Neil
se despertó muy pronto, al mirar por la ventana vio que estaba amaneciendo, así
que no le sorprendió que la casa estuviese en absoluto silencio; la fiesta se
había alargado hasta muy tarde, aunque después de que Nicky terminase lo suyo,
Neil se encerró en la habitación y no volvió a salir. Su compañero de cuarto no
regresó esa noche.
Se
desperezó estirándose y se puso la ropa de deporte para salir a correr. Antes
pasó por la cocina para beberse un vaso de agua enorme de un trago y se marchó,
necesitaba despejarse la mente, los recuerdos de la noche le perseguían. Pero
por muy rápido que corrió, no consiguió dejarlos atrás.
Una
hora después entró con sigilo en casa, todos seguían durmiendo. No le apetecía
encontrarse con nadie, muchísimo menos con una persona muy concreta, así que
cogió ropa y la mochila con los libros y se fue a ducharse al vestuario del
pabellón antes de ir a la biblioteca. No tenía mucho que hacer, pero pasó allí
todo el día solo. Encontró sitio en el segundo piso, en una esquina al fondo,
detrás de unas estanterías con un ventanal enfrente, y como toda la universidad
estaba de resaca, realmente parecía que tenía la biblioteca para él solo, tal
vez fuera así.
Estudió,
pasó apuntes a limpio, terminó un par de trabajos y repasó los temarios que
darían en las próximas clases. También pasó mucho tiempo mirando por la ventana
pensativo, luchando contra sus propios recuerdos. Incluso durmió una pequeña
siesta en un sillón viejo después de comer un sándwich de máquina.
No
se movió de allí, de ese lugar que había reclamado como su escondite, hasta el
atardecer, que llegó demasiado pronto. Volvió a casa a las siete de la tarde,
cabizbajo y con paso lento.
No
tenía tiempo para distracciones y las fiestas de los zorros siempre le dejaban
descolocado durante demasiado tiempo. La manada era la única familia que
conocía y siempre había estado con ellos, era normal la falta de pudor y de
intimidad, pero no se parecía en nada a estar rodeado de hombres jóvenes y
fuertes que querían satisfacer sus necesidades sexuales sin recato, tomando lo
que querían cuando querían.
Si
Ray hubiese estado allí se lo habría pasado en grande, iría a todas las fiestas
y con una acompañante diferente cada noche. Se lo montaría con ella en el salón
con una sonrisa en la cara, sin vergüenza, mientras otros se lo montaban a su
lado, incluso mirándolos para excitarse. Él era más libre que Neil y sabía
tomar lo que quería, tenía el carácter y la labia necesarios. Seguro que él
habría encajado mejor con los zorros y les habría gustado más que Neil.
Suspiró
frente a la casa, había actividad en el interior, claro; podía ver sus siluetas
moverse a través las ventanas y las cortinas. Tomó aliento y entró.
Nicky
apareció corriendo desde la cocina y le cogió por los hombros.
—¿Se
puede dónde estabas?
Neil
se sorprendió tanto que ni reaccionó cuando lo zarandeó.
—¿Qué?
¿Qué pasa?
Algunos
se asomaron para mirarlos desde el salón y la cocina.
—¡Qué
pensaba que habías desaparecido! Si no fuese porque tu ropa y todas tus cosas
siguen aquí parecería que te habías largado.
—No
lo he hecho, Nicky, tranquilo. ¿Puedes soltarme?
Apartó
las manos con rapidez y dio un paso atrás para dejarse espacio.
—Perdona.
—Relájate.
—Es
que anoche fue intenso y pensé que te habías acojonado y como es imposible
localizarte no sabía dónde estabas ni cómo encontrarte —dijo atropelladamente.
—Estaba
en la biblioteca.
—Pues
la próxima vez deja una maldita nota. ¿Y qué hacías en la biblioteca metido
todo un domingo?
—Pues…
estudiar.
—Qué
rarito eres, joder.
—Tú
sí que eres rarito.
Nicky
se rio y Neil sonrió al notar que se rebajaba la tensión. Parecía realmente
preocupado por él y no había sido su intención asustarle.
—No
desaparezcas —le pidió.
—Vale,
dejaré una nota.
—O
podrías comparte un móvil.
—Dejaré
una nota.
Subió
las escaleras hasta su habitación, dejó la mochila en el suelo y se dejó caer
en la cama, pero no tuvo mucho tiempo para relajarse tras el intenso
recibimiento cuando llamaron a la puerta.
—¿Sí?
Matt
la abrió lo justo para meter medio cuerpo y apoyarse en el marco.
—¿Estás
bien?
