11 enero 2025

Capítulo 30

Los últimos minutos del partido corrían en el temporizador. Neil tenía la camiseta empapada de sudor, estaba agotado y pletórico, aunque fuesen empatados en su primer partido de liga y ya solo pudiera observar cómo Kevin manejaba la pelota. Se la pasó a Liam, que tuvo el valor de hacerse el chulo pasándosela entre las piernas, corrió tres botes con ella, esquivó a un escolta de los Dorados, hizo amago de lanzar a canasta y volvió a pasársela a Kevin. Los minutos se convirtieron en los últimos segundos. El ambiente en las gradas era pura euforia, gritaban y animaban, daba igual a quién, Neil no lo escuchaba, en eso se parecía a estar en medio de una pelea y seguir a lo tuyo, abstraído del resto del mundo, solo que aquí no lo hacía para sobrevivir, solo por diversión.

Kevin botó la pelota una única vez antes de que le alcanzase el pivot, tan alto como él y más corpulento. Kevin no dejó pasar más segundos, defendió la pelota y saltó, lanzándola en suspensión por encima del pivot que lo amenazaba. La pelota surcó el aire a la vez que los segundos pasaban. La pelota pasó por el aro y el marcador de los Zorros subió dos puntos antes de que sonase la bocina indicando el final del partido. Entonces Neil se unió a la euforia colectiva.

Los zorros se abrazaron, se felicitaron y sonrieron pletóricos. Había sido un partido muy intenso, esos siempre eran los mejores, en los que tenías que esforzarte para ganar hasta el último segundo con la posibilidad en la punta de los dedos. Y cuando lo conseguían era como… como coronar el Everest, o a algo así pensó Neil que se parecería.

Kevin y Andrew se escaquearon del abrazo colectivo. El público les aplaudía, al menos la mayoría, aunque no estaban en casa y el color que predominaba en las gradas era el dorado con algunos toques de naranja por aquí y por allá. Antes de abandonar la cancha se despidieron del otro equipo y los felicitaron por haber jugado tan bien, cualquiera de los dos podría haber ganado mereciéndoselo igual. Los entrenadores también compartieron un apretón de manos y algunas palabras amables y Parker guio a sus chicos a los vestuarios. Allí los felicitó y les dijo que se diesen prisa para volver a casa y celebrarlo en condiciones.

Los zorros se ducharon sin dejar de hablar del partido, alzando la voz para escucharse por encima de los chorros de agua caliente que destensaban sus músculos agotados. Neil esperó a pasar de los últimos, eran duchas comunitarias sin espacio para la intimidad. Se hizo el remolón quitándose la ropa despacio y guardándola, sacando la toalla y el neceser, mientras los demás iban en tromba. Los escuchó desde fuera con una sonrisa. Algunos salieron y otros entraron con rapidez para no meterse todos dentro al mismo tiempo, no había duchas para tantos. Neil siguió esperando y se dio cuenta de que Andrew también estaba haciendo tiempo, eran los únicos que faltaban por entrar.

Se miraron desde un extremo a otro del vestuario. Ambos estaban en ropa interior, Andrew sentado en un banco fumándose un cigarro aunque no se podía fumar dentro, y Neil medio escondido por las puertas abiertas de la taquilla donde removía sus cosas.

Liam le dio un latigazo con la toalla enrollada a Spike en el trasero mientras se subía los calzoncillos, esté soltó una palabrota y le lanzó su toalla a la cara.

—Lo último que me he secado ha sido los huevos, mamón.

—¿Tan cerca quieres tus huevos de mi cara? —contestó Liam con picardía, no había nada que le parase.

Neil sonrió y la sonrisa se quedó congelada en los labios al devolver la mirada a Andrew, que lo observaba casi sin pestañear, con una intensidad que a Neil se le clavó en el vientre como un cosquilleo. Si le conociese menos podría confundir su semblante, aparentemente inexpresivo, pétreo, serio; pero Neil podía ver la llama en su mirada. Para Neil brillaba como un sol ardiente. Y le calentaba.

—Venga, tardones, no nos hagáis esperar —dijo Matt, y ambos reaccionaron al instante, las duchas ya estaban vacías.

Andrew dio la última calada al cigarro y Neil entró primero, desnudándose antes y tapándose con la toalla. El interior de las duchas estaba lleno de vaho, parecía una sauna. Colgó la toalla en el muro que lo separaba del resto del vestuario y abrió una ducha, al instante salió agua caliente. Andrew fue hasta el fondo y ambos empezaron a ducharse metódicamente. El jaleo de fuera rebajaba la tensión que los conectaba a ellos.

Hubo un momento en que sus miradas se encontraron y se quedaron enganchadas sin descender ni un solo milímetro del rostro del otro, respetando la desnudez hasta que se la entregasen por decisión propia y en la intimidad.

Se miraron a los ojos mientras se enjuagaban, compartiendo un momento de confianza con un toque de ternura en su forma de respetarse, esperarse y desearse.

Cuando salieron los demás ya habían recogido, les dijeron que los esperaban fuera, el ambiente dentro del vestuario estaba muy cargado.

