10 febrero 2025

Capítulo 1

A veces, en medio de una pelea, a Neil le costaba recordar por qué tenía que seguir luchando. El rugido de la muchedumbre casi silenciaba los gruñidos de los perros que estaban peleando en el cuadrilátero de tierra sucia. El ambiente olía a sudor y cerveza, a desesperación y sed de sangre. Los cobardes que disfrutaban mirando agitaban los puños con violencia entre gritos: “¡Vamos, ataca!” “¡Venga, chucho, a la yugular!” “¡Destrózalo, he apostado por ti!”. Pero para Neil solo eran una cacofonía lejana, había aprendido a no dejar que le distrajesen, esa fue una de las primeras lecciones que llevaba marcada en la piel.

La segunda lección fue no tener piedad, daba igual si peleaba contra otro cambiante o contra un animal, daba igual si notaba el miedo en su mirada o titubeo en sus ataques, incluso daba igual si solo se defendía. Neil tenía una única opción para sobrevivir: ganar. Porque si no lo hacía, después de la pelea le esperaba otra paliza, y llevaba mucho tiempo preguntándose cuál sería la última, la que le mataría.

Esquivó un zarpazo y lanzó una dentellada para mantenerlo apartado, necesitaba recuperar el aliento durante unos segundos, tenía dos heridas que sangraban demasiado y se estaba agotando. El otro animal también jadeaba y cojeaba por un mordisco en la pata derecha.

Neil ya ni siquiera perdía tiempo en desear estar en otro lugar, en otra familia, en otra manada. En otra vida. Pero el cansancio que sentía a sus escasos veinte años le calaba hasta los huesos. Era un cansancio de hastío de vida, de abulia paralizante. Solo el dolor le hacía seguir adelante.

Atacó con sus últimas fuerzas, le dio un zarpazo en los ojos y se lanzó a por su cuello cuando agachó la cabeza gimoteando. Le hizo aullar de dolor al clavarle los dientes con rabia, una rabia que iba dirigida hacia todos menos ese pobre animal al que también estaban obligando a luchar. Desgarró piel y músculo y se le llenó la boca de sangre. Odiaba el sabor de la sangre. Intentó tragar lo menos posible y tumbó al otro en el suelo, doblegándolo hasta que ya no pudo moverse. Lo soltó, sabiendo que aunque él no lo hubiese matado directamente, lo había sentenciado a muerte; sus dueños lo ejecutarían en cuanto despejasen el cuadrilátero para la próxima pelea. Ya no servía para nada más.

En algún momento, Neil tampoco serviría para nada más. Pero sería en otro momento, esa noche había vuelto a ganar; eso era lo único que importaba. Los humanos gritaban encolerizados y borrachos, algunos enfadados por haber perdido la apuesta y otros concentos por haberla ganado, como sus padres.

Neil jamás había celebrado o disfrutado sus victorias, solo significaban seguir vivo un día más y recibir una buena cena esa noche.

Mientras se apartaba del perro caído e intentaba olvidarlo, aunque se quedaría para siempre clavado en su conciencia, se acercó hasta donde sus padres agitaban los brazos entre risas desquiciadas. Como no había luchado contra otro cambiante, no le había acompañado la manada entera, solo sus dueños. Le abrieron la puerta para que saliese del cuadrilátero y le palmearon los costados sin importarles el dolor que pudiera sentir, demasiado abstraídos en su nauseabundo júbilo.

La madre se lo llevó y el padre fue a recoger sus ganancias. Cuando estuvo alejado de todos, en un cuartucho sucio que una vez fue el baño de la fábrica abandonada donde llevan a cabo las peleas clandestinas, Neil volvió a su forma humana. Jadeó de dolor con su propia voz y se apoyó contra la pared sucia antes que hacerlo en su madre. Estaba desnudo, sangrando y debilitado, pero a la mujer no le importó, le prestaba más atención al botellín de cerveza que estaba vaciando y al cigarro que consumía compulsivamente.

—Venga, vístete, que estoy deseando llegar a casa.

—Sí, yo también estoy cansado —contestó él con ironía y la voz ronca.

Su madre le lanzó una mirada de reojo y lo ignoró, no valía ni para que se ofendiera por él. No valía ni el dinero que les hacía ganar porque cuando ya no estuviese simplemente lo sustituirían por otro.

Neil suspiró y se puso la ropa deportiva con manos torpes y un par de tropiezos al meter las piernas en el pantalón. Ya se curaría las heridas cuando llegase a casa. Los cambiantes eran más fuertes que los humanos, sanaban antes y era más difícil que enfermasen o que sufriesen infecciones. Evitó mirarse en el espejo roto y lleno de mugre y salieron de allí, directos hacia la camioneta para esperar a su padre. Neil se tumbó en los asientos traseros y la madre ocupó el lugar del copiloto con otro cigarro colgando de los labios.

