Durante
la primera semana de su vuelta a la rutina, Andrew y Kevin le machacaron sin
piedad en los entrenamientos y Neil se sintió feliz de acabar los días agotado
y con los músculos doloridos por ese esfuerzo. También se puso al día con las
clases para los exámenes finales del trimestre. Físicamente no tenía secuelas
de su última estancia con su antigua manada, se había recuperado bien y rápido
de todas las heridas. Mentalmente no podía decir lo mismo, por las noches tenía
pesadillas en las que seguía en esa jaula y se despertaba jadeando, despertando
también a Nicky. No hablaba con él de lo que le atormentaba y su amigo
desistía, frustrado por no poder ayudarle. Neil dormía sin descansar y echaba
de menos a Andrew, con él se sentía seguro, su olor y el calor de su cuerpo le
calmaban, y ahora lo tenía demasiado lejos aun estando en la misma casa.
Cada
día encontraban algún momento robado para estar a solas y Andrew le permitía
acercarse para compartir su olor, luego se marchaba sin mirar atrás y Neil se
quedaba cada día más confuso, tanto por lo que él sentía como por todo lo que
Andrew callaba. Se habían distanciado un poco al volver con los zorros, no era
lo mismo que estar encerrados en una casa y solos, sin distracciones ni
responsabilidades, estando juntos y ya. Neil lo extrañaba. A veces ni siquiera
estaba seguro de que Andrew quisiera lo que tenían, pero al menos sí estaba
seguro de que nunca haría nada que no quisiera, lo que anulaba sus miedos a
estar excediéndose y que Andrew solo aceptase por pena. Tenía que recordarse
que si volvía a él, que si le dejaba que lo tocase, era porque él también
quería eso.
Por
otro lado, sus amigos Matt y Nicky, estaban un poco pesados y obsesionados con
su seguridad y bienestar; le escribían varias veces al día para comprobar dónde
estaba y si se encontraba bien y solo les faltaba arroparle por las noches para
asegurarse de que terminaba el día seguro en su cama. Neil se daba cuenta de
cómo Nicky le observaba de reojo al cambiarse para comprobar sus cicatrices y
los moratones que desaparecían lentamente.
Las
semanas que tuvo que enfrentarse a los exámenes finales fueron muy estresantes,
pero al igual que los duros entrenamientos, le servían para seguir adelante
enfocado en algo para no pensar en todo lo que había sufrido.
Hasta
que llegaron las vacaciones de invierno.
Y
las pesadillas volvieron con más fuerza.
Ya
no caía rendido en la cama, no podía pasarse el día entero entrenando y de
repente tenía demasiado tiempo libre. Había aprobado todas las asignaturas y el
campus estaba desierto de estudiantes. En cambio, solo tres zorros se habían
ido para pasar las vacaciones en familia y no se notaba mucho su ausencia.
Los
zorros pasarían el día de navidad juntos y pensarían qué hacer para un fin de
año a lo grande. Neil no tenía ganas de ninguna celebración, pero ayudó todo lo
que pudo solo para mantenerse ocupado. Para sorpresa de nadie: Nicky era un
fanático de la navidad. Montaron un árbol en el salón y lo decoraron con luces
de colores, bolas y espumillón. Pegaron copos de nieve en las ventanas y
pusieron un muñeco de nieve falso en el porche. Luego montaron un amigo
invisible al que algunos intentaron resistirse en vano, perdiendo contra la enérgica
insistencia de Nicky. Según le contaron a Neil, todo los años pasaba lo mismo,
y Nicky no entendía por qué seguían intentando escaquearse si sabían que él
siempre ganaba. Tal vez fuese parte de la tradición.
El
día que se juntaron todos para repartir los papelitos con los nombres de a
quién tendrían que hacerle un regalo, a Neil le hizo mucha gracia la cara de
circunstancia de los zorros y la emoción de Nicky. Metieron los papeles
doblados con los nombres en un bol de palomitas y cada uno fue metiendo la mano
para coger un papel. Todos los miraron a escondidas y alguno soltó una
maldición o una carcajada al ver el suyo. Neil sonrió ligeramente, le había
tocado Liam. Andrew mantuvo el rostro inexpresivo y Neil se preguntó si podría
sonsacarle algo después, en su momento a solas. Nicky sonrió y Matt solo movió
un poco las cejas. Fijaron un rango de precio para los regalos y después cada
uno siguió a lo suyo.
