13 enero 2025

Capítulo 28

Para fin de año prepararon una fiesta en casa, así podrían beber hasta desmayarse en sus camas, con o sin compañía. Algunas parejas de los zorros estaban fuera de la ciudad, así que no todos tendrían alguien a quien dar el primer beso del año nuevo.

Sin duda, esa no era una preocupación para Neil, ni siquiera pensaba en eso, no como Liam, que no paraba de quejarse por pasar la noche solo.

—Somos patéticos —soltó dejándose caer en el sofá junto a Neil.

—Habla por ti.

—Los dos vamos a estar solos esta noche.

—No seremos los únicos.

—Me dan igual los demás, no quiero empezar el año así.

—Pues bésate con cualquiera.

—¿Te estás ofreciendo?

Neil lo miró sin necesidad de decir en voz alta lo que pensaba y Liam gruñó en respuesta.

—Eres aburrido, amigo.

—¿Porque no quiero liarme contigo? —preguntó con humor.

—Pues sí.

—No me lío con mis amigos —contestó pensando en Ray, en Nicky y en Matt.

—Bueno, no somos tan amigos.

Neil soltó una carcajada y Liam alzó las cejas de forma juguetona. Entonces apareció Andrew, se sentó en su sillón y los miró en silencio mientras se pasaba un cigarro apagado entre los dedos.

Liam carraspeó y se levantó del sofá.

—Adiós, aburridos —dijo saliendo del salón.

Andrew se encendió el cigarro y se lo fumó sin separar su mirada ni un instante de la de Neil.

Apagó el cigarro en el cenicero cuando lo hubo consumido y se marchó sin compartir ni una sola palabra. Neil negó con la cabeza en soledad y la dejó caer en el respaldo del sofá. Había pasado una semana y no habían vuelvo a hablar del regalo ni de pedir deseos, no sabía si Andrew había tirado la tarjeta o si estaba pensando en ello, si habría encontrado ya algo que querer, algo que desear. Por el contrario, parecía que Neil deseaba demasiado por los dos. Todo lo que no había tenido en la vida empezaba a quererlo ahora.

—¿Vienes a comprar las bebidas? —le preguntó Matt, acompañado por Liam de camino a la puerta.

—Paso, ahora mismo nada me moverá de este sofá.

—¡Voy yo! A ver si encuentro algún ligue en la tienda —dijo Liam con una pícara sonrisa. Matt puso los ojos en blanco y le dio una colleja suave.

—¡Oye!

—Vamos, pesado.

—Suerte a los dos —se despidió Neil entre risas.

Empezaba a relajarse de nuevo. Habían pasado semanas sin saber nada de su manada y la esperanza de no volver a verlos nunca más arraigaba en su interior. Sabían dónde encontrarlo y no habían ido a buscarlo. Ojalá algún día pudiese olvidarse de ellos completamente.

Neil se tapó con su manta nueva, creando un agradable nido de calor, y se quedó adormilado hasta que Spike le reclamó para ayudarle a llenar la casa de luces navideñas para crear ambiente esa noche. Luego hicieron la comida para todos.

Por la tarde Neil salió a correr, después se transformó dejando la ropa en los vestuarios del pabellón de baloncesto y corrió otro poco en su forma animal, saboreando esa libertad que no le ofrecía nada más. Llegó antes de la cena y se dio una ducha rápida. Algunos zorros se habían arreglado, sobre todo los que tenían compañía, pero él se puso unos vaqueros oscuros y un sencillo jersey negro. Se revolvió el cabello después de peinarlo y bajó para reunirse con los demás.

—Vamos, tómate una copa con nosotros —le dijo Liam en cuanto pisó la planta baja.

Neil se sirvió un refresco con hielo, habría demasiada gente esa noche para sentirse cómodo y bajar la guardia.

—¿Encontraste alguna presa?

—Que va —se quejó, luego le echó una mirada apreciativa de soslayo—, pero todavía me queda mi última esperanza.

—Sigue soñando.

—Capullo, me rompes el corazón.

Spike se rio junto a otros zorros y Matt le dio un puñetazo amistoso en el hombro a Liam.

