14 enero 2025

Capítulo 27

Durante la primera semana de su vuelta a la rutina, Andrew y Kevin le machacaron sin piedad en los entrenamientos y Neil se sintió feliz de acabar los días agotado y con los músculos doloridos por ese esfuerzo. También se puso al día con las clases para los exámenes finales del trimestre. Físicamente no tenía secuelas de su última estancia con su antigua manada, se había recuperado bien y rápido de todas las heridas. Mentalmente no podía decir lo mismo, por las noches tenía pesadillas en las que seguía en esa jaula y se despertaba jadeando, despertando también a Nicky. No hablaba con él de lo que le atormentaba y su amigo desistía, frustrado por no poder ayudarle. Neil dormía sin descansar y echaba de menos a Andrew, con él se sentía seguro, su olor y el calor de su cuerpo le calmaban, y ahora lo tenía demasiado lejos aun estando en la misma casa.

Cada día encontraban algún momento robado para estar a solas y Andrew le permitía acercarse para compartir su olor, luego se marchaba sin mirar atrás y Neil se quedaba cada día más confuso, tanto por lo que él sentía como por todo lo que Andrew callaba. Se habían distanciado un poco al volver con los zorros, no era lo mismo que estar encerrados en una casa y solos, sin distracciones ni responsabilidades, estando juntos y ya. Neil lo extrañaba. A veces ni siquiera estaba seguro de que Andrew quisiera lo que tenían, pero al menos sí estaba seguro de que nunca haría nada que no quisiera, lo que anulaba sus miedos a estar excediéndose y que Andrew solo aceptase por pena. Tenía que recordarse que si volvía a él, que si le dejaba que lo tocase, era porque él también quería eso.

Por otro lado, sus amigos Matt y Nicky, estaban un poco pesados y obsesionados con su seguridad y bienestar; le escribían varias veces al día para comprobar dónde estaba y si se encontraba bien y solo les faltaba arroparle por las noches para asegurarse de que terminaba el día seguro en su cama. Neil se daba cuenta de cómo Nicky le observaba de reojo al cambiarse para comprobar sus cicatrices y los moratones que desaparecían lentamente.

Las semanas que tuvo que enfrentarse a los exámenes finales fueron muy estresantes, pero al igual que los duros entrenamientos, le servían para seguir adelante enfocado en algo para no pensar en todo lo que había sufrido.

Hasta que llegaron las vacaciones de invierno.

Y las pesadillas volvieron con más fuerza.

Ya no caía rendido en la cama, no podía pasarse el día entero entrenando y de repente tenía demasiado tiempo libre. Había aprobado todas las asignaturas y el campus estaba desierto de estudiantes. En cambio, solo tres zorros se habían ido para pasar las vacaciones en familia y no se notaba mucho su ausencia.

Los zorros pasarían el día de navidad juntos y pensarían qué hacer para un fin de año a lo grande. Neil no tenía ganas de ninguna celebración, pero ayudó todo lo que pudo solo para mantenerse ocupado. Para sorpresa de nadie: Nicky era un fanático de la navidad. Montaron un árbol en el salón y lo decoraron con luces de colores, bolas y espumillón. Pegaron copos de nieve en las ventanas y pusieron un muñeco de nieve falso en el porche. Luego montaron un amigo invisible al que algunos intentaron resistirse en vano, perdiendo contra la enérgica insistencia de Nicky. Según le contaron a Neil, todo los años pasaba lo mismo, y Nicky no entendía por qué seguían intentando escaquearse si sabían que él siempre ganaba. Tal vez fuese parte de la tradición.

El día que se juntaron todos para repartir los papelitos con los nombres de a quién tendrían que hacerle un regalo, a Neil le hizo mucha gracia la cara de circunstancia de los zorros y la emoción de Nicky. Metieron los papeles doblados con los nombres en un bol de palomitas y cada uno fue metiendo la mano para coger un papel. Todos los miraron a escondidas y alguno soltó una maldición o una carcajada al ver el suyo. Neil sonrió ligeramente, le había tocado Liam. Andrew mantuvo el rostro inexpresivo y Neil se preguntó si podría sonsacarle algo después, en su momento a solas. Nicky sonrió y Matt solo movió un poco las cejas. Fijaron un rango de precio para los regalos y después cada uno siguió a lo suyo.

