Por
la noche el entrenador apareció con hamburguesas y cenaron viendo un partido de
baloncesto mientras le iba explicando cosas. Parecía ser un hombre con
muchísima paciencia y un carácter tranquilo, Neil no tardó en sentirse cómodo
con él. Sí podía respetar a alguien así, incluso admirarlo, no como al líder de
su manada, que era más animal que persona. Ni a sus padres, en quienes no
quería ni pensar, prefería hacer como si no existieran, solo pensaba en la manada
como un conjunto uniforme, sin rostros, sin nombres, no había ninguno que le
importase.
Cuando
terminó el partido y el entrenador apagó la televisión, Neil estaba lleno de
energía; también influía el haber estado todo el día en su casa encerrado y
descansando, no estaba acostumbrado a vaguear tanto, necesitaba moverse.
—Entrenador,
¿le importa si salgo a correr?
—Claro
que no, puedes hacer lo que quieras, pero no te olvides la llave y recuerda el
camino de vuelta.
Neil
fue al baño para cambiarse los pantalones vaqueros por unos deportivos negros.
Ya llegaba el verano y empezaba a hacer calor por las noches así que salió en
manga corta, pronto entraría en calor y su temperatura corporal ya era más alta
de lo normal. Se guardó la llave en el bolsillo, sintiéndose extraño al
llevarla consigo, y salió, bajando las escaleras al trote.
Le
habría gustado poder transformarse, era una sensación liberadora (cuando no
tenía una pelea después), pero se conformó con correr en su forma humana. Se
internó en el campus a la luz de la luna, cruzándose con algunos alumnos que
estarían regresando a sus residencias.
Sin
darse cuenta llegó hasta el pabellón de baloncesto y se detuvo para tomar
aliento, apoyando las manos en las rodillas. Se acercó para comprobar si la
puerta estaba abierta y, efectivamente, de nuevo la encontró así. Entró negando
con la cabeza, esperaba que no se la hubiera olvidado Nicky de nuevo, y
rápidamente comprobó que había alguien más allí dentro. La luz de los
vestuarios estaba encendida y en el silencio de la noche solo se escuchaba el
agua de la ducha cayendo. Neil pasó de largo hacia la cancha, solo quería estar
allí un momento, quien fuera que estuviera en la ducha ni se enteraría.
Las
luces de la cancha estaban apagadas, caminó hasta el centro y giró sobre sí
mismo, imaginándose allí con todo el equipo, formando parte de él, sabiendo lo
que hacía con una pelota en la mano y un número con su apellido en la espalda.
Soltó un suspiro y negó con la cabeza, tal vez se estaba dejando llevar
demasiado y elegir ese lugar no era la opción correcta, estaría muy expuesto.
Lo que debería hacer era huir más lejos y esconderse en algún cuchitril, no ser
nadie, no tener nada que perder.
—¿Qué
estoy haciendo aquí? —susurró para sí mismo.
Pero
ya no estaba solo.
Escuchó
los pasos acercándose y se tensó al reconocer su olor.
—¿Qué
estás haciendo aquí? —preguntó Andrew, acercándose hasta colocarse a su
espalda, demasiado cerca.
Neil
no se giró para mirarlo ni encararlo, mantuvo la compostura, la espalda erguida
y la respiración controlada, aunque le ponía nervioso estar allí a solas con él,
no sabía qué esperar de alguien con su carácter. Se esforzó mucho para no
ponerse a la defensiva.
—No
lo sé —contestó con sorprendente sinceridad.
Fue
Andrew quien le rodeó para mirarlo de frente.
—Parece
que les has caído en gracia, así que tendrás tiempo para averiguarlo.
—¿Por
qué a ti no?
—No
intentes congeniar conmigo, lo más fácil será que te mantengas alejado. Tú a lo
tuyo, yo a lo mío.
Y
Andrew procedió a alejarse de Neil, dándole la espalda sin reparo. Neil siguió
donde estaba, mirando su espalda alejarse en la oscuridad.
De
repente, una pelota fue lanzada hacia Neil con fuerza y velocidad, y él la
cogió por los pelos, le había pillado desprevenido.
—Encéstala.
—¿A
oscuras?
—No
me hagas perder el tiempo.
Neil
tenía muy buenos reflejos, cosas de cambiantes, así que, aunque nunca había
cogido una pelota de baloncesto, se acostumbró con rapidez a su tacto y peso y
lanzó a la canasta desde donde estaba en el centro de la pista. Encestó sin
problema.
