21 enero 2025

Capítulo 21

Se tomaron una cerveza juntos. Neil no pensaba emborracharse, solo necesitaba un poco de alcohol para relajarse y, aunque se pasase, ya no importaba si perdía el control de su transformación, no le quedaban secretos con Andrew. Se sentaron en la cocina y se hicieron compañía en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Se les daba bien simplemente estar juntos.

El teléfono le vibró a Neil en el bolsillo del pantalón y lo sacó para mirarlo.

 

Nicky

¿Estás bien?

Matt

Por favor háblanos cuando puedas

Estamos preocupados

Neil

Estoy bien

Con Andrew

Nicky

Ya, esa es una de las cosas que nos preocupan

¿Quieres que vayamos?

Neil

No, gracias

Con él estoy todo lo bien que puedo estar

Preocupaos de vosotros mismos

Matt

No es a nosotros a quienes amenazan

Neil

Pero podrían

Nicky

¿Qué está pasando, Neil?

 

No contestó. Bloqueó el teléfono y lo guardó. No podía enfrentarse a más verdades incómodas y explicaciones, estaba agotado. Ya les había advertido, tendría que ser suficiente.

—Deberías volver a casa de los zorros, podrían estar en peligro.

—Ellos se tienen los unos a los otros, tú estás solo, no voy a dejarte.

Neil dejó caer la cabeza en las manos y se masajeó las sienes para intentar deshacer el dolor de cabeza que se le estaba formando por el estrés.

—Pero es mi culpa, si les pasa algo… nunca debí creer que podría escapar.

—Deberías habernos avisado, pero entiendo por qué no lo hiciste. Mañana les explicaré de lo que deben protegerse para que tengan cuidado y no salgan solos.

—¿Vas a decirles lo que soy? —preguntó mirándole con ojos tristes.

—No, pero les diré lo que te persigue y atarán cabos. Después podrás contarles tu historia para que te entiendan.

—¿Lo harán? Como tú.

—Como yo no, pero la mayoría no podrá problemas, estoy seguro. Todos somos marginados, de una forma u otra.

—¿Y el resto?

—Nos ocuparemos de eso cuando llegue el momento.

—Sí.

¿Para qué preocuparse si no sabía si llegaría? Sería una pérdida de energía que debía empeñar en asuntos más acuciantes.

Neil bostezó y Andrew se levantó. Ya se habían terminado las bebidas.

—Vamos, te enseñaré la habitación.

La única que había. Tenía una cama de matrimonio grande, con una mesita de noche y lamparitas a cada lado. En una esquina había un espejo de pie y en otra una planta de plástico. El colchón estaba desnudo, así al menos se aseguraban de echar las sábanas usadas a lavar y que el próximo cogiese unas nuevas.

—¿Esta es la cama caliente?

—En el armario hay sábanas, mantas y toallas.

Andrew fue a coger una manta e iba a marcharse con ella, pero Neil lo detuvo.

—¿Adónde vas?

—A dormir al sofá —contestó como si fuese obvio—. ¿Necesitas algo más?

—Dijiste que no me perderías de vista ni un segundo.

—¿Quieres que me quede?

Por fin el rostro de Andrew mostró una emoción y estaba entre la estupefacción y el desagrado.

—Da igual, no importa. No es que quiera… nada. Solo… nada, la costumbre de dormir con alguien —balbuceó.

Y se puso a hacer la cama para no morirse de la vergüenza bajo la atenta mirada de Andrew, que no se movió del sitio, con la manta apretada contra el pecho.

La cama era muy grande para dos personas, pero Andrew nunca había dormido con nadie. No parecía que las intenciones de Neil fuesen más allá de eso… y menos en ese momento, pero ese tipo de intimidad también lo desarmaba.

—No te harán daño, tendrán que pasar por encima de mí para llegar hasta ti.

Neil asintió y siguió colocando la sábana, luego la manta encima, y metió las almohadas en las fundas. Era una tontería no querer estar solo, no tenía cinco años. Ni siquiera a los cinco años sus padres se preocuparon de protegerlo de las pesadillas o del miedo a la oscuridad común en muchos niños.

Cuando Andrew se fue al salón en silencio, Neil se detuvo y se dejó caer en la cama derrotado. Querer buscar consuelo en Andrew era una pérdida de tiempo, él estaba allí para protegerle. Incluso aunque hubiese sentido algo entre ellos… no significaba nada, mucho menos con Andrew, que tenía comportamientos y gustos tan extraños. Y Neil también tenía lo suyo, claro.

