Las
últimas semanas de noviembre pasaron de forma frenética para Neil, entre
trabajos, estudios para los exámenes finales del trimestre, y los duros
entrenamientos para empezar la liga en enero, no tenía tiempo de aburrirse ni
de penar en nada fuera de su rutina, las clases y el baloncesto. Le gustaba
mucho la carrera que había elegido y ya se comunicaba con los zorros en la pista
como si siempre hubiese jugado con ellos. Era agradable la sensación de dejarse
llevar por la corriente en vez de sentir que vives luchando en su contra porque
quiere arrastrarte y ahogarte.
Neil
se machacaba en el gimnasio, se machacaba en la cancha de baloncesto, se
machacaba estudiando para ser el mejor de la clase, y por las noches caía
rendido en la cama con una sonrisa en la cara y un amigo cerca que estaría a su
lado para consolarle si volvía a romperse.
Al
día siguiente de esa fatídica noche, Nicky le mandó un nude en el espejo del
baño de espaldas, ensenándole el culo, y Neil soltó maldiciones, dijo que iba a
arrancarse los ojos, pero también se rio y eso era lo que Nicky había buscarlo,
hacerle sonreír.
Neil
borró la foto y luego vació la papelera, por supuesto, y Nicky se estuvo
cachondeando de él toda la mañana. Luego, en un momento que le pilló a solas en
el vestuario, Andrew le dijo muy serio que no le había dado un teléfono para
intercambiar fotos desnudo con nadie y Neil se quedó blanco y después rojo
farfullando que había sido una broma, que él no hacía eso, que le devolvía el
teléfono si quería. Andrew se fue negando con la cabeza y Neil maldijo a Nicky
por ponerle en evidencia.
Cuando
se enteró de que tenía teléfono, Matt hizo un grupo con él y con Nicky, así se
organizaban para verse en la biblioteca y estudiar ahora que todos estaban tan
ocupados, o para quedar en la cafetería para tomar un café en alguna hora libre
en la que coincidiesen.
Hacia
allí estaba yendo Neil con Nicky y Dean, que se había unido esa mañana, también
les costaba pasar más tiempos juntos a la pareja. Diciembre era un mes
estresante. Matt los esperaba pidiendo ya los cafés de todos, para ahorrar
tiempo.
De
camino se cruzaron con un tablón de anuncios del campus y Neil lo miró sin
prestar atención, girando la cabeza cuando Nicky y Dean estaban besándose sin
perder el paso, pero su subconsciente vio algo que lo detuvo y volvió a mirar
con más interés hasta que encontró lo que había llamado su atención.
—¿Qué
pasa? —preguntó Nicky al detenerse a dos pasos de distancia.
Neil
estaba paralizado.
Justo
en el centro había un cartel de un perro perdido con una fotografía suya que
ocupaba medio folio. Y ese perro… Neil juraría que era él. La forma que tomaba
cuando se transformaba para las peleas. Uno de los muchos aspectos animales que
tenía. Se acercó con un brazo estirado hasta rozar la fotografía con los dedos.
Tenía la respiración atascada en la garganta.
—¿Lo
has visto? —preguntó Dean.
Neil
negó con la cabeza. No, era imposible. Ni siquiera había posado nunca para una
foto así, ni para ninguna, no como animal. No podía ser él, solo era una
coincidencia espeluznante porque estaba paranoico. No era nada. No podía serlo.
—No
—contestó—. Pensaba que sí, pero no.
Aun
así, cogió un papel con el número de teléfono y se lo guardó en el bolsillo de
los pantalones.
—Por
si acaso —dijo.
Y
siguió caminando tenso, sin escuchar del todo la conversación de Nicky y Dean sobre
las clases y cotilleos de no sé qué alumna que se rumoreaba que estaba liada
con un profesor.
Dejó
la mano sobre el bolsillo donde había guardado el papel y el pulso se le
descontroló errático. Que no, joder, era
imposible, se dijo. Intentó ignorarlo mientras tomaban el café y durante el
resto de las clases y en el entrenamiento y durante la ducha y la vuelta a casa
y mientras subía las escaleras hacia su habitación y se sentaba en la cama y
sacaba el papel del bolillo y marcaba el número con dedos temblorosos.