—No
voy a desaparecer sin despedirme, solo me apetecía estar solo.
—Vale,
pero ¿estás bien?
—Sí.
—Bien.
Matt
cerró la puerta y Neil se tapó la cara con la almohada. La que había liado sin
darse cuenta. Quería estar solo y olvidar lo ocurrido por la noche, no llamar
más atención sobre él ni preocupar a nadie. No estaba acostumbrado a dar
explicaciones de lo que hacía o adónde iba, mientras estuviese para pelear
cuando debía, lo demás no le importaba a nadie.
Ahora
estaba con un grupo que no se aprovechaba ni abusaban de él, tenía que aprender
a relacionarse de otra forma, ser un poco más accesible y comunicativo. No
sería fácil, pero lo intentaría. Ya llevaba meses con ellos y sabía que merecía
la pena esforzarse por permanecer allí.
De
repente la puerta se abrió sin que llamasen y Neil refunfuñó pensando que era
Nicky.
—No
he desaparecido, no puedo desvanecerme como un fantasma y estoy bien, deja de
preocuparte —dijo sin quitarse la almohada de la cabeza.
Pero
cuando la puerta se cerró y los pasos se acercaron, el intenso aroma que llenó
la habitación no era el perfume de Nicky, que ya flotaba por sí solo en el
ambiente. A Neil no le gustaba nada que tapase el olor natural del cuerpo, le
entorpecía la capacidad de rastrear y, aunque no lo necesitaba, estaba
acostumbrado a guiarse por el olfato, era el sentido del que más se fiaba. Los
cambiantes nunca usaban colonias ni perfumes ni nada con aromas. Andrew
tampoco, su olor era salvaje y natural.
Neil
apartó la almohada hacia un lado y se quedó tumbado, Andrew lo miraba desde
arriba junto a la cama.
—¿Seguro
que no puedes desvanecerte?
—Sí.
Andrew
estaba tan tranquilo e imperturbable como siempre, parecía una estatua
observándole. Piel pálida de granito, cabello rubio y ojos negros. Pero no, no
como siempre, no, anoche mostró expresiones y gestos que le desarmaron y Neil
podía seguir viéndole así aunque lo estuviese mirando serio, sin ninguna
emoción.
Sabía
qué cara ponía cuando se corría y eso le estaba volviendo loco, joder.
—¿Te
lo pasaste bien anoche?
—No
tan bien como tú.
—Porque
no quieres.
Neil
frunció el ceño, esa respuesta podía malinterpretarse como una proposición,
pero claro que no lo era. Andrew solo disfrutaba del sexo de una forma y a Neil
no le gustaría estar en la piel de ese chico arrodillado sin nombre, sin
importancia, casi sin rostro. Solo una boca sumisa. No lo entendía y no quería
inmiscuirse.
—No
me gusta hacerlo con público.
Andrew
dejó caer algo sobre su vientre y Neil lo cogió con desconfianza. Era un
maldito teléfono móvil. Negro con la carcasa negra. Ya estaba encendido, el
fondo de pantalla era una cancha de baloncesto.
Neil
lo sostuvo en la mano como si fuese un arma apuntándole.
—No
lo quiero.
—Me
da igual. No vas a desvanecerte, así que tendrás que estar localizable.
—Siempre
estoy con vosotros o cerca.
—Excepto
cuando no lo estás, como hoy.
—¡No
lo quiero!
No
quería estar localizable, quería ser un fantasma. No iba a desvanecerse, pero
necesitaba tener la opción de poder hacerlo cuando lo necesitase.
—¿Sabes
el coñazo que ha dado Nicky durante todo el día? Si vuelves a hacerme pasar por
eso, tendré que darle una paliza hasta que deje de molestarme, así que acepta el
maldito teléfono.
—Vale,
joder —dijo incorporándose para sentarse—. Pero no voy a estar mandando
mensajitos todo el tiempo.
—¿Tengo
cara de entretenerme mandando mensajitos?
Se
miraron fijamente, Neil tenía la cabeza echada hacia atrás y a esa altura
estaba demasiado cerca de la zona de Andrew que le hacía pensar en anoche. Se
levantó, incómodo, y se cruzó de brazos con el teléfono en la mano.
—Lo
tendré apagado excepto cuando necesite comunicarme.
—Eso
no es estar localizable, lo tendrás encendido.
—Puedes
mandarme en la cancha, no fuera de ella.
—Puedo
mandarte donde quiera.
Andrew
lo encaró y Neil tuvo que retroceder hasta chocar con la mesa escritorio que nunca
usaba para estudiar.
