que pensaba Nicky.
—No
soy una niñera.
—¿Solo
un sicario?
Andrew
le sonrió con una mueca de dientes, más gruñido que sonrisa, y se llevó a Neil
de allí. No necesitó sujetarlo al salir a la calle porque se pegó a él como si
los arrastrase un imán, mientras miraba a todos lados con los ojos
desorbitados. Pero no le soltó. Fueron hasta el aparcamiento más cercano y se
detuvieron ante una moto. Andrew sacó las llaves, se montó y la puso en marcha,
eso llamó la atención de Neil, sacándolo de su paranoia.
—¿Desde
cuándo tienes una moto?
—Sube.
—No
tenemos cascos.
—¿De
verdad importa eso ahora?
Neil
subió detrás de él y rodeó su cintura con los brazos para sujetarse. Andrew se
tensó, nunca subía en la moto con otras personas precisamente por ese motivo.
Tomó aliento profundamente un par de veces y aceleró para salir derrapando del
aparcamiento.
Entre
todos los del equipo tenían alquilada una pequeña casa a las afueras del campus
que utilizaban como picadero. Allí estarían a salvo. Andrew no había ido nunca,
pero sabía perfectamente dónde estaba y cómo llegar. Condujo con destreza la
moto de Kevin y por un momento sonrió con el viento en la cara, le gustaba la
velocidad y Neil no pareció asustarse cuando aceleraba o hacía una curva
tumbándolos.
Andrew
no temía la muerte, se reía de ella en su cara siempre que podía, y le mandaba
saludos cuando tenía que hacerlo.
Aparcó
frente al portal entre dos coches y Neil se pegó a su espalda mientras abría la
puerta del portal. Cuando estuvieron dentro soltó un largo suspiro y cerró los
ojos, no se creía que hubiesen llegado tan lejos, y ni siquiera les había olido
cerca. Sin embargo, no creyó ni por un momento que no les hubiesen estado
vigilando y hubiesen intentado seguirles, pero esperaba que Andrew los hubiese
despistado con su temeraria conducción. Todo lo hacía de forma salvaje.
Subieron
las escaleras hasta el segundo piso y Andrew abrió la puerta, luego la cerró
con llave para tranquilidad de Neil.
—¿Así
que este es vuestro picadero? No sabía que existía.
Neil
pasó un dedo sobre un mueble y comprobó que estaba limpio. Debían usar mucho
esa casa. Dejó la mochila en una esquina del sofá y se quedó de pie, mirando
alrededor. Tenía lo básico, sin adornos.
—No
lo necesitabas, ¿no?
—¿Y
tú? Aquí nadie puede observarte.
Andrew
se acercó, lo rodeó por la espalda, muy cerca, y se sentó en el sofá,
enganchando sus miradas como un nudo. Estiró las piernas con chulería y le miró
desde abajo como si lo estuviera haciendo dos metros por encima.
—Tenemos
que hablar.
—¿Quieres
tu regalo por adelantado? Yo todavía no sé qué pedir —contestó sin humor,
nervioso.
Ahora
que Neil sentía que podía respirar y que estaba un poco a salvo, al menos no
moriría allí dentro, se permitió transformar sus nervios y lanzarlos contra
Andrew, estaba acostumbrado a luchar con él, de forma más amistosa de un tiempo
a esta parte, no le parecía natural ceder a la primera. Y quería retrasar el
momento lo máximo posible.
—Siéntate.
Neil
se sentó a su lado, justo en el borde del sofá, en tensión, preparado para
levantarse y echar a correr en cualquier momento, observando sus manos
retorciéndose los dedos.
El
problema era que no tenía ningún sitio a donde huir.
—No
quiero contarte la verdad y que me desprecies —dijo en voz baja, avergonzado—.
Me echarás a la calle como a un perro.
—No
has hecho nada peor que yo, ¿por qué te despreciaría?
Neil
soltó una risa amarga que a punto estuvo de convertirse en sollozo.
—No
te conté toda la verdad.
—Lo
sé, hazlo ahora, no podré protegerte si no confías en mí.
—No
podrás hacerlo de todas formas.
—Neil
—dijo Andrew con más suavidad que nunca.
