A
Neil le despertó una patada al colchón y lo primero que vio al abrir los ojos
fue a Andrew con los brazos cruzados, observándole fijamente.
—Arriba.
Espero que estés preparado.
Neil
se levantó gruñendo entre dientes y se arrastró al baño para lavarse la cara y
cambiarse de ropa. Al bajar a la cocina ya olía a café recién hecho y Kevin le
estaba esperando junto a Andrew. Se tomaron el café en un incómodo silencio (al
menos para Neil) y le secuestraron el resto de la mañana para machacarle,
músculo a músculo, hasta que no pudiese moverse. Lo peor de todo es que Neil lo
disfrutó.
Llegaron
al pabellón de baloncesto a las siete de la mañana, encendieron las luces de la
cancha y Kevin y Andrew fueron sacando todo lo que iban a necesitar bajo la
atenta mirada de Neil. Sus nervios se debían un poco también a la emoción de
empezar su entrenamiento en serio.
—Vamos
a tener que trabajar muy duro para convertirte en un zorro en solo dos meses.
Espero que no te quejes ni en un solo instante.
—Es
más, nos darás las gracias cuando hayamos terminado contigo —añadió Kevin.
—Ya
veremos si sois tan buenos como creéis —se atrevió a decir Neil.
En
respuesta simplemente le miraron como si fuera un insecto que pudieran aplastar
de un pisotón y Andrew ladró la primera orden.
—Estiramientos
y cinco minutos de carrera para calentar, vamos.
Ellos
también entrenarían con Neil, no solo iban a mirar y chasquear el látigo. La
meta era que Neil estuviese a un nivel aceptable (que no pusiese en ridículo al
equipo) al terminar al verano.
—Primero
nos encargaremos de la resistencia y la coordinación básicas, cada semana
añadiremos ejercicios nuevos.
Esa
semana se dedicarían a poner a tono los músculos de Neil para que aguantase los
demás entrenamientos. Alternaban carreras con cambio de ritmo —ligero y sprint—
con sentadillas, flexiones y abdominales hasta que quemasen los músculos, y
tiros libres desde todas las posiciones hasta que las huellas dactilares
tuviesen el relieve de la pelota. Una y otra vez, una y otra vez.
Hicieron
zancadas a lo largo de toda la pista botando la pelota primero en una mano,
luego en otra, ida y vuelta. Acostumbrarse a guiar la pelota y moverse con ella
era lo que Neil más tenía que trabajar; contaba con buena resistencia, buena
puntería y buenos reflejos, solo fallaba en la coordinación con la pelota. Para
un jugador de baloncesto la pelota era una extensión de su brazo, debía
manejarla sin mirar, sin ver, sin prestarle atención, por pura inercia y simbiosis,
instinto desarrollado con los años.
Pero
Neil no tenía años para conseguirlo.
Por
último saltaron a la comba. A Neil le daban pinchazos en los músculos de los
brazos y las piernas. Cuando terminó ya no sentía nada, podría haberse
derretido allí mismo como una masa de carne machacada. Y se habría deshecho
feliz y satisfecho, pese a que ni una sola palabra de ánimo había salido de la
boca de Kevin, solo improperios y quejas, y Andrew solo le hablaba para darle
órdenes y dictarle ejercicios. Después de una vida entera de desprecios a Neil
ya no le importaban, no necesitaba una palmadita en la espalda de nadie,
sobrevivir otro día más significaba que lo estaba haciendo bien y con eso le
valía.
—Ahora
vamos a ver algún partido nuestro antiguo, para que veas cómo jugamos —dijo
Andrew—, pero primero vamos a ducharnos. Apestas, novato.
—Como
si tú olieses a rosas —murmuró Neil sin energía.
Cuando
llegaron al vestuario Neil titubeó frente a las duchas. No sentía pudor después
de haberse criado en una manada y tampoco vergüenza por sus cicatrices, pero
ducharse con dos extraños con los que no se llevaba precisamente bien le
incomodaba. No se quiso imaginar cómo sería cuando estuviesen todos.
—¿Algún
problema? —preguntó Kevin. Llevaba la toalla anudada a la cintura y el gel en
la mano.
Neil
abrió la boca, pero no supo cómo explicarse, no quería sonar como un idiota,
aunque eso era justo lo que estaba pareciendo, boqueando como un pez fuerza del
agua frente a las duchas.
