Se
tomaron una cerveza juntos. Neil no pensaba emborracharse, solo necesitaba un
poco de alcohol para relajarse y, aunque se pasase, ya no importaba si perdía
el control de su transformación, no le quedaban secretos con Andrew. Se
sentaron en la cocina y se hicieron compañía en silencio, cada uno sumido en
sus pensamientos. Se les daba bien simplemente estar juntos.
El
teléfono le vibró a Neil en el bolsillo del pantalón y lo sacó para mirarlo.
Nicky
¿Estás
bien?
Matt
Por
favor háblanos cuando puedas
Estamos
preocupados
Neil
Estoy bien
Con Andrew
Nicky
Ya,
esa es una de las cosas que nos preocupan
¿Quieres
que vayamos?
Neil
No, gracias
Con él estoy todo lo bien que puedo estar
Preocupaos de vosotros mismos
Matt
No
es a nosotros a quienes amenazan
Neil
Pero podrían
Nicky
¿Qué
está pasando, Neil?
No
contestó. Bloqueó el teléfono y lo guardó. No podía enfrentarse a más verdades
incómodas y explicaciones, estaba agotado. Ya les había advertido, tendría que
ser suficiente.
—Deberías
volver a casa de los zorros, podrían estar en peligro.
—Ellos
se tienen los unos a los otros, tú estás solo, no voy a dejarte.
Neil
dejó caer la cabeza en las manos y se masajeó las sienes para intentar deshacer
el dolor de cabeza que se le estaba formando por el estrés.
—Pero
es mi culpa, si les pasa algo… nunca debí creer que podría escapar.
—Deberías
habernos avisado, pero entiendo por qué no lo hiciste. Mañana les explicaré de
lo que deben protegerse para que tengan cuidado y no salgan solos.
—¿Vas
a decirles lo que soy? —preguntó mirándole con ojos tristes.
—No,
pero les diré lo que te persigue y atarán cabos. Después podrás contarles tu
historia para que te entiendan.
—¿Lo
harán? Como tú.
—Como
yo no, pero la mayoría no podrá problemas, estoy seguro. Todos somos
marginados, de una forma u otra.
—¿Y
el resto?
—Nos
ocuparemos de eso cuando llegue el momento.
—Sí.
¿Para
qué preocuparse si no sabía si llegaría? Sería una pérdida de energía que debía
empeñar en asuntos más acuciantes.
Neil
bostezó y Andrew se levantó. Ya se habían terminado las bebidas.
—Vamos,
te enseñaré la habitación.
La
única que había. Tenía una cama de matrimonio grande, con una mesita de noche y
lamparitas a cada lado. En una esquina había un espejo de pie y en otra una
planta de plástico. El colchón estaba desnudo, así al menos se aseguraban de
echar las sábanas usadas a lavar y que el próximo cogiese unas nuevas.
—¿Esta
es la cama caliente?
—En
el armario hay sábanas, mantas y toallas.
Andrew
fue a coger una manta e iba a marcharse con ella, pero Neil lo detuvo.
—¿Adónde
vas?
—A
dormir al sofá —contestó como si fuese obvio—. ¿Necesitas algo más?
—Dijiste
que no me perderías de vista ni un segundo.
—¿Quieres
que me quede?
Por
fin el rostro de Andrew mostró una emoción y estaba entre la estupefacción y el
desagrado.
—Da
igual, no importa. No es que quiera… nada. Solo… nada, la costumbre de dormir
con alguien —balbuceó.
Y
se puso a hacer la cama para no morirse de la vergüenza bajo la atenta mirada
de Andrew, que no se movió del sitio, con la manta apretada contra el pecho.
La
cama era muy grande para dos personas, pero Andrew nunca había dormido con
nadie. No parecía que las intenciones de Neil fuesen más allá de eso… y menos
en ese momento, pero ese tipo de intimidad también lo desarmaba.
—No
te harán daño, tendrán que pasar por encima de mí para llegar hasta ti.
Neil
asintió y siguió colocando la sábana, luego la manta encima, y metió las
almohadas en las fundas. Era una tontería no querer estar solo, no tenía cinco
años. Ni siquiera a los cinco años sus padres se preocuparon de protegerlo de
las pesadillas o del miedo a la oscuridad común en muchos niños.
Cuando
Andrew se fue al salón en silencio, Neil se detuvo y se dejó caer en la cama
derrotado. Querer buscar consuelo en Andrew era una pérdida de tiempo, él
estaba allí para protegerle. Incluso aunque hubiese sentido algo entre ellos…
no significaba nada, mucho menos con Andrew, que tenía comportamientos y gustos
tan extraños. Y Neil también tenía lo suyo, claro.