Lo primero que hizo Nicky fue ir a cotillear quién le había tocado a Neil y Matt, pero ninguno soltó prenda para hacerle un poco de rabiar. Si quería que jugasen, jugarían bien. Tenían dos días para comprar los regalos.

Esa noche echó unas canastas con Andrew en la parte trasera de la casa mientras él mantenía un cigarro entre sus labios, fumando a la vez que jugaban.

—¿Estás contento con quien te ha tocado en el amigo invisible? —preguntó Neil.

—Estaría contento si no tuviera que jugar —contestó, quitándose el cigarro de la boca.

—Ray y yo nos hacíamos regalos algunas navidades y algunos cumpleaños, aunque muchas veces no teníamos dinero para comprar nada —confesó Neil entre bote y bote de pelota—. Un año me regaló su camiseta favorita porque no tenía nada más que darme. Todavía la guardo. No me la pongo para que conserve su olor.

—Nadie sabe cuándo es mi cumpleaños. Bueno, solo el entrenador, pero sabe que no debe contárselo a nadie.

—¿Por qué?

Neil detuvo la pelota y observó a Andrew mientras daba la última calada al cigarro. Lo pisó contra el suelo y expulsó la nube de humo lentamente.

—No me gustan los compromisos sociales, las obligaciones…

—Ya, puede ser así, pero también es divertido hacer regalos, como jugando al amigo invisible, y otras veces es una forma de decir “me importas”, “pienso en ti”, “te conozco”. Alguien se toma un tiempo en pensar qué regalarte, en encontrar algo que pueda gustarte y conseguirlo.

—No necesito que nadie piense en mí ni que me regalen nada.

—Vale —contestó, frustrado.

Neil soltó la pelota, que rebotó sola hasta detenerse contra la pared, y se acercó a Andrew. Él se mantuvo quieto. Neil se detuvo a cinco centímetros de su cuerpo, con las puntas de los zapatos rozándose, y se inclinó para apoyar la mejilla en su hombro y oler su cuello. Se quedaron así unos minutos, como una estatua de un abrazo nunca dado.

—¿Cuándo es tu cumpleaños? —susurró Neil.

Andrew no contestó.

—No me has tocado en el juego. ¿No quieres que te regale nada?

—No quiero nada.

—Ya. ¿Sabes que los cambiantes olemos las mentiras?

—Mentiroso.

Neil se apartó con una risita y volvieron a entrar en casa juntos, subieron las escaleras y cada uno se fue a su habitación sin mirarse.

 

***

 

Al día siguiente fue con Nicky y Matt al centro comercial para hacer la compra de la comida navideña, aunque antes se separarían para comprar sus regalos del amigo invisible. A Neil no le llevó mucho tiempo decidir qué podría gustarle a Liam y mientras estaba en la cola para pagar se fijó en un mostrador de felicitaciones de todo tipo y escogió una también. Luego tomaron un café cuando se juntaron de nuevo y terminaron las compras juntos.

Por la tarde entrenaron con los zorros y por la noche vieron una película navideña de terror. Podría no parecer una buena mezcla, pero fue muy divertida.

La noche de navidad dejaron los regalos envueltos bajo el árbol, cada uno con el nombre del destinatario por fuera y dentro el del amigo invisible que se lo daba. Vieron otra película parecida tomándose unos cubatas y se acostaron entre risas.

Neil no quería disfrutar de ninguna celebración, pero estaba siendo la mejorar navidad de toda su vida. Solo faltaba Ray para ser perfecta, cosa que nunca sería. Esa ausencia lo acompañaría el resto de su vida.

La mañana de navidad desayunaron chocolate caliente con tortitas, pusieron villancicos horribles obligados por Nicky y abrieron los regalos todavía en pijama. Liam llevaba un gorrito rojo de Papa Noel puesto y Spike uno verde del Grinch. Todos ocuparon asientos en los sofás del salón y fueron cogiendo sus regalos uno a uno. Cuando Liam abrió el suyo soltó una carcajada al ver las zapatillas de andar por casa de Iron Man (su superhéroe favorito). Se las puso al instante y se lo agradeció a Neil. A él le regaló Matt, lo miró sorprendido y le agradeció el regalo: una manta con zorritos dibujados en el estampado. Pero lo más sorprendente fue que Andrew le regaló a Nicky un jersey navideño con renos y a Andrew le regaló Nicky una sencilla sudadera negra, así se aseguraba de que la usaría.