—Déjalo en paz, asume que esta noche no vas a meterla en caliente y menos con nuestro chico.

Liam le hizo una penita y Neil sonrió, le gustó esa forma de referirse a él. Matt se le acercó y rozó su hombro con el de Neil.

—¿Todo bien? —susurró.

Seguía preocupándose por él a todas horas. A Neil le agobiaba un poco, pero también lo apreciaba muchísimo, no quedaba nadie en el mundo que se hubiera preocupado tanto por él como hacían Matt, Nicky e incluso Andrew. En realidad, sobre todo Andrew… a su manera.

Nicky llegó con su novio y poco después llegaron otras novias de los zorros. Cenaron juntos de picoteo mientras charlaban sobre clases y baloncesto y alguna serie del momento que Neil ni conocía, no tenía tiempo para ver la televisión. Cuando terminaron de cenar dejaron todo manga por hombro en la cocina (ese sería un problema del mañana) y fueron al salón.

—¡Qué comience la fiesta! —gritó Liam.

Alguien apagó las luces y encendieron la música de forma sincronizada y la casa quedó iluminada por todas las lucecitas de colores que había colocado Neil esa mañana. Las chicas aplaudieron y las parejas se besaron. Neil sonrió mirando a su alrededor, era bonito y era su hogar.

Matt pasaría la noche solo, así que él y Neil se quedaron un poco apartados, bebiendo y charlando en una esquina del salón. Nicky bailaba con su novio acaramelados y en otra esquina estaban Andrew y Kevin observando la fiesta en silencio. Andrew y Neil compartieron una mirada y Neil fue el primero en apartarla para seguir prestando atención a lo que le estaba diciendo Matt. Tenían que acercarse mucho para escucharse por encima de la música.

Un rato después Liam se les acercó mientras bailaba meneando las caderas y señalaba a Neil. Este negó con la cabeza entre risas, pero no tenía dónde huir. Liam se detuvo frente a él y le ofreció una mano.

—¿Me concedes un baile?

Neil se removió en su sitio, cambiando su peso de un pie a otro, terminándose el refresco de un trago. Masticó un hielo y observó la sonrisa incansable de Liam.

—Déjalo —dijo Matt al notarlo incómodo.

—Como amigos, lo prometo. Porfa.

Liam juntó las manos, entrelazando los dedos bajo la barbilla y poniendo cara de chico bueno, todo lo contrario a lo que era, pero Neil aceptó.

—Se portará bien —dijo hacia ambos.

Para que Matt no se preocupase, podía manejarlo, y para que Liam no se pasase de la raya. Le dio la copa vacía a su amigo y siguió a Liam al centro del salón.

—¿Puedo tocarte?

Neil asintió, pese a toda su bravuconería se preocupaba por él, y confiaba en Liam. Desde que había vuelto estaba acostumbrándose a tener ligero contacto físico con otros zorros.

Liam le rodeó la cintura con un brazo, acercándolos, y los hombros con el otro. Neil siguió sus movimientos al bailar, lentos y tentativos, probando y respetando los límites. Se sonrieron y solo vio inocencia en la mirada de Liam, le gustaba jugar y provocar y tontear, pero en el fondo sabía que entre él y Neil nunca pasaría nada y lo entendía y respetaba. Bailaron como amigos.

Al terminar la canción, Liam el dio un abrazo rápido. Antes de volver con Matt, Neil miró a su alrededor, nadie les prestaba atención, a ninguno le importaba lo que hiciese. Nicky le guiñó un ojo y le hizo un gesto como diciendo que a él también le debía un baile. Neil asintió hacia él y luego buscó a Andrew con la mirada, ya no estaba con Kevin. Lo encontró donde habían dejado su sillón, en otra esquina, con el chico que solía acompañarle sentado en el reposabrazos.