Gimoteó un poco contra la almohada, compadeciéndose de sí mismo, después se puso el pijama, que constaba de un pantalón y sudadera deportivos viejos, y fue al baño para asearse, no tenía pérdida en una casa tan pequeña. Volvió a la habitación y dejó la puerta abierta, así podría escuchar a Andrew, y olerlo.

Cuando se estaba quedando dormido, agotado por el estrés de todo el día, notó cómo el colchón se movía al hundirse a su lado, y olió a Andrew muy cerca. Le costó un gran esfuerzo abrir los ojos para verlo sentado a su lado, con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas estiradas.

—Sigue durmiendo —susurró.

Y, como si fuese una orden, Neil cerró los ojos y se quedó dormido mucho más a gusto que antes.

 

***

Interrumpiendo su plácido sueño, acompañado por un calor corporal muy agradable y cercano, Neil escuchó un coro de ladridos que llegaron hasta su subconsciente desde la calle, a través de la ventana cerrada. Se despertó con un espasmo, soltando un gemido ahogado, y chocó con un cuerpo a su lado. Le costó reconocer a Andrew en la penumbra, pero no se asustó porque su instinto reconoció su olor y sabía que era alguien con quien estaba a salvo. No olió a nadie más, no había peligro cerca. Puede que esos perros solo fuesen perros.

—Tranquilo.

Andrew le puso una mano en el hombro. Estaba en la misma postura, sentado, sin relajarse su lado, y Neil se sintió culpable por retenerlo allí si no quería estar. O se había imaginado una chispa entre ellos que no existía, o Andrew ni siquiera así bajaba la guardia. Neil sabía que había matado a alguien, pero nunca se atrevió a preguntarle por qué; estaba seguro de que no fue un asesinato a sangre fría, de que existía un motivo para que hiciese algo así, y tal vez esa fuese la respuesta a su tipo de carácter. Algo así te cambiaba para siempre.

Andrew lo empujó por el hombro y Neil volvió a tumbarse.

—¿Por qué sigues aquí? ¿Qué hora es?

—Todavía puedes dormir unas horas más.

Neil seguía adormilado, esa era la única explicación para que cogiese a Andrew del brazo y tirase hacia abajo hasta obligarle a tumbarse. Neil estaba por debajo de la sábana y la manta, y Andrew por encima. Se acercó a él solo un poco, su calor era muy agradable, y aspiró su aroma como si fuese un relajante natural.

—¿Me estás olisqueando?

—No, perdona.

Lo soltó y escondió la nariz bajo la manta. Andrew seguía sin acomodarse, tenso.

—¿Los cambiantes hacéis eso? ¿Incluso en la forma humana os guía la animal?

—Tenemos los sentidos más desarrollados, sobre todo el olfato, así que a veces me guío más por el olor que por los otros sentidos.

—¿Reconoces mi olor?

—Desde el primer día. Siempre sé cuándo estás cerca.

Ambos pensaron en lo mismo, en la casa del terror y la máscara que no pudo engañarle.

—Al principio me servía para estar alerta contigo… luego para sentirme seguro.

Andrew dejó que sus palabras le calasen y actuasen como un bálsamo en su interior, por eso tardó un minuto entero en encontrar algo que decir. Neil lo desarmaba de una forma que le daba miedo.

—¿Y qué te ha despertado?

—Los perros ladrando, ¿no los has escuchado?

—Ah, sí, pero no me he dado cuenta. ¿Crees que son ellos?

—Espero que no.

—¿Pueden seguir tu olor?

—No si hemos sido rápidos con la moto y nos hemos alejado lo suficiente sin que nos siguiesen, el aire y el frío habrán borrado el rastro, es lo bueno del invierno. Pero si se acercan yo también los oleré.

—¿Y lo has hecho hoy?

—No.

—Bien, sigue durmiendo un poco más.

—Puedes irte, Andrew, aquí no vas a descansar y también necesitas dormir. Además, puedo olerte aunque estés en el salón.

—Estoy bien.

—Pues yo también. No me dormité si no duermes tú también.

Andrew soltó un resoplido molesto e intentó acomodarse en la cama, tumbado de espaldas. Neil se colocó igual y giró la cabeza en la almohada para mirarle, había cerrado los ojos. Neil sonrió. De repente se levantó y Andrew abrió los ojos ante el movimiento. Neil cogió otra manta del armario y volvió a la cama. Se la echó a Andrew por encima sin que él moviese ni un dedo, parecía que ni respiraba, y luego se tapó con la suya.