Neil y Andrew se secaron y vistieron dándose la espalda, hasta que Neil estaba terminando de meter sus cosas en la bolsa y sintió a Andrew detrás. Cerró la cremallera, se dio la vuelta y Andrew lo acorraló contra la taquilla con su cuerpo. Le sujetó la barbilla con una mano y lo besó lentamente, profundamente. Un solo beso. Neil sonrió y le siguió fuera cuando lo soltó. Sería arriesgado dejarse llevar allí, los demás no sabían que algo había cambiado entre ellos, y era mejor así, para que no se entrometiesen.

Sin embargo, a Neil le gustaba que no hubiese podido resistirse a besarle.

Se reunieron con el resto del equipo y el entrenador y fueron hacia el autocar que ya les esperaba con las luces encendidas. El conductor lo puso en marcha en cuanto los vio llegar y abrió la puerta para que fuesen subiendo. Se sentaron todos juntos, contentos por la victoria, para seguir comentando cada jugada desde todos los puntos de vista, hasta el entrenador se unió animado.

No tardaron mucho tiempo en regresar al campus, despedirse del entrenador, y llegar a casa andando desde el aparcamiento. Dejaron las bolsas en sus habitaciones y algunos bajaron para hacer macarrones con tomate para un regimiento hambriento, como si volviesen de fiesta a las cinco de la mañana. A Neil no le tocaba esa noche, así que se quedó deshaciendo la bolsa, echando la ropa sucia a lavar y tumbándose un rato a solas en la cama para tener unos momentos de paz.

Esos momentos no llegaron.

Al apoyar la cabeza en la almohada notó que algo crujía debajo, se incorporó, la apartó y encontró un sobre blanco un poco arrugado. No ponía nada en el exterior. Se quedó unos segundos mirándolo, sabiendo que le traería problemas en cuanto lo abriese, podía presentirlo. Tal vez la manada no se había rendido y pensar que podrían deshacerse de ellos había sido demasiado ingenuo, estúpido.

Suspiró y abrió el sobre.

Dentro había un papel doblado.

Lo desdobló y leyó lo que alguien había escrito a mano.

“Si crees que puedes quitarme lo que es mío, yo te lo quitaré todo”

No venía firmado.

Se acercó el papel a la nariz y olió con intensidad, con sus sentidos de cambiante. Notó un aroma humano y desconocido, eso fue lo más extraño. Neil no le había quitado nada a nadie, no había tenido problemas con ningún humano, ni compañeros de clase, nadie del campus, ni de su equipo… había tenido problemas con Carson, pero lo de “quitarme lo que es mío” no encajaba en ningún sitio. Y si ni siquiera reconocía el olor significaba que no era una persona muy cercana.

Tras la extrañeza del origen de la carta, lo que más le inquietó fueron las últimas palabras “te lo quitaré todo”. Neil no tenía nada de valor y dudaba que nadie quisiera (ni pudiera) quitarle su puesto en el equipo de los zorros, así que, ¿a qué se refería con ese “todo”?

¿Y cómo cojones había podido entrar en casa de los zorros mientras estaban fuera y había sabido cuál era su habitación y su cama para dejarle la nota bajo la almohada?

Tenía que ser alguien que conociese, alguien que hubiese estado en casa de los zorros, pero entonces Neil no entendía por qué no conseguía reconocer su olor.

Carson podría haber pedido a alguien que escribiese la carta por él y que la dejase en su cama, pero el mensaje no cuadraba con los problemas de su relación. No tenía más sospechosos, alguien pensaba que le había quitado algo y estaba muy cabreado.

—¡Neil, baja, vamos a cenar! —gritó Matt.

Se guardó la nota en el bolsillo del pantalón y bajó aunque se le había quitado el apetito. ¿Por qué no podía vivir tranquilo? Los problemas le buscaban.

Se disculpó al entrar en la cocina, todos le estaban esperando, y en cuanto se sentó en la silla empezaron a engullir. Estaban todos apiñados, codo con codo. Neil comió para no levantar sospechas, debería estar tan hambriento como ellos, pero la nota que tenía en el bolsillo le revolvía el estómago. Él solo quería jugar al baloncesto, estudiar y vivir en paz, tampoco era mucho pedir.

Siguió la conversación que le daba Nicky junto a los demás con el ánimo visiblemente más decaído. Cuando su amigo le preguntó por lo evidente, dijo que solo estaba cansado y le creyeron, se sintió mal por eso. No debería mentirles más, pero después de lo que habían pasado tampoco quería preocuparlos por algo que podría ser una broma y no llegar a nada más.

Sí, seguramente fuese eso. No podía ser otra cosa.

Su parte racional le decía que se mentía a sí mismo, porque ninguno de sus compañeros le gastaría una broma tan cruel después de lo que había tenido que vivir hacía —como quien dice— dos días, y ninguna otra persona se molestaría en gastarle ninguna clase de broma.

Pero, al menos por esa noche, prefirió mentirse a sí mismo y disfrutar del buen rollo de los demás aunque el suyo se hubiese apagado.

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