Neil se quedó paralizado mirándolos. Contuvo un gruñido en la garganta. Sus ojos se cruzaron con los de Andrew, fríos y distantes, y a punto estuvo de lanzarse a su yugular. Apretó los puños y los dientes. No se debían nada, no tenían ninguna relación y la obsesión de Neil por compartir su olor era cosa solo suya, no tenía que significar nada más, pero no esperaba verlo con él esa noche. Ni siquiera lo había pensado. Se marchó de la fiesta y fue a la cocina para coger una cerveza y tranquilizarse. Estaba dándole el primer trago cuando Andrew apareció y cerró la puerta tras él. Neil le dio la espalda, se sentía idiota y expuesto y traicionado.

Notó cómo se acercaba.

—¿Oleré a él?

Neil podría haberse destrozado los dientes de tanto que apretaba la mandíbula. No se giró para mirarle al contestar.

—Puedes oler a quien quieras.

—Lo que hacemos tú y yo no tiene nada de sexual.

—¿Sabes? A veces los humanos sois más animales que los cambiantes.

—¿Por tener necesidades?

—Así que no quieres nada, no deseas nada, no sientes nada, pero sí tienes necesidades. Al menos no estás del todo muerto por dentro, me alegro por ti.

—Ya lo sabías.

—Tienes razón.

Lo esquivó para ni rozarlo al pasar y fue hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—Prefiero pasar la noche en otra forma.

Andrew lo alcanzó en tres zancadas y le cogió del brazo para girarlo y obligarle a enfrentarlo a la cara.

—¿Qué te pasa?

—¿Eres idiota?

Esa vez fue Andrew quien gruñó.

—Jugamos a un juego peligroso, Neil.

—Yo no juego a nada.

Andrew lo empujó contra la encimera.

—¿Y qué quieres? ¿Chupármela tú?

—¿Delante de todos? ¿Para que luego ni me toques? Yo no voy a dejarte que me trates así —contestó con rabia ante su rostro.

—¿Y qué quieres? —gritó.

—Nada —contestó en el mismo tono encolerizado. Los demás no los escucharían gracias a la música de fuera—. No quiero nada, Andrew.

Le devolvió las mismas palabras que él tanto se hartaba de repetir. Todo había sido un error. Neil hizo amago de marcharse y Andrew volvió a empujarlo. Iba a gritarle que le dejase en paz, pero no pudo, porque de repente Andrew se lanzó a por su boca y todas las palabras desaparecieron al probar sus labios. Neil gimió con sorpresa y dejó que Andrew invadiera su boca con la lengua, poseyéndole. Se besaron con desesperación y rabia. Cuando intentó tocarle, Andrew sujetó sus manos y las inmovilizó a su espalda, abrazándole como una serpiente a su presa.

Tomaron aliento jadeando contra la boca del otro.

—No me hagas esto —dijo Neil con la voz ronca.

—Cállate.

Y volvió a besarle.

Neil gimió al saborearlo, dulce por el cubata que se había tomado, cálido y húmedo, posesivo y ansioso. Lo devoró como si a las doce de la noche fuese a acabarse el mundo.

—Dile que se vaya —pidió cuando pudo volver a respirar y hablar.

Andrew lo miró a los ojos, lo soltó y salió de la cocina, dejándole todavía jadeando y con las piernas temblorosas, asimilando lo que había pasado, cómo se había descontrolado todo en una milésima de segundo. Aunque, si lo pensaba bien, llevaba descontrolándose mucho tiempo, Andrew tenía razón en que jugaban a un juego peligroso, pero Neil no quería jugar, no quería apostar, solo quería… ¿Qué? ¿Qué podía querer de Andrew? ¿Qué podía esperar de él?

La puerta de la cocina había quedado abierta y vio cómo el chico se marchaba, no sin antes lanzarle una mirada de las que matarían si fuese posible.

Andrew lo había hecho.

Salió de la cocina y se encontraron frente a las escaleras. Se miraron la boca el uno al otro con deseo.

—No voy a ser él —dijo Neil, porque necesitaba dejarlo claro.

—No quiero que seas nadie más que tú.

Andrew le cogió por la muñeca y subieron las escaleras. Fueron a su habitación por si Nicky quería intimidad con su novio en la que compartía con Neil.