—¿También duermes con la muñequeras puestas? —preguntó tras haberse fijado en ellas—. ¿Te duele?

—A veces —contestó en voz baja.

—¿Es una lesión antigua?

—Sí.

—Vaya, lo siento, el baloncesto es lo que más te importa en el mundo.

Andrew suspiró y Neil se acurrucó acerándose solo unos milímetros más.

—Buenas noches.

—Buenas… noches.

Era la primera vez que Andrew le decía eso a alguien en una cama. Era la primera vez que compartía una cama con alguien. Le costó muchísimo relajarse y notó cuando Neil se quedó dormido, podría haberse ido en ese momento para descansar en el sofá, pero no lo hizo. Se quedó dormido con la cadencia de la respiración de Neil relajándole poco a poco.

 

***

 

Andrew fue el primero en despertarse cuatro horas después, cuando un brazo de Neil cayó sobre su pecho como si pesase una tonelada. Saltó de la cama cayéndose al suelo, enredado en la manta y jadeando. Se arrastró fuera de la habitación para no despertar a Neil y se apoyó en la pared del pasillo hasta recuperar el aliento. Su parte consciente podía bajar la guardia con Neil, pero el subconsciente seguía llevándole a los mismos sitios oscuros y fríos, y él no tenía los sentidos de un cambiante para reconocerlo por el olor y que su cuerpo lo tolerase antes de temerle.

Ya calmado, se rio de sí mismo al recordar cómo había intentado acercarse a él sin que lo reconociese y había fracasado estrepitosamente. Pero el pillín de Neil no le había delatado, supo en todo momento que era él y le siguió el juego, lo cual era mucho más peligroso para ambos.

A Neil le despertó el aroma a café y el sonido de la máquina cuando Andrew se sirvió el suyo. Neil fue frotándose los ojos hasta la cocina y sentó en una silla sin pronunciar palabra, estaba asimilando todo lo que había pasado el día anterior. Andrew le preparó un café como sabía que le gustaba y lo dejó a su alcance. Neil masculló un gracias y lo cogió con anhelo.

—¿Qué vamos a hacer?

—Necesito pensar, nos quedaremos aquí unos días.

—No podemos quedarnos para siempre —dijo Neil, y pareció apenado por ello, como si le gustase la idea.

—No, tenemos que ganar la liga —contestó Andrew.

Neil sonrió negando con la cabeza. Estaba bien que al menos tuviese una motivación para sacarlos de allí de una pieza.

Después de desayunar se ducharon por turnos. Mientras Neil se quedó solo le escribió un mensaje a Nicky y Matt para volver a avisarlos de que tuviesen cuidado y decirles que estaba bien, luego salió del chat antes de leerlos, no podía decirles nada más todavía.

Neil salió de la ducha vestido, secándose la cabeza con la toalla, y encontró a Andrew en el sofá muy pensativo, tenía los codos apoyados en las rodillas y la barbilla sobre las manos entrelazadas.

—¿Cuánto dinero les robaste?

—Eh… unos tres mil dólares.

—No es mucho. ¿Cuánto te queda?

—Para una manada sí lo es y me queda más de la mitad. He gastado lo mínimo, aun así… me he mantenido con eso durante estos meses. No debería haberlo hecho —admitió soltando un suspiro—. ¿Sigues creyendo que el dinero será la solución?

—Podríamos intentarlo negociando.

—Querrán más.

—Tengo ahorros. Puedo poner lo que falta y doblarlo.

—No. Me niego. Y no sé cuántos ahorros tienes, pero dudo que puedas comprar mi vida con ellos.

Andrew lo miró y vio verdadera preocupación en sus ojos negros, casi siempre fríos e inalcanzables.

—Intentaremos negociar un precio, por ahora es lo único que se me ocurre.

—Podríamos ganar dinero para hacerlo.

—¿Cómo? —Sólo con un mínimo gesto de Neil, Andrew supo a lo que se refería y se levantó del sofá de mal humor—. No, ni de coña, ni lo pienses —dijo señalándole con un dedo amenazador.

—Sé dónde se mueven las peleas de perros, tengo contactos incluso fuera de la ciudad.

—No.

—Podría pelear, ganar algo de dinero… incluso triplicar la cifra.