Gimoteó
un poco contra la almohada, compadeciéndose de sí mismo, después se puso el
pijama, que constaba de un pantalón y sudadera deportivos viejos, y fue al baño
para asearse, no tenía pérdida en una casa tan pequeña. Volvió a la habitación
y dejó la puerta abierta, así podría escuchar a Andrew, y olerlo.
Cuando
se estaba quedando dormido, agotado por el estrés de todo el día, notó cómo el
colchón se movía al hundirse a su lado, y olió a Andrew muy cerca. Le costó un
gran esfuerzo abrir los ojos para verlo sentado a su lado, con la espalda
apoyada en el cabecero y las piernas estiradas.
—Sigue
durmiendo —susurró.
Y,
como si fuese una orden, Neil cerró los ojos y se quedó dormido mucho más a
gusto que antes.
***
Interrumpiendo
su plácido sueño, acompañado por un calor corporal muy agradable y cercano,
Neil escuchó un coro de ladridos que llegaron hasta su subconsciente desde la
calle, a través de la ventana cerrada. Se despertó con un espasmo, soltando un
gemido ahogado, y chocó con un cuerpo a su lado. Le costó reconocer a Andrew en
la penumbra, pero no se asustó porque su instinto reconoció su olor y sabía que
era alguien con quien estaba a salvo. No olió a nadie más, no había peligro
cerca. Puede que esos perros solo fuesen perros.
—Tranquilo.
Andrew
le puso una mano en el hombro. Estaba en la misma postura, sentado, sin
relajarse su lado, y Neil se sintió culpable por retenerlo allí si no quería
estar. O se había imaginado una chispa entre ellos que no existía, o Andrew ni
siquiera así bajaba la guardia. Neil sabía que había matado a alguien, pero
nunca se atrevió a preguntarle por qué; estaba seguro de que no fue un
asesinato a sangre fría, de que existía un motivo para que hiciese algo así, y
tal vez esa fuese la respuesta a su tipo de carácter. Algo así te cambiaba para
siempre.
Andrew
lo empujó por el hombro y Neil volvió a tumbarse.
—¿Por
qué sigues aquí? ¿Qué hora es?
—Todavía
puedes dormir unas horas más.
Neil
seguía adormilado, esa era la única explicación para que cogiese a Andrew del
brazo y tirase hacia abajo hasta obligarle a tumbarse. Neil estaba por debajo
de la sábana y la manta, y Andrew por encima. Se acercó a él solo un poco, su
calor era muy agradable, y aspiró su aroma como si fuese un relajante natural.
—¿Me
estás olisqueando?
—No,
perdona.
Lo
soltó y escondió la nariz bajo la manta. Andrew seguía sin acomodarse, tenso.
—¿Los
cambiantes hacéis eso? ¿Incluso en la forma humana os guía la animal?
—Tenemos
los sentidos más desarrollados, sobre todo el olfato, así que a veces me guío
más por el olor que por los otros sentidos.
—¿Reconoces
mi olor?
—Desde
el primer día. Siempre sé cuándo estás cerca.
Ambos
pensaron en lo mismo, en la casa del terror y la máscara que no pudo engañarle.
—Al
principio me servía para estar alerta contigo… luego para sentirme seguro.
Andrew
dejó que sus palabras le calasen y actuasen como un bálsamo en su interior, por
eso tardó un minuto entero en encontrar algo que decir. Neil lo desarmaba de
una forma que le daba miedo.
—¿Y
qué te ha despertado?
—Los
perros ladrando, ¿no los has escuchado?
—Ah,
sí, pero no me he dado cuenta. ¿Crees que son ellos?
—Espero
que no.
—¿Pueden
seguir tu olor?
—No
si hemos sido rápidos con la moto y nos hemos alejado lo suficiente sin que nos
siguiesen, el aire y el frío habrán borrado el rastro, es lo bueno del
invierno. Pero si se acercan yo también los oleré.
—¿Y
lo has hecho hoy?
—No.
—Bien,
sigue durmiendo un poco más.
—Puedes
irte, Andrew, aquí no vas a descansar y también necesitas dormir. Además, puedo
olerte aunque estés en el salón.
—Estoy
bien.
—Pues
yo también. No me dormité si no duermes tú también.
Andrew
soltó un resoplido molesto e intentó acomodarse en la cama, tumbado de
espaldas. Neil se colocó igual y giró la cabeza en la almohada para mirarle,
había cerrado los ojos. Neil sonrió. De repente se levantó y Andrew abrió los
ojos ante el movimiento. Neil cogió otra manta del armario y volvió a la cama.