Lo
primero que hizo Nicky fue ir a cotillear quién le había tocado a Neil y Matt,
pero ninguno soltó prenda para hacerle un poco de rabiar. Si quería que jugasen,
jugarían bien. Tenían dos días para comprar los regalos.
Esa
noche echó unas canastas con Andrew en la parte trasera de la casa mientras él
mantenía un cigarro entre sus labios, fumando a la vez que jugaban.
—¿Estás
contento con quien te ha tocado en el amigo invisible? —preguntó Neil.
—Estaría
contento si no tuviera que jugar —contestó, quitándose el cigarro de la boca.
—Ray
y yo nos hacíamos regalos algunas navidades y algunos cumpleaños, aunque muchas
veces no teníamos dinero para comprar nada —confesó Neil entre bote y bote de
pelota—. Un año me regaló su camiseta favorita porque no tenía nada más que
darme. Todavía la guardo. No me la pongo para que conserve su olor.
—Nadie
sabe cuándo es mi cumpleaños. Bueno, solo el entrenador, pero sabe que no debe
contárselo a nadie.
—¿Por
qué?
Neil
detuvo la pelota y observó a Andrew mientras daba la última calada al cigarro.
Lo pisó contra el suelo y expulsó la nube de humo lentamente.
—No
me gustan los compromisos sociales, las obligaciones…
—Ya,
puede ser así, pero también es divertido hacer regalos, como jugando al amigo
invisible, y otras veces es una forma de decir “me importas”, “pienso en ti”,
“te conozco”. Alguien se toma un tiempo en pensar qué regalarte, en encontrar
algo que pueda gustarte y conseguirlo.
—No
necesito que nadie piense en mí ni que me regalen nada.
—Vale
—contestó, frustrado.
Neil
soltó la pelota, que rebotó sola hasta detenerse contra la pared, y se acercó a
Andrew. Él se mantuvo quieto. Neil se detuvo a cinco centímetros de su cuerpo,
con las puntas de los zapatos rozándose, y se inclinó para apoyar la mejilla en
su hombro y oler su cuello. Se quedaron así unos minutos, como una estatua de
un abrazo nunca dado.
—¿Cuándo
es tu cumpleaños? —susurró Neil.
Andrew
no contestó.
—No
me has tocado en el juego. ¿No quieres que te regale nada?
—No
quiero nada.
—Ya.
¿Sabes que los cambiantes olemos las mentiras?
—Mentiroso.
Neil
se apartó con una risita y volvieron a entrar en casa juntos, subieron las
escaleras y cada uno se fue a su habitación sin mirarse.
***
Al
día siguiente fue con Nicky y Matt al centro comercial para hacer la compra de
la comida navideña, aunque antes se separarían para comprar sus regalos del
amigo invisible. A Neil no le llevó mucho tiempo decidir qué podría gustarle a
Liam y mientras estaba en la cola para pagar se fijó en un mostrador de
felicitaciones de todo tipo y escogió una también. Luego tomaron un café cuando
se juntaron de nuevo y terminaron las compras juntos.
Por
la tarde entrenaron con los zorros y por la noche vieron una película navideña
de terror. Podría no parecer una buena mezcla, pero fue muy divertida.
La
noche de navidad dejaron los regalos envueltos bajo el árbol, cada uno con el
nombre del destinatario por fuera y dentro el del amigo invisible que se lo
daba. Vieron otra película parecida tomándose unos cubatas y se acostaron entre
risas.
Neil
no quería disfrutar de ninguna celebración, pero estaba siendo la mejorar
navidad de toda su vida. Solo faltaba Ray para ser perfecta, cosa que nunca
sería. Esa ausencia lo acompañaría el resto de su vida.
La
mañana de navidad desayunaron chocolate caliente con tortitas, pusieron
villancicos horribles obligados por Nicky y abrieron los regalos todavía en
pijama. Liam llevaba un gorrito rojo de Papa Noel puesto y Spike uno verde del
Grinch. Todos ocuparon asientos en los sofás del salón y fueron cogiendo sus
regalos uno a uno. Cuando Liam abrió el suyo soltó una carcajada al ver las
zapatillas de andar por casa de Iron Man (su superhéroe favorito). Se las puso
al instante y se lo agradeció a Neil. A él le regaló Matt, lo miró sorprendido
y le agradeció el regalo: una manta con zorritos dibujados en el estampado.
Pero lo más sorprendente fue que Andrew le regaló a Nicky un jersey navideño
con renos y a Andrew le regaló Nicky una sencilla sudadera negra, así se
aseguraba de que la usaría.
