Neil
corrió hasta el amanecer. Tan rápido como pudo, sin detenerse a descansar un
solo instante, aunque dejase de sentir las piernas, aunque le doliesen los
pulmones, aunque no supiese hacia dónde iba. Corrió para dejarlo todo atrás.
Al
amanecer se dirigió a la carretera más cercana e intento hacer autoestop, pero
nadie se dignó a recogerle, a saber las pintas que tenía después de horas
corriendo, así que siguió caminando con la boca seca y el cuerpo dolorido hasta
llegar a una gasolinera en medio de la nada donde había también un puesto de
descanso para camiones.
Compró
agua y comida, se sentó en el bordillo fuera de la tienda para degustar su
manjar con el estómago revuelto y por primera vez fue totalmente consciente de
lo que estaba haciendo. De lo lejos que estaba de la manada, de que ya se
habrían dado cuenta de que se había marchado, y no solo eso, también de que les
había robado.
Neil
tembló y masticó con dificultad el último pedazo del sándwich, su cuerpo lo
necesitaba para poder seguir adelante. Se terminó la botella de agua y fue al
baño. Al apoyarse en el lavabo le temblaban las manos. Se miró en el espejo.
Tenía los ojos enrojecidos, estaba pálido por el pánico y llevaba todo el pelo
revuelto por el viento.
Joder,
qué estaba haciendo. Estaba firmando su sentencia de muerte. No tenía ningún
lugar al que ir. ¿Hacia dónde huiría? ¿Y qué haría después? No tenía ningún
plan. Ni nada.
Se
le aceleró la respiración y tuvo que agacharse de cuclillas, jadeando en busca
de aire.
Iban
a despedazarle cuando le encontrasen. Porque le encontrarían. No podía escapar
de la manada. No debería haber huido. Era un estúpido y ahora sería un estúpido
muerto. Un estúpido con sentencia de muerte sobre su cabeza.
No
tenía ningún futuro. Ni con la manada, ni fuera de ella. ¿Entonces qué? Morir
dentro o morir fuera. Morir por ellos o morir contra ellos.
Neil
aguantó la respiración hasta que su corazón dejó de retumbar dentro del pecho y
vio puntitos blancos al marearse. Soltó el aire lentamente y volvió a llenarse
los pulmones despacio, controlando la respiración, controlando el pánico, hasta
que pudo levantarse y volver a mirarse.
Estaba
hecho un desastre.
Se
echó agua fría en la cara para despejarse y en el pelo para peinarse un poco
con los dedos. Le sentó bien refrescarse. Bebió un poco más de agua y alivió su
vejiga antes de salir para buscar un buen samaritano que pudiese llevarle a
cualquier lugar lejos de allí. Tal vez hubiese algún lugar en el mundo en el
que pudiese esconderse. Alimentó sus vanas esperanzas para mantenerse en pie y
su último recuerdo de Ray.
Se
conocían desde hacía más de diez años, cuando la familia de Ray llegó a la
manada de Neil y fueron aceptados entre los suyos. Al principio no se llevaron
bien, peleaban más que hablaban, a ambos les costaba confiar, hasta que
aprendieron que juntos sobrevivían mejor que separados, que podían ser un apoyo
para el otro, y eso valía mucho allí. Y con su último aliento le había pedido
que huyese, por él. Así que eso haría. Por él. Por todas las veces que lo
planearon juntos y nunca se atrevieron a hacerlo. Porque el tiempo pasaba y las
oportunidades se agotaban y nada cambiaba si no lo hacías tú mismo.
Neil
compró un mapa en la gasolinera, colonia barata para rociarse con ella y
disimular su olor, y encontró un camionero que iba lo suficientemente lejos
para que sintiese que podía volver a respirar. No le hizo demasiadas preguntas
y Neil encontró mentiras con rapidez, estaba acostumbrado.
Se
subió al camión y se acomodó en el asiento espacioso junto al desconocido que
iba a ayudarle a huir.
Después
de conducir durante tres horas seguidas, pararon para comer y estirar las
piernas. El camionero le invitó a un bocadillo caliente y fingió que se tragaba
sus mentiras. Tampoco eran de su incumbencia. Su presencia no le molestaba y
parecía un chico perdido intentando encontrarse, así que lo llevó lo más lejos
que pudo, hasta la ciudad donde tenía que dejar la mercancía. Llegaron antes
del atardecer y allí también le dejó a él, en otra gasolinera en el centro de
la ciudad, como a un perro abandonado.
—¿Seguro
que estarás bien, chico?
—Sí,
gracias por todo.
El
camionero asintió y se marchó, no podía llegar tarde a la entrega, y después de
dormir el resto de la noche en cualquier hotel habría olvidado a aquel chico y
volvería a casa con su familia.