—No, joder.

—También sé cómo amañar peleas, ganamos pasta fácil y negociamos con ella. Solo tendríamos que mantenerme vivo dos semanas —dijo atropelladamente para conseguir terminar.

—¿Fácil a costa de más cicatrices y dolor? No te lo permitiré.

—No puedes impedírmelo.

Andrew salvó la distancia que los separaba en tres zancadas furiosas y lo cogió por el cuello sin hacer presión en la garganta, solo como muestra de su ira y amenaza, pero Neil ya no le tenía ningún miedo.

—¿De verdad crees que no puedo? Te ataré a la cama y no te moverás hasta que lo haya solucionado, sea como sea.

Neil agarró su muñeca, sintiendo su pulso en los dedos igual que él debería estar sintiéndolo a través de su cuello, y aspiró aire entre los dientes.

—¿Eso es lo que quieres, atarme a la cama?

Andrew lo soltó y retrocedió incómodo. Neil sonrió triunfal.

—Lo haremos juntos o lo haré solo. Esta mierda es mi responsabilidad, mi problema.

—¡Mira cómo tienes el cuerpo! No dejaré que vuelvan a destrozarte. Ni ellos, ni tú, ni nadie.

Neil se puso rojo de vergüenza y de ira.

—¡Sé perfectamente cómo tengo el cuerpo! Lo siento si no te gusta o si te da asco, pero cada cicatriz significa que sobreviví y necesito seguir sobreviviendo.

—No quería decir…

El sonido del timbre los interrumpió, paralizándolos en mitad de la discusión, dejando a Andrew con la frase en la boca. Ambos miraron la puerta y luego entre ellos con sospecha. Los zorros tenían llaves, no llamarían. Andrew se tocó la nariz para preguntarle a Neil qué olía, pero él estaba demasiado alterado, no olía nada extraño, solo le olía a él, joder. Negó con la cabeza. Golpearon la puerta dos veces y el corazón de Neil retumbó como un eco.

—Soy Parker, abrid.

Ambos soltaron el aliento que contenían y Andrew fue a abrir la puerta. El entrenador lo sorteó en cuanto vio a Neil y fue hacia él.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

—Sí, no tenías que haber venido.

—Y una mierda. Nicky y Matt me han llamado histéricos, muy preocupados por ti. Me contaron lo de anoche, pero no entienden lo que pasó. Cuéntamelo, Neil, déjame ayudarte.

Neil miró a Andrew por encima del hombro del entrenador y se comunicaron en silencio. Andrew asintió, animándolo a confiar en él. Neil suspiró y le pidió que se sentase en el sofá. Andrew iba a dejarlos solos, pero Neil lo detuvo con su voz.

—No te vayas.

Era una petición y Andrew se sentó con ellos en el sofá. Neil quedó en medio y le contó toda la verdad al entrenador. Si le rechazaba, al menos tendría el apoyo de Andrew al lado.

El entrenador dejó que terminase de contar toda su historia y cuando hubo terminado abrazó a Neil. Este primero se tensó, queriendo huir del contacto, pero las caricias de Parker en la espalda surtieron efecto y consiguió relajarse y dejarse abrazar con los sentimientos a flor de piel.

—Siento haber traído mis problemas a vuestras vidas.

—No importa, Neil, te ayudaremos.

—Usted proteja a los zorros y alerte a la universidad para que avise a los estudiantes, Andrew y yo nos encargamos de mi manada.

—¿Lo tenéis controlado? —preguntó mirando a Andrew.

—No, pero tengo una idea de por dónde empezar.

—Avisadme con cualquier cosas que necesitéis y que ocurra, por favor.

Andrew asintió y el entrenador le dio otro abrazo rápido a Neil para despedirse, conocía Andrew y confiaba en él para mantenerlo a salvo. Ojalá pudiesen llamar a la policía, pero Neil no era una víctima inocente y también podrían denunciarle a él por todas las veces que había matado en las peleas. No tenían más remedio que resolverlo ellos mismos.

—Entrenador, cámbiese de ropa y échela a lavar, por favor, así no me olerán en usted.

—Lo haré, tranquilo.

Cuando se fue no les quedaban ganas de seguir con la discusión, así que Andrew se quedó en el salón pensando, rumiando toda la información que tenía, y Neil se encerró en la habitación con el teléfono. Se puso un partido de baloncesto para relajarse e intentar no pensar en nada.

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