—Hay
mamparas para tener intimidad, solo se ve la silueta del cuerpo —dijo Andrew,
como si le entendiese pese a su falta de palabras.
Y
dicho eso le dio la espalda para ir a lavarse. Neil soltó el aliento que estaba
conteniendo y se desnudó con rapidez para entrar antes de que terminasen y le
viesen. Tampoco le hacía gracia tener que dar explicaciones por su cuerpo
maltrecho. Lo retrasaría todo lo que pudiera. No había mentiras creíbles para
las preguntas que le harían. ¿Cómo podría explicar que tenía el cuerpo lleno de
cicatrices?
Efectivamente, cada ducha estaba separada por
una mampara serigrafiada y solo notaba las siluetas de los otros, no les veía
desnudos. Se duchó a gusto y tranquilo, disfrutando del agua caliente relajando
sus músculos doloridos. Los otros terminaron antes que él y esperó solo un poco
más para que se secasen y vistiesen antes de salir.
—Te
esperamos en la sala de al lado —gritó Andrew desde fuera —. No tardes,
sirenita.
Neil
sonrió en contra de su voluntad y cerró el grifo. Se anudó la toalla a la
cintura y se aseguró de que todo estaba en silencio antes de abandonar la
ducha. Se secó con rapidez aunque cada movimiento era una tortura y se puso la
ropa interior y los pantalones de un visto y no visto. Tenía la camiseta en la
mano cuando le interrumpieron.
—Si
no vienes en…
Andrew
enmudeció y se le quedó mirando con la misma cara de siempre, no había
expresión de sorpresa en ella, ni de interés o rechazo, o incluso repulsión por
estar viendo el torso magullado de Neil. Todas las marcas de las peleas: los
zarpazos, arañazos, mordiscos y desgarros. Las veces que habían tenido que
coserle mal y rápido y las que no le habían dejado tiempo para curar bien. Por
suerte ya no tenía ninguna herida reciente, solo cicatrices en mayor o menor
estado de curación, muchas ya blanquecinas, algunas rojizas o amoratadas
todavía. Un cuadro de violencia que no le gustaba exponer. Los ojos negros de
Andrew lo paralizaron, observándole con intensidad. Si no pudo notar nada en su
rostro, sí había algo en su mirada, pero no supo determinar el qué.
—No
tardes más —gruñó, rompiendo la tensión del momento, y se marchó de vuelta.
Neil
terminó de vestirse con rapidez. Tal vez a Andrew le importase tan poco que ni
se molestaría en preguntar porque no quería saberlo. No quería nada, o eso
decía. Tampoco se lo contaría a los demás, de eso Neil estaba seguro.
Se
reunió con ellos en la sala y se dejó caer en un sillón frente a la televisión.
Andrew no volvió a mirarle, le dio al play y comentaron el partido con detalles
técnicos, repasando las jugadas hasta tres veces para que Neil las viese bien y
las entendiese.
Después
Neil volvió a la casa solo. Los otros se fueron a hacer cualquier cosa que no
quisieron compartir con él. La casa estaba sorprendentemente vacía y Neil se
tumbó en la cama disfrutando de ese momento de soledad. Se quedó dormido,
totalmente agotado, hasta que olor de la comida haciéndose en la cocina y un
hambre voraz le despertaron. Olía a pasta con tomate, se le hizo la boca agua.
Se incorporó gruñendo por las agujetas que ya afloraban y bajó descalzo.
—¿Qué
tal, Neil?
Nicky
y Matt estaban cocinando. A él le estaban dejando unas semanas de adaptación,
pero pronto tendría que colaborar en todo.
—Comida
—dijo como un zombi.
—Ya
casi está, aguanta —contestó Matt riéndose.
—Al
menos sigues de una pieza —dijo Nicky.
—Yo
no estoy tan seguro de eso —contestó Neil.
—¿Pero
estás bien?
—Sí,
eso sí.
—¿No
ha sido horrible? ¿Quieres seguir entrenando con ellos?
—Sí
—contestó con seguridad.
—¿Sí
a qué?
—A
las dos preguntas.
Nicky
y Matt se rieron.
—Sabía
que lo conseguirías —dijo Matt mientras removía los macarrones para mezclarlos
con el tomate frito y la carne picada.
—Si
sobrevivo a ellos podré aguantar el entrenamiento.