Le
sujetó por la barbilla para obligarlo a mirarle y Neil se rindió contra sus
ojos negros. Quería ver cómo reaccionaba, si su primera reacción era horror o
asco o desprecio. Andrew pasó la mano de su barbilla a la nuca y le mantuvo
capturado, abrasándolo con el calor de su piel allí donde se tocaban.
—Un
humano no puede protegerme de una manada de cambiantes.
Andrew
era una experto en mantenerse inexpresivo.
—¿Por
qué te persigue una manada de cambiantes?
—Porque
soy suyo y me escapé. También les robé.
—Eres…
—No
soy humano, Andrew.
Se
preparó para que dejase de tocarle y se apartase, para que le dijera que se
marchase o lo echase a la fuerza. Andrew le clavó los dedos en la nuca con
fuerza, tal vez le partiría el cuello y acabaría él mismo con el problema para
quitárselo de encima.
—¿A
quién mataste? ¿No te persiguen por eso?
—Mataba
para ellos, para hacerles ganar dinero en peleas. Y la pregunta no es a quién,
sino a cuántos.
—Peleas
de perros —entendió.
Neil
asintió y Andrew apretó la mandíbula visiblemente.
—De
ahí tus cicatrices.
—Sí.
Pero yo he causado tanto dolor como me han hecho a mí.
—¿Si
les devuelves el dinero te dejarán en paz?
De
repente Neil se levantó, arrancándose de su mano, y se mesó el pelo con fuerza.
—¿Es
que no lo entiendes? —gritó—. ¡Te he dicho que no soy humano y que he matado a
sangre fría! ¿Por qué no reaccionas? —acabó gritándole en la cara y Andrew se
levantó para encararle.
—Me
da igual.
Neil
retrocedió, pero Andrew lo siguió, mirándolo intensamente.
—Soy
un cambiante.
—Me
da igual.
—He
matado en peleas. He mordido, arañado, desgarrado y desangrado a otros,
animales y cambiantes. Los he matado con mis propias manos o los he dejado tan
lisiados que era un sentencia de muerte.
—Me.
Da. Igual.
—¿Por
qué? No lo entiendo.
—Porque
ya no eres suyo, ahora eres mío, mi zorro. No me importa quién fueses antes o
lo que hicieses, me da igual todo, menos el ahora.
—Estás
loco.
—Sí.
Y desde el momento en que te vi supe que me traerías problemas.
—Lo
siento.
—Yo
no.
—¿Por
qué? —preguntó Neil en voz tan baja que Andrew solo lo escuchó porque estaba a
centímetros de él.
Deshizo
esos centímetros y sintió el corazón acelerado de Neil rebotando contra su
propio pecho. Su aliento en los labios. Luego dejó de respirar. No le tocó. No
se tocaron. Solo se sintieron y respiraron.
—¿Confías
en mí? —susurró Andrew.
—Sí
—Neil no dudó.
—Lo
arreglaremos… —vio la determinación en su mirada y pensó que incluso un
cambiante podría llegar a temerlo—, o cavaremos una fosa común.
Neil
se rio y Andrew lo sintió como una brisa en la cara.
Neil
confiaba en él ciegamente, pero no tenía ni idea de a qué se enfrentaban, puede
que se creyese invencible y todopoderoso, pero no lo era. No podrían contra
ellos. Sin embargo, Neil no le contradijo, le dejó pensar que podrían, le dejó
pensar que se lo creía. Le dejó pensar que tenían alguna posibilidad.
Se
separaron de forma tácita y Neil se sintió ligero, el peso que se había quitado
de encima era grande. Ahora lo ocupaba algo nuevo, una energía que se habría
creado entre ellos y los unía como un hilo invisible.
—¿Si
les devuelves el dinero te dejarán en paz? —volvió a preguntar.
—No.
Nadie deja la manada y mucho menos quien proporciona el dinero.
—Encontraré
la forma, mientras nos quedaremos aquí.
—¿Te
quedarás conmigo?
—No
te perderé de vista ni un segundo.
Parecía
una promesa y una amenaza a la vez, y el vértigo en el estómago de Neil venía
por ambas perspectivas.
—Vale.
Al
menos alargaría ese limbo unos días más, antes de tener que enfrentarse, tarde
o temprano, al infierno. Y lo custodiaría un demonio.
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