Andrew dejó la puerta medio abierta y Neil frunció el ceño, pero no tuvo tiempo de quejarse porque cuando le clavó su mirada oscura el corazón se le desbocó. Andrew le acechó como un animal y Neil retrocedió hasta quedar acorralado contra la cama, con la parte trasera de las rodillas pegada al colchón.

—¿Qué era lo que más te molestaba: que oliese a él o que me tocase?

Neil tragó saliva con fuerza y se armó de valor.

—Ambas —susurró.

Andrew se acercó hasta pegar sus torsos, un centímetro más y Neil caería hacia atrás. Se pegó a él como un animal, como el propio Neil se había comportado con él esas últimas semanas, y le olió el cuello, rozando la sensible piel con la nariz y los labios, como si también quisiera marcarle. A Neil se le aceleró la respiración.

—No sé si puedo ser lo que necesitas —dijo Neil entre jadeos mientras Andrew recorría su mandíbula con los labios.

—Por ahora solo quiero besarte —contestó acercándose a su boca muy despacio—. Tranquilo, confía en mí.

Y eso hizo. Volvió a sujetarle las manos a la espalda con una sola, enterró la mano libre en su pelo, y se besaron profundamente, más lento que antes, como si el tiempo ya no fuese a acabárseles nunca porque se habían elegido el uno al otro.

Neil se mantuvo en equilibrio mientras se dejaba devorar y se dio cuenta de que Andrew mantenía sus caderas separadas a propósito. Era obvio que ambos estaban excitados, pero no le dejaba tocarle ni rozarse. ¿Era porque allí no había nadie para mirar? ¿Tan profundo era su fetiche exhibicionista? ¿Entonces por qué se estaban besando allí en vez en el salón delante de todos?

Andrew mantuvo sus bocas rozándose mientras tomaban aliento. Le lamió el labio inferior y Neil gimió. Con la bocas abiertas se lamieron las lenguas como animales. Un gruñido vibró en la garganta de Neil y se lanzó a morder el cuello de Andrew, no pudo controlar su instinto de marcarlo. Andrew le tiró del pelo, jadeando, pero no para apartarlo, y Neil le hizo un chupetón dentro de la marca que dejaron sus dientes.

—Déjame tocarte —suplicó Neil.

—No.

Le mordió el labio en protesta y Andrew esta vez sí le tiró de pelo para apartarlo solo lo justo, luego volvió a besarle, silenciándole así.

Cada vez le quedaba más claro a Neil que su problema no era que le excitase estar delante de otras personas, su supuesto gusto por que le mirasen o pudiesen pillarle, porque en ese momento estaba muy excitado, lo sabía sin necesidad de tocarlo. Lo olía. Lo sentía. Más bien parecía que su problema fuese con la intimidad, con estar a solas con otra persona.

—¿De qué tienes miedo? —preguntó mirándole a los ojos y supo el error que había cometido al instante.

Su mirada se endureció como ónice, frío y oscuro, y se volvió distante, como si en vez de centímetros los separasen kilómetros.

Andrew soltó a Neil y estuvo a punto de caerse en la cama al perder el equilibrio.

—Tú también puedes confiar en mí.

Pero cuando estiró las manos para tocarle ya no llegaba hasta él, se había alejado demasiado.

Se segundo error fue no marcharse en ese momento. Intentó alcanzarle, recuperarle, pero su Andrew ya no estaba allí, no le encontraba en ese rostro tenso y frío, tan frío.

—Lo siento.

Le puso una mano en el brazo y Andrew le empujó contra la pared, tras un pestañeo tenía su navaja contra el cuello.

—No intentes cruzar los límites, Neil, porque podrías caerte por el precipicio.

Susurró con la voz rota en su oído.

Le soltó y Neil supo que tenía que salir de allí, sería imposible hablar con él en ese momento, sus miedos habían tomado el control. Se refugió en el baño para echarse agua fría en la cara y al mirarse al espejo se fijó en la gota de sangre que brotaba de su piel. La limpió con un dedo y presionó con un trozo de papel hasta que no salió más. Era una herida diminuta, ni siquiera le había dolido, no se había dado cuenta del precario equilibrio que guardaba sobre el borde del precipicio.

Neil escuchó la cuenta atrás del fin de año desde su habitación.

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