Su hijo observó las cicatrices que tenía en el cuello y la nuca, además de otras repartidas por el cuerpo que cubría la ropa; a ella también la habían obligado a pelear de joven, por eso Neil era absolutamente incapaz de entender cómo podía hacerle eso a él, si conocía de primera mano lo que suponía estar en ese infierno. El miedo, la culpa, el dolor, el sabor a sangre y tierra, el no saber si te dejarán lisiado o si te matarán, el desear a veces que te dejen lisiado o te maten de una maldita vez.

Ella dejó de pelear al casarse muy joven y quedarse embarazada. Neil no quería pensar que solo lo tuvo por eso, para pasarle su mala suerte. Su padre, por el contrario, nunca tuvo que pelear por sí mismo, por eso odiaba muchísimo más a su madre.

Su padre apareció agitando el fajo de billetes que habían ganado y entró en la camioneta soltando una carcajada y dándole un sonoro beso a su mujer.

—¡Así se hace, muchacho! Mira todo lo que nos has hecho ganar.

Unos miles de dólares manchados de sangre.

Le restregó los billetes por la cara y Neil la apartó, dándose la vuelta para apretarse contra el respaldo. Su padre se rio y encendió el motor, provocando que la vibración agitase cada centímetro de su maltrecho cuerpo. Neil apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza. Su madre puso música en la radio y fueron todo el camino de vuelta como si él no estuviera detrás hecho un ovillo, rezando para que el coche se estrellase y los matase.

 

***

 

Tardaron media hora en llegar al parque de caravanas donde vivía la manada. Los recibieron entre vítores borrachos al ver los billetes con los que presumía su padre, orgulloso, como si los hubiese ganado él. Por suerte, ignoraron a Neil y pudo ir a curarse las heridas. Estaba acostumbrado a hacerlo solo. En ese lugar era mejor no necesitar a nadie. Se duchó, cubrió las heridas abiertas con apósitos y salió de la caravana muerto de hambre, solo con unos pantalones vaqueros y descalzo. Fue hasta la hoguera donde había una olla con guiso, carne asada y pan tostado, y comió hasta que le dolió el estómago.

—¿Quieres una cerveza para celebrarlo? —le dijo el líder de la manada, sentándose a su lado de repente.

Neil se tensó y negó con la cabeza.

—¿Cuándo aprenderás a divertirte? —preguntó con sorna, dándole una palmada en la espalda que le hizo rechinar los dientes.

—Solo quiero descansar.

Lo miró de soslayo. Joshua también tenía cicatrices, como casi todos los cambiantes, sobre todo lo que pertenecían a manadas pobres y abandonadas por una sociedad que rechazaba y despreciaba a su especie. Llevaba la barba larga y descuidada, manchada por gotas de cerveza. Se suponía que a un líder había que respetarlo y admirarlo, tal vez también temerlo, pero lo único que Neil sentía por el líder de su manada era asco.

—En la vida hay que esforzarse, chaval, pero también hay que encontrar algo por lo que merezca la pena ese esfuerzo.

—¿Y el alcohol haría que mereciese la pena?

Joshua rio con un brillo peligroso en la mirada.

—El alcohol y el sexo son lo único que hace que todo merezca la pena. Lo demás es una mierda.

Neil se lo quedó mirando solo para tenerlo controlado mientras permaneciese a su lado, pendiente de cada movimiento, sin ninguna respuesta que ofrecerle, hasta que vació la botella de un trago y la lanzó a la hoguera, haciendo añicos el cristal contra los troncos.

—Lo has hecho muy bien, sigue así —le apoyó una mano en el muslo, tocándolo por segunda vez, y Neil tuvo que contenerse para no gruñirle, no quería recibir más golpes esa noche—, y si necesitas ayuda para que merezca la pena, con cualquiera de las dos opciones que te he dado, puedes contar conmigo. ¿Entiendes?

—Comprendo —contestó con los dientes apretados.

—Bien, te dejo disfrutar de tu victoria a solas.

Le guiñó un ojo y se marchó.

Entonces todo lo que había comido se revolvió en su estómago. No era la primera vez que Neil recibía ese tipo de insinuaciones, y no solo de su líder, pero por el momento nadie había cruzado la línea que él marcaba como distancia con su manada. Ninguno de esos desgraciados le pondrían un dedo encima excepto para darle una paliza cuando quisieran castigarlo. Neil no permitiría que le tocasen para nada más.

En una manada era natural el desnudo, el contacto físico e incluso el sexo puramente instintivo, pero Neil nunca había conseguido encajar con los demás de esa forma. No los quería, no los respetaba, para él la manada solo significaba dolor y sometimiento. Esa línea no la cruzaría jamás. Les odiaba tanto que no podría soportarlo.