Neil
volvió a comprar agua y comida y empezó a callejear por esa nueva ciudad desconocida,
llena de posibilidades y gente y ruido. Al final, sin ningún sitio al que ir,
acabó tumbándose en el banco de un parque y contempló las estrellas durante
toda la noche. Había dormido suficiente en el camión durante el trayecto de la
tarde.
Al
amanecer tomó café y bollos en una cafetería y empezó a relajarse de verdad.
Había pasado dos noches lejos de la manada y seguía vivo. Tal vez le dejasen en
paz, no merecía la pena el esfuerzo de buscarlo para matarlo, lo sustituirían
por otro que ganase peleas y se olvidarían de él. Era una opción. Tampoco les
había robado tanto dinero, unos miles de dólares.
Mierda.
Claro
que le perseguirían.
Matarían
a su propia madre por un solo billete.
Lo
que tenía que hacer era encontrar algo por lo que mereciera la pena seguir
luchando hasta que le encontrasen y después haber tenido algo por lo que
mereciese la pena morir.
Se
terminó el bollo y el café y deambuló durante todo el día, conociendo su nueva
ciudad, mucho más grande que de donde venía. Esa noche buscó refugio porque
necesitaba dormir y se alejó hacia las afueras para buscar tranquilidad.
Encontró una casa abandonada y durmió sin descansar en toda la noche, abrazado
con fuerza a su mochila y alerta por si escuchaba algún ruido de pasos
acercándose.
Debería
encontrar algún lugar donde quedarse. Tal vez un trabajo y una habitación en
algún piso compartido. Pero necesitaba unos días para asegurarse de que no
vendrían a por él. Así que siguió deambulando como un vagabundo, comiendo poco
para ahorrar y durmiendo mal, buscando en los periódicos tirados anuncios de
trabajo cuestionables y mal pagados donde no pidiesen muchos papeles ni
hiciesen muchas preguntas.
Hasta
que una noche se topó con un campus universitario y contuvo el aliento
observando su gran arco de piedra de entrada. Neil siguió caminando, rodeando
su inmensidad, hasta que decidió colarse saltando el muro, seguro que las
entradas estaban vigiladas y así no dejaría rastro. Después de terminar el
instituto no le permitieron seguir estudiando, aunque a él le habría gustado,
ser algo más que un animal para peleas.
Como
llevaba mochila y era joven pasó desapercibido cuando se cruzó con algunos
alumnos rezagados y con un guardia de seguridad, aunque este le echó un vistazo
y Neil se tensó, pero el guardia siguió su camino. Era tarde para fingir que
salía de alguna clase, por suerte, no tuvo que hacerlo. Entonces sonrió y se
adentró en el campus con menos miedo. Encontró un pabellón enorme que llamó su
atención, parecía un gimnasio pero con más categoría, mucho más cuidado. En la
entrada había un cartel metálico en el que se leía “Los Zorros de Palmetto” sobre
la silueta de una cancha de baloncesto. Neil probó a tirar de la puerta sin
mucho ímpetu y se sorprendió al poder abrirla. Era su día de suerte, podría
darse una ducha y dormir caliente.
Se
encerró en los vestuarios y se quitó de encima toda la suciedad de llevar
varios días vagabundeando. También lavó la ropa y la dejó tendida sobre los
bancos de madera, no se secaría del todo durante la noche pero sí lo
suficiente. Al lado había una sala con sofás y sillones y una televisión.
Contuvo las ganas de encenderla y se acurrucó en el sofá más grande, de tres
plazas, soltando un profundo suspiro. No había notado que estuviera tan
cansando, pero de repente su cuerpo pesaba toneladas y los cojines le
engullían. Se quedó dormido enseguida.
***
Estaba
tan profundamente dormido que no notó que ya no se encontraba solo hasta que
una mano se posó en su hombro. En ese instante dio un respingo, se quitó la
mano de encima con un manotazo y saltó del sofá con la mochila contra el pecho,
gruñendo como un animal acorralado.
—Ey,
ey, tranquilo. No voy a hacerte daño —dijo otra voz masculina.
Neil
consiguió enfocar la mirada y encontrarle en la penumbra. La luz de las farolas
entraba por las ventanas y la del pasillo por la puerta entreabierta.
—Tranquilo
—repitió el extraño.
Era
un chico de su edad, cabello claro, alto, no podía distinguir el color de sus
ojos. Alzaba las manos con las palmas hacia fuera para mostrarse inofensivo y
Neil cerró la boca y apretó los dientes, buscando con la mirada un lugar por
donde huir con rapidez. La puerta que estaba abierta. Fácil. Se giró hacia un
lado, delatándose con su cuerpo, y el otro fue más rápido.
—Te
prometo que no quiero problemas ni hacerte daño —dijo, cubriendo la salida con
su cuerpo—, pero te has colado en nuestro pabellón y creo que al menos merezco
alguna respuesta. ¿Quién eres?