—La
suerte del principiante. Otra vez —exigió Andrew.
Neil
corrió para recoger la pelota, regresó al mismo sitio en el centro, y volvió a
tirar, encestándola de nuevo.
—Otra
vez.
Entonces
falló, golpeó el aro y rebotó fuera. El ruido de la pelota contra el suelo fue
lo único que se escuchó hasta que se detuvo por sí sola. Andrew no volvió a
ordenarle que tirase y no lo hizo. Recogió la pelota junto a las gradas y se
acercó a Neil con paso rápido, como si de repente se hubiera enfadado.
—¿Por
qué mientes? —preguntó enfadado.
—¿En
qué, concretamente?
—Sabes
jugar al baloncesto.
—Sé
tirar una pelota y encestarla porque tengo muy buenos reflejos. No tengo ni
idea de cómo jugar un partido de baloncesto.
Andrew
le estampó la pelota contra el pecho con fuerza, obligándole a retroceder un
paso y sujetarla. Neil no estaba seguro de que le creyese. Ya lo haría cuando
le viese entrenar con ellos, si llegaba a hacerlo. Lo dejó allí sin miramientos
pero, por algún motivo, Neil no quería quedar así con él.
Andrew se detuvo y
contestó sin girarse.
—¿Querer? Querer es demasiado
decir. Yo no quiero nada, ni siquiera que te vayas.
Y
eso hizo él. Neil dejó la pelota en un cesto y lo siguió porque no quería
quedarse encerrado y estaba seguro de que Andrew no tendría reparos en cerrar
con él dentro. No se despidieron, cada uno siguió su camino como si no se
conocieran. Neil regresó corriendo a casa del entrenador y Andrew volvió dando
un paseo a la casa de los Zorros.
***
Al
día siguiente Neil desayunó con el entrenador y lo acompañó al pabellón para
entrenar al equipo. Andrew no le dirigió la palabra, Kevin tampoco, pero los
demás fueron a saludarle y Nicky y Matt se quedaron un rato hablando con él. Le
aconsejaron ejercicios de fuerza y resistencia para hacer durante esa semana,
ellos estaban muy liados con exámenes y no podían ayudarle, pero después le
prometieron entrenar algunos días juntos.
Después
de un rato ejercitándose en la cancha, jugaron un partido y el entrenador le
pidió a Neil que bajase con él al banquillo, desde donde los vigilaba, para
hacer de árbitro: para ver cuánto había aprendido de lo que le explicó anoche.
Era un examen y Neil lo aprobó con buena nota, recordaba muchas cosas, era
bueno prestando atención y reteniendo información. Al terminar el entrenador
estaba satisfecho y los chicos se fueron a los vestuarios para cambiarse antes
de ir a clase.
—Entrenador,
¿hay algún lugar donde pueda meterme en internet?
—¿Para
qué lo necesitas?
—Me
gustaría ver más partidos y… tal vez buscar información en la página de la
universidad sobre las carreras que hay.
—Puedes
usar el ordenador de mi casa, para conectarte en la biblioteca necesitas carné
de estudiante.
—Supongo
que tampoco puedo ir al gimnasio del campus.
—No,
todavía no, pero te daré una llave para que entrenes aquí cuando quieras,
tendrá que servirte mientras tanto.
—Sí,
claro, sería perfecto —contestó emocionado—. Puedo imitar por mi cuenta los
ejercicios que haces con ellos.
—Bien,
luego busco una copia y te la doy. Parece que esto te va gustando, ¿no?
—Parece.
—¿Necesitas
algo más? Lo que sea.
—No,
es suficiente. Tengo más de lo que he tenido nunca.
El
entrenador le echó una de esas miradas de querer conocer todos sus secretos
pero a la vez respetarlos y Neil se tensó. Bajaba demasiado la guardia porque
se sentía cómodo y a salvo, no debería hacerlo.
—Vale,
pues nos vemos esta noche, Neil.
—Hasta
luego, entrenador.
Neil
pasó todo el día absorbiendo toda la información que veía en los partidos. A
veces tanta tranquilidad le asustaba y se ponía alerta con cualquier ruido,
como si esperase que algo se lanzase sobre él. Por primera vez en su vida se
estaban curando sus heridas sin tener nuevas, no le dolía nada, tenía el
estómago lleno y dormía tanto que ni necesitaba el café para despejarse, pero
su mente no se curaba tan rápido y a veces lo arrastraba de vuelta a ese lugar
y le jugaba malas pasadas.