Se
llevó el teléfono a la oreja y escuchó el primer tono con el corazón en un
puño. El segundo tono. El tercero… no saltó el buzón de voz, simplemente se
cortó la llamada cuando nadie contestó al otro lado. Se quedó mirando el
teléfono como si fuese a sonar en cualquier momento. Pasó así diez minutos,
hasta que salió del trance y tiró el papel a la basura y dejó el teléfono en la
mesilla, no quería tenerlo cerca.
Bajó
y salió a tomar el aire.
Hacía
mucho frío, el aliento le salía como volutas de humo, pero se quedó sentado en
el banco del porche, moviendo las piernas y de brazos cruzados para entrar en
calor.
Si
le hubiesen encontrado ya le habrían atacado, lo habrían matado sin
miramientos, no jugarían con él de esa forma estúpida, no tenían tanta
paciencia, Neil estaba seguro. Querrían hacerle daño, vengarse rápido y
brutalmente. Si lo hubiesen encontrado, Neil los olería antes de que lo
alcanzasen, pero no estaba seguro de poder volver a huir de ellos, ni mucho
menos de ganar en un enfrentamiento. Sería consciente de que eran sus últimos
instantes de vida sin poder hacer nada por evitarlo.
Tembló
y no de frío.
No
quería volver a tocar el teléfono. ¿Qué sería peor? ¿Qué sonase o que no? Si no
sonaba, ¿qué significará? Porque si alguien había perdido a su perro de verdad,
devolvería todas las llamadas que recibiese, y si no lo hacía… tal vez fuese
porque ya lo había encontrado y no iba a perder tiempo en descolgar los
carteles, simplemente ignoraría las llamadas desconocidas. Ese era un buen
razonamiento y tranquilizó a Neil lo suficiente.
Andrew
apareció acompañado de una nube de humo y se sentó a su lado. Se terminó el
cigarro en silencio, mirando al frente. Apagó el cigarro aplastándolo contra el
suelo, sin preocuparse por dejar ahí la colilla ensuciando el porche, y dejó
caer una mano con pesadez sobre la pierna de Neil. Este detuvo su movimiento
nervioso y Andrew le apretó el muslo un instante antes de soltarlo.
—¿Frío
o nervios?
—Frío
—mintió.
—Pues
entra dentro.
—Estoy
bien, no me molesta.
Andrew
se recostó en el banco, acomodándose, tampoco parecía molestarle el frío, y al
abrir un poco las piernas su rodilla chocó suavemente con la Neil y ahí se
quedó, ninguno se apartó ni volvió a moverse. Era agradable tener un punto de
calor pegado al cuerpo en esa noche fría. Sus rodillas quedaron pegadas.
—¿Qué
vas a pedir para navidad? —preguntó Andrew.
Neil
lo miró extrañado.
—¿Os…
hacéis regalos?
Andrew
negó con la cabeza y la giró para mirarle también.
—Yo
ya sé lo que van a dejarme en el árbol: respuestas. ¿Estás preparado para darme
mi regalo?
Neil
lo sopesó y llegó a la conclusión de que todavía no, pero se le acababa el
tiempo y Andrew ya no iba a jugar al ratón y al gato más tiempo. Aceptó que ya
no tenía escapatoria de él.
—¿Yo
también puedo pedir un regalo?
—Pero
el mío me lo debes.
—Vale.
Andrew
lo escrutó con sus ojos negros, era lógico que no se fiase de él, pero esperaba
con paciencia, sabiendo que tarde o temprano conseguiría lo que buscaba.
—¿Qué
quieres pedir?
—Todavía
no lo sé, solo preguntaba si puedo pedirlo.
Andrew
sonrió con los labios apretados, casi en contra de su voluntad. En realidad no
se atrevería a pedirle nada, ya le había dado demasiado, incluso con sus
reticencias y hostilidad al principio. Le había dado un hogar, protección y
motivación para seguir adelante. Hasta un teléfono, joder. Neil no había tenido
que pedir nada para recibirlo todo, y si lo hacía estaba seguro de que se lo
daría.
—Pues
cuando sepas lo que quieres, Neil, ven a pedirlo.
Andrew
volvió dentro de casa, pero él se quedó pensando en sus palabras. No lo haría,
pero pensó en qué podría pedirle que estuviera dispuesto a dar. Parecía que
Andrew tenía algo en mente al decirlo y Neil no podía imaginar hasta dónde
estaba dispuesto a llegar. ¿Si le pedía un regalo se lo daría? ¿Si le pedía más
tiempo se lo concedería? ¿Si le pedía que lo aceptase le contaría toda la
verdad?
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