No
tuvo sentido replicarle ni resistirse más, Andrew siempre ganaba y notó cuando
Neil se rindió.
—Tienes
apuntados los teléfonos de todos los zorros y del entrenador.
—Vale.
Andrew
sintió, satisfecho, y se dio la vuelta para marcharse, pero la voz de Neil lo
detuvo antes de llegar a la puerta.
—Oye,
¿de dónde has sacado el teléfono? Puedo pagártelo.
—Es
uno mío antiguo y no necesito tu dinero, quédatelo y ya está.
—¿Cómo
se desbloquea?
—Cuatro
ceros.
Se
fue y Neil desbloqueó el teléfono para comprobarlo, el fondo de pantalla
interior era igual, tenía todos los números que le había dicho y ni uno más. Tampoco
aplicaciones más que las básicas. El dedo de Neil bailó sobre la pantalla,
inquieto, y abrió el álbum de fotos para comprobar que estaba limpio. Solo se
sintió un poco decepcionado de que lo estuviese. Negó con la cabeza,
contrariado consigo mismo, y bloqueó el teléfono antes de lanzarlo sobre su
cama.
Lo
miró con desconfianza, pero al poco rato volvió a cogerlo como si no pudiese
resistirse al maldito cacharro. Antes tenía uno, claro, y tampoco le gustaba
usarlo mucho, aunque no había forma de resistirse a Ray, a él si le gustaba
mandar mensajes absurdos a todas horas. Lo dejó atrás para huir, como casi
todas sus cosas; incluso el cadáver de su amigo.
Le
mandó un mensaje a Nicky para alegrarle.
Neil
Soy Neil
Nicky
Keeeeeeeeeee
¿Por
qué tienes el teléfono viejo de Andrew?
Neil
Porque me lo ha dejado, así no te da un ataque al
corazón
Nicky
Bieeeeeeen
Todos
vivos y localizables gracias a Andrew
Neil
Pues dale las gracias de verdad
Esto es culpa tuya
Nicky
No
te quejes
Ahora
podré mandarte nudes
Neil
Ni se te ocurra
Nicky
Jajajajaja
Más
quisieras, pillín
Neil
puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír.
Nicky
Baja
y ayúdanos a hacer la cena como penitencia
Neil
¿Esto no es suficiente?
Pero
Neil bajó y ayudó a Nicky y Liam. Algunos cenaron en la cocina charlando, otros
en el salón viendo la televisión, y Kevin y Andrew llegaron cuando todos ya
habían terminado. Cuando estuvo en la cama, Neil apretó el teléfono con fuerza,
ojalá no hubiese tenido que dejar el suyo atrás, era el único sitio donde tenía
recuerdos de Ray: conversaciones, fotografías, incluso algún vídeo haciendo el
tonto. Le dolía recordarlo.
Probó
a hacer una cosa. Apuntó su número de teléfono, que se sabía de memoria, y
abrió un chat en blanco solo para ver su fotografía. Rompió a llorar cuando vio
su rostro sonriente haciéndose un selfi. Intentó controlar su llanto y dejar
escapar la tristeza en silencio para no despertar a su compañero de cuarto,
apretó el rostro contra la almohada y se cubrió la cabeza con la manta. No se
merecía ser feliz y estar tranquilo y disfrutar de una vida normal mientras a
su amigo se lo comían los gusanos.
—Ey,
shhh, tranquilo.
Nicky
se sentó en el colchón a su lado y le frotó un brazo por encima de la manta.
Neil no se tensó, necesitaba consuelo desesperadamente, movió su cuerpo hacia
el de Nicky sin salir de su escondite y su amigo lo abrazó por encima,
frotándole la espalda y diciéndole palabras de consuelo.
Nicky
lo abrazó hasta que notó que se había quedado dormido, entonces bajó la manta
para dejarle la cabeza al aire y que pudiese respirar, y le dio un beso en la
sien con el corazón roto por él. La mayoría de los
zorros ya habían superado sus lutos y muchos estaban en lucha activa contra sus
traumas, pero Neil todavía tenía las heridas en carne viva y sangrando. Por eso
se había preocupado tanto al no encontrarlo durante todo el día, Neil podía
romperse en cualquier momento o asustarse y huir; su estabilidad pendía de un
hilo, y Nicky quería sujetarlo con fuerza y no dejarlo caer. Su miedo y
tristeza a flor de piel le provocaban ternura y ganas de protegerlo con fiereza.
Incluso Andrew había caído rendido a sus torpes encantos, aunque Nicky no
estaba seguro de si el interés de Andrew por Neil era tan fraternal como el
suyo.
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