Tras repartir todos los regalos y agradecimientos, abrieron los primeros botellines de cerveza del día y la mitad de los zorros se embutió en la cocina para preparar la comida, Neil entre ellos. Y Matt y Nicky, por supuesto. La otra mitad se dispersaron para no molestar.

A la hora indicada llegó el entrenador y comieron como una familia; peculiar y diferente, sin ningún parentesco entre ellos, pero una familia tan válida como las demás.

Después del postre se sirvieron unas copas, incluso Neil se animó a tomarse una, y charlaron sobre baloncesto hasta que el entrenador se marchó y la mitad que no había cocinado se dedicó a limpiarlo todo.

Neil salió a dar un paseo con Matt por el campus porque sentía que iba a reventar de la comilona que se había pegado, la más grande de toda su vida, y Nicky subió a la habitación para dormir un rato, por la noche había quedado con su novio. Ya se había ido cuando regresaron ellos.

Neil se dio una ducha al no ver a Andrew por ningún lado y luego preparó la tarjeta que había comprado y no era para Liam. La guardó en un sobre blanco y la dejó en la mesita de noche. Se tumbó en la cama para escuchar música con los auriculares conectados al teléfono y casi se quedó dormido esperando, pero su olor le despertó en cuanto entró en casa. Se levantó para dejar la puerta de la habitación entreabierta y volvió a tumbarse.

Andrew lo vio al pasar por el pasillo hacia su cuarto y se detuvo ante la puerta de Neil. Este se quitó los auriculares y le hizo un sutil gesto para que pasase si quería. Lo hizo, dejando la puerta igualmente entornada.

Neil se sentó en la cama. Andrew se quedó de pie frente a él, obligándole a echar la cabeza hacia atrás para mirarle desde abajo. Estiró un brazo para coger el sobre que había preparado y se lo entregó sin mediar palabra. Andrew frunció el ceño, enturbiando su semblante imperturbable.

—Ábrelo, no es una bomba.

Andrew lo abrió con cuidado, sacó la tarjeta en la que ponía feliz cumpleaños y apretó los labios. Miró el interior de la tarjeta y leyó la escueta nota escrita a mano en la que ponía: Pide un deseo.

—¿Qué es esto?

—¿Necesitas que te lo explique?

Andrew gruñó y Neil rezó para que no la hiciese añicos o se la tirase a la cara. Por si acaso, se levantó para estar a su altura.

—No es mi cumpleaños.

—Ya, pero lo habrá sido en algún momento.

Andrew lo apuñaló con sus ojos negros.

—¿Por qué haces esto?

—Para que quieras algo.

—No quiero…

Neil le tapó la boca con la mano y Andrew se alejó dando un paso atrás para soltarse, pero la frase murió sin ser terminada.

—Piensa en algo que quieras y pide un deseo.

—¿Y lo harás realidad? —preguntó con sarcasmo.

—No todos los deseos se hacen realidad, pero hay que desear algo, Andrew. Yo habría muerto si no hubiese deseado una vida mejor. Tienes que querer algo más que el baloncesto.

Andrew apretó la mandíbula tanto que los dientes rechinaron y Neil pudo escucharlo.

—No te enfades tanto, no puedo obligarte, haz lo que quieras —dijo alzando las manos, con derrota en la voz—. Solo es un regalo.

—Los deseos pueden ser peligrosos.

Neil sonrió con tristeza.

—Una vida sin desear nada me parece más peligrosa.

—Tus deseos hicieron que casi te mataran.

—Ya me estaban matando, mis deseos me hicieron sobrevivir, aunque fuese difícil.

Andrew sujetó el papel con tanta fuerza que lo arrugó, pero no lo soltó.

—Prométeme algo —murmuró en voz baja y un tono oscuro que volvió pesado el ambiente, como electrizante.

—Lo que sea.

—Que cumplirás mi deseo.

Neil sabía que no podía prometer eso, que tal vez estaba condenada a ser una promesa rota y tal vez eso era lo que buscaba Andrew, así que no le dejó salirse con la suya.

—Lo haré.

—¿Y si pido algo imposible?

—Pídelo.

Andrew se marchó como un vendaval, casi parecía que estuviera huyendo.

Neil se dejó caer en la cama con una sonrisa, se había llevado el regalo. Tal vez no pudiera cumplir su promesa, pero si conseguía que Andrew desease algo, que quisiese algo para sí mismo, habría merecido un poco la pena.

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