Se la echó a Andrew por encima sin que él moviese ni un dedo, parecía que ni
respiraba, y luego se tapó con la suya.
—¿También
duermes con la muñequeras puestas? —preguntó tras haberse fijado en ellas—. ¿Te
duele?
—A
veces —contestó en voz baja.
—¿Es
una lesión antigua?
—Sí.
—Vaya,
lo siento, el baloncesto es lo que más te importa en el mundo.
Andrew
suspiró y Neil se acurrucó acerándose solo unos milímetros más.
—Buenas
noches.
—Buenas…
noches.
Era
la primera vez que Andrew le decía eso a alguien en una cama. Era la primera
vez que compartía una cama con alguien. Le costó muchísimo relajarse y notó cuando
Neil se quedó dormido, podría haberse ido en ese momento para descansar en el
sofá, pero no lo hizo. Se quedó dormido con la cadencia de la respiración de
Neil relajándole poco a poco.
***
Andrew
fue el primero en despertarse cuatro horas después, cuando un brazo de Neil
cayó sobre su pecho como si pesase una tonelada. Saltó de la cama cayéndose al
suelo, enredado en la manta y jadeando. Se arrastró fuera de la habitación para
no despertar a Neil y se apoyó en la pared del pasillo hasta recuperar el
aliento. Su parte consciente podía bajar la guardia con Neil, pero el
subconsciente seguía llevándole a los mismos sitios oscuros y fríos, y él no
tenía los sentidos de un cambiante para reconocerlo por el olor y que su cuerpo
lo tolerase antes de temerle.
Ya
calmado, se rio de sí mismo al recordar cómo había intentado acercarse a él sin
que lo reconociese y había fracasado estrepitosamente. Pero el pillín de Neil
no le había delatado, supo en todo momento que era él y le siguió el juego, lo
cual era mucho más peligroso para ambos.
A
Neil le despertó el aroma a café y el sonido de la máquina cuando Andrew se
sirvió el suyo. Neil fue frotándose los ojos hasta la cocina y sentó en una
silla sin pronunciar palabra, estaba asimilando todo lo que había pasado el día
anterior. Andrew le preparó un café como sabía que le gustaba y lo dejó a su
alcance. Neil masculló un gracias y lo cogió con anhelo.
—¿Qué
vamos a hacer?
—Necesito
pensar, nos quedaremos aquí unos días.
—No
podemos quedarnos para siempre —dijo Neil, y pareció apenado por ello, como si
le gustase la idea.
—No,
tenemos que ganar la liga —contestó Andrew.
Neil
sonrió negando con la cabeza. Estaba bien que al menos tuviese una motivación
para sacarlos de allí de una pieza.
Después
de desayunar se ducharon por turnos. Mientras Neil se quedó solo le escribió un
mensaje a Nicky y Matt para volver a avisarlos de que tuviesen cuidado y
decirles que estaba bien, luego salió del chat antes de leerlos, no podía
decirles nada más todavía.
Neil
salió de la ducha vestido, secándose la cabeza con la toalla, y encontró a
Andrew en el sofá muy pensativo, tenía los codos apoyados en las rodillas y la
barbilla sobre las manos entrelazadas.
—¿Cuánto
dinero les robaste?
—Eh…
unos tres mil dólares.
—No
es mucho. ¿Cuánto te queda?
—Para
una manada sí lo es y me queda más de la mitad. He gastado lo mínimo, aun así…
me he mantenido con eso durante estos meses. No debería haberlo hecho —admitió
soltando un suspiro—. ¿Sigues creyendo que el dinero será la solución?
—Podríamos
intentarlo negociando.
—Querrán
más.
—Tengo
ahorros. Puedo poner lo que falta y doblarlo.
—No.
Me niego. Y no sé cuántos ahorros tienes, pero dudo que puedas comprar mi vida
con ellos.
Andrew
lo miró y vio verdadera preocupación en sus ojos negros, casi siempre fríos e
inalcanzables.
—Intentaremos
negociar un precio, por ahora es lo único que se me ocurre.
—Podríamos
ganar dinero para hacerlo.
—¿Cómo?
—Sólo con un mínimo gesto de Neil, Andrew supo a lo que se refería y se levantó
del sofá de mal humor—. No, ni de coña, ni lo pienses —dijo señalándole con un
dedo amenazador.
—Sé
dónde se mueven las peleas de perros, tengo contactos incluso fuera de la
ciudad.
—No.
—Podría
pelear, ganar algo de dinero… incluso triplicar la cifra.
—No,
joder.