La
imagen de sus padres venía a su cabeza, mirándole encolerizados, pegándole por
cualquier cosa que hiciese mal y después bebiendo hasta olvidar sus patéticas
vidas. Neil nunca quiso imitarles en eso, no quería parecerse en nada a ellos,
por eso nunca bebía más que un par de cervezas cuando salía con Ray y no
fumaba. Necesitaba ser consciente de la realidad en cada momento, aunque fuese
horrible, pero esa era la única forma de esquivar algunos golpes.
—¿Has
encontrado alguna carrera que te interese? —preguntó el entrenador esa noche.
—No
he tenido tiempo.
—¿Has
estado todo el día viendo partidos?
—Sí.
—Mañana
comprobaremos qué has aprendido.
Neil
sonrió y Parker le devolvió la sonrisa. Luego le dio una copia de la llave del
pabellón y Neil no pudo aguantar las ganas de salir para lanzar un par de
tiros, quería volver a sentir esa satisfacción al encestar y poder disfrutarla
sin estar bajo el escrutinio de Andrew.
Se
cambió de ropa y fue corriendo.
Esa
vez se decepcionó al encontrar la puerta abierta, seguramente significaba que
no le dejarían tocar la pelota porque estarían entrenando ellos. Aun así, entró
para ver quién estaba, si eran Nicky o Matt no le pondrían pegas.
Antes
de llegar a la cancha olió a Andrew y se detuvo. Mierda. No quería dejarse
intimidar, pero tampoco quería enfrentarse a él. Decidió esperar en la sala de
los sofás a que terminasen, él tenía más tiempo para descansar, no le importaba
quedarse el último.
Estuvo
a puntito de quedarse dormido cuando escuchó que los pasos y las voces se
acercaban. Tenía que pasar por la sala para llegar a los vestuarios y le
verían. Neil se sentó erguido y en cuanto Andrew lo vio se detuvo frente a la
puerta abierta.
—¿Sigues
aquí?
Parecía
que estuviese deseando que se marchase, por mucho que dijese no querer nada,
pero Neil no iba a darle esa satisfacción por el momento.
—Sigo
aquí.
—No
podemos esperarte, tenemos que irnos a descansar —dijo Kevin con dureza.
—No
necesito que me esperéis, tengo llave, me iré cuando quiera —contestó,
recalcando las últimas palabras mirando directamente a Andrew.
—Adelántate,
Kevin.
—¿Por
qué?
—Porque
lo digo yo.
El
otro soltó un resoplido y se marchó al vestuario. Andrew le hizo un gesto a
Neil para que lo siguiese a la cancha. Cogió una pelota cuando entraron y se la
lanzó.
—Encesta.
Neil
lo hizo, esa vez con las luces todavía encendidas. Tal vez era un poco de
trampa que jugase con ventaja y sin avisar, pero ser cambiante ya suponía
demasiadas desventajas en su vida, no iba a sentirse mal por ser bueno en algo
gracias a ello. Y no quería contarlo porque no sabía cómo reaccionarían, a los
humanos no solían gustarles los cambiantes, les obligaban a vivir marginados y
los trataban como si fueran inferiores por tener más desarrollada su parte
animal. Tal vez lo echasen a patadas si se enteraban de lo que era, no quería
averiguarlo. Lo más seguro era mantenerlo en secreto.
—Otra
vez.
Volvió
a encestar. Andrew se cruzó de brazos, examinándole con desgana.
—Ahora
ve al extremo de la cancha, bota la pelota hasta el centro, cambiándola de
mano, y lanza.
Ahí
fue más descoordinado y se notó que no lo había hecho nunca. Que no mentía. Esa
vez falló el tiro. Andrew se acercó.
—Eres
un desastre manejando la pelota.
—Aprendo
rápido.
—Pues
empieza ya, esta noche. Haz lo mismo hasta que encestes tres seguidas.
—¿Por
qué me ayudas?
—No
te estoy ayudando. Si te quedas vas a entorpecernos, a los demás les gustan
demasiado las causas perdidas así que te aceptarán como sea. Si mejoras me
ayudo a mí.
Andrew
se marchó y Neil se quedó hasta conseguirlo.
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