—Claro,
hombre, todavía no se han comido a nadie, aunque parezca que desayunen bebés.
—¿Quién
desayuna bebés? —preguntó Liam entrando por la puerta con Carson.
—Andrew
y Kevin.
—Ah,
no me extrañaría.
Liam
entró en la cocina con ellos y Carson se fue a ver la televisión. Pusieron la
mesa para todos entre Neil y Liam. Justo cuando estaban sirviendo la comida
Carson se unió y aparecieron Kevin y Andrew.
Neil
no podía no observar a Andrew cuando lo tenía cerca, era como un animal salvaje
suelto, sentía que debía tenerlo controlado. Siempre había una parte de Neil
pendiente de Andrew. Cruzaron una mirada y Neil huyó de esos ojos negros como
si hubiera sido de pasada, algo casual. Al bajar la vista se dio cuenta de que
seguía llevando las muñequeras negras y entonces, al hacer memoria, recordó que
nunca le había visto sin ellas puestas. Tal vez tuviese alguna lesión antigua,
pero no se lo había notado, manejaba la pelota con soltura. Se encogió de
hombros mentalmente y se dijo que si a Andrew no le importaban sus cicatrices,
a él no le importaría su supuesta lesión ni nada que tuviese relación con ella.
Por
la tarde fueron a echar un partido y Neil los acompañó solo para mirar, si no
descansaba esa tarde no podría moverse al día siguiente. Kevin y Andrew
desaparecieron después, otra vez, y Carson se fue con su novia, primera noticia
para Neil de que tenía una.
Los
que quedaban se fueron a un bar fuera del campus y se tomaron dos rondas de
cervezas mientras Neil los acompañaba con refrescos. Seguía sorprendiéndole la
normalidad y tranquilidad de su nueva vida, haber conseguido escapar de la
manada y la espiral de violencia en la que le tenían atrapado. Antes estaba
seguro de que moriría allí, joven y roto. Ahora tenía esperanza.
Observó
a sus compañeros. ¿Podía llamarlos amigos? Para Neil todavía era precipitado,
ni siquiera sabían lo que de verdad era ni de lo que huía, solo conocían de él
lo poco que se permitía mostrar. Para ellos parecía suficiente, pero Neil sabía
que todo pendía de un frágil hilo, y la amistad de verdad necesitaba cimientos
más fuertes. Como los que había tenido con Ray. Saberlo todo del otro, conocer
y aceptar sus luces y sus sombras, estar en lo bueno y en lo malo hasta el
final.
¿Seguirían
a su lado cuando supiesen que era un cambiante? ¿Qué había matado? ¿Qué había
sido un cobarde? ¿Qué su mejor amigo tuvo que morir para darle valor?
No.
No lo sabrían.
Cenaron
en el bar y volvieron a casa después. Allí se repantingaron por los sofás.
Andrew estaba en el sillón donde Neil durmió la primera noche, fumándose un
cigarro. Neil subió directamente a su habitación para descansar.
La
puerta se abrió sin que llamasen antes y se giró pensando que sería Nicky, pero
quien entró en su cuarto fue Andrew. Ya no llevaba el cigarro en la mano.
Caminó hacia Neil como una pantera y este tuvo que retroceder un paso hasta que
sus piernas chocaron con la cama y no pudo moverse más. Supuso que había
llegado el momento en que le pediría explicaciones y se preparó para
esquivarlas, pero Andrew solo le miró. Y le miró y le miró. A un solo palmo de distancia. Pasando de su
rostro a su torso como si pudiera seguir viendo las cicatrices que tenía bajo
la ropa. Neil perdió la noción del tiempo bajo el escrutinio de Andrew y aguantó.
Si quería ponerle nervioso para que confesase todos sus secretos no iba a
conseguirlo. Andrew le intimidaba, pero podía tolerarlo; había estado bajo
escrutinios mucho peores.
—Mañana
a la misma hora. ¿Podrás con ello?
Neil
asintió.
—Cuando
te haga una pregunta, contéstame con la boca.
—Sí,
podré con ello.
—Bien.
Me debes respuestas, pero soy paciente y tenemos mucho tiempo.
Tal
vez no tanto, en una vida como la de Neil nunca se sabía, pero no le
contradijo. Ante su silencio, Andrew decidió marcharse y Neil se sentó en la
cama soltando un suspiro, lidiar con él no era fácil.
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