Se alejó de la hoguera, inquieto, y empezó a buscar con la mirada al único cambiante que no odiaba. Al único que podía llamar amigo. ¿Todavía no había vuelto de su pelea? Buscó su rastro paseando entre las caravanas. Algunos cambiantes se transformaron para salir a correr, les gustaba jugaban a perseguirse, se gruñían y aullaban a la luz de la luna. Esos sonidos se mezclaron con otros tipos de gritos, tanto dentro como fuera de las caravanas. No había intimidad ni privacidad dentro de una manada. Con tantos olores abrumándolo le resultaba difícil seguir un rastro. Sexo, humo, sudor, alcohol, tierra, gasolina, comida, sangre. No solo la suya.

Neil frunció el ceño y aspiró con fuerza, saboreando todos los olores.

Poco después sintió un ligero toque de su esencia en el viento y siguió su instinto hasta encontrarlo.

Ojalá no lo hubiese hecho, pensó.

Ojalá lo hubiese hecho antes. Antes de pensar en sus heridas. Antes de pensar en su hambre. Antes de que fuese demasiado tarde.

Corrió hacia él y se arrodilló a su lado. Estaba recostado contra el tronco de un árbol y respiraba jadeando, con un pitido desagradable que escapa de sus pulmones.

—Ray, Ray —lo llamó, cogiendo su cabeza con cuidado para mirarle. Casi no le reconocía por lo desfigurado que le habían dejado—. ¿Qué ha pasado?

La voz le temblaba tanto como las manos.

Ray parpadeó, o lo intentó, y vio a Neil. Sus labios sanguinolentos sonrieron.

—Pensaba que no volvería a verte.

—Ray —jadeó Neil con desesperación.

—Perdí —tosió con fuerza, escupiendo sangre sobre Neil—. Habían apostado mucho —volvió a toser, doblándose de dolor—. Contra otra manada.

Neil intentó sujetarle, aunque sabía que con solo tocarle le hacía daño. Se hizo un ovillo sobre él, como si pudiera protegerlo con su propio cuerpo, pero ya no podía protegerlo de nada.

—Lo siento.

—No, Neil, no. Yo no. Se acabó.

Lo entendía.

—Shhhh. No desperdicies fuerzas.

No podía decirle que aguantase, que llegaría ayuda, que llamaría a un médico, que se pondría bien.

—Neil.

—Calla.

—Neil —tosió con tanta fuerza que estuvo a punto de vomitar.

—¿Qué?

Se miraron. Los ojos verdes de Neil, brillantes por las lágrimas, contra los de Ray, ensangrentados e hinchados, el azul de su iris apagado. Neil sujetaba su rostro con cuidado, sosteniéndole la cabeza para mirarle.

—Huye.

—Estás loco.

—Huye, Neil. No acabes como yo.

—No puedo…

—No dejes que te hagan esto.

—Ray —susurró.

—Por mí.

No pudo contradecirle. No dijeron nada más. Se miraron hasta que Ray soltó su último aliento. Neil dejó su cuerpo en el suelo empapado con su sangre y se levantó con los puños apretados, en su interior algo lo estrujaba y desgarraba. Gritó hasta sacárselo de dentro, con tanta rabia que unos pájaros que estaban posados en los árboles cercanos volaron asustados. Le dolía la garganta cuando terminó y de repente, en el silencio, escuchó una risa a lo lejos, llevada hasta él por el viento.

Corrió hacia un lado para apartarse y vomitó apoyado contra otro árbol. Luego se limpió la boca, escupió, y fue a buscar una pala. Llevó el cuerpo de su único amigo al bosque y cavó una tumba para él. No muy profunda, lo justo para cubrirle y que tuviera un lugar en el que descansar en paz.

Descansar, por fin. Neil lo entendía. Sabía que su amigo no había muerto con miedo. Lo que de verdad daba miedo era vivir sabiendo que cada día de tu vida sentirías dolor.

Cuando acabó siguió moviéndose por inercia, como si algo lo manejase, sin poder pensar con claridad.

Era muy entrada la noche, la luna ya había empezado a descender, y el parque de caravanas estaba en silencio, tranquilo mientras las bestias dormían.

Fue hasta la caravana de sus padres y robó el dinero que había ganado esa noche. Luego fue a la suya, donde vivía solo desde los diecisiete años, y metió ropa en una mochila hasta llenarla; tampoco iba a dejar muchas pertenecías atrás, tenía poco que le importase. Volvió a limpiarse con un trapo húmedo para no hacer ruido, necesitaba quitarse de encima la tierra y la sangre, y se cambió de ropa. Se colgó la mochila a la espalda y no se permitió pensar en lo que estaba haciendo cuando un atisbo de pánico asomó tras los movimientos autómatas.

Por él lo intentaría, aunque significase su muerte también. Al menos moriría intentando ser libre, luchando por sí mismo en vez de para otros.

Neil se adentró en la noche y echó a correr.

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