El
otro chico esperó respuesta hasta que se dio cuenta de que no iba a contestar
nada. Suspiró y dejó caer los brazos.
—Me
llamo Nicky, juego en los Zorros y estudio en la universidad. ¿Y tú?
El
extraño se armó de toda su paciencia, tenía mucha.
—No
eres de aquí, ¿verdad?
Neil
aceptó que no podía huir tan rápido como quería así que relajó los hombros y
negó con la cabeza.
—No
he causado daños, deja que me vaya y no volveré.
—¿Sabes?
Aunque no lo creas, has llegado al sitio ideal para chicos perdidos —dijo Nicky
con una sonrisa.
—¿Quién
dice que esté perdido?
Nicky
lo miro de arriba abajo y arqueó una ceja, cruzándose de brazos y apoyándose en
el marco de la puerta. Neil se sintió expuesto y retrocedió un paso, aunque eso
lo alejase más de la puerta.
—Yo
también estuve perdido una vez.
—Dudo
que tú y yo tengamos nada en común —contestó Neil con rabia.
—Tú
no tienes nada, eso seguro. —Neil recibió sus palabras como un golpe y apretó
con más fuerza la mochila—. Pero yo tengo una casa con un sofá más cómodo y
desayuno para mañana.
Neil
frunció el ceño de forma casi cómica, como si le estuviese hablando en otro
idioma e intentase descifrarlo. Entonces Nicky se apartó de la puerta para
dejarle salir.
—No
voy a retenerte en contra de tu voluntad. Si no has roto ni robado nada podrás
marcharte y será como si nunca hubieras estado aquí. Pero te ofrezco otra
opción: venir conmigo esta noche, dormir en un lugar seguro y tiempo para
pensar mañana qué vas a hacer.
—No
sabes nada de mí.
—Sé
que pareces inofensivo.
Neil
soltó una carcajada amarga que no inmutó a Nicky.
—No
sé nada de ti.
—Puedes
confiar en que también soy inofensivo.
—Confiar…
—susurró Neil, incrédulo.
Solo
había confiado en una única persona en toda su miserable vida y ahora estaba
enterrado bajo tierra. Ray también había confiado en él y Neil le había
fallado.
—Sí,
confiar. Es una palabra de nuestro idioma, si quieres te explico su
significado.
Neil
bufó y Nicky sonrió.
—¿Qué
pierdes por intentarlo?
—Podría
perderlo todo, aunque creas que no tengo nada.
—Lo
siento, no era mi intención ofenderte. Déjame que te haga una última pregunta:
¿Tienes algún lugar mejor donde ir?
No,
no lo tenía, y la respuesta se le notó en la cara porque Nicky asintió,
comprendiéndolo y esperando que cediese por fin.
—¿Por
qué me ayudas?
—Porque
pareces necesitarlo y a mí no me cuesta nada.
—¿Y
si te robo? ¿Y si te hago daño? ¿Y si no soy inofensivo?
—Vivo
con los chicos del equipo, así que creo que varios jugadores de baloncesto
podremos contigo… si hiciera falta. Y no pongas esa cara, nadie va a hacerte
daño si te portas bien. ¿Qué me dices?
Tal
vez Neil no fuese un jugador de baloncesto alto, fuerte y prepotente, pero era
un cambiante y lo que mejor se le daba era pelear, él también podría defenderse
si hiciera falta, así que sofá y desayuno en casa de ese extraño sonaban mejor
que casa abandonada y banco en el parque. Estaba descubriendo que también se le
daba bien huir, así que podría volver a hacerlo cuando fuese necesario.
Asintió
y la sonrisa de Nicky se hizo más grande.
—Tengo
que recoger algo de ropa del vestuario.
—Pues
vamos.
Llevó
la ropa mojada en la mano y salieron juntos del pabellón de baloncesto. Nicky
se aseguró de cerrarlo con llave y emprendieron el camino hacia su casa.
—Nuestra
residencia está cerca. Es una casa solo para nosotros, así nos tienen más
controlados a todos juntos.
Neil
asintió, fijándose en el camino que tomaban y en todo lo que había alrededor
para no desubicarse si necesitaba salir corriendo.
—Tienes
suerte de que te haya encontrado yo, ha sido toda una casualidad.
—¿Por
qué?
—Algunos
compañeros vienen a entrenar por la noche, yo prefiero descansar. Hoy se la han
tomado libre y de repente he recordado que no había cerrado la puerta en la
última sesión, por eso he tenido que venir. Si te hubieses encontrado con
alguno de los otros no habría acabado tan bien tu noche.
—¿Y
crees que se tomarán bien que me metas en su casa?
—Tranquilo,
sé manejarlos. Se quejarán un poco si queda alguno despierto, pero perro
ladrador poco mordedor.
Si
él supiera…
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