Tras
repartir todos los regalos y agradecimientos, abrieron los primeros botellines
de cerveza del día y la mitad de los zorros se embutió en la cocina para
preparar la comida, Neil entre ellos. Y Matt y Nicky, por supuesto. La otra
mitad se dispersaron para no molestar.
A
la hora indicada llegó el entrenador y comieron como una familia; peculiar y
diferente, sin ningún parentesco entre ellos, pero una familia tan válida como
las demás.
Después
del postre se sirvieron unas copas, incluso Neil se animó a tomarse una, y
charlaron sobre baloncesto hasta que el entrenador se marchó y la mitad que no
había cocinado se dedicó a limpiarlo todo.
Neil
salió a dar un paseo con Matt por el campus porque sentía que iba a reventar de
la comilona que se había pegado, la más grande de toda su vida, y Nicky subió a
la habitación para dormir un rato, por la noche había quedado con su novio. Ya
se había ido cuando regresaron ellos.
Neil
se dio una ducha al no ver a Andrew por ningún lado y luego preparó la tarjeta
que había comprado y no era para Liam. La guardó en un sobre blanco y la dejó
en la mesita de noche. Se tumbó en la cama para escuchar música con los
auriculares conectados al teléfono y casi se quedó dormido esperando, pero su
olor le despertó en cuanto entró en casa. Se levantó para dejar la puerta de la
habitación entreabierta y volvió a tumbarse.
Andrew
lo vio al pasar por el pasillo hacia su cuarto y se detuvo ante la puerta de
Neil. Este se quitó los auriculares y le hizo un sutil gesto para que pasase si
quería. Lo hizo, dejando la puerta igualmente entornada.
Neil
se sentó en la cama. Andrew se quedó de pie frente a él, obligándole a echar la
cabeza hacia atrás para mirarle desde abajo. Estiró un brazo para coger el
sobre que había preparado y se lo entregó sin mediar palabra. Andrew frunció el
ceño, enturbiando su semblante imperturbable.
—Ábrelo,
no es una bomba.
Andrew
lo abrió con cuidado, sacó la tarjeta en la que ponía feliz cumpleaños y apretó
los labios. Miró el interior de la tarjeta y leyó la escueta nota escrita a
mano en la que ponía: Pide un deseo.
—¿Qué
es esto?
—¿Necesitas
que te lo explique?
Andrew
gruñó y Neil rezó para que no la hiciese añicos o se la tirase a la cara. Por
si acaso, se levantó para estar a su altura.
—No
es mi cumpleaños.
—Ya,
pero lo habrá sido en algún momento.
Andrew
lo apuñaló con sus ojos negros.
—¿Por
qué haces esto?
—Para
que quieras algo.
—No
quiero…
Neil
le tapó la boca con la mano y Andrew se alejó dando un paso atrás para
soltarse, pero la frase murió sin ser terminada.
—Piensa
en algo que quieras y pide un deseo.
—¿Y
lo harás realidad? —preguntó con sarcasmo.
—No
todos los deseos se hacen realidad, pero hay que desear algo, Andrew. Yo habría
muerto si no hubiese deseado una vida mejor. Tienes que querer algo más que el
baloncesto.
Andrew
apretó la mandíbula tanto que los dientes rechinaron y Neil pudo escucharlo.
—No
te enfades tanto, no puedo obligarte, haz lo que quieras —dijo alzando las
manos, con derrota en la voz—. Solo es un regalo.
—Los
deseos pueden ser peligrosos.
Neil
sonrió con tristeza.
—Una
vida sin desear nada me parece más peligrosa.
—Tus
deseos hicieron que casi te mataran.
—Ya
me estaban matando, mis deseos me hicieron sobrevivir, aunque fuese difícil.
Andrew
sujetó el papel con tanta fuerza que lo arrugó, pero no lo soltó.
—Prométeme
algo —murmuró en voz baja y un tono oscuro que volvió pesado el ambiente, como
electrizante.
—Lo
que sea.
—Que
cumplirás mi deseo.
Neil
sabía que no podía prometer eso, que tal vez estaba condenada a ser una promesa
rota y tal vez eso era lo que buscaba Andrew, así que no le dejó salirse con la
suya.
—Lo
haré.
—¿Y
si pido algo imposible?
—Pídelo.
Andrew
se marchó como un vendaval, casi parecía que estuviera huyendo.
Neil
se dejó caer en la cama con una sonrisa, se había llevado el regalo. Tal vez no
pudiera cumplir su promesa, pero si conseguía que Andrew desease algo, que
quisiese algo para sí mismo, habría merecido un poco la pena.
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