—También
sé cómo amañar peleas, ganamos pasta fácil y negociamos con ella. Solo
tendríamos que mantenerme vivo dos semanas —dijo atropelladamente para
conseguir terminar.
—¿Fácil
a costa de más cicatrices y dolor? No te lo permitiré.
—No
puedes impedírmelo.
Andrew
salvó la distancia que los separaba en tres zancadas furiosas y lo cogió por el
cuello sin hacer presión en la garganta, solo como muestra de su ira y amenaza,
pero Neil ya no le tenía ningún miedo.
—¿De
verdad crees que no puedo? Te ataré a la cama y no te moverás hasta que lo haya
solucionado, sea como sea.
Neil
agarró su muñeca, sintiendo su pulso en los dedos igual que él debería estar
sintiéndolo a través de su cuello, y aspiró aire entre los dientes.
—¿Eso
es lo que quieres, atarme a la cama?
Andrew
lo soltó y retrocedió incómodo. Neil sonrió triunfal.
—Lo
haremos juntos o lo haré solo. Esta mierda es mi responsabilidad, mi problema.
—¡Mira
cómo tienes el cuerpo! No dejaré que vuelvan a destrozarte. Ni ellos, ni tú, ni
nadie.
Neil
se puso rojo de vergüenza y de ira.
—¡Sé
perfectamente cómo tengo el cuerpo! Lo siento si no te gusta o si te da asco,
pero cada cicatriz significa que sobreviví y necesito seguir sobreviviendo.
—No
quería decir…
El
sonido del timbre los interrumpió, paralizándolos en mitad de la discusión,
dejando a Andrew con la frase en la boca. Ambos miraron la puerta y luego entre
ellos con sospecha. Los zorros tenían llaves, no llamarían. Andrew se tocó la
nariz para preguntarle a Neil qué olía, pero él estaba demasiado alterado, no
olía nada extraño, solo le olía a él, joder. Negó con la cabeza. Golpearon la
puerta dos veces y el corazón de Neil retumbó como un eco.
—Soy
Parker, abrid.
Ambos
soltaron el aliento que contenían y Andrew fue a abrir la puerta. El entrenador
lo sorteó en cuanto vio a Neil y fue hacia él.
—¿Qué
ha pasado? ¿Estás bien?
—Sí,
no tenías que haber venido.
—Y
una mierda. Nicky y Matt me han llamado histéricos, muy preocupados por ti. Me
contaron lo de anoche, pero no entienden lo que pasó. Cuéntamelo, Neil, déjame
ayudarte.
Neil
miró a Andrew por encima del hombro del entrenador y se comunicaron en
silencio. Andrew asintió, animándolo a confiar en él. Neil suspiró y le pidió
que se sentase en el sofá. Andrew iba a dejarlos solos, pero Neil lo detuvo con
su voz.
—No
te vayas.
Era
una petición y Andrew se sentó con ellos en el sofá. Neil quedó en medio y le
contó toda la verdad al entrenador. Si le rechazaba, al menos tendría el apoyo
de Andrew al lado.
El
entrenador dejó que terminase de contar toda su historia y cuando hubo
terminado abrazó a Neil. Este primero se tensó, queriendo huir del contacto,
pero las caricias de Parker en la espalda surtieron efecto y consiguió
relajarse y dejarse abrazar con los sentimientos a flor de piel.
—Siento
haber traído mis problemas a vuestras vidas.
—No
importa, Neil, te ayudaremos.
—Usted
proteja a los zorros y alerte a la universidad para que avise a los estudiantes,
Andrew y yo nos encargamos de mi manada.
—¿Lo
tenéis controlado? —preguntó mirando a Andrew.
—No,
pero tengo una idea de por dónde empezar.
—Avisadme
con cualquier cosas que necesitéis y que ocurra, por favor.
Andrew
asintió y el entrenador le dio otro abrazo rápido a Neil para despedirse,
conocía Andrew y confiaba en él para mantenerlo a salvo. Ojalá pudiesen llamar
a la policía, pero Neil no era una víctima inocente y también podrían
denunciarle a él por todas las veces que había matado en las peleas. No tenían
más remedio que resolverlo ellos mismos.
—Entrenador,
cámbiese de ropa y échela a lavar, por favor, así no me olerán en usted.
—Lo
haré, tranquilo.
Cuando
se fue no les quedaban ganas de seguir con la discusión, así que Andrew se
quedó en el salón pensando, rumiando toda la información que tenía, y Neil se
encerró en la habitación con el teléfono. Se puso un partido de baloncesto para
relajarse e intentar no pensar en nada.
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